Artículo de Revista Global 31

Notas para un análisis del futuro de la universidad dominicana

El presente artículo pretende recuperar el debate sobre la universidad dominicana desde el análisis histórico de sus finalidades educativas del último medio siglo: se investigan las constantes de la finalidad universitaria, buscando reconocer el rumbo de las instituciones universitarias, su pertinencia con la construcción del presente y el desarrollo de la ciencia y la tecnología como criterio de calidad en la construcción de la universidad del futuro. Este ensayo histórico propugna evitar repetir los errores del proceso, asumir una mirada crítica del estado actual y reconocer las futuras exigencias.

Notas para un análisis del futuro de la universidad dominicana
  1. Introducción

¿Hasta qué punto la evolución de la universidad dominicana puede darnos pistas sobre los principales objetivos que la más alta institución educativa debe aportar a la construcción social de la República Dominicana? Para dar respuesta a este interrogante, partimos de dos supuestos: primero, creemos que gracias al análisis de la universidad se pueden poner en evidencia muchas de las tensiones y orientaciones que marcan el pulso de nuestra sociedad, pues esta institución recoge las contracciones y aspiraciones nacionales; como dice Llano, “la universidad es el sismógrafo de la historia”.¹ Segundo, creemos que la mirada histórica nos permite realizar una mirada prospectiva sobre el rumbo que la universidad debe seguir para cumplir su misión. Por ello, suponemos que el análisis histórico de las finalidades educativas que han marcado el desarrollo de la universidad dominicana es un buen núcleo de percepción para entender su dinámica de cara al futuro y, con ello, asumir los retos más inmediatos en el actual contexto económico, social y cultural en que se mueve el país.

Se trata de repensar la finalidad de la universidad atendiendo a su evolución. El reto es complejo, y no termina aquí. Es complejo porque –no obstante haber constatado el vacío y las carencias de estudios históricos integrales que cubran los grandes temas de la universidad dominicana² durante, por ejemplo, un tiempo de vida tan representativo y amplio como es el último medio siglo de nuestra historia– hablar de la universidad dominicana en su conjunto es sumamente complicado. Sin embargo, se puede –se debe– reconocer, con todos los riesgos que implica esto, una serie de constantes en su evolución general. Por ello aquí, más allá de hablar de universidades en particular, sin dejar de hablar de ellas, es necesario analizar las finalidades que han inspirado el desarrollo de la universidad dominicana luego de la dictadura de Trujillo, en el desarrollo social, político y cultural del país.

Como tal, reflexionar sobre la finalidad de la universidad es analizar su tendencia como caracterizar su naturaleza. No se trata de un asunto baladí o accesorio, es simplemente angular en la noción de universidad como institución educativa, esto es, como entidad con carácter intencional. Si dejamos de atender la finalidad educativa de la universidad, la desposeeríamos de su rasgo esencial y sería prácticamente incomprensible señalar una función real en la sociedad. Por ello, la finalidad educativa de la universidad es uno de los mayores rasgos que definen el rumbo de su dinámica y cifran su identidad como institución que aspira a un fin comprometido con la formación superior del hombre, nada más y nada menos. Comprendiendo la finalidad que mueve a la universidad dominicana, por tanto, es posible deducir y entender sus acciones y dilemas de los que no podemos abstraernos los que formamos parte de esta comunidad ni la sociedad en su conjunto.

Ahora bien, las finalidades educativas en general, y universitarias en particular, son un tema especialmente peliagudo, no solo en nuestro país.³ Se sabe que para hablar de educación no basta con señalar acciones y procesos, técnicas y metodologías, teorías y prácticas; hablar de educación implica radical y fundamentalmente pensar y reflexionar, entre esas cosas, sobre la utopía del hombre, ese conjunto de valores donde se cimientan, se fundan y a los que se dirigen los procesos a los que llamamos educación. Hablar de educación es, en el fondo, hablar de una acción intencional, pues “para educar se debe tener en mente un proyecto, un plan intencionado, de lo que deberá ser este proceso al que denominamos educación” 4. La educación universitaria se encuentra comprometida con una idea relacionada con el hombre, así como a una visión sobre la sociedad donde se desarrolla; esto es incuestionable.

Respecto a la finalidad universitaria, se puede afirmar que han existido no una, sino varias universidades, o varias formas de entender la universidad dominicana. Esto es, no existe una única idea sobre cómo debe ser la educación universitaria; esta varía de acuerdo a las grandes orientaciones sociales, económicas, culturales y políticas en las que despliega la acción educativa, susceptibles de ser estudiadas en su desarrollo histórico. En general, entender cuáles han sido las aspiraciones teleológicas de las universidades en la República Dominicana puede resultar un buen indicador que nos ayude a develar las futuras prioridades educativas en la construcción de la nueva identidad global de esta institución. El presente ensayo puede alimentar este debate.

  1. Retrospectiva

Entrar al terreno de la finalidad educativa que ha tejido la universidad dominicana es, como señalamos, entrar al terreno de la utopía del hombre y de su sociedad. Según esto, en la evaluación histórica de la universidad post trujillista podemos encontrar dos hitos: el proceso de construcción más allá de la única universidad y la génesis del concepto de calidad universitaria cimentada en la ciencia y la tecnología. Ambas tienen matices que buscaremos explicar.

Dos hechos marcan el primer hito: el fin, en el año 1961, de la dictadura de Rafael Trujillo y la creación, en el año 1962, de la segunda universidad dominicana. Como bien se sabe, hasta 1962 la historia de la universidad dominicana fue una historia estrictamente singular; era, ante todo, la dinámica de una sola institución: la actual Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Para la República Dominicana, este hecho no es un acontecimiento anecdótico, puesto que hasta esa época –y durante casi 400 años– la articulación entre universidad y sociedad estaba marcada por las finalidades de la UASD.

Creemos que todo análisis contemporáneo sobre la realidad universitaria dominicana implica la superación de este punto de inflexión, el estigma trujillista, en las bases de la nación dominicana. La universidad dominicana de la época no era menos. La relación entre esta única universidad y la dictadura trujillista pone de manifiesto –una vez más en la praxis educativa– la profunda vinculación que existe entre los deseos de perpetuación de los regímenes políticos y las finalidades educativas acordes con tales deseos. Como bien se sabe, la “era Trujillo” defendía unos moldes y utopías a los que la universidad dominicana, por pasivo y activo, combatió en su momento. La educación, por tanto, fue uno de los pilares sobre los que reposaban los mecanismos de reproducción ideológica, ya que la idea de universidad antes de la década de los sesenta giraba en torno a lo “educativamente correcto” para el mundo académico trujillista.

Sin duda, la vida dominicana sin Trujillo abrió nuevos horizontes de libertad a toda la población, así como un sentido de renovación democrática en todas sus instituciones, pero también abrió una serie de disputas y desacuerdos propios de un período en transición donde se buscaba ensayar fórmulas de renovación que motivaran los más diversos juegos de poder e intereses. La recuperación democrática del pueblo dominicano fue lenta y llena de tropiezos –que no detallaremos–; no obstante, “la caída de la dictadura significó también, en el terreno espiritual, la apertura hacia las corrientes del pensamiento universal: las nuevas artes, las metodologías de análisis histórico, la sociología en sus diversas vertientes, la economía como disciplina; en fin, un sinnúmero de actividades de las cuales nos había marginado el espíritu absoluto que encaminó Trujillo”.Estas nuevas condiciones sociopolíticas favorecieron el surgimiento de otro concepto de universidad en la República Dominicana.

Podemos decir que un año antes de la fundación de la segunda universidad dominicana en 1962 y, con ello, la aparición de la financiación privada en este sector, el país intentaba salir de una profunda crisis. La etapa en que el poder político y económico se asociaba a una sola persona dejaba de ser un lastre nacional para dar lugar a nuevas formas de convivencia en todos los aspectos de la vida nacional. Es así como se abre, luego de la dictadura, el inicio de la historia de la universidad dominicana en plural y un modelo, así como de finalidades propias de la universidad privada. Luego de esto, la creación de otras universidades y la búsqueda de otros conceptos de universidad fueron la constante.

Además de la lucha por la autonomía universitaria6 de la UASD, junto a la dinámica inicial de creación de las nuevas universidades, el hecho más significativo a nuestro juicio, el que mejor concentra el carácter universal y abierto de la universidad y ejemplifica la lucha entre los remanentes del pasado y las utopías del futuro, fue el surgimiento del Movimiento Renovador Universitario (MRU) en 1965. Lejos de sus resultados, este movimiento abrió el debate sobre la universidad dominicana, esto es, añadió a la noción de universidad la reflexión sobre las finalidades históricamente postergadas, añoradas por muchos. Con el MRU se abrió el debate a las nuevas finalidades que la universidad dominicana debía plantearse, no sólo para romper los estamentos mentales trujillistas, sino para abrirse a una realidad sociopolítica diferente, inédita hasta entonces.

Este movimiento buscó superar, en todos sus ámbitos, el concepto de universidad arcaica, y otorgar a la universidad una finalidad más sustanciosa acorde con su naturaleza y condición. Se sustentó en los siguientes enunciados filosóficos:7

  • Fijación de la transformación como misión esencial en esa etapa de la universidad.
  • Asunción por la universidad de la función de orientadora de la conciencia nacional en la búsqueda de los ideales de verdad y justicia.
  • Ampliación de la representación de los componentes de la institución en los organismos de co-gobierno.
  • Apertura democrática de la matrícula.
  • Afianzamiento de la libertad de cátedra.
  • Inicio de la revisión curricular para adaptarla a las ideas filosóficas y científicas imperantes en el mundo civilizado.

En todo nuestro análisis sobre la universidad post trujillista, no hemos podido percibir un proyecto, tan ambicioso como participativo, que haya buscado la excelencia universitaria de esta forma como el MRU y, en el que creemos, se puede hurgar hoy para redefinir los parámetros de la tan ansiada calidad educativa al margen de ser privada o pública, laica o religiosa, humanista o tecnológica, debe responder al carácter universal, abierto y social que debe sustentar una universidad dominicana de cara al futuro. El MRU fue un gran antecedente histórico dominicano que recogió este espíritu universal que es preciso redescubrir en tiempos de crisis, como la que se vive hoy.

No obstante, las contradicciones internas y externas terminaron por sofocar este intento de nueva universidad y en la agenda educativa universitaria nacional se sobrepusieron nuevas oportunidades de crecimiento escalonado –pero masificado– de educación universitaria en la República Dominicana. Esto es, la solución que se buscó a los problemas del sistema llegó a través de la ampliación del concepto de universidad propio del ámbito de la gestión privada y, con ello, a una serie de extensos matices, intereses y metas educativas; este debate entre lo público y lo privado llega hasta nuestros días.

Prácticamente, hoy, ninguna universidad ha dejado de plantearse el tema de la finalidad universitaria, lo que demuestra que las universidades han podido asumir finalidades –e identidades– propias para su desarrollo. En las instituciones de educación superior analizadas (35 instituciones de rango universitario y cinco institutos técnicos de estudios superiores) existen varias formas de concebir la finalidad educativa. En la enunciación de sus aspiraciones educativas como instituciones formadoras, hemos podido constatar que existen sustancialmente en la República Dominicana ocho universidades de carácter religioso, dos ligadas a instituciones militares, dieciocho a finalidades técnico-científicas y siete a finalidades humanísticas. Se observa, por tanto, una amplia diversidad de concepciones educativas muchas veces superpuestas o mezcladas en cada universidad, que no sólo no dejan ver la orientación que asumen de forma nítida, valiosa para determinar los parámetros de calidad educativa, sino que muestra una inclinación en la manera muy particular de crear una propia realidad universitaria; una forma doméstica de creer que es universidad, a nuestro juicio, lejos de una comprensión de una universidad como centro de producción de conocimiento.

  1. Prospectiva

La carencia de una claridad teleológica, de finalidades orientadas a lo que creemos, revela la auténtica finalidad de una universidad como agente de conocimiento, y pone de manifiesto la realidad actual. En todo nuestro análisis vemos una constante que no se ha podido superar y que creemos responde a esa falta de consenso sobre una noción de finalidad educativa universitaria dominicana que responda tanto a su esencia ontológica como a la exigencia socioeconómica actual: en nuestro país existen universidades, pero no existe ciencia ni tecnología relevantes. El carácter profesionalizante que ha dominado la finalidad y desarrollo de nuestra universidad hasta convertirla casi exclusivamente en una institución reproductora del saber, más no productora, propia a su naturaleza, tiene sus consecuencias palpables. Según datos de Thomson Scientific, publicados con el nombre Ranking de Instituciones de Investigación de Iberoamérica,8 de las 766 instituciones reconocidas según los cinco indicadores de evaluación que caracterizan a una entidad de investigación científica, ninguna es o se desarrolla en la República Dominicana.

Por otro lado, si las revistas científicas son el instrumento determinante para el desarrollo de la ciencia, esto es, son la medida por excelencia del desarrollo de una comunidad científica, la producción dominicana al respecto tampoco nos dice mucho. Al rastrear los estudios que han tenido como objetivo elaborar una visión general del tratamiento bibliográfico en la producción científica latinoamericana y, con ello, evaluar su aporte a la ciencia mundial, se puede constatar que la República Dominica no figura en estos estudios globales. No estamos hablando de revistas locales ni divulgativas breves, sino de revistas científicas de gran calado, con factor de impacto (FI), que se miden con herramientas creadas por el ISI,9 como el Journal Citation Report (JCR). 10 Con este parámetro de ciencia y tecnología, que domina el mundo desarrollado, no tenemos presencia como país ni como universidad. Si la universidad no investiga, ¿qué hace entonces?

Lo anterior se puede explicar, pero no justificar. La ínfima actividad de las instituciones universitarias en materia de investigación tiene relación directa con la concepción que se tiene de ella. Está claro que “no existe vinculación entre las actividades de investigación y la docencia, por lo cual, la educación superior nacional se limita a casi por entero a la formación profesional”. ¹¹ No se ha entendido, por tanto, dentro del imaginario nacional, a la investigación científica y tecnológica como una propiedad de la universidad, razón por la que no se produce, no se gestiona, no se difunde como tampoco se cumple con las disposiciones legales en materia de financiamiento. ¹² Si no se asume como fin, no hay medios posibles.

Ahora bien, desde la década del noventa, en materia universitaria y, qué duda cabe, en materia de investigación científica y tecnológica, se ha empezado a mover algo más que palabras en este segundo hito. Con la promulgación, primero, de los decretos 259-96 y 517-96, y luego, de un instrumento legal más integral que no es otro que la Ley 139-01 de Educación, Ciencia y Tecnología, que buscan regular la educación superior en la República Dominicana y con ello, de manera clara y distinta, los procesos de investigación implicados en la actividad universitaria no sólo como consumo, forma en que se aludía a la actividad académica en las concepciones anteriores, sino desde dentro como proceso y criterio de calidad inherente a la universidad.

La ley actual es un gran paso en materia de desarrollo científico y tecnológico en nuestro país que parece coincidir con la dinámica de los modelos de organización de la investigación en el ámbito universitario mundial, pues con esta ley se busca lograr para el sistema dominicano “un equilibrio o una relación aceptable entre las exigencias de docencia y las de la investigación, así como la transferencia a las aulas”;¹³ esta idea forma parte de los modelos contemporáneos de gestión universitaria hoy en día, como el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES).14

No obstante, lograr que la realidad se acerque a este modelo no es una tarea fácil, ya que no depende necesariamente de los modelos de investigación –que existen, pero no se aplican– como tampoco de la estructura universitaria, sino, más bien, de las posibilidades reales de compromiso social del país, con la finalidad de hacer, por fin, ciencia y tecnología. La idea de universidad productora de conocimiento no es sólo un deseo, es una necesidad propia del presente, así como del futuro que, por ejemplo, marca para el 2015 una serie de desafíos a la universidad nacional15 asociados con restos de este tipo de universidad. Sin duda, la ciencia es toda una ventana abierta a la reflexión y debate nacional que no se agota en la universidad, pero que debe empezar en este fuero, si no, ¿dónde?

Enfrentamos el reto actual de cifrar la finalidad educativa en la universidad dominicana en conceptos unívocos sobre lo que tiene que ser la universidad para el individuo, el país, la sociedad y la cultura universal. Sólo bajo este tipo de precisiones de carácter teleológico es posible hablar de calidad educativa, y ese es nuestro reto: empezar a debatir el sentido de la universidad y construir la calidad a partir de modelos más significativos para el país, que tomen a la ciencia y a la tecnología entre sus utopías y se evalúen según los estándares de la calidad de educación superior ligadas, a nivel mundial, a esta forma de concepción; esto es, ir más allá del número de profesionales que egresan como criterio de calidad universitaria. Por tanto, este modelo de universidad pasa por reconocer que no existe mejor identidad, finalidad educativa, que atender desde dentro la producción científica y tecnológica como constante del sistema universitario en su conjunto, sea del tipo de gestión que sea.

Todo lo anterior obliga a la universidad a ensayar reformas importantes en torno a su finalidad, una visión que le permita dinamizar una educación y una formación accesibles, pero de calidad entroncada en la producción –no sólo consumo– de ciencia y tecnología. Creemos que esta carencia en la precisión sobre la finalidad de nuestra universidad devela una crisis que se arrastra desde hace más de cincuenta años y que en la oportunidad de cambio social y político que tuvimos hace más de cincuenta años –como con el MRU– no hemos resuelto aún. Hoy vemos intentos de reconciliar la universidad dominicana con la ciencia y la tecnología, como la actual ley, que esperamos sea el marco preciso para, por fin, asociar la actividad universitaria dominicana con la dinámica de producción de ciencia y tecnología.

  1. Conclusión

A modo de conclusión, podemos decir que es preciso recuperar el debate histórico sobre la naturaleza y sentido de la universidad dominicana, así como implicar ese sentido en el concepto de calidad con que hoy en día se trata de orientar. Por ello, el análisis histórico sobre la universidad dominicana, como le es propio a una institución de carácter educativo, nos lleva a buscar un encuadre teleológico como punto medular para reconocer la naturaleza y el sentido con que debe concebirse la universidad. Este encuadre reposa, para nosotros, en el carácter científico y tecnológico, no como consumo, sino como producción de conocimiento. Esto es, la investigación como factor de calidad educativa debe ser el sentido con que se debe orientar y gestionar la actual y futura universidad dominicana.

Sin duda, esta posición no cierra este tema de estudio; somos cada vez más conscientes de que queda abierto. Es más, debe abrirse a muchas y diversas líneas de investigación histórica y educativa que deben inaugurarse en la tradición académica dominicana. Por ello, muchas de las respuestas que en la actualidad se buscan para acotar y hacer realista el concepto de calidad educativa deben pasar por reconocer a la investigación científica y tecnológica como la finalidad global de la universidad dominicana. Comprender esta finalidad bajo el nuevo marco de calidad educativa en la universidad puede ayudarnos a superar lo que el análisis del proceso histórico nos señala: una universidad que aún no ha llegado a asumir su real naturaleza; la investigación como eje angular de su dinámica. Esta idea es la enseñanza que nos deja la historia.

Lily Rodríguez es directora del Departamento de Desarrollo Profesoral de UTESA, docente de las asignaturas de Tecnología Educativa, Relaciones Humanas y Cultura y Civismo. Graduada en Administración de Empresas por la Universidad Tecnológica de Santiago, UTESA. Maestría en Tecnología Educativa y Suficiencia Investigadora del doctorado Perspectiva Histórica, Comparada y Políticas de la Educación, ambos en la Universidad de Salamanca, España.

Notas

1 Llano, Alejandro, Repensar la universidad. La universidad ante lo nuevo. Madrid, EIU, 2003, pág. 15.

2 “Hay muy poco en República Dominicana en cuento a investigación y no existe información sobre las instituciones de investigación que pudieran existir y sobre lo que hacen”. OCDE, Informe sobre las políticas nacionales de educación. República Dominicana, Santo Domingo, OCDE, 2008, pág. 274.

3 Unesco. La educación superior en el siglo XXI, visión y acción. París, Unesco, 1998.

4 Colom, Antoni y Núñez, Luis, Teoría de la educación. Madrid, Síntesis, 2001, pág.18.

5 VVAA, UASD: Veinticinco años de historia dominicana. 1959- 1984, Santo Domingo, Editora Universitaria UASD, 1987, pág. 2.

6 “Se delimitará el recinto universitario en el cual no podrá penetrar autoridad alguna sin permiso o sin el asentimiento de la autoridad universitaria competente”. Ley 5778 de Autonomía de la UASD. Artículo 2.

7 Moquete, Jacobo, El movimiento renovador universitario. República Dominicana, Editora Universitaria usad, 2004.

8 Fuente: (revisado 15/02/2009).

9 Producción total, producción citable o producción primaria, producción ponderada o potencial investigador, factor de impacto medio ponderado y colaboración internacional.

10 Ríos, Claudia y Herrero, Víctor, “La producción científica latinoamericana y la ciencia mundial: una revisión bibliográfica (1989-2003)”. Revista Interamericana de Bibliotecología. Vol. 28, núm. 1, 2005, págs. 43-61.

11 Silié, Rubén; Cuello, César y Mejía, Manuel, Calidad de la educación superior en República Dominicana. Santo Domingo, Unesco, 2004, pág. 19.

12 Reyna, Roberto. La evaluación y la acreditación de la educación superior en América Latina y el Caribe. Santo Domingo, Unesco, 2004.

13 Lértora, Celina. “Políticas universitarias de investigación y producción científica. Análisis comparativo de algunos modelos”, en Lafuente, Isabel, (coord.) ¿Hacia dónde va la educación universitaria americana y europea? Historia, temas y problemas de la universidad. León, Universidad de León, 2006, pág. 60.

14 García, Félix y Morant, José Luis, Declaración de Bolonia. El Espacio Europeo de Educación Superior. Madrid, acta, 2005.

15 Rodríguez, Pablo y Herasme, Manuel, El futuro de la economía dominicana y demanda de empleo a nivel de educación superior. Santo Domingo, 2002. Disponible en: (revisado 12/10/2008).