Artículo de Revista Global 69

Nunca es tarde para enfrentar la verdad: sobre la novela Coronar el viento, de José Frank Rosario

En la novela Coronar el viento, de José Frank Rosario, se aborda el sufrimiento de tres generaciones de una familia durante los tiempos de Trujillo, que sirve de símbolo del drama por el que tuvieron que pasar muchos dominicanos. Sirviéndose de varias técnicas narrativas posmodernas y de elementos del drama y del realismo mágico, el autor ha compuesto una historia fascinante y cautivadora. El siguiente texto es la presentación de la novela realizada en el Café Filo de Funglode el 7 de diciembre del 2015.

Nunca es tarde para enfrentar la verdad: sobre la novela Coronar el viento, de José Frank Rosario

La novela Coronar el viento, de José Frank Rosario, tiene como marco un recorrido extenso por los hechos políticos que acaecieron en la República Dominicana desde principios del siglo XX hasta la caída de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, en 1961, donde se presenta una visión de las distintas reacciones de la clase alta nativa frente a estos hechos, una visión que cubre más de cinco generaciones de las dos familias principales involucradas. A través de las experiencias personales de los miembros de estas familias, el autor expone, con un dominio narrativo absoluto, el drama por el que tuvieron que pasar los dominicanos de esta clase, primero bajo la égida del conchoprimismo, luego bajo las imposiciones de la invasión norteamericana, hasta caer, finalmente, en lo que será el eje principal de la novela, el acorralamiento aniquilador de la dictadura de Trujillo. El recuento no es espacio-temporal, de manera que el lector pueda seguir la historia según transcurre. Con una técnica posmoderna de avances y retrocesos que comienza con las remembranzas de una de sus protagonistas, el autor crea una red de episodios que el lector deberá organizar según lee, para seguir la trama principal y varias secundarias, las cuales recogen las acciones de hombres y mujeres atrapados en las coyunturas que crea su formación familiar, las costumbres que adoptan, su desempeño en la vida y las decisiones que toman ante situaciones normales y críticas.

La historia es narrada en primera persona por la protagonista; sin embargo, el relato cambia a tercera persona, contado por un narrador omnisciente, cuando deben tratarse hechos en los cuales participan otros protagonistas cuyos pensamientos la primera no puede conocer y son esenciales para determinar lo que ocurrió. Se trata de otra de las técnicas posmodernas a las que recurre el autor, esta vez para mantener un ambiente donde no primen los acontecimientos sino las interiorizaciones de los personajes.

El autor, José Frank Rosario, participó activamente en la formulación del movimiento interiorista, creado y promovido por el Dr. Bruno Rosario Candelier desde 1990, y demuestra su tendencia narrativa en el manejo de su obra. ¿Cuál es el objetivo del autor al escribir esta obra? Trataremos de desentrañarlo según nos adentremos en su análisis. Comenzaremos con la presentación de los lineamientos esenciales de la trama principal.

Las preocupaciones de Melba

Melba es la protagonista que da inicio a la obra cuando, ya anciana, reflexiona sobre los hechos que les ocurrieron, a ella y a su familia, durante la época de Trujillo. En este capítulo, Melba habla de su familia: de sus padres; de la madre, un bastión de moralidad; de cuatro hermanos mayores que se van por su lado; y de cuatro hermanas en las cuales se concentra la novela. De esta manera, el autor nos presenta a la primera familia que protagonizará los hechos. Al leer el capítulo, solo hay una frase que indica de dónde puede venir esta preocupación de la protagonista. Dice: «[fue] cuando comenzó la maquinaria de Trujillo a tragar soga, a arrastrarnos sin compasión en un bacanal de sangre que aún hoy no sé cómo quedamos vivos» (p. 10).

En los próximos capítulos (hasta el noveno), la novela continuará con los afanes de Melba y las hermanas por conseguir un esposo de su gusto y no del de la madre, que, con criterios morales, quería imponer al hombre que ella consideraba adecuado para sus hijas; con sus matrimonios y la manera en que cada una va resolviendo su vida. En estos capítulos el carácter de la obra es de novela de costumbres y de intrigas familiares, un tipo de narrativa desarrollada durante el siglo xix, superada ya a finales de ese siglo y considerada obsoleta durante el siglo xx. El autor prevé que esta parte será apreciada de esa manera y se justifica escribiendo en boca de Melba: «Qué bueno es no llevar un diario verdadero, de tinta y papel, sino este escribir sobre las sombras del cuarto… Es que es un vicio, casi un pecado, retrotraer tantos detalles. Me vienen los recuerdos en bandadas, tropezándose, pugnando por salir a la luz, y pienso que si los escribiera, la gente se aburriría al leerlos. Porque a la gente de hoy le da fatiga leer la menudencia de los particulares» (p. 46). En realidad, no tiene que justificarse. Frente a todo lo que ocurre después, el lector considerará este inicio como una introducción placentera, una demostración de cómo la vida transcurre normalmente entre situaciones familiares y circunstancias predecibles. Poco a poco, estas circunstancias cambiarán y se desenredará la madeja de una historia sumamente compleja con personajes que se concatenan entre sí y se influyen mutuamente. Esta evolución comienza en el octavo capítulo, cuando aparecen los personajes de Ernesto y María Eugenia, unos desconocidos de la familia, pero de la misma clase social que Melba y su esposo, José Antonio,  que se conocen en la luna de miel de ambas parejas, formando una amistad estrecha que los llevará al compadrazgo y al involucramiento en lo que hacen unos y otros.

El engendro

En los capítulos que siguen (del noveno en adelante), el lector se percata de que la novela no trata únicamente sobre Melba y su familia; incide también Tobías, el abuelo de Ernesto, y su familia. La historia de esta segunda familia comienza cuando Tobías impone a su hermana Gertrudis lo que sembrará en el patio interior de la casa de campo donde viven, un campo heredado por ambos y, por lo tanto, con derechos adquiridos de ambos, lo cual los obliga a compartir decisiones. Gertrudis, despechada, quiere vengarse del hermano y busca una bruja que hechiza el patio. Se crea el «engendro», una jungla casi impenetrable de árboles y lianas que divide la casa en dos. La misma situación sobrenatural, provocada por Gertrudis, ocurrirá en la mansión que Tobías construye en la Capital, a la que van a vivir Laura, la hija de Tobías y madre de Ernesto, y Sebastián, su marido, y eventualmente Ernesto y María Eugenia. Allí, entre voces y sombras misteriosas, pululan los fantasmas. Esta diferencia entre las dos familias, una propensa a lo conservador y lógico y la otra a lo sobrenatural e inusual, determinará las actitudes que asumirán frente a lo que les ocurre, y será lo que influirá en el desarrollo de toda la trama subsiguiente. Cuando surge el elemento disociador entre ellas, la dictadura de Trujillo, estas diferencias marcarán sus relaciones. Melba, dirigida por esa madre que no admite extravíos morales –un requerimiento que las hijas han asimilado, aunque piensen que, de alguna manera, hayan podido rehuirlo–, se muestra conservadora e influye en su esposo, José Antonio, para que, ante los abusos de la dictadura, sean siempre cautos, dispuestos a ignorarlos, protegidos por el aislamiento que les procura su finca, situada en un campo cerca de Moca, donde viven. Ernesto y María Eugenia, en cambio, se lanzarán a una fiera oposición contra el régimen. Se contraponen dos posiciones que mantuvieron muchos dominicanos ante Trujillo: una, la aceptación del dictador con tal de que este no se metiera con ellos; la otra, una oposición frontal y de lucha. Se daba también la posibilidad de colaborar con el régimen. Esta opción el autor la explora con un personaje secundario, Juan Isidro, un antiguo enamorado de Melba que tendrá un papel clave en uno de los episodios de la novela.

En esta obra, es interesante que la familia conservadora, racional, sea la que acepte la dictadura, y la familia disfuncional, irracional, la que se oponga. Es como si se dijera que solamente la irracionalidad puede llevar a un hombre a exponer su vida por una causa justa. Cuando Melba, envuelta en las actividades subversivas de su compadre Ernesto, recibe, en carne propia y en la de su familia, las embestidas de la dictadura, llega a lamentarse de haber conocido a Ernesto y a María Eugenia. En sus reflexiones de décadas después, acosada por los recuerdos, reconocerá que lo que vivió, cuando tuvo que enfrentar a Trujillo y sus adláteres, es una «experiencia imborrable que no sana más que a medias, aunque muchos traten de aparentar que olvidaron […]» (p. 346). Ya no evitará los embates de la dictadura, como quiso hacer conservadoramente, sino que los tendrá siempre presentes.

En los párrafos finales de la obra, el autor parece presentarnos la razón que tuvo al escribirla. Dice, por boca de Melba:

«Hablando en serio […], he sido lo que he sido y eso es felicidad. Sin pretender en exceso, sin creer que soy más o mejor que nadie, sin buscar ser la primera ni esperar demasiado de las circunstancias. El peor de los engaños, sin dudas, es el creernos grandes, indestructibles, inmortales. El desear vivir para siempre, y siempre como dioses, es un disparate que trae horribles consecuencias. Es ley inexorable de este mundo el que todo ceda el turno, personas y cosas, y es bueno que así sea. No hay don más alto, pienso, que pasar con tranquilidad, sin alharacas, asentando el corazón y sabiendo que unos estaban antes y otros estarán después. He ahí la verdadera sabiduría, la que permite vivir la vida. Porque ¿dónde está hoy Trujillo?… ¿Dónde tanta y tanta gente que hizo tanto daño para imponer sus reglas? Pudieron imponerlas durante un tiempo, pero pasaron también ellos, porque con la vida no se puede hacer trueques, cambiando oro por espejitos. Pésele a quien le pese, ella es la reina y acaba siempre asentando su dominio. Lo demás, todo lo demás, es pretender quemar el agua, amarrar el viento […]» (p. 348).

La obra, entonces, es una mirada, a posteriori, de acontecimientos terribles que, en su momento, parecían indetenibles. Lo que el autor nos dice con este planteamiento filosófico es que el paso del tiempo borra todas las contradicciones que se tienen en la vida y que, al final, lo que queda es darse cuenta de que lo vivido fue lo que fue, y que, después de todo, lo pasamos, lo soportamos y, eventualmente, lo superamos. Es un planteamiento conservador, una postura a la que, en francés, se llama laissez faire, que significa «dejar pasar», usada por primera vez en el siglo xviii contra el intervencionismo del gobierno en la economía. Sin embargo, una cosa es reconocer lo que debe hacerse y otra hacerlo. Lo cierto es que la supuesta felicidad de Melba y su adopción de la actitud de «dejar pasar», que en ese párrafo asegura adoptar, resultan mediatizadas. Ya hemos visto cómo, anciana, se lamenta porque durante la dictadura de Trujillo vivió una «experiencia imborrable». No es la única vez que lo hace. En las primeras páginas de la obra expresará lo mismo, con más detalles angustiosos. Dirá: «Esos rostros y esa voces, decía yo, no sé cuándo acabarán. Quizás con la muerte, porque creo que ni perdiendo la razón dejaré de verlos ni de oírlos, todos ellos incrustados en mi mente como clavos en una pared» (p. 9). Es evidente que la actitud verdadera de Melba no es «dejar pasar», sino todo lo contrario, recordar una y otra vez ese período nefasto, convertido en un suplicio que ha debido arrastrar toda su vida, un suplicio que, al final, decide soportar estoicamente hasta su muerte, aliviándolo con la justificación de que el hecho ya pasó. Sin embargo, nunca es tarde para enfrentar la verdad. Lo cierto es que este sufrimiento de Melba, que permea la novela desde que comienza hasta que termina, puede significar que lo que aparenta ser no lo es. Es decir, que el objetivo de José Frank Rosario al escribir la novela no es aconsejar a sus lectores que dejen pasar los inconvenientes que se les presentan, sino todo lo contrario, que los enfrenten para no tener que pasar la vida lamentándose por haberlos rehuido. En el fondo, la causa de los lamentos de Melba es no haber hecho lo que pudo para, en vez de desalentar, ayudar a los que combatían el régimen. De esa manera, depuesta la dictadura, se hubiera sentido completa, realizada, satisfecha, y no angustiada y perennemente culpable por querer eludirla para tener que sufrir, como quiera, sus consecuencias. Con el uso de otra técnica posmoderna, el autor propone dos opciones sobre cómo debieron comportarse los dominicanos frente a la dictadura de Trujillo, y será el lector quien tendrá que determinar cuál de estas escoger.

La obra tiene otros aportes importantes. El cuerpo principal transcurre en dos fincas de latifundistas, la de Melba y su esposo, José Antonio, y la de Tobías y su hija Laura, la madre de Ernesto. Inclusive, la mansión, la casa construida por Tobías en Santo Domingo, donde van a vivir Laura y Sebastián, su esposo, y, eventualmente, Ernesto y María Eugenia, queda en la periferia, en pleno campo. La vida de los personajes principales transcurre aislada, en medio de la naturaleza, concentrada en la familia y en las visitas, y, en el caso de los finqueros, en la producción ganadera o agrícola. Para asegurarse de que el lector entienda cuál opción prefieren sus personajes, el autor nos da la impresión de una campesina mocana sobre la ciudad de Santo Domingo. Dice: «[…] porque ella era mujer de trabajo, y no de andar entre los andamios de una ciudad que no era más que piedra sobre piedra, y el mar tan cerca, bajiándola, con ese calor mojado insoportable y la nube de mosquitos por donde quiera, que nadie podía hablar sin tragarse un montón de ellos, y por eso se volvía pronto a la finca […]» (p. 277). Sin embargo, para los personajes principales de la novela, la ciudad también es un lugar donde educar a sus hijos, aprovisionarse y visitar a los familiares. La mayoría de las novelas que tratan la dictadura de Trujillo ocurre en la ciudad, y es novedoso ver de qué maneras el dictador se vale para controlar a los finqueros y campesinos y aterrorizar a sus víctimas fuera de la ciudad. Con la pericia que lo maneja el autor, parece más bien que son experiencias propias que él vivió o presenció y que utiliza en su ficción.

Otro aporte es la imaginación del autor y la manera en que la usa para crear los intríngulis de su narrativa. Es increíble la capacidad que este tiene para inventar situaciones complejas y resolverlas de manera que el lector pueda apropiárselas. Es también ilimitado el alcance de su fantasía. El «engendro» no es el único elemento inusual que aparece, que, al principio, aparenta entrar dentro de lo real maravilloso, para luego caer en la brujería y el vudú, creencias que forman la base de la cultura popular de los dominicanos. La propuesta de un espacio impenetrable, que solo puede ser tomado por quienes se adentran en él con ingenuidad y entrega, como hacen Laura y su protectora, Rita, es de gran fuerza creativa. Pero hay más. Está la relación inimaginable entre Laura y Rita para tener hijos de Sebastián, y la deuda que tiene que pagar Rita al final por haber abandonado a uno de sus hijos.

Para terminar, debo señalar el manejo exquisito que hace José Frank Rosario del idioma español. Las escenas, tanto de acción como descriptivas, las redacta con un lenguaje fluido de oraciones bien hilvanadas y un uso exacto de las palabras.

A continuación presento una escena de acción. Dice: «[…] el desquiciamiento de Rosalía no provenía del terror, sino del saber, un saber oscuro que le brotaba de las vísceras, contundente como un golpe de maza; irrebatible, porque se le había entronizado en lo más recóndito del corazón. Era su sangre que le aconsejaba que se doliera en su dolor mientras le vibraba por dentro, porque no obstante su gran amor, esa desesperación no le iba a durar para siempre, que ese destrozarse por dentro era lo único que le quedaba por ofrecer a aquél que había sido su vida… No hubo gritos, ni ataques de nervios, ni quejas desgarradoras, sino llanto y más llanto […]» (p. 147).

De esta manera directa y emotiva, José Frank Rosario describe el dolor por el que pasa la esposa de una de las víctimas de Trujillo. En cambio, al describir un paisaje, la narrativa adquiere dejos poéticos. He aquí una escena con estas características. «Tobías, por precaución, le fue dando instrucciones de cómo manejar el animal, pero Ernesto no le prestó atención. Dejó que el caballo fuera por su cuenta, para dedicarse a saborear la luz y sus matices, los colores del campo, los infinitos ruidos ínfimos del llano, los olores mezclados de tierra, raíces y flores, y el paisaje de los maizales, cuyos penachos le llegaban al pecho. Las tonalidades de verde se confundían entre sí, perdiéndose uno tras otro, hasta hacerse azules a los pies de la loma» (p. 285).

Coronar el viento es una novela de múltiples interpretaciones. Léanla y disfrutarán de un vasto cuadro de intrigas que, estoy seguro, les fascinará.

Muchas gracias.

Nota. Este texto fue leído la noche del 7 de diciembre de 2015 durante la presentación de la obra en el café Filo de Funglode.

Manuel Salvador Gautier es narrador, ensayista y arquitecto. Se graduó de ingeniero arquitecto en la Universidad de Santo Domingo en 1955 y de doctor en Arquitectura en la Universidad de Roma en 1960, carrera en la que ha realizado una amplia labor. En 1993 se lanza al campo de la narrativa con la tetralogía Tiempo para héroes, que mereció el Premio Anual de Novela. Entre sus libros publicados, se encuentran: Toda la vida, Jaime al descubierto y Un árbol para esconder mariposas.


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La escritora dominicana Emilia Pereyra trabaja la deconstrucción del mito del pirata inglés Francis Drake, quien tomó la villa de Santo Domingo en 1586. A través de distintos personajes presenta las diferentes facetas de su personalidad, lo retrata y demuestra que es un ser humano ambicioso, perverso, sanguinario y prevaricador.
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