Artículo de Revista Global 68

Oscar Torres en Cuba

Este artículo, segunda parte de una investigación sobre la figura y obra del director de cine dominicano Oscar Torres, presenta la estadía de este en Cuba y la realización de sus dos filmes más conocidos: Tierra olvidada y Realengo 18. Se sacan a la luz algunos datos inéditos que lo presentan como un intelectual comprometido con su país y su tiempo y se describe y ambienta su paso por la República Dominicana y su exilio definitivo en Puerto Rico.

Oscar Torres en Cuba

El Oscar Torres que arriba a La Habana a finales de 1959 ya brillaba con luz propia. Su vida política y su trayectoria profesional le habían ganado prestigio a nivel regional e, incluso, fuera del Caribe. Había recorrido medio mundo por su cuenta y riesgo, estudiando, trabajando y ganando amistades de importancia internacional.

Según refiere Virgilio Díaz Grullón en su libro Antinostalgia de una Era: «Oscar tenía un talento fuera de lo común y capacidad extraordinaria de expresión escrita. Recuerdo que esta capacidad se me reveló de improviso al leer un día un reporte de un corto viaje que realizó por el Sur de los Estados Unidos y que publicó en el diario El Caribe. La hermosura y originalidad de aquel escrito me impulsó a buscarlo e iniciar con él una estrecha amistad que perduró hasta su muerte prematura y que resistió incluso la circunstancia de que estuvimos ambos enamorados de la misma mujer, al mismo tiempo»[1]. En el texto de Díaz Grullón, al valorar a Torres como crítico de cine, el insigne narrador dominicano incluyó su parecer: «Oscar era un cinéfilo consumado y fue el primer crítico moderno de cine en nuestro país».[2]

Todavía no se ha determinado a ciencia cierta quién le cursó la invitación para viajar a Cuba. Algunos apuntan al entonces vicepresidente del ICAIC, Saúl Yelín, como autor del trámite administrativo. Otros, como su compañero y amigo Orlando Jiménez Leal, así como el colaborador de su película Eduardo Manet, aseguran que la idea de incorporarlo al proyecto del Gobierno cubano partió de los cineastas Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, sus compañeros de estudios en Roma. Ellos pudieron haber otorgado su aval ante el entonces presidente del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC), Alfredo Guevara, quien posiblemente instruyó a Yelín para que corriera con los trámites de rigor para que ingresara al país.

En una entrevista concedida al periódico Sierra Maestra de Santiago de Cuba, el 4 de setiembre de 1960, titulada «Realengo 18, un canto de rebeldía», Guevara considera a Torres como un «joven guantanamero, educado en Santo Domingo, de donde tuvo que emigrar para después pasar a Italia donde estudió cine, laborando más tarde en Puerto Rico […]». En aquellos tiempos, al decir de Plácido González Gómez, anotador de Realengo 18 y quien trabajó a su lado en los campos de Guantánamo, en el Oriente de Cuba, durante las cuatro semanas de rodaje, Oscar aceptó la propuesta de trasladarse al país porque en Cuba «había pocos directores de cine para encomendarle tareas de ese tipo que requirieran de la visión y la experiencia de un profesional».

Lo cierto fue que Oscar llegó a La Habana lleno de entusiasmo y de inmediato se involucró en el mundo cultural. Se reencontró con Néstor Almendros (su mejor amigo durante su estancia cubana, según testimonio de Orlando Jiménez Leal), así como con sus compatriotas exiliados en aquella isla (entre ellos, quien llegaría a ser el Poeta Nacional de la República Dominicana, Pedro Mir) debido al impedimento de entrada impuesto por la tiranía trujillista.

Nunca se supo concretamente el sitio de residencia de Oscar en la capital cubana. Algunos amigos, como Orlando Jiménez Leal, recuerdan que disfrutaba la vida nocturna, siempre en compañía de sus amigos Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea. Al poco tiempo de su llegada a la isla, la presidencia del ICAIC le asignó la escritura de un guion y la dirección de un documental sobre la Ciénaga de Zapata que definitivamente se tituló Tierra olvidada.[3] Dicho filme fue realizado por un pequeño grupo de jóvenes que se iniciaban en el mundo del cine profesional (entre ellos el fotógrafo Harry Tanner), quienes lo acompañaron hasta una apartada comunidad campesina, al sur de la provincia de Matanzas, donde sobrevivía una comunidad de campesinos en condiciones infrahumanas. El propósito del filme fue denunciar el abandono en que la dictadura batistiana tenía sumida a esa región y las esperanzas del nuevo gobierno revolucionario.

Fuerte, conmovedor y representativo de un estilo de vida impuesto a una comunidad «olvidada» de un país sin condiciones para velar por la dignificación de la condición humana, este documental (con aires de docudrama) constituye la carta de presentación de Oscar Torres en el competitivo mundo del cine cubano. Quizás sea esta la obra más cruda en su carrera cinematográfica, desde el punto de vista neorrealista.

El discurso fílmico transcurre a partir del relato de un narrador omnisciente que narra el diario bregar y las condiciones de vida de estos hombres y mujeres que vivían sin calendarios, que confundían los días con las noches, las semanas con los meses y los meses con los años. Y no se avergonzaban de llevar la piel ennegrecida por el tinte del carbón. Como alumno aventajado del neorrealismo, eligió a los propios campesinos como protagonistas de su historia y supo sacar de ellos la espontaneidad con que resistían los embates de su oficio. Lluvias, tormentas, pedregales y peligros al acecho son elementos que enriquecen el discurso ético, a veces como simples referencias y otras como si fueran protagonistas de carne y hueso de la historia, una historia acompañada por una banda sonora muy cercana a la cotidianidad de sus personajes.

Oscar Torres manejaba la cámara a su antojo. La movía constantemente, de la misma forma en que movía a sus personajes alrededor de ella mientras estaba fija. Acercaba y alejaba la cámara para sacar de sus protagonistas miradas y actos, como emblemas de la transculturación. El discurso de los «actores» era la dimensión de sus actos. Sus gestos imprimen ritmo a lo que hacen. Torres se encarga de sus vidas, de sintetizar ante el espectador sus rasgos trascendentes a partir de la denuncia social. El final del discurso del narrador pudiera ser considerado con cierto tono triunfalista. Pero hay que pensar en el tiempo, lugar, grado y circunstancias de su realización. Fue la primera cinta hecha en Cuba por un profesional dominicano a inicios de una revolución triunfante que años después se declararía como socialista. Tierra olvidada no podía terminar de otra forma. El cambio social dentro de la isla, en ese momento, proponía otra vida.

Según José Luis Sáez: «El documental, con fotografía de Harry Tanner y guion del propio Torres es una muestra refrescante de lo que aspiraba a ser el cine cubano de esos primeros años y la crítica cubana, que desconocía la identidad del realizador, reconoció el valor de esta primera obra del ICAIC […]»[4]. Esta pieza obtuvo numerosos premios internacionales. José Luis Sáez los reseña: «Tierra Olvidada fue reconocida también por el jurado de varios Festivales Internacionales de Cine y obtuvo los siguientes galardones: Segundo Premio en el Festival de los Pueblos (Florencia, 1960), Mención de Honor en el III Festival de Cine Documental y Cortometrajes (Leipzig, 1960) y Mención Especial del jurado del VII Festival Internacional de Cortometraje (Oberhausen, 1961)»[5].

Realengo 18

Si Tierra olvidada significó un resonante éxito de público y crítica, su siguiente película, Realengo 18, se convirtió en un acontecimiento nacional con ramificaciones internacionales. Los diarios habaneros la reseñaron con elogios y desplegaron informaciones, antes y después de su estreno. Los más importantes críticos de Cuba en esos momentos, entre los que se puede citar a José Manuel Valdés, Mario Rodríguez Alemán, Fausto Canel y Roberto Branly, le dedicaron espacios significativos, con opiniones encontradas pero haciendo constar, como sucedió en el caso de Valdés Rodríguez, que Realengo 18 «supera como realización cinematográfica a Historias de la Revolución […]».[6] La obra participó en innumerables festivales de cine fuera de Cuba, entre ellos el de Moscú, al que asistió, en representación de la cinta, la actriz Rita Limonta.

El filme tiene una historia singular que pudiera iniciarse a finales de 1960 o principios de 1961, cuando el ICAIC contrata a Oscar Torres para que escriba el guion y lo dirija, inspirado en la serie de reportajes publicados en una revista habanera por el periodista puertorriqueño-cubano Pablo de la Torriente Brau, bajo el título de Campesinos. Después, esa obra se titula definitivamente Realengo 18. En su ensayo titulado Radio, cine y literatura, la especialista en cine cubano y latinoamericano de la Cinemateca de Cuba, Sara Vega, afirma: «La primera adaptación de una obra literaria para el cine la realizó Oscar Torres, que tomó como base para su filme de ficción Realengo 18 la obra homónima del escritor Pablo de la Torriente Brau».[7]

El director no se conformó con adaptar al cine las historias del malogrado revolucionario antillano. Y aunque esos escritos le sirvieron como base para su trabajo, prefirió viajar a la comunidad donde se desarrollaron los hechos, en las montañas de Guantánamo, para entrevistar a protagonistas y vecinos, conocer sus experiencias y escuchar historias que le permitieran trabajar con más libertad y, de paso, seleccionar a algunas de esas personas para encarnar a determinados personajes en la película, pues Oscar prefería vincular a actores profesionales con gentes del pueblo que tuvieran el carisma necesario para pararse frente a la cámara y atender a sus indicaciones técnicas. Y con base en esos encuentros y entrevistas, creó un argumento dramático propio, representado fílmicamente a partir de los principios artísticos del docudrama, una mezcla del relato de ficción con elementos del género documental.

Acompañado por un pequeño grupo de técnicos jóvenes, en su mayoría recién iniciados en el mundo del cine, Oscar Torres se instaló en las montañas de Guantánamo, al oriente de Cuba, en el mismo escenario donde ocurrieron los acontecimientos históricos abordados por Pablo de la Torriente Brau. Fueron semanas de intenso y agotador trabajo. Los pocos testigos que sobreviven de aquella aventura fílmica han expresado las dificultades confrontadas durante el rodaje, así como la inexperiencia o la mala fe de algunos técnicos para cumplir estrictamente las instrucciones del director. Después de terminado el rodaje, Oscar Torres se marchó de Cuba sin previo aviso. Para enfrentar el trabajo de posproducción, el ICAIC contrató al escritor y dramaturgo Eduardo Manet, quien se movía entre París y La Habana. Durante el proceso de edición, Manet descubrió que algunas escenas carecían de enfoque y encuadres adecuados, o tenían sonidos irregulares. Ante tales circunstancias tomó la decisión de suprimir varios minutos de metraje, así como de musicalizar y acoplar el proceso de doblaje.

Sin embargo, y para asombro de Manet, al difundirse comercialmente la obra, tanto en DVD como por vía digital, aparecen tres versiones de los créditos. La primera de ellas señala correctamente a Oscar Torres como director de la película y a Eduardo Manet como colaborador; en la segunda se ignora el nombre de Oscar Torres y se pone exclusivamente el de Eduardo Manet como director[8] y en la tercera se señalan dos directores, a Oscar Torres y a Eduardo Manet.[9]

Eduardo Manet se ha desvinculado de las inexactitudes de esta alteración en los créditos del filme y ha otorgado la auténtica y exclusiva paternidad en cuanto a la dirección de Realengo 18 a Torres, al decir: «Estaba bien presente que Oscar Torres había realizado el film y yo algunas secuencias y la post-filmación. Es decir, él fue el director de la película, y en mi caso solo se trató de una colaboración técnica. Yo nunca supe que existían tres versiones distintas en los créditos de Realengo, ni que en dos de ellas se me otorgaba a mí la condición de director, ignorando a Oscar Torres. De eso lo único que sé es que el actual director de la Cinemateca Dominicana, Luciano Castillo, me dio una copia de Realengo 18 con los créditos que decían: “dirección Oscar Torres con la colaboración de Eduardo Manet”».

Una vez concluido el proceso de posproducción, el filme quedó reducido a una duración de setenta y cinco minutos. Después de su estreno, se eliminaron algunas escenas y la obra quedó con un metraje definitivo de 60 minutos, tal y como se conoce hoy día.

Se estrenó en el cine La Rampa de La Habana. Orlando Jiménez Leal lo recuerda de esta forma: «Yo fui al estreno de Realengo 18, el cual ocurrió el 21 de julio de 1961, en el cine La Rampa, de El Vedado. El filme impactó mucho. Aquella sala se llenó. Tuvo un éxito de crítica y público. Y a la salida del cine fui a celebrar con Titón, Eduardo Manet y otros amigos, y todos lamentamos que era una lástima que Oscar Torres no estuviera presente para comprobar la gran acogida de su película». La prensa local también acogió el filme con entusiasmo. Algunos fragmentos de una reseña informativa publicada en el periódico Revolución, el 23 de julio de 1961, bajo el título de «Gran éxito en el cine La Rampa el estreno de Realengo 18», dan cuenta de lo siguiente: «El Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos presentó en el cine La Rampa, el estreno mundial del largometraje dirigido por Oscar Torres en colaboración con Eduardo Manet Realengo 18. Al estreno asistieron personalidades del Gobierno Revolucionario entre ellos el Comandante Ernesto Guevara y el Ministro de Obras públicas, arquitecto Osmani Cienfuegos. La presentación de la película estuvo a cargo del cineasta Julio García Espinosa, director del filme Cuba baila, quien revisó los medios de producción de películas del cine cubano, así como el desarrollo que en breve tiempo ha alcanzado la joven industria fílmica cubana […] Realengo 18 fue saludado por el público con grandes aplausos.  El film se interrumpió varias veces con fuertes aplausos. La presentación de los artistas y realizadores del film obtuvo una ferviente acogida del numeroso público reunido en La Rampa. Especialmente, Teté Vergara, quien recibió con lágrimas la fuerte ovación de los espectadores, puestos de pie […]».

El doctor Mario Rodríguez Alemán, uno de los más prestigiosos críticos de cine de Cuba, escribió una extensa crítica en el periódico habanero Combate, de fecha 16 de agosto de 1961, donde, al referirse al trabajo de Oscar Torres como director de la película, dice: «Lo mejor de la película es la dirección, que muestra sensibilidad, buen gusto, dominio de la expresión cinematográfica».

Internacionalmente, fue una de las cintas de mayor aceptación del cine cubano. Circuló en todos los países del entonces «campo socialista», con críticas muy favorables y grandes afiches como promoción comercial colocados en cines y grandes vallas de ciudades como Pekín, Shangai y Moscú. La prensa cubana cuenta sus éxitos de taquilla en Vietnam, Bulgaria, Checoslovaquia, la Unión Soviética y la República Popular China. En este último país fue doblada al idioma mandarín y en pocos meses alcanzó una audiencia superior a las doscientas mil personas, según reporte de la revista Cine Popular.

Plácido González Gómez considera que «No se pudo hacer mejor película que la que él trabajó. Oscar demostró su nivel profesional y fue un director que pudo hacer un buen trabajo. Los problemas de esa película no fueron de él. Muchas escenas quedaron mal filmadas por culpa de los fotógrafos. Oscar trabajó bajo mucha presión. Soportó hasta el final del rodaje y después se marchó». Años después, en Puerto Rico, Oscar le confesó a Orlando Jiménez Leal que, a pesar de los problemas surgidos en el proceso de filmación: «Los días más felices de su vida los había vivido en Cuba durante el proceso de realización de Realengo 18».

Origen e influencia de Realengo 18

Realengo 18 puede ser el primer intento de incorporar la modalidad cinematográfica conocida con el nombre de docudrama al largometraje de ficción en la historia del cine cubano. Mientras algunos catalogaban la técnica de Realengo 18 como una especie de «neorrealismo tropicalizado», según se apunta en este ensayo, otros se referían a él como un «filme experimental»[10].

Con cierta influencia muy bien asimilada de aquel Vittorio de Sica que conmovió al mundo con El ladrón de bicicletas (sobre todo con esa cámara detenida ex profeso frente a personajes que accionan en aras de su propio sacrificio, o en esos primeros planos orquestales donde miradas y expresiones dicen más que las palabras), Torres dibuja su película con el sudor en la frente de sus personajes y con la mirada atenta a estos desde el movimiento del lente, siempre dentro de ángulos netamente revolucionarios como pueden ser las distintas tomas de una misma secuencia, las posiciones superpuestas, las vistas panorámicas y los giros sorpresivos en busca de espacios diametrales que derrumben esquemas comunes, facilistas.

Siguiendo la línea del cine mudo, donde los sentimientos bastaban y sobraban para entender la historia, en Realengo 18 su director le otorgó mayor credibilidad a sus personajes (muchos de ellos de ficción incorporados a una trama libre, pero fiel a la historia relatada por Pablo de la Torriente Brau), felices y autónomos dentro de aquella comunidad montunera, donde la autoproducción bastaba y sobraba para mantener una trama más cercana al estilo de los primeros habitantes del Nuevo Mundo. Para poder comprender este estilo cinematográfico, hay que entender la improvisación como manera de describir la realidad. Por eso en la película todo es flexible y cambiante.

Los reportajes que le dan origen datan de 1934. Su autor transcribió lo ocurrido en las montañas de Guantánamo en 1933, cuando una comunidad campesina armada con palos, piedras, machetes y fusiles viejos enfrentó a un contingente de la guardia rural que pretendía desalojarlos de sus tierras por orden de las compañías azucareras norteamericanas. Pablo de la Torriente Brau, quien murió en combate contra el fascismo en la Guerra Civil española, fue un precursor de lo que hoy se llama «novela testimonio», cuya técnica consiste en la recreación literaria de un hecho verídico. La sublevación del Realengo Oriental cubano fue un episodio inscrito en la historia antillana después de la proclamación de la República en 1902, como producto de la malograda «Revolución del 33». La puesta en escena de Oscar Torres también parte de ese acontecimiento, pero, mientras el periodista lo recrea con un lenguaje amparado en entrevistas y testimonios, el director acude al mundo de las imágenes en movimiento para poner en escena una historia ficticia, inspirada en esos hechos. Ni el autor de la novela ni el director de cine acudieron al mimetismo para trascender el episodio, sino que lo recrearon, cada cual con sus respectivas herramientas artísticas.

Con Realengo 18, Oscar Torres «desenmordazó» las condiciones de pobreza extrema (desarrolladas años después dentro de la llamada «estética del hambre» por el brasileño Glauber Rocha) y la lucha de los campesinos por defender el pedazo de tierra de sus antepasados. Todo esto se logró por una adecuada economía de recursos cinematográficos, un guion coherente y creativo que todavía hoy se disfruta y se aplaude y, sobre todo, por un criterio profesional de aplicar técnicas de vanguardia en la puesta en escena, incorporándoles una visión muy personal. El filme tiene varias subtramas de interés, como pueden ser el reclutamiento del hijo de la protagonista en las filas enemigas, y los amores de este con una joven pueblerina que también es pretendida por un poderoso millonario.

La iniciativa personal del director, el esmerado diseño de producción y el trabajo en la dirección de actores determinaron el éxito de esta obra por derecho propio. Su contenido, de indudable trascendencia social, se aleja del estilo histórico y musical del cine comercial de moda, impuesto por las casas productoras de los Estados Unidos para «entretener» a los países latinoamericanos. Los héroes de Oscar Torres visten mal, comen peor, no saben leer ni escribir, ni tienen condiciones sanitarias para atender sus necesidades de salud. Pero son felices. Sí, poseen un tremendo amor a lo que es suyo. Un amor que los lleva a dar la vida y a enfrentar los dictámenes del oprobio.

La notable crítica de cine Elizabeth Sutherland escribió sobre esta obra lo siguiente: «Realengo 18 se distingue por una ausencia total de la artificialidad del estudio y por una naturalidad sumamente convincente, que lo convierten en uno de los filmes mejores de esta temporada. La actuación de Teté Vergara es excelente y sincera. Es más, es la primera vez que veo una verdadera actuación de parte de una actriz del ICAIC».[11]

A pesar de los resonantes éxitos internacionales, la película fue mal asimilada por un sector de la crítica cubana de su tiempo. Se quiso medir Realengo 18 con la misma vara que un drama de simple ficción. Algunos cuestionaron la estrategia cultural de Oscar Torres de mezclar ficción con documental. No entendieron que Torres creaba productos poco vistos en un país que comenzaba sus escarceos profesionales en materia de cine. En el caso de Realengo 18, pudiera existir una contrahistoria de la versión oficial. Oscar Torres escribió un guion con un argumento de ficción, inspirado en los testimonios de los campesinos que habitaban la zona. De esa forma entroncó la realidad con el drama, como lo hizo en Nenén de la Ruta Mora, cuando el niño, acompañado por un vejigante, se convierte en testigo de excepción de un tesoro cultural desconocido. Además, puso en escena ese guion con un gran sentido de la profesionalidad y una conciencia propia de su ideología revolucionaria. Llegó a Guantánamo con pocos recursos. Pero los supo aprovechar en la parte a la que menos podían afectar las diatribas del diarismo: la dirección de actores. La compenetración que logró con el equipo histriónico no pudo ser mejor. Su compañero Plácido González así lo atestigua: «A Oscar Torres lo quería todo el mundo».

Ya en el siglo XXI, algunos publicaron ensayos donde mal reducían la importancia de Oscar Torres en la historia del cine cubano, lo consideraban como «un principiante» e, incluso, llegaron a atribuirle la dirección de cintas cubanas posteriores a su fallecimiento, realizadas por otros directores. En su libro Cine cubano: Ese ojo que nos ve, el exdirector de la Cinemateca de Cuba, Reynaldo González, alguien de quien se supone que siempre debamos aprender, comete ciertas imprecisiones que es bueno acotar. En la página 148, le atribuye a Oscar Torres la dirección de la película Muerte y vida en el Morrillo (1971), sobre el revolucionario Antonio Guiteras Holmes, cuando en realidad ese filme es de la autoría de Oscar Valdés. Torres había fallecido en 1968. Otra observación valorativa contra Realengo 18 se incluye en la página 160 del referido libro, cuando refiere: «En el catálogo de esa misma década, como correspondía a cineastas que se estrenaban en el oficio y a una industria que comenzaba, el ICAIC entregó películas menos notables: Cuba 58 de José Miguel García Ascot y Jorge Fraga, Realengo 18, de Oscar Torres […]».

Tal vez el escritor desconocía que Torres, antes de la citada obra, ya había filmado cinco exitosas películas en Puerto Rico, junto al laureado docudrama Tierra olvidada, en Cuba, además de sus estudios en Roma y su condición de crítico de cine en el más importante periódico de Santo Domingo. No era un cineasta «que se iniciaba en el oficio». En defensa de González solo se puede deducir la falta de un ojo editor de altura para su libro. Un editor que lo obligara a volver la vista atrás y recapitular sobre las imprecisiones antes apuntadas.

Después de Cuba

De La Habana de 1961, Oscar Torres viajó a Santo Domingo, ciudad donde residían sus padres. Se las ingenió para ingresar de forma inadvertida, porque todavía Trujillo gobernaba el país y había recrudecido la hostilidad contra los grupos revolucionarios, así como contra las personas que su gobierno había fichado como «comunistas». En la capital dominicana pasó muy poco tiempo, siempre con bajo perfil y sin hacer contacto con sus compañeros de lucha de antaño. Tampoco intentó retomar sus escritos en el periódico El Caribe. Se manejó con mucha prudencia. Así se mantuvo hasta su regreso a Puerto Rico.

De su nueva vida en Borinquen existen pocos testimonios de personas allegadas. Su primo Manuel Miranda de Soto, que vivía en Santo Domingo, estuvo al tanto de una parte de su historia a partir de ese período, por razones familiares. Y la relata de la siguiente forma: «Esta vez, en la Isla del Encanto, no encontró trabajo fijo en la División de Cine de la Comunidad, pues ya su plaza había sido ocupada por otra persona debido a su renuncia para viajar a Cuba a finales de 1959. Tampoco pudo vincularse, con carácter permanente, a alguna empresa de publicidad o relacionada con sus estudios profesionales. Eran tiempos difíciles desde el punto de vista económico que se vivían entonces allá». Pudo sobrevivir porque, gracias a sus amistades y familiares cercanos, consiguió algunos trabajos informales y contrataciones temporeras. Como no vivía con sus padres, su contacto familiar más cercano lo tenía con su tío Moisés de Soto y los hijos de este, a los cuales visitaba con frecuencia. Allí comía muchas veces y recibía el afecto de sus seres queridos. Todavía Oscar era un joven de 28 años.

Tras la muerte de Trujillo, el 30 de mayo de 1961, y la huida de los familiares del tirano un año después, el exilio dominicano preparó una gran fiesta para celebrar estos acontecimientos de manera conjunta. A ese encuentro asistieron Manolo Tavárez Justo y Viriato Fiallo, quienes se encontraban en la ONU. La festividad tuvo lugar en la capital dominicana, en noviembre de 1962, y Oscar Torres llegó al país con su tío Moisés de Soto y participaron en ese acto. Permanecieron cuatro días en la tierra de Juan Pablo Duarte y durante esas jornadas Oscar fue preparando condiciones y haciendo contactos para abandonar Puerto Rico y regresar junto a sus padres. Meses después, en febrero de 1963, se haría realidad ese propósito.

De inmediato procuró un vínculo laboral para no ser una carga para sus padres. Y aunque consiguió un empleo fijo en Radio Televisión Dominicana, su salario no le bastaba para sostenerse con cierta dignidad. Eso lo obligó a que, de manera paralela, aceptara empleos ocasionales en las áreas de publicidad y cinematografía. Uno de esos contratos lo logró, conjuntamente con Max Pou y Manolo Quiroz, por medio de la Junta Central Electoral para realizar una serie de cortometrajes didácticos que enseñaran a votar a la población en las primeras elecciones libres que se efectuarían en agosto de 1963, después de 31 años de dictadura. Estos documentales, de corte comercial, se exhibían a manera de anuncios educativos. Su primo Manuel Miranda de Soto no conserva ninguno. Pero los vio en el cine y, según su testimonio, tuvieron unánime aceptación.

Desde el punto de vista social, sus relaciones de amistad abarcaron también el mundo de la cultura. Retornó con el mismo rigor y entusiasmo a las tertulias del Hotel Comercial en El Conde. Después del golpe de Estado a Juan Bosch, Oscar decidió regresar a Puerto Rico y abandonó sus intenciones de establecerse definitivamente en la República Dominicana.

Luis Beiro Álvarez se licenció en Derecho en la Universidad de La Habana (1975). Fue miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, donde trabajó como especialista en eventos internacionales y publicaciones. Ha publicado varios libros de poesía, periodismo e investigaciones literarias. Su primera novela, La carnada en el anzuelo (1998, 2002), fue celebrada por la crítica. Ha publicado otras novelas: Luyanó (2009) y Los elegidos de Miranda (2013). Actualmente es editor cultural del periódico Listín Diario.

Notas

[1] Virgilio Díaz Grullón, Antinostalgia de una Era, Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1989, pp. 63-64.

[2] Ibídem.

[3] Ficha técnica: Título: Tierra olvidada. País: Cuba. Director y guion: Oscar Torres. Año: 1960. Género: Documental. Duración: 23 minutos. B/N. Colaboración: Armando Fernández. Ingeniero de sonido: Eugenio Vesa

[4] José Luis  Sáez, Historia de un sueño importado, Santo Domingo, Ediciones Siboney, 1982, p. 116.

[5] Ibídem, p. 117.

[6] José Manuel, Valdés Rodríguez,  «Presentación de Realengo 18, hoy», sección «Tablas y pantalla», periódico El Mundo, La Habana, 21 de julio de 1961.

[7] Sara Vega, «Radio, cine y literatura», en Reynaldo González (coord.), Coordenadas del cine cubano I, Editorial Oriente, 2013.

[8] Ver <http://www.imdb.com/title/tt0382934>.

[9] Ver <http://www.filmaffinity.com/es/film517164.html>.

[10] José Luis Sáez, ob. cit., p. 119.

[11] Citada por Julianne Burton, «Cuba», en Les Cinémes de l´Amérique Latine, p. 279


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