Artículo de Revista Global 19

Periodismo ciudadano: ¿quién escucha cuando todos hablan?

Las experiencias de periodismo participativo a través de los medios digitales están provocando profundos cambios en la comunicación social. Es creciente la probabilidad de que cualquier acontecimiento de interés público cuente con algún testigo capacitado para transmitir información sobre ellos casi en tiempo real. Este fenómeno supone redefinir conceptualmente la comunicación periodística y la mediación social ejercida hasta ahora por los periodistas. Sin embargo, de la misma forma que la tecnología no explica la participación ciudadana, tampoco resuelve la unilateralidad con la que suele funcionar el periodismo.

Periodismo ciudadano: ¿quién escucha cuando todos hablan?

Parece que la tecnología digital lo está cambiando todo. En apenas 15 años el avance de la digitalización ha impregnado todos los ámbitos de la vida económica, política, social y cultural. Cada vez vemos más la letra “e” de electrónico o la “i” de inteligente delante de conceptos tan clásicos como comercio, política o aprendizaje. En el terreno de lo social y lo cultural, la popularización de Internet y de los dispositivos digitales está dando muestras inéditas de transformación de las formas en que la gente se expresa, se informa o se relaciona entre sí y con el mundo. Vemos cada día con menor sorpresa las insólitas posibilidades que Internet y el teléfono móvil permiten para entablar relaciones humanas, acceder a los productos culturales, producir material cultural, desdoblar nuestra identidad en espacios virtuales, participar en movilizaciones sociales y políticas… Se trata de un caldo de cultivo en el que resulta claro que la clave está en el tradicional campo de los receptores de la comunicación social.

Ebullición

Sin embargo, resulta necesario relativizar tanto las causas de estos fenómenos como el alcance real de sus consecuencias. La llamada brecha digital nos recuerda que, al analizar el papel que juega la tecnología en la sociedad, es indispensable deshacerse de cualquier clase de determinismo que coloque a la técnica como causa unívoca de procesos demasiado complejos como para resumir su explicación en la mera existencia de unos aparatos sofisticados. Antes de caer en ello hay que explicar la aparición y desarrollo de estos dispositivos en un contexto histórico y social en el que los factores identificados por la economía política parecen los más significativos. Desde esta perspectiva puede verse hasta qué punto la tecnología es un factor más de reproducción del orden establecido, antes que un elemento de verdadera transformación social.

Ahora bien, a pesar de que la tecnología es en muchos sentidos reflejo de desigualdades sociales cada vez más grandes y profundas, causa y efecto al mismo tiempo de la brecha digital, también se ha hecho más accesible económica y culturalmente para el desarrollo de iniciativas comunicativas de nuevo cuño. Muchas de ellas deben al abaratamiento y a la simplificación de los dispositivos electrónicos y digitales su propia existencia, no así las inquietudes que les lleva a fundarse. Prevenirse de posturas deterministas no implica negar que las infraestructuras de hoy permiten una capacidad de comunicación inédita gracias a la digitalización. A través de listas de correo, foros de noticias, grupos de discusión, páginas web de organizaciones sociales y, por supuesto, los blogs o bitácoras, los internautas pueden compartir su conocimiento, sea de la clase que sea, mediante todo tipo de documentación escrita, gráfica y animada, así como convocar iniciativas para pasar a la acción política.

La colaboración social mediante fórmulas digitales encuentra caminos muy prometedores y resultados palpables. Un fenómeno especialmente llamativo en este sentido es el que plantean los sistemas peer to peer (P2P, de par a par o entre iguales), un modelo de transmisión que recoge el espíritu libertario de los orígenes contraculturales de Internet. Además de ser un quebradero de cabeza para las industrias del espectáculo por la facilidad con la que permiten a los internautas copiar canciones y películas, también son los que facilitan el trabajo compartido de manera completamente descentralizada.

El propio desarrollo comercial de Internet facilita opciones, como los grupos de Yahoo o de Google, que pueden ser aprovechadas para compartir experiencias y establecer todo tipo de relaciones humanas, si bien se caracterizan habitualmente por la fugacidad, la irrelevancia social, la ausencia de compromiso o una reducida o nula repercusión en las agendas oficiales. Ejemplos de ello son servicios como Flirck, para compartir archivos multimedia entre comunidades virtuales, espacios para trabar redes sociales y personales como MySpace, Meetic o Friendster, o espacios virtuales como Second Life, donde se desarrolla un escenario paralelo a la vida física y en el que los usuarios subliman su existencia mortal y limitada proyectando su identidad unas veces, desdoblándola otras.

En el caso concreto del periodismo, encontramos con más frecuencia en las pantallas televisivas recursos audiovisuales producidos por los ciudadanos. No es extraño que los telediarios completen o incluso cubran en su totalidad la información sobre un atentado, una catástrofe natural o un suceso local con imágenes grabadas por testigos directos mediante su teléfono móvil o su agenda electrónica. La pobre calidad técnica de los materiales aportados por los ciudadanos queda compensada con creces por la ubicuidad que la masa tradicionalmente pasiva representa y ejerce frente a la limitación presencial que tiene cualquier cadena o productora de televisión, por potente que ésta sea.

Nuevas formas

Una de las plataformas que más repercusión social y mediática han tenido en este sentido desde Internet es YouTube, un sitio web bien conocido que permite publicar y visionar vídeos personales, así como incorporarlos a los contenidos de otro sitio. El catálogo de YouTube incluye materiales a veces insólitos que en raras ocasiones llegan a la agenda de los medios convencionales. Así lo hizo, sin embargo, el vídeo de la falsa sustracción del sillón del presidente Zapatero en el Congreso de los Diputados de España como fórmula para llamar la atención sobre la campaña Levántate contra la Pobreza, dentro del marco de la Campaña del Milenio, lanzada por la ONU en el 2000.

Experiencias colectivas como la de Indymedia son las que plantean las alternativas comunicativas más rebeldes al modelo unidireccional y vertical que predomina en los medios convencionales. Indymedia es una red mundial que publica informaciones y recursos multimedia aportados por testigos directos de diversos acontecimientos que se producen en todo el planeta. Su principal objetivo es potenciar una forma de comunicación lo menos mediada posible, interactiva, comunitaria y transversal, mediante la construcción colectiva y permanente de la noticia.

El modelo de Indymedia ha calado hondo en la Red y ha inspirado diferentes iniciativas técnicas para canalizar las contribuciones informativas de los miembros de un determinado grupo social en una publicación digital. Con la ayuda de gestores de contenido (CMS) se desarrollan proyectos como el de la Wikipedia, un compendio de saber generado por la labor de miles de internautas basado en el sistema wiki, un modelo de creación compartida en el que los diferentes usuarios redactan, corrigen y editan de manera colaborativa los contenidos de un sitio web. En su versión en español ya cuenta con cerca de 250,000 artículos enciclopédicos, una cifra pequeña si la comparamos con los casi 2 millones de artículos de la Wikipedia en inglés, o incluso con las versiones de otros idiomas menos hablados que el castellano.

Lo que tienen en común muchas de estas organizaciones y plataformas es uno de los aspectos nucleares de la presencia y efectos de la digitalización en nuestra sociedad global: el software libre, y en particular Linux, la expresión más clara de una nueva ética, la del hacker, cuya esencia contradice profundamente los planteamientos con los que se construyó la ética protestante que identificó Weber (2003). Esta ética establece nuevas coordenadas para valorar el trabajo intelectual que desplazan el objetivo del reconocimiento profesional, en cualquiera de sus acepciones, por el de la pasión, cuyo resultado debería ser la gratificación del entorno.

Este matiz supone, según Pekka Himanen (2001), el origen de un nuevo espíritu, el de la era de la información, radicalmente opuesto al del industrialismo protestante. Se trata de una concepción integral que se distancia del viejo espíritu capitalista y su idea de la propiedad, que se refuerza aún más que en la etapa industrial, aplicándose de manera creciente en la información y el conocimiento a través de patentes, marcas, copyrights y todo tipo de contratos. Lo más interesante de este nuevo espíritu es que no abandona del todo los mecanismos del capitalismo, lo que lo convierte en una corriente contracultural de la que no puede apartarse el mercantilismo, pues forma parte de él.

Al calor de la cultura del código abierto surgen iniciativas de todo tipo animadas por la liberación de conocimiento frente a la liberalización de los contenidos que propugnan los intereses comerciales, así como por las ventajas de los nuevos soportes digitales para alcanzar la supremacía del valor de uso sobre el valor de cambio. Alternativas heterodoxas como el Copyleft, Creative Commons o la General Public License (GPL) “protegen” producciones colectivas como Linux de su apropiación por parte de intereses comerciales, sometiendo cualquier pieza que se le añada a las condiciones de apertura, transparencia y publicidad.

Quizá la más extendida y significativa de todas las fórmulas comunicativas que han surgido con la digitalización sea la de los weblogs, diarios personales o colectivos que recogen noticias, comentarios o reflexiones acerca de cualquier asunto, que van acumulándose en orden cronológicamente inverso. La eclosión de este modelo de expresión llegó en 2002, en una situación especialmente agitada por la escalada de tensión ante la invasión de Iraq y, por tanto, muy propicia para la acción contrainformativa y la movilización social.

Desde entonces, los blogs no han dejado de proliferar. Según los datos del observatorio y registro de blogs Technorati, actualmente hay más de 60 millones de bitácoras alojadas en servidores de todo el mundo, cuando a comienzos del 2000 sólo se contaban 29,000. No obstante, mientras los buscadores no ofrezcan métodos de rastreo más sofisticados, es difícil hacer un censo fiable o aproximarse a una cifra real, dado que muchos weblogs no están alojados en servidores públicos y gratuitos. Además, como advierte la consultora Perseus¹ en otro estudio, más del 66% de las bitácoras dejan de actualizarse durante dos meses o más, llegando a una tercera parte aquellas que son flor de un día. Además, es importante resaltar que los blogs no tienen por qué hacer periodismo; es más, la gran mayoría de ellos tiene poco que ver con él.

Más allá del número de blogs que pueblan el ciberespacio, lo especialmente interesante y significativo de estos diarios de alcance mundial es la interacción que pueden desarrollar con los internautas y entre sí, dando lugar a participados debates e iniciativas que bien pueden hacer mella en los discursos dominantes de los medios convencionales. Así, los trackbacks son una especie de hiperenlaces inversos que permiten saber que alguien ha enlazado nuestro artículo, y avisar a otro weblog de que estamos citando uno de sus artículos. Estos mensajes aparecerán en la lista de comentarios del artículo referido. ² Otro rasgo que configura la llamada blogosfera es la capacidad de suscripción para poder hacer seguimiento de los blogs favoritos sin tener que teclear sus direcciones. Para ello sólo tendrán que “sindicarse” al web deseado utilizando el código RSS (formato de redifusión o sindicación web). La sindicación permite publicar de manera automática las actualizaciones en una página web volcando en ella el código RSS o bien recibir notificaciones cada vez que la información se actualiza, para lo que es necesario utilizar un agregador de contenidos.

Un agregador es una especie de agenda personalizada de contenidos donde el usuario acumula y gestiona sus suscripciones. Los agregadores se convierten así en espacios básicos para la configuración de la blogosfera y en potenciales generadores de opinión. La historia reciente ya ha dado algunos ejemplos de cómo la información que fluye de manera eminentemente marginal en la blogosfera puede conseguir conectar con la agenda de los medios convencionales e incluso llegar a cambiar su discurso.

Es lo que ocurrió con Trend Lott, un senador republicano de Estados Unidos que se vio envuelto en una situación mediática muy delicada en diciembre de 2002 como consecuencia de sus comprometedoras palabras de admiración por el programa racista del candidato republicano a las elecciones presidenciales de 1948. Un ejemplo similar fue el ocurrido en 1998 al ex presidente Bill Clinton en el caso Lewinsky. Son ejemplos, no obstante, claramente excepcionales.

No hay que olvidar las expectativas que se abren en el desarrollo de nuevas líneas de colaboración a través de la cada vez más sofisticada y asequible tecnología móvil, que pone en las manos de cualquier ciudadano una verdadera unidad móvil multimedia. Siguiendo la estela de la eclosión de la blogosfera, aparecieron a mediados de 2003 los primeros moblogs, también conocidos como photoblogs, es decir, bitácoras que se actualizan desde un teléfono celular dotado de cámara fotográfica. Un ejemplo ilustrativo es el cuaderno digital The Border: Where Two Worlds Meet, en el que el periodista Louie Villalobos recoge información gráfica sobre los problemas de inmigración y narcotráfico en la frontera de Arizona con México.

Adaptación

Mientras se refuerzan estos fenómenos de participación digital, el periodista profesional parece mantener una imagen mítica más propia de aventureros o detectives que tiene muy poco que ver con la pobreza intelectual de la realidad cotidiana que le toca vivir a la mayoría de los profesionales de la información, mucho menos con el menguante reconocimiento que le concede el mercado, catalizador dominante de los fenómenos socioeconómicos de este mundo globalizado. Ambos aspectos –calidad profesional y estabilidad laboral– establecen las coordenadas de una ocupación que está en vías de extinción para muchos estudiosos. En un entramado cada vez más concentrado y vertical como el que vive el periodista del siglo XXI, estos temores encuentran su principal exponente en CNN, pauta que tiende a sustituir el triángulo acontecimiento mediador-ciudadano, con el que Ignacio Ramonet (1998) metaforiza el modelo tradicional de comunicación social, por un eje con el que los medios tratan de poner en contacto directo al ciudadano con el acontecimiento, convirtiendo así a los mediadores en convidados de piedra o, en el mejor de los casos, en “meros obreros de una cadena de montaje”.

Su trabajo se hace más individualizado a pesar de estar cada vez más coordinado con la producción de sus compañeros, y se abren muchos interrogantes respecto a su inserción como mediador en una sociedad muy diferente a la industrial, caracterizada por una complejidad mediática basada en la multilateralidad, la interactividad, la descentralización y la hipertextualidad.

Este es el contexto de crisis en el que surge desde finales de los ochenta en Estados Unidos el llamado periodismo público o cívico, como respuesta ante el creciente vacío entre los ciudadanos y los gobiernos y el fracaso de los medios de comunicación como promotores del debate y la participación públicos. Sin embargo, este nuevo periodismo no resulta una verdadera novedad, más bien un retorno al periodismo premasivo. Del mismo modo, la irrupción de esta concepción alternativa del periodismo objetivista y neutral que apuesta por la implicación de la ciudadanía enlaza pocos años después de sus inicios con la popularización de Internet a través de la web y las profundas transformaciones que ello supone para la información periodística. Paradójicamente, las mismas tecnologías digitales que han contribuido de manera tan significativa a la configuración de un escenario comunicacional tan concentrado y mercantilizado han sido también las que han favorecido el desarrollo de los nuevos formatos y soportes que brindan diferentes oportunidades para la participación ciudadana. El periodismo del siglo XXI se encuadra en un entorno mucho más complejo que el de hace apenas 10 años, un escenario en el que los pasivos y silenciosos ciudadanos se convierten en potenciales productores de información.

Resultan especialmente valiosas las experiencias periodísticas que no se conforman con producir material informativo al margen o contra los discursos dominantes tal como sucede con la mayoría de los weblogs, sino que apuestan por fórmulas de integración que aspiran a incorporar en los medios convencionales las aportaciones de la ciudadanía y los movimientos sociales a través de los nuevos recursos tecnológicos. Son medios que reconocen y aplican la máxima de Dan Gillmor, uno de los máximos defensores del periodismo participativo desde el ámbito profesional: “Mis lectores, colectivamente, saben más que yo” (Gillmor, 2004). En la misma línea, Shayne Bowman y Chris Willis (2003) presentan en su informe We Media las valiosas ventajas de incorporar a los ciudadanos en la producción periodística.

En los últimos 10 años ha habido muchas experiencias continuadoras del periodismo cívico,3 pero Jane’s Intelligence Review fue la primera publicación que puso en marcha en 1999 una iniciativa inspirada en el código abierto de Linux cuando sometió a la crítica de los usuarios expertos de Slashdot un artículo todavía sin publicar sobre ciberterrorismo. La respuesta fue tan contundente que el editor de Jane´s decidió desechar el texto original y construir uno nuevo con los comentarios aparecidos en Slashdot y las clarificaciones y los datos de algunos de los expertos de este sitio web. Con ello se inauguraba lo que se dio en llamar “periodismo de fuente abierta”, una nueva forma de hacer periodismo en la que la redacción informativa se asemejaba al proceso en el que los programadores de Linux analizan, critican y retocan una versión beta de software.

A pesar de los ataques de algunos sectores profesionales a la concesión que suponía este experimento, la semilla de Jane´s y Slashdot ha germinado de diversas maneras en diferentes medios digitales. En las mismas fechas nacía en Corea del Sur OhMyNews, un sitio de noticias que basa su estructura productiva en una inmensa red de corresponsales, formada hoy por más de 40,000 ciudadanos-periodistas de todo el mundo que nutren tres cuartas partes de sus páginas de todo tipo de informaciones y opiniones por las que reciben una pequeña remuneración. Unos 50 redactores profesionales se encargan de revisar y editar los artículos y cubren el resto de los contenidos. Este medio participativo se ha convertido en uno de los diarios digitales más influyentes del país con más de dos millones de lectores, es decir, un 35% de la población surcoreana.

De manera similar funciona la publicación japonesa JanJan, que también se ha erigido en serio competidor de los principales medios convencionales; o GetLocalNews, una red de sitios web desplegada por todos los Estados Unidos que recoge mediante una infraestructura de edición sencilla las inquietudes más presentes entre la ciudadanía local. Con la misma filosofía han surgido en 2006 multitud de invitaciones a la participación del público en medios de comunicación de todo el mundo. Recientemente, la Wikipedia, una enciclopedia construida a partir de la colaboración planetaria de miles de usuarios, ha abierto su sección de noticias, Wikinews.

Una de las iniciativas más llamativas es Current TV, un canal de televisión por cable que emite los vídeos producidos y seleccionados por la audiencia, compuesta ya por 28 millones de hogares estadounidenses. La cadena CNN ha sido la siguiente en subirse al carro de la participación ciudadana para la producción informativa: en agosto de 2006 presentaba cnn.com/ Exchange, una plataforma para que cualquier ciudadano publique fotografías, vídeos, archivos sonoros o textos tras pasar el mismo filtro editorial que los reportajes de producción propia. Y seguro que no será la última: msnbc.com y AOL ya han anunciado su intención de seguir el mismo camino.

Todo cambia para seguir igual

La cultura del código abierto se está extendiendo con el avance de las tecnologías digitales. Pero quedan todavía muchos interrogantes por despejar. Como ya hemos señalado, estas propuestas no abandonan los mecanismos del capitalismo y, en muchos casos, el conocimiento se equipará a la información y se impone la lógica de la rentabilidad, lo cual no tiene por qué ser negativo, siempre que no se ignore.

Recalquemos que la tecnología nunca puede explicar por sí sola los cambios sociales: puede que dé cierta respuesta a la aspiración de algunos a hacer oír su voz, pero no puede dar voz a la mayoría silenciosa. En Internet participan los que ya se comprometen en el mundo predigital o quieren actuar más y/o mejor. Recordemos que Internet no llega a todas partes apenas a un 10% de la población mundial y que no siempre llega con la profundidad que requiere un uso responsable, crítico y participativo de los ciudadanos.

Además, allá donde llega su presencia, aunque voluminosa y accesible, no arrebata la dominancia de los medios tradicionales. Puede que Internet contenga la mayor diversidad y pluralidad de información que jamás haya tenido ningún medio de comunicación, pero hoy por hoy siguen siendo los medios tradicionales los que establecen la agenda de contenidos noticiosos. Precisamente, el ingente volumen de información –la mayoría sumergida en las profundidades de la llamada “web invisible”– convierte a Internet en una especie de jaula de grillos que no asegura para casi ningún mensaje marginal el alcance masivo que proyectan sus potencialidades. Para que ello ocurra, parece imprescindible que los medios convencionales se hagan eco de tal mensaje, reproduciendo así el modelo tradicional de comunicación social: vertical y sometido al sesgo de los altavoces. Por otra parte, el propio uso de la Red tiene cada vez más un perfil personalizado que no siempre garantiza el papel de cohesionador social que siguen ocupando los medios convencionales, especialmente la televisión. El consumo de información “a la medida” podría reducir la presencia de espacios con contenidos verdaderamente comunes, y esto podría hacer que los consumidores vean degenerar su condición de ciudadanos.

José Mª García de Madariaga es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (URJC). Forma parte del Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación (GEAC-URJC), donde ha desarrollado trabajos individuales y colectivos centrados en la influencia de la digitalización en los procesos de comunicación social en general y en el periodismo y la participación ciudadana en particular.

 Notas

1 <http://www.perseus.com/blogsurvey/iceberg.html>.

2 Alejandro Piscitelli hace una buena explicación de su funcionamiento en el weblog que dirige para la Cátedra de Procesamiento de Datos.

3 Según Pew Center, al menos el 20% de los aproximadamente 1,500 periódicos estadounidenses practicaron alguna fórmula de periodismo participativo entre 1994 y 2001, con resultados notablemente positivos.

Bibliografía

Bowman, Shayne y Chris Willis (2003). We Media. How the audiences are shaping the future of news and information. The Media Center at the American Press Institute. [Consulta: 13/2/2004].

Casacuberta sevilla, David (2003). Creación colectiva: en Internet el creador es el público. Barcelona: Gedisa.

Himanen, Pekka (2002). La ética del hacker y el espíritu de la era de la información; prólogo de Linus Torvalds; epílogo de Manuel Castells. Barcelona: Destino.

Gillmor, Dan (2004). We the Media. Sebastopol (California). Disponible en: [Consulta: 12/2004]

Weber, Max (2003). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Madrid: Alianza.