Artículo de Revista Global 25

Periodismo para “señoritas”

La historia del periodismo escrito por mujeres dominicanas en el siglo XIX es un tema pendiente de mayor estudio e investigación, así como la recopilación de sus textos dispersos en publicaciones de la época.

Periodismo para “señoritas”

Siempre es gratificante dejarnos seducir y tender una mirada hacia el pasado, sobre todo para descubrir a aquellas mujeres que pudieron ir más allá del oleaje de sus gestos, frecuentando la escritura de mujer, conscientemente, y el espacio imaginario como un ritual que animaba su silencio y sus territorios afectivos, resquebrajadas por el sueño o las posibles fisuras que pudieran hacer al orden patriarcal o la herencia confinante del discurso androcéntrico que no les daba cabida a otros roles que no fueran la soledad como reverso de su suerte de ser esposa y madre.

  1. ¿Cómo llegué al periodismo/literatura de género?

Los estudios de comunicación social no pueden dejar a un lado la necesidad de conocer y reconocer la geografía y la territorialidad de la creación femenina. Todo discurso del saber siempre trae consigo dicotomías, fragmentaciones, y un desafío de oponer el pasado al presente. La República Dominicana es un lugar, un espacio con muchas historias de mujeres que todavía permanecen anónimas.

Por tanto, reconstruir la autoría femenina de las periodistas dominicanas de fin de siglo es hacer el hallazgo de textos dispersos de la época decimonónica en periódicos y revistas, tanto nacionales como en bibliotecas del archipiélago de las islas caribeñas, como una forma de romper con las desheredades a las cuales ha sido empujada la mujer en el discurso dominante patriarcal. El sistema de recolección de datos sobre una temática como el periodismo de mujer o el periodismo de género conlleva ciertas dificultades.

Nuestro primer interés en el periodismo y la escritura femenil del siglo xix surge cuando por un azar del destino nos llegó el nombre de Virginia Elena Ortea (1866-1903), una escritora dominicana casi desconocida, de la cual en 1989 habíamos escrito un breve ensayo titulado “Virginia Elena Ortea: sus juegos de alusiones en Risas y lágrimas”, partiendo de un libro suyo que extrañamente cayó en nuestras manos (editado en 1978 por Alfa y Omega con carta-prólogo del doctor Sebastián Rodríguez Lora). Fue desde entonces que comenzamos con énfasis lo que hasta ahora nos ha ocupado: cerrar el ciclo de vidas de mujeres idas a destiempo.

  1. ¿Qué mujeres ejercieron el periodismo en el siglo XIX?

En el siglo xix, en Santo Domingo, solamente 38 mujeres publicaron poemas, cuentos, cartas y artículos de opinión, en los periódicos El Oasis (1854-1855, 1856), El Porvenir (Puerto Plata, 1872), El Correo del Ozama (1875), El Sufragio (1878-1879), Listín Diario (1889), Revista Ilustrada (1898-1900), Letras y Ciencias (1892-1898), El Orden (Santiago de Los Caballeros, 1875), La Crónica (1874) y El Eco de la Opinión (1879).

Por ejemplo, de 1890 a 1899 ejercieron el periodismo literario y la crónica, de manera ocasional, publicando sus escritos en periódicos y revistas: Virginia Elena Ortea (desde 1890), María Nicolasa Billini y Amelia Francasci (desde 1872), María del Pilar Sinués y Concepción Álvarez Ocampo (desde 1893), Ursula Céspedes, Laura Méndez de C., Josefa Pujol de Collado (escritora madrileña, autora de “Cartas para las damas”, que publicaba en La Correspondencia de Puerto Rico, periódico del cual era corresponsal) y Eva Canel (desde 1894), Leonor Feltz, Belén Margot Aguayo, Onaney, Ursula Condorí y María Luisa (desde 1895), Mercedes Laura Aguiar, Anacaona Moscoso, Mercedes Mota, Isabel Amechazurra de Pellerano, Rosa Smester, Carlota Salado de P., Rosalina (González), Nieves Xenes, Teresa de Peña, Luisa Ozema Pellerano, Mercedes C. Moscoso, Flor Palma y Salomé Ureña de Henríquez (desde 1896), Caridad de Peña (desde 1897), Ana (Josefa) Puello, Amalia M. Freites. T. Colombina (Trinidad de Moya) y Lucrecia Espaillat (desde 1898), y Camila Silva (desde 1899).

Por su lado, realizaban traducciones de artículos del francés al castellano en 1898 para la Revista Ilustrada, Publicación Quincenal de Ciencias, Artes y Letras –cuyo director era Miguel Ángel Garrido y el secretario de redacción Tulio Manuel Cestero–: Eugenia Pérez (“Meditaciones astronómicas de Camilo Flammarion. Venus”,1 y 2, pág. 8, vol. 1, núm. 5, 1 de octubre y pág. 8, vol. 1, núm. 7, 1 de noviembre, pág. 4), Elmira Bobadilla (“El despertar de las campanas en el antiguo París, de Víctor Hugo”, vol. 1, núm. 8, 15 de noviembre, pág. 6) y Amalia M. Freites (“El perfume de las rosas de amor”, vol. 1, núm. 3, 1 de septiembre, págs. 4-6), así como la escritora puertoplatense Carmen Lovatón de Meunier, en 1899, y Luisa Elminda Pérez.

Desde 1896, Mercedes Mota dio a conocer los siguientes artículos en el Listín Diario: “Breves apuntes” (26-10-1896), “Algo sobre El Salvador” (15-2-1897), “Salomé Ureña de Henríquez” (5-41897), “Mademoiselle C. Royer” (18-4-1898), “En Santiago” (11-5-1898), “Excursión de la baronesa de Wilson” (18-5-1898), “Ramón Cáceres” (21-101899) e “Instrucción obligatoria” (21-12-1899).

En la Revista Ilustrada, Publicación Quincenal de Ciencias, Artes y Letras, Mercedes Mota escribió ocho artículos literarios: “Invernal” (vol. 1, núm. 2, 15 de agosto de 1898, pág. 2), “Notas del mar” dedicado a Mercedes Echenique (vol. 1, núm. 7, 1 de noviembre de 1898, pág. 1), “Los tres ojos”, A. Loweski Lamarche (vol. 1, núm. 8, 15 de noviembre de 1898, pág. 1), “David M. Chaumaceiro” (vol. 1, núm. 12, 15 de enero de 1899, pág. 1), “Verdad y gratitud” (vol. 1, núm. 16, 15 de marzo de 1899, pág. 23) y “Homenaje”, dedicado a Enrique Cambier (vol. 1, núm.14, 15 de febrero de 1899, pág. 4); “Crespones” (vol. 2, núm. 24, 15 de de julio de 1900, págs. 24-25); “Tulio M. Cestero i sus obras” (vol. 1, núm. 3, 1 de mayo de 1901, págs. 5-7).

En La Crónica, Josefa Antonia Perdomo dio a conocer su breve ensayo “Las hijas de María” (22-8-1888); en El Porvenir publicaron sus artículos María del Pilar Sinués de Marco (“Estudios morales/La poesía del hogar doméstico”, 22-6-1873, y “El matrimonio”, diciembre de 1893), Concepción Álvarez Ocampo (“Cultura de la mujer”, 2511-1893); en El Eco de la Opinión escribieron María Nicolasa Billini (“Colegio El Dominicano”, 13-8-1892) Amelia Francasci (“Madre culpable”, 3-91892) y Virginia Elena Ortea (“Ferrocarril de Puerto Plata a Santiago”, 23-10-1897).

Publicaron artículos en el Listín Diario Mercedes Laura Aguiar (“Felicitación”, 23-11-1896), Josefa Pujol de Collado (“Para las damas”, 18-31894), Concepción Agüero de Bobadilla (“Onaney responde”, 7-9-1895), Rosalinda González (“Reseña de teatro”, 2-1-1896, 4-1-1896, 7-2-1896, 20-2-1896), Teresa de Peña (“Amar es vivir”, marzo de 1896); Luisa Ozema Pellerano (“Violetas”, 9-9-1896) y Leonor Feltz (“Aliento”, 15-8-1898).

También escribieron artículos para la Revista Ilustrada, Publicación Quincenal de Ciencias, Artes y Letras, Lucrecia Espaillat, “Mi deseo, a Mercedes Mota” (vol. 1, núm. 7, 1 de noviembre de 1898, págs. 6-7); Rosa Smester, “Funeraria” (vol. 2, núm. 24, 15 de julio de 1900, págs. 7-8); Ana J. Puello publicó allí cuatro artículos: “A orillas del mar” (vol. 1, núm. 2, 15 de agosto de 1898, págs. 7-8), “Ensayos críticos” (vol. 1, núm. 6, 15 de octubre de 1898, págs. 10-11) “A su memoria” (vol. 2, núm. 24, 15 de julio de 1900, pág. 12), y “Reminiscencias. Imitación” (vol. 1, núm. 4, 22 de mayo de 1901, pág. 15); Carmen L. de Meunier, “Pájina [sic] en el Álbum de la simpática señorita Lidia Rodríguez” (vol. 2, núm. 22, abril de 1900, pág. 6); Mercedes M. Moscoso, “Aspiración. A Ana T. Acevedo” (vol. 1, núm. 6, 15 de octubre de 1898, pág. 8); Polita de Lima, “Las Letras” (vol. 1, núm. 3, 1 de mayo de 1901, págs. 9-10) y Mercedes Laura Aguiar, “Mi Fe” (vol. 1, núm. 12, 15 de enero de 1899).

Leonor M. Feltz publicó en la Revista Ilustrada, Publicación Quincenal de Ciencias, Artes y Letras “Aliento” (vol. 1, núm. 2, 15 de agosto de 1898, pág. 10) y “Alegoría. A Antera Mota de Reyes” (vol. 2, núm. 22, 1 de abril de 1900, págs. 1-2).

Camila Silva escribió para la Revista Ilustrada, Publicación Quincenal de Ciencias, Artes y Letras el relato “Mihn el valeroso” (vol. 1, núm. 14, 15 de febrero de 1899, págs. 3-4).

En 1891, en el tabloide El Lápiz, Periódico Literario y Artístico (1891-1892), que se editaba en Santo Domingo (s/p), fundado por José Otero Nolasco y Andrés Julio Montolío (quien lo dirigía), solamente una mujer llegó a publicar un artículo o ensayo literario: la española Emilia Pardo Bazán (18511921) dio a conocer en una serie de tres entregas un ensayo titulado “Flaubert” (año 1, núms. 14, 15 y 17 correspondiente al 19-8-1891, 4-9-1891 y 4-10-1891).

No se tiene noticias de que ninguna de nuestras mujeres periodistas se haya dedicado a la corresponsalía de prensa en el siglo xix, ni que influyera de manera determinante en la línea editorial de algún órgano de prensa.

  1. ¿Qué leían las mujeres periodistas?

En el siglo XIX, al igual que en los anteriores, existía un control de las autoridades eclesiásticas y gubernamentales sobre las publicaciones, la circulación de los libros y, por consiguiente, de las ideas.

La ciudad de Santo Domingo disponía entonces de cuatro librerías reconocidas: Librería Sardá (1853), propiedad de Francisco Sardá y Carbonell; Librería La Ilustración (1861), abierta en la calle de Regina número 43, frente a la Iglesia; Librería La Retreta (1869), de García Hermanos, ubicada en la plaza de Armas número 20, frente al parque Colón, y la Librería de Cos (1881), de José María Cos, en la calle del Estudio.

A la naciente república llegaban libros extranjeros unos seis u ocho meses después de ser pedidos. Entonces contábamos con escasos libros de textos de autores nativos. Las jóvenes criollas de abolengo recibían su instrucción de sus padres o de una institutriz llegada de las islas inglesas del Caribe, sobre todo en la región norte, Puerto Plata y Santiago. Eran educadas en su hogar donde les impartían nociones de gramática castellana, aritmética, doctrina cristiana, clases de francés, de inglés, de latín, historia universal y, por supuesto, música.

Toda obra que ingresaba al país pasaba por las manos de los censores, que, por supuesto, eran controlados por la Iglesia. De la época no nos ha llegado un solo catálogo de novedades de lecturas para mujeres de carácter nacional, solamente noticias sueltas de algunos libros recomendados en periódicos.

Entonces la instrucción y la enseñanza dirigida a las mujeres imitaban los cánones de la antigüedad occidental y los modelos clásicos latinos. Así, los hombres que se dedicaron al ejercicio del periodismo como tal, en el siglo xix estudiaron en colegios privados: en el Colegio Real de San Fernando en Cuba, en el Colegio San Luis Gonzaga (fundado el 1 de agosto de 1866 y que fue el primero autorizado a otorgar títulos de bachiller), en el Colegio Nacional San Buenaventura, en el Colegio Seminario Conciliar de Santo Domingo, en el Liceo Nacional de Santo Domingo o en la Escuela Normal que se fundó en 1880, dando inicio a la enseñanza racionalista y laica en el país.

Las periodistas a la que nos referimos no tuvieron formación superior fuera de sus hogares, a excepción de aquellas que se graduaron de maestras normales. En muchas de ellas el ideal de su pensamiento partía de los tópicos asimilados del discurso patriarcal de su preceptor. Desconocemos si alguna de ellas se dedicó al comercio de libros, pero de seguro leyeron libros prohibidos en la clandestinidad.

Dado el celo de la Iglesia, las lecturas “femeninas” no dejaron de estar apegadas al canon de la vida cristiana (fe-Iglesia-Biblia), lejos del panteísmo abstracto o el ateísmo, puesto que en ellas la conciencia de Dios tenía que hacer de freno. De ahí que pocas mujeres de la época pudieron hacer gala de erudición. A las niñas se les instruía en el catecismo y, tal vez, en las vidas de santas, luego de ir a la pila bautismal.

Las mujeres de la Primera República, de 1844, fueron educadas en el “espíritu de la moral cristiana” y recibieron en el seno de su hogar, de labios de su madre o de su padre, cátedras del Espíritu Santo, por tanto, se les adoctrinaba a tener a la Virgen Santísima como su madre.

La política, el periodismo y la literatura no eran asuntos de ellas ni para ellas, en consecuencia, no podían pretender ni derechos ni libertades. Su única opción impuesta era reconocerse como un sujeto para los altares de acuerdo a la virtud cristiana.

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana, considerada a sí misma y con fervor “depositaria de las verdades eternas”, se oponía de manera rotunda a las lecturas que consideraba “aberraciones modernas”, es decir, a los “tantos malos libros, que andan en manos de todos”, llamándole lecturas venenosas, emponzoñadas páginas, libros que conducen a la impiedad, a la mentira, que ejercen pasiones perversas e incitan a los placeres y a las vanidades del presente, y los labios de un reconocido canónico de entonces sentenciaban lo siguiente: “Si tenéis interés en conocer a una joven, comenzad por averiguar los libros que lee”, parafraseando al filósofo y político francés Víctor Cousin (1792-1867); a lo cual añadimos: “Si tenéis interés en conocer los libros que le permitieron leer a las mujeres periodistas en el siglo xix, empezad por leer esta lista:” Castillo Interior de Santa Teresa de Jesús, La Vida de San Francisco de Asís, Las poesías de San Juan de la Cruz, e Imitación de Cristo del monje medieval, canónigo regular de San Agustín y escritor ascético alemán Tomás Kempis.

Las lecturas “reservadas” para las mujeres criollas en el siglo xix eran tratados de devoción, obras místicas, novenas, libros de horas, cartillas, compendio de catecismos, oraciones piadosas, súplicas, etcétera.

Para su instrucción y formación académica en letras, aritmética y lenguas, leían: Gramática griega de don Miguel Silva; Gramática latina y método de F. D. P. Hidalgo; la Historia universal de Peter Parly, la Gramática práctica de la lengua castellana del sabio venezolano Emiliano Isaza; de Eduardo Benot Rodríguez el Método del Dr. Ollendorff para aprender a leer, hablar y escribir un idioma cualquiera adaptado al francés y al inglés, ediciones de mediados del siglo XIX, 1856 y 1853, que se usaba en Cádiz para los alumnos del Colegio de San Felipe Neri (Imprenta y Librería de la Revista Médica). y 1853, que se usaba en Cádiz para los alumnos del Colegio de San Felipe Neri (Imprenta y Librería de la Revista Médica).

Y las ediciones realizadas en Santo Domingo del Compendio de la gramática castellana para uso de las escuelas de primeras letras (Imprenta de García Hermanos, 1888); Aritmética teórica-práctica con aplicaciones al comercio de Emilio Toro (Imprenta Librería de García Hermanos, 1888); el Compendio de gramática castellana de Juan Vicente González (Imprenta García Hermanos, 1873); Tercer cuaderno de lecciones analíticas de gramática castellana de Juan Vicente González (Mérida: Casa de Educación de J. M. R., 1859) y Geografía del padre Meriño (Imprenta García Hermanos, 1867).

Leyeron, a su vez, de Manuel Antonio Carreño (1812-1874), el Manual de urbanidad y buenas costumbres, cuyo título original es: Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos en el cual se encuentran las principales reglas de civilidad y etiqueta que deben observarse en las diversas situaciones sociales que su autor había publicado por entregas en 1853, texto del cual la Imprenta García Hermanos de Santo Domingo hizo una edición en 1892 de 394 páginas con el título Manual de urbanidad i buenas maneras.

Como lecturas formativas y “recreativas”, llegaban a sus manos, asombrosamente y entre otros libros, La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino; La mujer: consideraciones dispuestas para la primera conferencia literaria celebrada por la Sociedad Amigos del País de César Nicolás Penson, editado en Santo Domingo por la Imprenta San Luis Gonzaga en 1877; de Amenodoro Urdaneta (1829-1905), La Fe cristiana, Roma, Imprenta Della Pace de Filippo Cuggiani. Este mismo autor publicó en el año 1882 un libro de consideraciones sobre la penitencia y mortificación, sobre la vida monástica, el milagro, etc., como ofrenda al papa León. De esta obra circuló en toda América Latina y España una tercera edición de 50,000 ejemplares editados por suscripción, a un costo de cuatro reales.

Echavarría Vilaseca de Del Monte y Josefa Antonia Perdomo compartían –además de su entrega a las obras de caridad de don Francisco Javier X. Billini, canónigo penitenciario de la Santa Iglesia Catedral y rector del Colegio San Luis Gonzaga, en la Casa de Beneficencia y Las Amigas de los Pobres– su fe en las Hijas de María con las lecturas del libro de P. Juan Capelluchi Devoción de los seis domingos, consagrado a San Luis Gonzaga (Editorial Librería Católica, Barcelona, 1892), y de John Mandeville el Libro de las maravillas del mundo (1524), editado en Valencia.

Y un libro que nunca faltó en las horas de aprendizaje de nuestras mujeres periodistas del siglo xix fue el de Elio Antonio de Nebrija, titulado, curiosamente, Introducciones latinas, compuesto el romance al latín, para que con facilidad puedan aprender todas y principalmente las religiosas y otras mujeres dedicadas a Dios (Madrid: Joachin de Ibarra, 1773).

Una de nuestras más ilustres periodistas del siglo XIX, Virginia Elena Ortea, leyó en su ciudad natal las obras del marqués de Chateaubriand (El genio del cristianismo o bellezas de la religión cristiana, traducción de Manuel María Flamant, Edit. Imprenta de Gaspar y Roig, Editores, Madrid, 1871; Los mártires o el triunfo de la religión cristiana, traducción de Francisco Madina-Veytia. M., Imprenta de Gaspar y Roig, 1871).

La biblioteca personal de Ortea atesoraba, entre otros libros, el Vocabulario de términos de arte escrito en francés por J. Adeine, traducido por José Ramón Mélida, publicado en Madrid en 1888 por La Ilustración Española y Americana; el Tableau Historique et Pittoresque de Paris, dedicado al Rey por J. V. de Saint-Victor Louvain, Chez Vanlinthout et Vandenzande, 1830; The Works of Oliver Goldsmith, Editado por Peter Cunningham, Londres, John Murray, Albemarle Street, 1854; Principios generales de literatura. Historia de la literatura española por Manuel de la Revilla y Pedro de Alcántara García, Madrid, Librería de Francisco Yravedra, 1884; Orígenes de la lengua española, compuestos por varios autores, recogidos por Gregorio Mayans y Siscar, Librería de Victoriano Suárez, Madrid, 1873; Primera gramática española razonada, por Manuel María Díaz-Rubio y Carmena, Madrid, Librería Editorial de Carlos Bailly-Balliere, 1887; Ouvres complètes de Fenimore Cooper, Deuxième Série, traducción de La Bédolliére, Nouvelle Edition Illustrée par Bertall, Paris, Gustave Barba, Libraire-éditeur, s/f (aprox. 1860).

  1. Virginia Elena Ortea, periodista de género del siglo XIX

La periodista Virginia Elena Ortea nació en Santo Domingo el 17 de junio de 1866; por su línea materna descendía de emigrantes irlandeses –los Kennedy– que llegaron a la isla a fines del siglo xviii. Su vida se desarrolló entre Santo Domingo, Puerto Rico (Mayagüez y San Juan), Puerto Plata y Nueva York, ciudad a la cual viajó en vapor en dos ocasiones para encontrarse con su padre, el periodista Francisco Carlos Ortea (1845-1899).

Virginia Elena comenzó –junto a su padre– en Puerto Rico un voluntario ostracismo y su vida literaria, y conoció en el Ateneo Puertorriqueño al escritor Manuel María Sama Auger (1850-1913), con quien se supone que tuvo una atormentada relación amorosa. Ortea escribió poemas, cuentos, dramas, artículos periodísticos y de costumbres, crónicas, una zarzuela y el texto inconcluso de una novela: Mi hermana Catalina.

En 1890 regresó temporalmente a Puerto Plata, ciudad de la cual partió en 1894. Empezó a publicar en la revista Letras y Ciencias en 1895, bajo el seudónimo de Elena Kennedy. Ortea es la primera escritora del siglo xix de quien se tiene noticias de haber sido laureada en un concurso literario, con su composición en prosa En tu glorieta, en 1899.

En 1901 Ortea publica –con prólogo del reconocido historiador Américo Lugo (1870-1952), quien decía de ella que era “la personalidad literaria más original entre todas nuestras mujeres de talento”– su única colección de textos narrativos breves titulada Risas y lágrimas (Santo Domingo: Imprenta La Cuna de América).

Ortea, autora de la zarzuela Las feministas, se exilió en Mayagüez en 1879 huyendo de la persecución de la dictadura de Ulises Heureaux –enemigo de su padre, quien decretó no solo su destierro sino también el fusilamiento de su tío, el poeta Juan Isidro Ortea–, y falleció dos años después, víctima de los estragos de la tuberculosis, el 30 de enero de 1903, “a orillas del mar Atlante, en la ciudad querida, nido de mi [su] alegre infancia”.

Ortea escribió un reportaje titulado “Crónica puertoplateña. Interview interesante”, publicado en el Listín Diario el 21 de agosto, el 7, 18, 20 y 21 de septiembre de 1901, sobre la muerte de la adolescente mocana Emilia Michel, anunciada en el Listín Diario el 3 de junio de 1901.

Este es, a nuestro modo de ver, el primer reportaje de género del cual tenemos noticia en nuestro país dado a conocer al través de un medio de comunicación nacional, y en el cual la autora, luego de visitar al reo del hecho, el joven Jacobo de Lara, en su celda de la cárcel pública de Puerto Plata, relata los pormenores de un crimen que se denomina en el presente “feminicidio”, es decir, el asesinato de una mujer por razones de género, que aún hoy los titulares que ocupan las primeras páginas de nuestros medios locales llaman con sensacionalismo como un tema a resaltar en la prensa amarilla: crimen por razones pasionales. Jacobo de Lara –Jacobito– terminó su vida suicidándose en la prisión en diciembre de 1901.

Como vemos, la existencia de esta mujer, Virginia Elena Ortea, que cierra el círculo de nuestra historia, estuvo marcada por la pérdida de seres queridos, luchas contra tiranías, en medio de “risas y lágrimas”, pero mostrando a las generaciones futuras a través de su sufrimiento un camino recorrido como periodista que debe ser reconocido y estudiado.

Ylonka Nacidit-Perdomo es poeta, autora de Contacto de una mirada (1989), Alfonsina Storni: a través de sus imágenes y metáforas (1992), Luna barroca (1996), Papeles de la noche (1998), Sobreaviso (1998), Triángulo en trébol (1999), Hacia el Sur (2001), Contrapunto (2001) y Contemplación (2007). Fue directora del Centro de Documentación y Género de la Secretaría de Estado de la Mujer. Publica la columna titulada “Mirada en sepia” en el periódico en línea Clave Digital. Labora en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

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