Artículo de Revista Global 24

Petróleo y futuro dominicano

El precio del petróleo afecta hoy en día el costo de la gasolina y de diferentes bienes de consumo, tanto para los consumidores como las empresas, pero las consecuencias a mediano y largo plazo pueden ser muy diferentes y dependen de las políticas que se apliquen desde ahora.

Petróleo y futuro dominicano

En los últimos dos años, el precio del petróleo se ha convertido en noticia diaria. La gente se preocupa por el efecto que el incremento del precio del barril de petróleo tiene sobre el precio de la gasolina, y, con menos precisión, sabe que otros bienes de consumo también se ven afectados. Los actores del sector productivo se preocupan, en primera instancia, por el reflejo que tiene el incremento del precio del petróleo en el costo de sus insumos y en el costo de sus operaciones productivas.

Sin embargo, los otros efectos que –a corto y mediano plazo– trae este incremento no son tan claros. Si el problema se mira con una perspectiva de largo plazo, las inquietudes debieran ser más profundas. El incremento del precio no es algo coyuntural.

Hay quienes creen que la cuadruplicación del precio en el intervalo de dos años no tiene mayor importancia a largo plazo. Esta opinión incluye a no pocos economistas, los cuales ven simplemente un proceso de adaptación paulatina a las nuevas condiciones, sin que esto produzca grandes modificaciones estructurales. Los que sostienen esta posición no parecen entender el papel que ha jugado durante los últimos 150 años el acceso a energía barata. La energía no es una materia prima como cualquier otra.

Otros observadores del mercado petrolero consideran que la fuerte alza de los precios que se inició hace aproximadamente cuatro años es algo estructural, y que es improbable que el precio del petróleo vuelva a los niveles previos a 2006.

En la gráfica 1 se aprecia el inexorable ascenso de los precios en los últimos cuatro años. Si las causas del incremento son crecientemente estructurales, es decir, la producción de petróleo cesa de cubrir la demanda esperada, los efectos no se verán exclusivamente en los altos precios del petróleo, sino que habría periodos, de duración tal vez corta, en los cuales muchos países no podrían adquirirlo a ningún precio. En dos o tres décadas, estos choques pueden cambiar radicalmente el mundo que hoy conocemos. Mucho dependerá de las respuestas tecnológicas y de la capacidad de las distintas poblaciones para cambiar sus hábitos de consumo energético.

En la prensa mundial aparecen opiniones de todo tipo para explicar el aumento acelerado del precio del petróleo. Esas explicaciones, dadas por todo tipo de personas con intereses muy divergentes en la industria, van desde la posibilidad de que esté muy cerca (o ya se alcanzó) un “pico” mundial de la producción, pasando por quienes atribuyen los altos precios únicamente a factores tales como la debilidad del dólar o a la especulación financiera. Aunque estos elementos han jugado ciertamente un papel importante –que algunos analistas de reputación estiman en el rango de 30-40% del alza observada desde finales del 2007– la realidad es que esto sigue dejando al petróleo con precios nominales por encima de los cien dólares, suponiendo que esta moneda recupere a corto plazo su fortaleza de antaño, lo cual está en la actualidad abierto a debate. Por otra parte, existen intereses en muchos estamentos, en particular en la misma industria petrolera, en desestimar un elemento fundamental: los problemas de suministro frente a la demanda actual.

En su informe de julio de 2007 sobre proyecciones a mediano plazo del mercado del petróleo, la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés) dice lo siguiente: “A pesar de cuatro años de precios elevados del petróleo, este informe ve una escasez creciente en el mercado más allá del 2010… Es posible que la crisis del suministro se pueda posponer, pero no por mucho tiempo.”

La IEA es la agencia asesora en materia de energía de las 30 naciones más industrializadas. Una revisión de prácticamente todos sus informes anteriores muestra una posición entre moderada y optimista acerca del futuro del mercado del petróleo. Parte de lo que sorprende y alarma de este informe, el cual es una proyección de la situación a cinco años, es el cambio súbito de lenguaje. En él esta agencia le da prácticamente la razón a sus críticos, quienes en el pasado descalificaban el tono de “aquí no pasa nada” con el cual la IEA se refería a las señales de agotamiento que muestra el suministro mundial de hidrocarburos y de otros combustibles. Como se deriva de este informe, el resumen de la situación es simple: incluso contemplando el escenario más modesto de crecimiento de la demanda mundial, la oferta global de energía (ni hablar del petróleo) no podrá satisfacer la demanda potencial para el año 2011. En días recientes, la IEA les dio acceso a algunos periodistas del Wall Street Journal a los preliminares del informe de actualización, cuya publicación completa y oficial será en el mes de noviembre de 2008. Lo que se deduce de esa primera lectura es que las noticias parecen traer motivos adicionales de preocupación con respecto a lo que se lee en el informe del 2007.

Lo que los técnicos de la IEA están expresando, todavía con palabras ecuánimes, es el anuncio de dificultades en el futuro cercano para los países a los que este organismo sirve. Hay que tener en cuenta que, como todos los demás, esos gobiernos querrán que sus poblaciones mantengan los estándares de vida actuales. Por otra parte, ese mismo informe constituye una verdadera señal de alarma para aquellos gobiernos de países altamente vulnerables a los incrementos de los precios del petróleo. Es decir, dentro de tres años a partir de la fecha, esos países verán la factura petrolera ponerse fuera de su alcance. Para evitar posibles catástrofes humanitarias, deberían adoptar desde ahora medidas adecuadas.

Los síntomas que hoy se ven son indicios de una crisis en gestación que podría definir a nivel global los rasgos del siglo xxi. Esta potencial crisis tiene sus raíces en una serie de factores, entre los cuales sobresalen, primero, la aceleración de la demanda mundial de energía y otros productos básicos, principalmente en Asia. Segundo, los problemas que en la actualidad plantea el descubrimiento y acceso a nuevas reservas de petróleo. Tercero, la insuficiencia de infraestructura energética nueva. Y cuarto, las tensiones geopolíticas resultantes, aunque no exclusivamente, de los problemas de suministro de petróleo. Los precios del petróleo son sólo el termómetro que marca el ritmo de la acción conjunta de estas fuerzas.

Durante la última década se ha incrementado el coro de voces, provenientes de estamentos muy variados, que señalan la aparente incapacidad de las compañías de exploración petrolera de descubrir nuevas fuentes que respondan al consumo creciente de este insumo vital para la civilización tal como la conocemos.

La gráfica 2 muestra la evolución que ha seguido la diferencia entre el aumento de nuevas reservas y la demanda anual. En ella se aprecia la pendiente negativa que empezó a manifestarse a mediados de los años sesenta y que, extendida hasta hoy, lleva 40 años sin dar señales de tregua. Esta tendencia es un síntoma de un problema de fondo: en el mundo, el petróleo de acceso fácil y barato parece estar acabándose. En una carta del 22 de enero de 2008 que el presidente de la Shell, Jeroen Van der Veer, dirigió a todos los empleados de la compañía, dice: “Estamos experimentando un cambio brusco en la tasa de crecimiento de la demanda de energía, debido al crecimiento de la población y al desarrollo económico, y Shell estima que más allá del 2015 el suministro de petróleo y gas de fácil acceso no podrá mantenerse a la par con la demanda”.

El proceso de búsqueda y exploración petrolera es bastante azaroso. Dependiendo de las circunstancias, solo uno o dos pozos de cada 10 producen resultados prometedores, y cada intento, fallido o exitoso, cuesta entre 10 y 15 millones de dólares, cuando las circunstancias de exploración son relativamente sencillas. Las cifras que se manejan cuando la búsqueda es, por ejemplo, en mar abierto, son mucho mayores. Una vez descubierto un campo adecuado para su explotación comercial, los costos de desarrollo alcanzan con frecuencia las decenas de miles de millones de dólares, y el desarrollo de la infraestructura para llevar ese petróleo al mercado tarda de cinco a 10 años, dependiendo de las dificultades particulares. Todos esos costos pueden multiplicarse fácilmente hasta por 10, a medida que la exploración conduzca a depósitos de petróleo de acceso geológicamente difícil, o si el petróleo es “pesado” y de calidad pobre para los usos actuales. La iea estima que sólo la industria petrolera necesita inversiones adicionales de alrededor de 4.3 billones de dólares (es decir, millones de millones) para poder cumplir con la demanda de energía proyectada para el 2020. Estos hechos escuetos son parte esencial para comprender el problema presente.

Las señales, no ya económicas o geológicas, sino las meramente humanas, no se están quedando atrás. En el mundo de los negocios, estas señales van desde movimientos peculiares de las grandes compañías petroleras en la bolsa de valores, aerolíneas abandonando decenas de rutas, hasta una aceleración considerable de la inversión en tecnologías no convencionales de producción de energía. A causa de los problemas actuales de insuficiencia de suministro de energía, en meses recientes se han registrado problemas de orden público en numerosos puntos del mundo. Desde huelgas en España, Francia y Asia, hasta una revuelta callejera en Teherán. Esos incidentes empiezan a dar el tono de los tiempos por venir, si de alguna manera la acción combinada de los tres factores mencionados no encuentra pronta solución, cosa que algunos expertos consideran improbable.

Hace siete u ocho décadas, la exploración y comercialización mundial del petróleo estaba controlada esencialmente por multinacionales petroleras independientes, que en aquel entonces se conocían como las “siete hermanas”. Hoy las siete se han concentrado en cinco: ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, British Petroleum y Shell. La gran diferencia entre aquellos tiempos y los presentes reside en el surgimiento de compañías petroleras de propiedad estatal, algunas de las cuales son mayores que las grandes independientes. Ese es el caso de Aramco y PetroChina, propiedad de los gobiernos de Arabia y China, respectivamente. A diferencia de lo que pasaba hace muchas décadas, en la actualidad la mayor parte de las reservas que quedan en diferentes partes del mundo se encuentra bajo el control directo de los respectivos estados nacionales. Bajo condiciones normales del mercado del petróleo, este cambio de la estructura de propiedad no tendría mucha importancia. Sin embargo, en condiciones de escasez de hidrocarburos, esta estructura de propiedad puede tener consecuencias significativas para los países que no tienen acceso directo a crudo.

En su libro Mil barriles por segundo, el autor Peter Tertzakian observa que “Para las cnp (compañías nacionales de petróleos), atender el hambre energética de sus naciones cuna es el objetivo crucial de sus accionistas. En otras palabras, la seguridad de acceso al petróleo está por encima de la rentabilidad a corto plazo para las compañías petroleras estatales que representan a naciones consumidoras de gran tamaño”. Este comentario va a la raíz de los efectos que puede tener la nueva estructura de propiedad. Si los objetivos de la explotación petrolera no son únicamente pecuniarios, sino que, además, intervienen objetivos tales como la “seguridad energética nacional” y el petróleo como moneda para la compra de alianzas estratégicas con gobiernos específicos o entre regímenes de iguales tendencias, la escasez resultante para aquellas naciones de condiciones modestas que no tengan el recurso propio puede ser devastadora. En consecuencia, esa estructura de propiedad será un factor de considerable peso en la alineación de nuevos grupos de poder durante el siglo XXI. Así, el petróleo será, con mucha mayor intensidad que en el pasado, el demarcador de las líneas de conflicto entre potencias y bloques de poder.

Y está presente también el inevitable peso de la historia. Ahora se ve con más claridad el resultado de las acciones pasadas de las potencias occidentales: despertar a gigantes como China e India, quienes empiezan a competir por el acceso a los recursos básicos en los mismos términos que los países de la OCDE. Un análisis bastante simple indica que si todos los seres humanos del mundo quisiesen vivir con los estándares de consumo del norteamericano promedio, entonces serían necesarios cuatro planetas como la Tierra. Aparentemente, los tiempos que empiezan a correr pondrán a prueba los aspectos prácticos de ese análisis.

Algunas consecuencias previsibles

En cuanto a las consecuencias del actual estado de cosas, algunas son fáciles de prever. El agotamiento de los campos de producción no ha sido uniforme en todo el mundo. Los campos de México, el Mar del Norte y aparentemente los de Rusia han sufrido un agotamiento más pronunciado que los que se encuentran dentro de la OPEP. Esto quiere decir que el poder de mercado se concentrará aun más en las manos del cartel.

Otro componente del rompecabezas es la respuesta tecnológica de los biocombustibles. Como ya se ha visto, esto agrava el déficit de alimentos a nivel mundial, pues los biocombustibles han surgido como un sustituto de la gasolina y el gasoil (ACPM).

Esta tendencia ha contribuido a que, en el curso de los últimos dos años, el maíz, el trigo y el arroz aumenten sus precios a nivel mundial en 50%, 100 %y 200%, respectivamente. En ausencia de progresos en esta área, el transporte competirá seriamente con los alimentos. Quienes plantean este problema como una disyuntiva caen en una trampa de falsa elección. Sin acceso a alimentos habrá hambrunas, con sus consecuencias catastróficas, pero si las economías más débiles del mundo sufren –literalmente– una parálisis por vía del transporte, entonces podemos esperar el mismo final.

El incremento del precio del petróleo a mediano plazo empujará al alza el precio de otras fuentes energéticas. Finalmente, los productores de bienes y servicios del mundo agotarán el reducido conjunto de tácticas para controlar sus cuentas de energía, sin incurrir en cambios estructurales en su forma de producción.

Así, el componente de energía que forma parte de cualquier artículo o servicio dentro de la canasta de consumo generará presiones inflacionarias importantes. Para muchos de los menos favorecidos, el transporte competirá con la comida dentro del presupuesto casero, y es de esperarse que surjan protestas para que el salario contenga un componente más importante de subsidio. La presión inflacionaria en los hogares no será un aspecto local sino que será global, y la brecha mundial entre ricos y pobres podría aumentar hasta niveles más propios del siglo xix, como lo vivió cada región.

Se puede atisbar la calidad de vida en el futuro a través de lo que pase en el mundo de los negocios. En las aerolíneas, por ejemplo, el combustible tiene un gran peso en su estructura de costos; por lo tanto, están aumentando significativamente los precios, y con ello habrá una disminución importante de la demanda. Si la demanda baja, se requerirán cambios estructurales en las compañías, y seguramente habrá que replantear el negocio del transporte aéreo. Lo mismo ocurre en mayor o menor medida con los sectores en los que la energía es un factor determinante. En la industria de los plásticos y otros derivados de la petroquímica no existen a corto y mediano plazo insumos que sustituyan al petróleo. Para poner un ejemplo reciente, la Dow Chemical anunció a fines del mes de junio de 2008 un incremento general de precios del 25 por ciento, cuando apenas un mes antes había decretado un aumento del 20 por ciento. Todos sus competidores adoptaron rápidamente ajustes similares. La propagación de sacudidas como ésta a lo largo de la cadena de suministro del planeta tendrá efectos mucho peores que los de un tsunami.

En la medida en que se van dando ajustes en los sectores industriales, habrá cambios en la geoeconomía. Las ventajas comparativas del mundo actual se verán modificadas, y con ello se modificarán los flujos comerciales. Por ejemplo, la ventaja competitiva de mano de obra barata de Asia se verá opacada por la inflación general y por el costo del transporte en particular. Si el costo del transporte de bienes sobrepasa un umbral crítico en la transacción, será necesario minimizar la distancia entre la localización del consumo y la producción; el comercio se orientará a intercambios regionales donde se pueda optimizar el costo del transporte. Si bien políticamente el mundo está orientándose a la globalización, con la tendencia actual de los precios del petróleo, la realidad conducirá a una modificación de la globalización, pues se fortalecerán más los intercambios regionales de bienes tangibles.

¿Qué consecuencias tiene todo esto? ¿Qué opciones tenemos como individuos y como sociedad? La disminución del ingreso nacional, junto con el incremento de costos de fletes, llevaría a reabrir líneas de producción nacionales que fueron abandonadas hace tiempo. Por otro lado, aunque solo fuese por reacción de supervivencia, las relaciones políticas con los países vecinos tendrían que mejorar sustancialmente. En resumen, parecería que una situación de escasez de hidrocarburos suficientemente prolongada tenderá a favorecer las fortalezas y alianzas locales y regionales.

El principal peligro que acecha en la psique colectiva es la amenaza de un retroceso grave. Es difícil imaginar los efectos económicos, sociales y demográficos de restricciones energéticas propias de un mundo que quedó atrás hace 100 años. El fuerte cambio de las condiciones de intercambio económico impactaría negativamente nuestra cotidianidad: cierre de rutas aéreas, huelgas de transporte y fuertes protestas de consumidores. Una crisis de suministro de petróleo durante períodos prolongados tendría numerosas consecuencias no previstas. Ante esas amenazas, estamos obligados como sociedad a prever salidas. Podemos tomar varios caminos; el primero y más simple, buscar que la economía asimile más lentamente el impacto de los altos precios del petróleo (otorgar subsidios y repartir pobreza), para ayudar a que la sociedad asimile las nuevas condiciones. El supuesto de que tal asimilación ocurrirá encierra grandes riesgos. El segundo camino, más difícil pero más promisorio, consiste en aumentar significativamente la capacidad de generación de energía eléctrica con carbón, fuentes hidráulicas y eólicas, expandir el uso del biodiesel para el transporte, y habilitar el uso de vías férreas donde tal sistema resulte conveniente. También será indispensable invertir en investigación y desarrollo tecnológico de nuevas formas de aprovechar la energía, así como dar incentivos fiscales a quienes busquen y obtengan respuestas novedosas y útiles.

Y al final, llegamos a lo fundamental. Aun sin que haya estudios científicos al respecto, es fácil intuir que mucha de la convivencia ciudadana, y su relación con el Estado, supone como un hecho el acceso a la energía barata. Si no se puede lograr una transición armoniosa hacia otras fuentes de energía, necesariamente acompañada de otras formas de consumo, este problema podría traer un retroceso considerable en lo social, en lo jurídico y en lo político.

Dentro de los límites del país

Las posibilidades de vivir y sobrevivir en el ambiente de una isla presentan retos distintos a los asociados con la vida urbana en un continente. El solo hecho de que la isla es, en buena parte, un ambiente pequeño y cerrado, impone a sus habitantes la necesidad de acuerdos de convivencia que requieren una mayor coordinación entre los diferentes componentes de la sociedad. La total dependencia de proveedores externos para el consumo de energía es posiblemente uno de los mayores retos. Mientras la energía es comparativamente barata, pareciera que el abastecimiento de la misma es un problema más de muchos que azotan regularmente a los estados, como por ejemplo el equilibrio presupuestal. Pero cuando se da el grado de encarecimiento de la misma que ha ocurrido en los últimos años, incluso el ciudadano menos informado percibe que se trata de un problema que amenaza directamente la supervivencia de cada individuo y del grupo. El análisis detallado de cada uso de la energía se hace prioritario, y más aún la toma de decisiones que den resultados rápidos y eficaces.

En el país, el mayor rubro energético “atado” a los combustibles fósiles es el transporte. Cerca de un 40% de la energía que importa el país se consume en el transporte de los ciudadanos y de la carga. Suponiendo que en la actualidad el país importa unos 170,000 barriles diarios equivalentes de petróleo, el consumo per cápita que suponen estas cifras implica serias ineficiencias.

Supongamos que todo el continente latinoamericano –sin incluir Méjico– tiene unos 470 millones de habitantes. Supongamos, además, que en promedio toda la región consume en transporte el 40% de sus importaciones de petróleo. Entonces, extrapolando datos de importación que da la British Petroleum en su resumen estadístico anual de 2007, el habitante promedio de la región consumiría alrededor de dos barriles al año en transporte. Cuando hacemos los mismos cálculos para la República Dominicana, basados en una población actual aproximada de 9,800,000 habitantes, el promedio es de 2,5 barriles por habitante por año. Se puede descartar de inmediato la hipótesis de que esa diferencia se deba a un mayor grado de desarrollo del país frente al típico país sudamericano. En otras palabras, comparado con la región, el país presenta un grado de ineficiencia relativa de alrededor de un 25%.

Obviamente, en el sector transporte hay mucho por hacer. Este componente es entonces el objetivo evidente de cualquier política que pretenda tenda reducir la cuenta petrolera a corto y mediano plazo. Cualquier programa requiere la asesoría de otras regiones o instituciones que tengan experiencia en el tema. En general, no estar presente en los foros internacionales puede hacer perder oportunidades para alcanzar las metas deseadas. Por ejemplo, la República Dominicana no está afiliada al World Energy Council (WEC), membresía que es prácticamente gratuita y que no requeriría nuevo personal administrativo, sino más bien personal que ya forma parte de las instituciones del Estado, expertos relacionados con tecnología y ciencia que asuman las labores de recolección de datos y generación de información de acuerdo con los estándares del WEC.

En resumen, en ausencia de la aparición inesperada de grandes yacimientos nuevos en el mundo, la situación de suministro de petróleo puede llegar a ser precaria en aproximadamente cinco años. Los gobiernos de los países más desaventajados deben adoptar el principio de precaución y proceder con acciones concretas, y de manera expedita con la legislación necesaria, para protegerse contra los choques que pueden acechar en el futuro inmediato.

Rafael Bautista es catedrático de Finanzas del programa MBA de la Universidad de los Andes en Bogotá, Colombia, y consultor del Gobierno colombiano en los temas de deuda pública y cobertura de riesgos (BM y BID). Licenciado en Física por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (1975), doctorado en Física por Temple University de Filadelfia (1981), y doctorado en Finanzas por la universidad de Tulane, Nueva Orleans (relaciones de control y poder y grado de inversión entre multinacionales y subsidiarias, 2003). Dirige seminarios sobre las relaciones entre tecnología, gobierno y sociedad, y ha publicado sobre temas de energías alternativas, adaptación tecnológica y transferencia de tecnologías.

Bibliografía

HIRSCH, ROBERT L., “The Inevitable Peaking of World Oil Production”, Bulletin of The Atlantic Council of the United States, vol. XVI, No. 3, octubre de 2005.

TERT ZAKIAN, Peter, A Thousand Barrel a Second,

MCGRAW-HILL, 2005.


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