Artículo de Revista Global 62

Presentación de la obra Crónica de una razón apasionada: Artículos periodísticos 1997-2000, del doctor Carlos Dore Cabral

La siguiente  ponencia contextualiza el  período en que los artículos de Crónica de una razón apasionada fueron publicados.  De igual modo, describe los artículos y las razones que  motivaron al doctor  Carlos Dore Cabral  a escribirlos y cómo este se valió de su arsenal intelectual  y su posicionamiento político para opinar acerca de una variedad de temas sobre la vida política, social, económica y cultural del país en la época en cuestión.  Pero, sobre todo, la intención de estas palabras es resaltar y rendirle homenaje a  la trayectoria intelectual, política y ética del doctor  Carlos Dore Cabral.

Presentación de la obra Crónica de una razón apasionada: Artículos periodísticos 1997-2000, del doctor Carlos Dore Cabral

En una carta que le remitiera el Dr. Frank Moya Pons al Dr. Carlos Dore Cabral con ocasión de un artículo publicado por este último en fecha 23 de noviembre de 1998, el distinguido historiador empezó diciendo lo siguiente: «Estimado Carlos: Como las cosas que tú escribes tienen importancia histórica y serán consultadas por los historiadores en el futuro, deseo corregir una afirmación tuya que aparece en un artículo publicado hoy con tu firma en el Listín Diario, en el cual afirmas que yo asistía a las clases del profesor Hugo Tolentino en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en las cuales tú también veías el hoy sacerdote Antonio Lluberes».

Poco importa en este momento la información aclarada por el Dr. Moya Pons, sino destacar el valor que este le daba a lo que Carlos Dore escribía, tanto en la prensa como en los textos académicos. Aunque no soy historiador, me siento identificado con lo dicho por este destacado intelectual dominicano respecto de la obra de Carlos Dore, pues al leer estos dos volúmenes pude apreciar la importancia histórica de lo escrito en la prensa dominicana por este último durante los años de la primera administración del presidente Leonel Fernández, en la cual Carlos desempeñó de manera ejemplar el cargo de director de la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica de la Presidencia (Diape), además del de coordinador general del Diálogo Nacional en el período 1997-1998.

Confieso que no simpatizo mucho con los libros que recopilan artículos publicados en la prensa, pues entiendo que estos, en sentido general, por responder a situaciones coyunturales o contener reflexiones a veces fugaces, carecen del rigor propio que se espera de un libro con vocación de trascender en el tiempo y de ser un verdadero aporte al conocimiento. Aunque debo también decir que, en algún momento, todos los que escribimos en la prensa sentimos la tentación de recopilar nuestros escritos, por lo que no se sorprendan si algún día hago lo propio con los míos. De todos modos, debo decir que estos dos tomos con los artículos del destacado intelectual y político, con el sugerente título de Crónica de una razón apasionada, será de inmenso valor para entender ese importante período gubernamental de la historia política dominicana, el cual, presidido por un joven militante del partido liderado por el profesor Juan Bosch –ya no tan joven, siento decirlo, Presidente-, marcó el comienzo de una nueva era en la política dominicana.

Si me permiten una nota personal, para mí es un enorme privilegio y distinción estar ante ustedes presentando esta obra del Dr. Carlos Dore Cabral. Conocí a Carlos en los años 1979-1980, cuando venía de Santiago a la capital a seminarios y conferencias, ávido de conocimientos y de participación en los acontecimientos políticos del país. Había leído sus trabajos en Hablan los Comunistas, aunque el tema de su especialidad profesional –la cuestión agraria­– no era de mayor interés para mí, pero sí sus artículos políticos. Cuando lo conocí me sorprendió su sencillez y humildad, algo no tan común en la intelectualidad de izquierda de esa época. A través de los años nos encontramos múltiples veces y conversábamos sobre los temas que nos apasionaban.

Estuve muy cerca de Carlos cuando el presidente Fernández lo invitó a integrarse al Gobierno, pues formábamos parte de un equipo que trabaja en un proyecto de reforma institucional auspiciado por el Intec, donde él era profesor, por lo que tuve la oportunidad de conocer sus pensamientos, inquietudes y emociones al aceptar la invitación del presidente Fernández, hecho que, indudablemente, representó un cambio importantísimo en su vida al permitirle promover ideas e iniciativas en las que él creía profundamente, pero esta vez desde una plataforma mucho más amplia y con una capacidad de incidencia mucho mayor que la que él había tenido en su dilatada vida política.

Aprovecho la ocasión para decir que en esa misma época –hacia finales de 1996– el presidente Fernández me invitó a ejercer la función de embajador dominicano ante la Organización de los Estados Americanos (oea), por lo que en el día de hoy deseo reiterarle mi profundo agradecimiento por ese honor y esa distinción que me confirió, al tiempo que deseo expresarle mi apoyo y solidaridad ante los ataques groseros e injustificados de que ha sido objeto por parte de una persona sin la más mínima credibilidad.

Lo primero que deseo destacar sobre este libro en dos tomos de Carlos Dore es que, al leerlo, uno recrea con una vitalidad extraordinaria las situaciones políticas que se vivieron durante ese período de gobierno: los cambios, los conflictos, los actores, los debates. Puede decirse que, aunque se trata de una colección de artículos, visto en conjunto es un libro de historia propiamente, aunque obviamente no la historia escrita por alguien que asume una posición neutral frente a los acontecimientos que estudia, sino la historia y el relato que se desprende de alguien que tuvo un posicionamiento político, pero que a la vez se valió de su arsenal intelectual para opinar sobre una variedad de temas sobre la vida política, social, económica y cultural del país en esa época, así como también sobre otros temas que trascendían el ámbito local.

Por el tipo de obra que es, no es posible identificar, digamos, una, dos o tres líneas argumentativas centrales como sería propio de un libro escrito sobre un determinado tema. Hay coherencia intelectual en los planteamientos del autor, pero esta se manifiesta de manera casuística y de múltiples formas en las decenas de artículos recopilados en esta obra. Solo cuando estos se leen y se ponen en perspectiva se puede apreciar la excepcional contribución de los mismos para entender ese importante período de la historia política dominicana moderna, particularmente el papel que Carlos Dore jugó en la vida pública durante esos años como funcionario clave en la estrategia y la comunicación del Gobierno. Tomando en cuenta esta observación, deseo poner de relieve algunos rasgos notables que desde mi perspectiva tiene esta obra.

El primero tiene que ver con el estilo. Una parte de estos artículos están escritos con el tono frío y desprendido del académico y analista, mientras que muchos otros tienen el sello del polemista comprometido con una causa o una idea. Los disfruté enormemente. Carlos Dore polemizó durante esos años con la dirigencia completa del prd, con muchos de sus colegas intelectuales, con miembros de la prensa y con viejos compañeros de la izquierda revolucionaria. En buen dominicano, Carlos «no barajaba pleito», iba directo al grano, identificando a su contrincante y marcando con claridad sus diferencias.

En ese papel de polemista quiero resaltar dos elementos que me parecen de un valor singular. El primero es que Carlos mostró una gran valentía y responsabilidad defendiendo al Gobierno del que formó parte, especialmente aquellos aspectos de los cuales era responsable. Como político de mil batallas desde que era un adolescente, no se convirtió en un burócrata cuando pasó al Gobierno, sino que ejerció desde ese espacio oficial lo que él sabía hacer muy bien, esto es, participar de los debates y las controversias de la vida política. Eso marca una diferencia con otro tipo de funcionario que se desaparece cuando llega el momento de defender una acción o decisión de la que ha sido parte en el ejercicio de la función gubernamental.

El otro elemento es que, en esa faceta de polemista diestro y enérgico, nunca usó expresiones para descalificar personalmente a su oponente. En ocasiones fue bien duro, pero nunca usó epítetos o calificativos que pudiesen herir o descalificar moral o personalmente a su contrincante. De hecho, muchos de esos con quienes polemizaba eran sus amigos de años, algunos compañeros de lucha política y otros colegas de la academia y el mundo intelectual, pero eso no impedía que él dijera lo que pensaba de manera directa, franca y, por qué no decirlo, provocativa.

Me pareció interesante la justificación que él daba sobre su estilo polemista, pues vale decir que él fue objeto de ataques recurrentes por el papel que desempeñaba como vocero y defensor del Gobierno. Él decía que tanto su pasado de izquierda, en el que tenía que participar en las polémicas propias de ese campo ideológico, como su experiencia universitaria en Estados Unidos, donde se fomenta el libre debate de las ideas, lo prepararon para jugar ese papel.

Aparte del estilo, hay aspectos de fondo que también le dan una riqueza particular a esta colección de artículos periodísticos. Entre la diversidad de temas y problemas que abordó el autor durante esos años –en algunos casos incluso de carácter autobiográfico–, deseo destacar tres núcleos temáticos que me parecen particularmente relevantes.

El primero refiere al diálogo como forma de abordar los conflictos. Numerosos artículos de esta colección están dedicados a tratar no solo el Diálogo Nacional como gran iniciativa gubernamental que él contribuyó a articular conceptualmente junto al presidente Fernández conceptualmente junto al presidente Fernpor quigos de años, algunos hasta compañeros de luchase Carlos mostrto de aández, sino los diferentes procesos de diálogo y búsqueda de concertación que él promovió desde su posición oficial. Carlos estaba convencido –y tenía la razón– de que ante la intensidad de los conflictos sociales y políticos, y ante la realidad de un gobierno que no tenía representación congresual relevante, era necesario encauzar los conflictos por vía del diálogo y la concertación como forma de mantener y fortalecer la gobernabilidad. Él polemizó con diferentes líderes políticos e intelectuales en torno a esta temática, pues entendía que la resistencia a participar en esfuerzos de este tipo por parte de algunos sectores era la manifestación del sectarismo político o la estrechez de miras, lo que se hacía a expensas del interés nacional.

Me resultó fascinante leer las conexiones que Carlos hacía entre su pasado de combatiente revolucionario y su posición como estratega del Gobierno en lo que respecta a sus convicciones sobre la importancia del Diálogo en la resolución de conflictos sociales y políticos. Él narra que, siendo un joven universitario, participó en una huelga de hambre con algunos de sus compañeros que luego se convirtieron en prominentes dirigentes de izquierda, con el propósito de que las autoridades de la universidad pública se sentaran a dialogar para discutir el tema de los requisitos de admisión en esa entidad académica. Es decir, un método si se quiere radical era usado para buscar diálogo y concertación. Y ya desde el Gobierno, con las posibilidades que daba esa plataforma, se inspiró en aquella experiencia para propiciar mecanismos dialogantes de resolución de conflictos.

Otro núcleo temático que quiero poner de manifiesto esta noche es el de la crisis y transición del liderazgo y los partidos políticos. Viéndolo con la perspectiva que da el tiempo, Carlos fue certero en casi todos sus análisis sobre esta cuestión. A título ilustrativo, oigamos este pasaje escrito en junio de 1998: «El Dr. Joaquín Balaguer es el prototipo de líder que, cual Saturno, termina devorando a sus propios hijos (a las figuras que crecen bajo su cobija), es el más estéril de los grandes dirigentes del país, en cuanto al legado de nuevos personajes al mundo de la política. No puede pensarse seriamente en uno o dos dirigentes reformistas que, una vez retirado su líder, puedan sustituirlo y mantener unido y vigoroso al prsc». El resto es historia.

Y escuchen lo que dijo respecto del prd en enero de 1998. Este partido, aseveró, «carece de un claro e indiscutible sustituto o heredero del liderazgo de José Francisco Peña Gómez. Ahí parece residir la fuerza actual del prd, en el sentido de que la posibilidad de división es cero mientras su líder se mantenga en la política activa, pues no hay quien le dispute seriamente el mando de la organización. Empero, esa es quizás su debilidad a plazo mediato, en el sentido de que una vez agotado, por las razones que sea, el liderazgo actual, se corre el riesgo de que el perredeísmo se fraccione en tantos grupos como dirigentes de facciones existan, ya que nadie entre ellos reconoce que alguien que no sea él puede dirigir el partido». El resto es también historia.

Del profesor Juan Bosch dijo que fue «el más fértil de los líderes nacionales contemporáneos, el que más ha contribuido a la formación de otras figuras que destacan en el escenario político actual». Cuando Carlos escribió estas líneas solo había emergido el presidente Fernández como figura destacada, pero ya ese partido ha producido dos presidentes en un tiempo relativamente corto, de modo que esta afirmación del autor también ha sido validada.

En cualquier caso, una preocupación central de Carlos Dore era la cuestión del liderazgo político y la gobernabilidad tanto partidaria como nacional en el contexto de un proceso de agotamiento o desaparición de los líderes tradicionales que gravitaron en la vida política del país durante las tres décadas precedentes.

Otro núcleo temático importante fue la cuestión haitiana. Aunque Carlos no era del agrado de ciertos sectores que vieron en él a alguien desproporcionalmente inclinado a favor de los inmigrantes haitianos y de los dominicanos de ascendencia haitiana, encuentro que sus análisis y juicios sobre esta problemática fueron moderados y responsables. Aquí comparto este pasaje: «La cuestión de la presencia de trabajadores extranjeros en el país no se reduce a los campos de caña ni se soluciona con solo dejar de contratarlos para las zafras azucareras. No. Esa realidad prácticamente permea toda la economía nacional y ese es el universo de su solución. Esto habla de la necesidad de que se norme toda la migración laboral existente en el país […] Para esto el Gobierno requiere del concurso de los patronos y de los trabajadores nacionales, que conjuntamente con las instituciones estatales especializadas en esa cuestión establezcan las bases socioeconómicas, políticas, culturales y jurídicas de la misma». En el segundo tomo hay una serie de artículos sobre la caracterización socioeconómica y cultural de los dominicanos de ascendencia haitiana que merece la pena leer en el contexto del debate actual en el país sobre esta problemática. En cualquier caso, digo con simpatía hacia Carlos que por suerte él no está en el medio político tratando este tema en esta coyuntura de polarización y fanatismo, pues de haberlo estado nos podemos imaginar todo lo que hubiera caído sobre él.

Como ustedes comprenderán, no puedo abarcar todos los temas que Carlos Dore cubrió en esa prolífera labor periodística como analista político y vocero del Gobierno, pues nos tomaría horas hacerlo. Para cerrar, sin embargo, quiero hacer mención de dos aspectos que tocan la dimensión personal de Carlos.

El primero es que me impresiona lo precoz que él fue políticamente hablando. Carlos narra en uno de sus artículos un encuentro con el profesor Juan Bosch la noche del 31 de diciembre de 1969 en un hotel de París –él como representante del pcd– para coordinar acciones a nivel nacional e internacional y para canalizar ciertos problemas políticos que envolvían a los militares constitucionalistas que vivían en Europa. En ese momento él apenas tenía veintinueve años y ya estaba reunido con un gigante de la política dominicana que había pasado décadas en el exilio, que había sido Presidente, depuesto por un golpe militar y líder de la mayor fuerza política de oposición del país. Ese bagaje de Carlos de años en la vida política le sirvió de sustento al papel que él pasó a jugar en el gobierno del presidente Fernández; de ahí su valentía y su responsabilidad al momento de asumir sus tareas, independientemente de que se estuviera o no de acuerdo con sus juicios políticos.

Y esto me lleva al último punto. Me refiero a su don de gentes y a su integridad moral. En cuanto a lo primero, una periodista le preguntó una vez: «¿Realmente marean las alturas?». Su respuesta fue la siguiente: «A las personas que sufren de vértigo. Por suerte yo no sufro de vértigo y en realidad no siento que estoy tan alto. Entre los funcionarios y el resto de la población no debe plantearse que unos están arriba y otros abajo». Esa frase me recordó al Carlos Dore que conocí por primera vez, alguien sencillo y humilde, con los pies en la tierra y con conciencia de la finitud humana y de que el ejercicio del poder es para servir.

En cuanto a lo segundo, su integridad moral, nada que yo pueda decir recogerá plenamente esta dimensión de su personalidad: su carácter, su fortaleza moral y sus convicciones como principios rectores de sus actuaciones. Su ejemplo y trayectoria están ahí. Nada que agregar.

Por eso esta noche, al presentar esta obra que de manera tan cuidadosa y hermosa ha editado Funglode, deseo rendir tributo a este dominicano excepcional que lleva por nombre Carlos Dore Cabral. Muchas gracias.

Nota. Esta ponencia fue leída la noche del 19 de febrero del 2015 en el auditorio de Funglode, a propósito del lanzamiento de Crónica de una razón apasionada, de Carlos Dore Cabral.

Flavio Darío Espinal es un abogado y escritor dominicano. Fue embajador de la República Dominicana ante el Gobierno de los Estados Unidos de América y embajador de la República Dominicana ante la Organización de los Estados Americanos (oea). Su libro Constitucionalismo y procesos políticos en la República Dominicana recibió el Premio Anual de Ensayo Pedro Henríquez Ureña 2001-2002. Fue miembro de la Comisión de Juristas designada por el presidente Leonel Fernández para elaborar el proyecto de texto que sirvió de base a la Constitución del 2010. Es socio fundador de la firma de abogados Flavio Darío Espinal & Asociados.


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