Artículo de Revista Global 42

Reacciones colectivas en la obra de Marisela Rizik

La segunda novela de esta autora dominicana, titulada La infinita incertidumbre, edifica coincidencias de personajes históricos a través de la memoria. La voz femenina de la escritora surge y crea una serie de representaciones que brotan de la ruptura del yo, de otros yo. Al describir las destrezas de Rizik se recrea el imaginario de la mujer que se atreve a confrontar la ficción y hacerla suya, de una manera tan colectiva como propia.

Reacciones colectivas en la obra de Marisela Rizik

En La infinita incertidumbre, segunda novela editada en español de Marisela Rizik (Santo Domingo, 1958), percibimos que estamos ante una obra experimental cuya comprensión requiere indagar en la propuesta subjetiva, espiritual y psicológica de la autora, sus exigencias al mostrar las particularidades que adquiere lo lingüístico mental cuando se opta por escribir en confrontación al recuerdo, a la memoria, y en tirantez al tiempo convencional lineal y cronológico como es este texto narrativo que trae consigo una escritura en contracción constante y en rebelión a lo expresado por los “otros” como verdad absoluta y finita.

La autora toma como referencia, en principio para contar su novela, datos históricos sobre hechos y personajes conocidos para construir un mundo de búsqueda guiado por recuerdos que se cruzan en un espacio sin tiempo. En sus páginas el lector encontrará datos sobre el movimiento anarquista de mediados de 1800 en Europa, la conocida matanza de obreros en el Haymarket Square en Chicago, sobre el papa Alejandro vi y sus hijos Lucrezia y Cesare Borgia.

La novela sigue los pasos de Fabio Pellerino, un hombre débil de carácter y abogado de profesión. Pellerino deberá cumplir una promesa hecha a su tío moribundo, razón por la cual en 1886 emprende un viaje de la ciudad de Nápoles a la ciudad de Chicago para buscar a Adolfo Sartori, un anarquista español a quien debe entregar la herencia que su tío no llegó a concretar. En el trayecto, la línea entre realidad y sueño convergen. Finalmente, Bruno Pellerino llegará a un puerto llamado el Refugio de la Soledad donde encontrará a una guía que lo ayudará a comprender el verdadero propósito de su búsqueda.

Al leer la narratología de Rizik, debemos tener presente que en el universo de las formas el pensar precede al lenguaje y a las representaciones con sus máscaras, lo cual nos hace recordar que convencionalmente cuando nos planteamos la lectura o el análisis crítico de una obra tenemos las dos caras de una moneda: 1) interpretar los elementos artísticos de los matices del arte supraidiomático del lenguaje, lo que conllevaría a reducir a la palabra, al uso de la gramática en sí, equidistante, de lo meramente imaginable; 2) analizar los matices psicológicos de los personajes, lo que trae consigo un enfoque contrapuesto a lo filológico lingüístico.

Destino y existencia: ¿la ficción de la metáfora?

Siendo la escritura de ficción una metáfora, una impropiedad del mito, una construcción anímica que inquieta las seguras señales de lo real, el discurso que se construye deviene en ser una forma posesiva de la especulación que tiene término y desenlace con un valor designativo que le agrega la autora haciendo de La infinita incertidumbre una fertilidad especulativa, donde los sujetos yacen debilitándose en la representación de los sueños, haciendo estallar sus sentimientos con interjecciones y acomodando sus afirmaciones a híbridas incertidumbres, y haciéndole saber Rizik a los mismos que solo “confi (en) en lo que sienten” (p. 82). Incursionando como lectora y asumiendo en parte el devenir que en conjunto tiene el texto de Rizik, compruebo que, ciertamente, solo la realidad nos hace salir del sueño, porque es la realidad lo que compite con los demás, con la colectividad a cada instante, con el otro referido por el instante; es así como el tiempo se abraza al desengaño de lo sensible precipitándose a estados impresionistas que se disgregan.

Rizik nos presenta en La infinita incertidumbre una serie de personajes que se asumen a partir de las rupturas del “yo”, cuyas debilidades y desacuerdos con la mirada laberíntica de la objetividad los hace fluctuar en lo común buscando reconciliar la perplejidad que les trae el futuro incierto. Por ejemplo, la caracterización de Fabio Pellerino y de Lucrezia Borgia, la historia de dos vidas que dormitan todo el tiempo en la inercia del equilibrio, en los impulsos, en las incitaciones, en mudanzas del éxtasis, en el dolor de la denuncia inducida por la perturbadora imposición del “orden” convencional de las cosas, cada uno en épocas, situaciones, tiempos y escenarios diferentes.

Los otros, personajes tipos, don Petronilo, doña Consuelo, Leopoldo, don Armando Villegas… incursionan en la trama de la novela como si surgieran de un bosque para desengañar los impulsos de los sensibles y los aprestos sobre las individualidades afectadas por lo irracional, expuestas en el capítulo La llegada del silencio (pp. 53-56), en el cual Fabio Pellerino continúa la narración de su travesía hacia la “tierra prometida” en 1886, de Nápoles a Chicago, y en el cual refiere el suceso de la muerte de un joven enloquecido que se lanzó inesperadamente desde la borda del vapor al mar mientras cantaba, comprobándonos que “la vida no era más que un salto a la muerte” (p. 53).

Esta percepción nos permite afirmar que cada individuo trae consigo un bosque, que es su interior único e irrepetible, las coordenadas de sus pretextos para soñar a voluntad desgarrándose en las equivocaciones, haciendo manuscritos con el lenguaje, con una sola alternativa imprescindible: la duda de si somos nuestros propios personajes o una suave intimidad de la mutación del tiempo. Este recurso literario de la escritura de Rizik es lo que da valor a la novela, la alternancia entre la función gramatical y la función psicológica o la discordancia entre ambas.

Tal vez sea una forma de saber si el espíritu, o lo que llamamos así, vive habitualmente en este plano o, por el contrario, cuando se sale de su carril solo sueña subvirtiendo la naturaleza cósmica, arreglándose para hacerse acompañar por lo intemporal, por los desmanes de lo puramente ficticio, por las fluctuaciones del alejamiento de los gestos corporales, porque no hallarse en lo conocido es separarse de manera súbita del ritmo de la vida.

La expresividad rebosante de la existencia, las alternancias de lo formal psicológico con la relatividad minúscula de las huellas es lo que llamamos la uniformidad, que es solo una enunciación en sí, un matiz de la interpretación que damos al temperamento de la existencia como una forma de raptar a la subjetividad.

A través del lenguaje, el protagonista plantea su concepción a posteriori de la alternancia de los planos, porque ve la línea de su vida como una causalidad que se concibe, como un intercambio incesante con el devenir, sin ponerse de acuerdo con la manera en que el curso de lo casual petrifica sus reacciones ante los desajustes entre lo que se ve, lo que se oye y calla, porque los instantes que sospecha vivir son como un musgo que se reprocha a sí mismo su sesgo depresivo ante los errores, su poca exigencia de discernir, de buscar una concordancia ante las anomalías que le causan molestias.

Así, las coincidencias o lo que creemos coincidencias entre las personas no son más que un breviario de contracciones, una catástrofe corriente de hechos experimentales que nos contagian, que nos confunden por su mención psíquica reiterativa. Buscar la armonía entre la vida ordinaria y el sueño o lo irreal es un principio de base imaginativa que puede devorar las direcciones que toma la línea del tiempo cuando no hay un árbitro antagonista, ya que el lenguaje es una permutación de lo que se oye y de lo que se vive para designar significados y significantes.

Escritoras como Rizik conocen lo que es saber la lengua para trazar la esencia sintética de su comprensión de lo que le interesa revelar; recordemos que la escritora de ficción es un ser cohablante silencioso que busca descubrir, irrevocablemente, las formas usuales de la memoria como un laberinto de sueños.

Rizik pretende mostrarnos, a través del discurso de esta novela, que todo recuerdo es la configuración de un viaje, donde se encuentra una voz rompiente propia, un yo único, ambivalente –dependiendo de las circunstancias– que a veces se torna extraño, inesperado, para llevarnos a la otra orilla de la vida.

A esa voz de ficción que se desdobla como recuerdo le tememos a diario, porque nos creemos impune ante la otredad, ante el pasado, ante el desafío que traen los sueños, ante las mentiras que nos permitimos y a las presuntas verdades estereotipadas que heredamos de lo que asumimos como existencia convencional como si fuera un juego de naipes, o un prisma de situaciones sin lógica o marcadas por el absurdo.

De ahí que la autora transmutada en la voz narrativa de Fabio Pellerino señale que en la vida hay “sucesos incongruentes”, “que no hay diferencia entre los sueños y la realidad”, y que “Las memorias [los recuerdos] acumuladas vienen de épocas diferentes”, no obstante estar todos los mortales atados al concepto convencional del tiempo, al que marca las manecillas del reloj; por eso Pellerino afirma, ya al final, en el Refugio de la Soledad:

“[…] yo no recuerdo bien el orden cronológico de lo que me ha venido ocurriendo […] Nada tiene sentido. Quiero despertar si es que estoy en un sueño. Todo lo que le acabo de contar lo he vivido o al menos eso pienso” (p. 135).

Sin embargo, hay momentos en que la memoria de la culpa nos golpea para emprender el suplicio de la trasgresión a solas o desterrados, simulando búsquedas en los recuerdos que se abren cuando se desea encontrar algo que se perdió, y esa pérdida domina toda la existencia de los individuos a través del tiempo, como es el caso del protagonista de La infinita incertidumbre. ¿Qué perdió? La felicidad, de manera muy dolorosa, y esa pérdida es lo que le ha impedido despertar del sueño y llegar con su destino al lugar donde se ama, sabiendo que no somos dueños de nada.

Rizik nos permite por medio de la escritura de esta novela tener elementos para indagar sobre los rituales de la memoria, sobre los riesgos de deambular sin tiempo porque “cada cual tiene que aprender su lección” (p. 149), ya que “siempre hay posibilidad de empezar de nuevo” (p. 152). El mérito de este texto subyace allí, en exponer las vidas en paralelo de personajes que se agrupan con nombre o sin nombre en la fisura de su voz, que coexisten anti-convencionalmente, a veces, a través de diálogos lúdicos, de percepciones abstractas que guían los pensamientos o el padecimiento de no saber si están en el presente, en el pasado o en el porvenir.

El uso de esta estrategia discursiva en todo el desarrollo de la historia le permite crear las fisuras errantes en los personajes, sus situaciones aparentemente ininteligibles, sus improbabilidades de que se convierten en certeza, representaciones oscuras, confinamientos en el vacío del sueño y en espacios desconocidos, y reina en sus capítulos lo que se podría llamar un estado de sitio constante por lo ilícito e imposible de reconocer en el itinerario irreal del viaje que realiza el protagonista, qué es realidad y qué es sueño, de ahí que estando Fabio Pellerino en el Refugio de la Soledad, al cumplirse cuarenta y nueve días de su travesía, y al escuchar por primera vez su voz, exprese:

“Yo, en este lugar extraño, solo, sin la guía de mis recuerdos. No puedo definir lo que siento. Una inercia, una mezcla indescifrable de miedos y penas, de emociones que no puedo atribuir a nada específico. ¿Por qué es que ya no puedo imaginar el futuro? ¿Qué hay de extraño en todo esto? Nada, realmente” (p. 94).

Rizik crea en esta novela de 158 páginas, dividida en 23 capítulos, trece de los cuales denomina “memorias errantes”, un prisma cuyos reflejos son apariencias, donde solo se nombra lo que se ve y lo que se siente, sin dar lugar – la narradora omnisciente– a que ninguno de los personajes establecidos por ella en la trama que desarrolla controle su inventiva, ya que ella los empuja adrede al confinamiento siniestro, a aquellos que como Lucrezia Borgia (la hija del papa Alejandro VI, hermana de Cesare Borgia) o Fabio Pellerino vivieron juntos o invisiblemente juntos con máscaras, en un momento histórico particular en el cual se amordazaba a los más débiles, a los que cuestionaban el destino de todos, y donde el amor no florecía… siendo este enfoque cuántico lo que permite a Rizik concelebrar el rencuentro de sus personajes en un espacio divergente, en el cual Lucrezia confiesa sin rubor a La Localizadora en un diálogo de consulta sobre su pasado: “¿Qué es lo que se hace cuando se siente uno sin poder? Me uní a ellos para sobrevivir” (p. 121), a lo cual la guía-intérprete del pasado y de los sueños responde: “Su llegada a mi puerta desenvolverá un proceso que empezó más allá del tiempo que conoce usted”. Para finalmente hacer la pregunta única y repetida por todos, desde el inicio, desde el momento de la consciencia del nacimiento: “Hacia dónde nos dirigimos. -Hacia las memorias [los recuerdos] del mundo. -Hay una memoria [un recuerdo] que la viene agobiando, algo que se quedó con usted para siempre, que sobrevivió al tiempo. Algo tan fuerte que nada lo destruye” (p. 120).

Podríamos definir la segunda novela de Marisela Rizik como una novela de confluencias: confluencias de tiempo, confluencias de espacios y confluencias de conflictos, de modo que los otros puedan dar apertura a lo que se afirma como futuro a través del sueño y de la memoria.

Oír-ver es la manera que tiene Pellerino en su insistencia de conocer la historia de su padre, y de cumplir la promesa hecha a su tío Bruno Pellerino al morir, de encontrar al anarquista Adolfo Sartori, partiendo de la idea de que “sin riesgo no se consigue nada” (p. 131), como le advierte la voz de la narradora. Luego de que el vapor en que viajaba se accidentara y quedara solitario en una isla, se inicia la rendición de cuentas por parte de Fabio Pellerino de su destino y de la asimilación canónica de un pasado fortuito, no estático, por lo cual en soliloquio expresa.

“Desde hace rato intento penetrar la penumbra que me rodea. Busco en mis recuerdos claves para descifrar el lugar donde me encuentro, pero es en vano. Me aterrorizan con su presencia. Sé que hablan de mí con voz apagada […]” (p. 27).

Desde esta perspectiva y empleando el recurso narrativo de la alteridad (desde afuera y hacia adentro), Rizik nos lleva en la historia a espacios, tiempos y lugares imprevistos, en un tránsito irreversible, pero fluyente, no dejando brecha para la huída de sus personajes y los intersticios de sus sombras.

Entonces, nos preguntamos: ¿Cuál es el mapa, la territorialidad en que Fabio Pellerino (que podemos ser nosotros) desdibuja los fragmentos de sus recuerdos, la amalgama de las visiones que le persiguen ante criaturas desventuradas que encuentra en su travesía de la “sin memoria” y del “sin tiempo”, donde criaturas extrañas, prodigiosas, unas, se atreven a corporizarse por el solo hecho de ser él un viajero itinerante?

La lectura de La infinita incertidumbre, así como sus personajes, nos dejan la lección de que los individuos, a veces, se olvidan de echar a un lado el ropaje que los corrompe, las ataduras que como “un libro vivo” resurgen cuando hacemos promesas que no cumplimos en el pasado; por eso hay sueños, recuerdos y voces que vuelven del pasado con algarabía, con fines preceptivos, que nos exponen al rencuentro con otros, arrastrándonos a la presencia –siglo tras siglo– de oscuros vencedores.

Sin embargo, en ese mar tempestuoso de pasados, recuerdos y sueños, a través de la física cuántica que ha creado la narradora, en la cual los personajes se comportan como seres obedientes a sus designios, surge la rebeldía de unos para arrollar el desconcierto, el tiempo discordante que existe desde 1480 a 1868, como un río encerrado en el cauce de la metáfora de la intemporalidad.

En este novela de Rizik podemos leer sobre el odio, las tinieblas del poder, los estigmas de la impiedad, las torturas psicológicas, el terror, la castración del amor, la extensión del mal, las conjuras de los poderosos, la destrucción y la irreflexión como condición cotidiana de distintas épocas por las cuales ha pasado la humanidad con sus máscaras, y cómo los victimarios y las víctimas se persiguen sucesivamente a través de distintas existencias, buscando de interlocutores, de manera inesperada, a un individuo que represente “un libro abierto”, una minoría que restablezca la justicia de ir al encuentro de lo inesperado y lo esperado, aun cuando una paralizante perplejidad lo induzca al autorreflexión sin encontrar respuestas.

La historia que construye Rizik en La infinita incertidumbre puede resultar en sus comienzos asfixiante y sofocante para el lector, ya que no está escrita sobre las bases de la novela convencional (o del canon que obliga a lo lineal-cronológico); por el contrario, nos prevé distintas lecturas, distintas formas de ir cotejando el discurso, para desenmascarar lo que se lee.

Finalmente, en el capítulo de “La antesala del silencio”, en la página 112, encontramos la respuesta a esta búsqueda emprendida por la autora a través de la física cuántica y en la recreación del personaje protagonista Fabio Pellerino, las claves de su discurso en los recuerdos errantes que del pasado tenemos todos:

“Repasé y repasé para recordar cómo había llegado allí. Me daba cuenta de que empezaba a confundir la realidad con los sueños. Concluí que en los sueños nada era inaudito o inverosímil. Siempre se unen tiempos y gente que nada tiene que ver uno con el otro”.

Ylonka Nacidit Perdomo es poeta, autora de Contacto de una mirada (1989), Alfonsina Storni: a través de sus imágenes y metáforas (1992), Luna barroca (1996), Papeles de la noche (1998), Sobreaviso (1998), Triángulo en trébol (1999), Hacia el Sur (2001), Contrapunto (2001) y Contemplación (2007). Fue directora del Centro de Documentación y Género de la Secretaría de Estado de la Mujer, publicó la columna titulada “Mirada en sepia” en Clave Digital, y labora en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

Bibliografía

RIZIK, Marisela (2009): La infinita incertidumbre, Santo Domingo: Argos.


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