Artículo de Revista Global 74-76

René del Risco Bermúdez, a 80 años de su nacimiento

A propósito de los ochenta años de su nacimiento, la Editora Nacional ha reeditado la poesía y la narrativa de René del Risco. A continuación, se detallan varias razones para releer la obra de uno de nuestros autores fundamentales, se recorren sus treinta y cinco años de vida, se hace una ligera comparación con autores del boom y se analiza el tamaño de la huella que ha dejado en la cultura dominicana.

René del Risco Bermúdez, a 80 años de su nacimiento

La primera vez que supe de René del Risco Bermúdez fue una tarde en que mi papá leyó en voz alta El viento frío. No voy a mentir diciendo que los poemas me cambiaron la vida. De seguro me entraron por un oído y me salieron por el otro. Eso sucedió en los noventa y en esa época yo estaba interesado en otro tipo de poesía más rebuscada y barroca. La transparencia y la aparente sencillez de los poemas de René del Risco no iban conmigo entonces. Ahora bien, lo que sí recuerdo con claridad fue el momento en que mi viejo empezó a mostrar las fotos del librito y se puso a recordar cómo a finales de los sesenta lo había adquirido en una librería de la calle El Conde. Entonces contó un suceso mágico que le ocurrió con el libro. Así como los neoyorquinos suelen reunirse y preguntarse dónde estuvieron la mañana en que los aviones se estrellaron contra las torres gemelas, varios coetáneos de René del Risco suelen reunirse y preguntarse qué estaban haciendo esa noche del 20 de diciembre de 1972. El caso de mi padre es de los más insólitos, ya que en el momento que le comunican que René del Risco acababa de tener un accidente, él estaba leyendo El viento frío, ese mismo librito que nos leyó esa tarde. Por ello, debió ser impresionante para él, y, bueno, para mí también, ya que me acuerdo a la perfección cuando mi papá habló de eso y desde entonces no lo he olvidado, al extremo de que cada vez que husmeo en los poemas me viene a la mente esta anécdota.

La muerte de René del Risco conmocionó a la sociedad dominicana. La trágica noticia salió en las primeras planas de los periódicos. Algunos hasta reprodujeron la foto, su emblemática imagen, que Miguel D. Mena describe así: «Quizás no haya foto más significativa en nuestra historia literaria que la de René del Risco con su cigarrillo entre los dedos. En esa imagen se condensa el tiempo de René, tanto como a través de los autorretratos de Max Beckman, o para no ir más lejos, en Picasso, las confabulaciones de lo moderno con las contorsiones del rostro».[i] Apenas tenía treinta y cinco años y ya había escrito una obra de una madurez y de una valentía insuperable. Piensen eso, treinta y cinco años; si Saramago o Borges se hubieran muerto a los treinta y cinco, nadie hablaría de ellos hoy en día. Lo mismo se podría decir de Whitman y de un montón de escritores, artistas y hasta personalidades. Pero René del Risco hizo una obra y creó un mito en esos breves años que tuvo de vida. Es sin duda una de las figuras tutelares de nuestra literatura moderna: con solo un libro publicado y un puñado de cuentos, abrió una ventana en la cultura dominicana desde la que se han asomado los autores y los artistas de las siguientes generaciones, y dudo que llegue a cerrarse en mucho tiempo.

Llámenme René

René Federico José Ramón del Risco Bermúdez nació en San Pedro de Macorís el 9 de mayo de 1937. Proveniente de una de las familias más cultas de la provincia, desde temprana edad tuvo inclinación hacia la literatura. Su padre fue poeta y dramaturgo y su madre era maestra e historiadora. Esta última, en una entrevista, revelaría que para ella su hijo era la reencarnación de su abuelo y que su misión había consistido en continuar su legado. El abuelo a quien hace referencia es Federico Bermúdez, autor de Los humildes y considerado uno de los grandes poetas sociales dominicanos.

Así como sale a relucir en sus poemas y cuentos, su infancia y su pubertad transcurrieron entre correrías en los ingenios azucareros, juegos de pelota, vueltas al parque central y actuaciones en veladas infantiles. Creció en un ambiente propenso a la lectura y a las expresiones artísticas. A los 17 compuso su primer libro de poemas, titulado Nenúfares, que nunca llegó a publicar. Tras graduarse en 1955, se trasladó a la capital para cursar estudios de Derecho. Sin embargo, al poco tiempo abandonaría la carrera para ingresar al Movimiento Clandestino 14 de junio desde el que conspiró contra la dictadura trujillista. En un artículo, la periodista Ángela Peña cuenta que «La tiranía lo persiguió con encono hasta lograr capturarlo el veinte de enero de 1960. En la cárcel La 40 sufrió la tortura de la silla eléctrica y su cuerpo quedó marcado para siempre con las cicatrices de los azotes en la espalda y las oquedades en las piernas por los cigarrillos que sus verdugos apagaban en su carne tierna».[ii]

Durante ese período, llegó a componer varios poemas. El 14 de julio de 1960 fue liberado, pero el acoso de los esbirros y caliés era tal que tuvo que exiliarse en Puerto Rico. Allá nació su primera hija y desde la isla hermana siguió combatiendo la dictadura. Al caer el régimen, retornó al país y volvió a pulir sus poemas, influidos en ese momento por Vallejo y el Neruda de Residencia en la tierra y las Odas elementales. Pero esos son años combativos y al poco tiempo estalla la guerra civil de abril de 1965 y René del Risco vuelve a involucrarse de lleno, en esta ocasión como el director artístico de la emisora constitucionalista.

Al finalizar la guerra se dedicó a escribir narrativa e incursionó en el mundo de la publicidad. En 1967 lanzó el único libro que publicó en vida: El viento frío. Recibió distintos galardones literarios por sus cuentos «La oportunidad», «La noche se pone grande, muy grande», y en el año 1969 el primer premio del prestigioso concurso literario La Máscara por su emblemático cuento «Ahora que vuelvo, Ton». Este último, «El mundo sigue, Celina» y «En este barrio no hay banderas» son sin duda obras maestras de la ficción dominicana. Por esas fechas creó con su amigo José Augusto Thomén, la publicitaria Retho, que realizó campañas publicitarias que rescataban valores esenciales de la idiosincrasia dominicana. También fue el presentador de un programa televisivo y escribió canciones para Rafael Solano y Sonia Silvestre que fueron galardonadas en festivales de la canción.

La noche del 20 de diciembre de 1972 sufrió un fatal accidente automovilístico en la llamada «curvita de la muerte» del Malecón. Había dejado un cuento inconcluso en su máquina Underwood, la novela El cumpleaños de Porfirio Chávez y varios poemas inéditos.

René y El viento frío

A propósito de los ochenta años de su nacimiento, la Editora Nacional ha publicado tres libros de René del Risco con un atractivo diseño y un formato ágil: Poesía reunida, El viento frío y Todos los cuentos. Empecemos por Poesía reunida. Este volumen se encuentra dividido en tres partes. La primera, titulada Poemas, reúne gran parte de los textos que René del Risco había anunciado con el nombre de «Júbilo de la sangre» y que acabarían publicados por la editora Taller en el volumen Cuentos y poemas completos. De este grupo, quizás los textos más memorables son los dedicados a sus amigos que murieron en combate: el poeta haitiano Jacques Viau, Manolo Tavárez Justo y Maximiliano Gómez (el Moreno). Ante algunos de estos poemas comprometidos, valerosos y de camaradería, Máximo Avilés Blonda en el prólogo destinado a «Júbilo de la sangre», escribió: «Ese grupo de jóvenes poetas al cual pertenece René del Risco, nace al mundo poético con una terrible angustia, sus primeras manifestaciones literarias son escritas para ser dichas al oído del amigo íntimo a quien se le tiene gran confianza».[iii] Esto que plantea Avilés Blonda es vital para comprender el uso del recurso de la segunda persona en los poemas y cuentos de René del Risco. No es tanto una predilección de estilo, sino más bien una necesidad que no provenía de la literatura, sino de la vida clandestina que llevaban. En ese sentido, el poema debía funcionar como un medio de comunicación más eficaz que el teléfono, tal como proponía Frank O´Hara, un coetáneo de René del Risco que también murió en un extraño accidente.

Por otro lado, esta sección del libro tiene varios poemas de corte tradicional y metafísico. Me refiero, entre otros, a los primeros veintiún sonetos con que arranca el volumen. A muchos, familiarizados más con los poemas de verso libre de René del Risco, les puede sorprender que escribiera sonetos. Sin embargo, no debe resultar extraño que este tipo de composición le atrajera, ya que la estructura del soneto guarda mucha relación con la del cuento tradicional.

La segunda sección de Poesía reunida recoge el libro El viento frío. La tercera se titula «Otros poemas», e incluye textos que se encontraban hasta la fecha inéditos, entre los que sobresalen algunos redactados en la cárcel.

El viento frío se encuentra tanto en Poesía reunida como en un bello volumen aparte que pertenece a la Colección Homenaje. Tal como he repetido, fue el único libro que René del Risco publicó en vida. Aquí el compromiso político de algunos poemas que escribía por esa fecha ha cambiado. En términos estéticos el poeta ha asumido otro lenguaje, uno más cercano a su yo y a la vida. Aparentemente las influencias de Neruda y de Vallejo, quienes, según Octavio Paz, representan el agua y la tierra respectivamente, han quedado relegadas. Ahora nuestro poeta se ha hecho aire. Para usar la gran metáfora del libro, se ha vuelto un viento frío, un viento melancólico, tristón. En una entrevista con Clara Leyla Alfonso, René del Risco confesó lo siguiente: «Lo que ocurre con El viento frío –y mucha gente no ha querido comprender– es que es ni más ni menos la expresión de un escritor –que en este caso soy yo–, de un hombre –que también soy yo– que ha visto pasar un acontecimiento de gran trascendencia para su vida, como fue la Guerra de Abril. […] Entonces yo asumo esa situación, pero a través de mi propia condición cultural de clase, o sea, ese es el libro que plasma la frustración de toda la pequeña burguesía que participó en la Revolución de Abril».[iv] Al igual que el libro, esta declaración del autor fue mal interpretada. El crítico Ramón Francisco relacionó el libro exclusivamente con la derrota y con la frustración, lo que impidió que se estudiaran sus virtudes estéticas y la manera en que estos versos y hasta el formato del libro se adecúan a la nueva ciudad de Santo Domingo. En la entrevista de marras, René del Risco añade: «¡Nosotros paseando [aquí se refiere a su amigo Miguel Alfonseca] por la ciudad una mañana, ya habían pasado las elecciones, veíamos la ciudad y yo le decía ¡caramba, voy a escribir un libro que recoja todo esto de que tanto hablamos, y que tanto lamentamos! Pero lo voy a escribir desde mi punto de vista y de la vida de los acontecimientos pequeños que conforman mi vida. Y ese es El viento frío».

Precedido por un epígrafe del poeta español José Ángel Valente, el poemario lo componen 18 textos. Según la hija del poeta, le tomó unas pocas semanas redactarlos. Sirviéndose de la segunda persona del singular, René del Risco nos canta, pero no a todos nosotros, sino a cada uno de nosotros. Como en La tierra baldía, de T. S. Eliot, nuestro poeta utiliza un nuevo lenguaje para expresar la experiencia urbana. Una voz que remite a la voz en off del cine y que trata de plasmar en palabras esta urbe que surge entonces y que ha de crecer de manera monstruosa. Por eso no es extraño que exista una reiteración a objetos, a elementos arquitectónicos y citadinos. Los versos se presentan desde distintos planos y perspectivas –balcones, esquinas, cafés, ventanas–, como si recordaran una cámara.

El viento frío, que fue publicado en 1967, este año cumple cincuenta años. Desde hace tiempo es considerado un clásico de la literatura dominicana. Esta edición recoge las fotografías del libro original y consta de un apéndice que muestra un interesante perfil de nuestro autor. En la portada presenta una taza de café que ya se ha vuelto símbolo del libro y hasta de René del Risco, que, por cierto, fue quien acuñó aquel ingenioso eslogan del café Santo Domingo: el sabor empieza en el aroma.

René y el boom

También la Editora Nacional ha publicado Todos los cuentos. Aquí se reúnen veinticinco donde sobresalen piezas magistrales que han trascendido su época y que siguen influyendo a los narradores actuales dominicanos. Aparentemente René del Risco empieza a escribir narrativa en 1966 bajo la influencia del grupo El Puño, donde la gran mayoría de los integrantes eran narradores. Tras la guerra de Abril surgieron un sinnúmero de grupos literarios que generaron, entre otras cosas, discusiones literarias, lecturas de los autores del boom que estaban en boga en el momento y, claro, concursos, entre los que abundaban los de cuento. Sin embargo, también había cuestiones estéticas y personales que René del Risco planteó en la entrevista citada. Dice nuestro autor: «Comencé a escribir cuentos cuando me di cuenta que trataba de hacer poesía y lo que quería decir ya no me era suficiente dentro del lenguaje y la mecánica poética. Cuando vi que la poesía, para decir las cosas que en ese momento yo quería decir, no me valía, de un modo casi espontáneo empecé a escribir cuento. Pero paralelamente a eso, he seguido haciendo poesía, lo que pasa es que lo que puedo decir a través de la poesía no es lo que puedo decir a través del cuento. Llega un momento en que a uno se le antoja que la poesía es un medio muy limitado. No estamos viviendo el auge en lo poético, aunque sí en la narrativa, quizá en lo que a Latinoamérica se refiere, ello se debe a que el campo, la visual que tiene un escritor ante sí es tan compleja, tan general, que la propia poesía tiende a ser algo unilateral. La poesía generalmente toma un lado de las cosas. Por más ambicioso que sea un poema, siempre nos muestra una parte de las situaciones. Una novela o un relato es casi un universo; es algo que tiene su movimiento propio, su relación de fuerzas. Es más amplio que el poema. Y quizá eso explique un poco el tránsito de la poesía al cuento».

Aquí vemos que hay un interés de René del Risco por emular lo que están haciendo autores como García Márquez o Julio Cortázar en otras latitudes. En sus cuentos notamos cómo se sirve del monólogo interior, de la yuxtaposición de planos temporales y espaciales, del quiebre de la estructura lineal, de finales sorpresivos o de finales abiertos, para narrar la realidad dominicana de la posguerra.

En el prólogo[v] del libro Cuentos y poemas completos, de René del Risco, Ramón Francisco, crítico de la época, rememora lo siguiente: «Hacía poco tiempo que un escritor peruano había publicado la que entonces todo el mundo creyó la más extraordinaria obra narrativa jamás escrita. Pocos meses después un escritor colombiano publicaría la que, a su vez, todo el grupo creería la más extraordinaria obra narrativa jamás escrita. A cada instante se “descubría” la apropiada expresión del hombre latinoamericano, del hombre dominicano. “Jóvenes que éramos”, pensaría ahora el más viejo de ellos. ¿Qué no se intentaría en esos años febriles de intensa búsqueda? ¿Acaso no se redescubrió al escritor irlandés? ¿Quién de entre aquellos que se reunían casi con obligación religiosa todas las mañanas de aquellos bravos domingos no hubiera querido vivir por una vez en la vida en la lejana y brumosa Comala, en el brumoso y lejano Piura? Así, como parte de esa efervescencia natural, surgió la obra de un hombre en lo que respecta a la forma. ¿Y quién de entre ellos alcanzó un completo dominio de esta forma en su fase experimental? Revisando otra vez los manuscritos, ahora, el más viejo pensaría que sí, que fue René del Risco y su descomunal talento quien logró dominar completamente los experimentos de que se revestía la forma en aquellos tiempos. “Se me fue poniendo triste, Andrés” fue un ejemplo de ello. “El mundo sigue, Celina”, otro».

Aquí hay referencias directas a las lecturas que René del Risco y sus compañeros hacían de los autores del boom. También se menciona a James Joyce y a Juan Rulfo, dos referencias importantísimas para los narradores latinoamericanos. En varios de sus textos,[vi] René del Risco refiere a autores contemporáneos, lo que prueba que estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo allende los mares.

De todos esos autores quiero centrarme en dos: Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar. El influjo de Cortázar en René del Risco se percibe en cuentos como «No sirven después las palabras», «Del otro lado del día», «Todas son Eurídice», «La noche se pone grande, muy grande», entre otros. Pero lo que me interesa resaltar de Cortázar y que me parece es muy patente en René del Risco es el concepto del doble, del doppelgänger, que el autor argentino trabajó magistralmente en varias narraciones y que en el dominicano se aprecia en cuentos como «La oportunidad», «Ahora que vuelvo, Ton», y en su poema «Esta Carta». Si algo llama la atención en la obra de René del Risco es como sus personajes, sobre todo sus alter ego, se presentan escindidos entre dos mundos: la provincia y la ciudad, el rico y el pobre, el explotado y el explotador, el burgués y el revolucionario, el joven y el viejo, el pasado y el futuro, el de este lado del espejo y el del otro lado.

En cuanto a Juan Carlos Onetti, me parece que René del Risco lo tomó como modelo para desarrollar una historia en un espacio mítico. Ya conocemos de sobra lo que hizo el uruguayo con sus historias ambientadas en Santa María y cómo sus cuentos y novelas funcionaban tal si fuesen corredores por donde entraban y salían sus personajes. A mí me parece que esa es la narrativa que estaba interesado en desarrollar nuestro autor. Su novela inconclusa El cumpleaños de Porfirio Chávez y sobre todo su cuento «Ahora que vuelvo, Ton» afianzan esta idea. Tomando esto en cuenta, quiero enfocarme en esta última pieza, que es sin duda el texto más apreciado y difundido de René del Risco y que, junto a «La mujer» de Juan Bosch, es de los más memorables de nuestra narrativa.

Sobre ese cuento, en la entrevista de marras, René del Risco expresó: «“Ahora que vuelvo, Ton”, es en gran medida mi vida. Incluso se desarrolla el ambiente tanto sicológico como físico, como emotivo, en el barrio en que yo nací y me crie: La Aurora. […] es casi una confesión. Ha sido tan determinante, y tan importante, que después de “Ahora que vuelvo, Ton”, en materia de cuentos he escrito muy poco; no es que haya terminado de decirlo todo, sino que todavía me está afectando».

Al igual que algunos personajes[vii] de Cortázar, el narrador de «Ahora que vuelvo, Ton» se encuentra dividido entre el que fue y en el que se ha convertido. Mientras en «La oportunidad», René del Risco describe la transformación de un revolucionario y rebelde en un burgués y conformista, en este se emprende un viaje a la infancia. A grandes rasgos, «Ahora que vuelvo, Ton» va de un muchacho de San Pedro de Macorís que fue feliz correteando por el pueblo y jugando pelota, hasta que la situación económica de su familia mejora y se mudan a la capital, donde tiene una educación privilegiada y se convierte en estudiante de medicina. Se especializa en psiquiatría en Europa y termina casándose con una italiana, quizás una de esas a las que nuestro escritor ansiaba y a las que hace referencia en el cuento «Todas son Eurídice». En fin, un doctor exitoso, un burgués al que aparentemente le va bien en la vida y al que de pronto todo empieza a derrumbársele. En medio de ese derrumbe, vuelve a su pueblo natal en pos de su pasado y se encuentra con Ton, un amigo de la infancia. Es similar a aquello que comenta Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, cuando al protagonista le advierten que no puede repetir el pasado y él insiste descabelladamente en que es posible. En el caso de «Ahora que vuelvo, Ton», el narrador vive en carne propia la imposibilidad y termina ante esa disyuntiva de si debe revelarle a Ton –su amigo de la infancia, que le está limpiando los zapatos– su identidad o si sencillamente desaparece y no vuelve más.

Parece un capítulo de la serie norteamericana Mad Men. Bueno, al igual que Don Draper, protagonista de la serie, René del Risco fue un publicista ingenioso, era buen mozo, elegante y exitoso con las féminas. Pero, a diferencia del personaje televisivo, no escondió quién era, de dónde venía y adónde iba. Fue un artista que se sirvió de su vida para darle forma a su arte y que, de haber contado con más tiempo de vida, quizás hubiese escrito una vasta obra narrativa que retratara en todos sus aspectos la sociedad dominicana de la posguerra.

Uno se pregunta qué hubiera pasado si René del Risco no hubiese muerto a los treinta y cinco y en cambio hubiese emigrado a principios de los sesenta a Barcelona como varios de los escritores del boom, qué hubiera pasado si lo hubiese representado la agente literaria Carmen Balcells, si lo hubiesen editado y publicado las más prestigiosas editoriales hispanoamericanas de la época, si lo hubiesen traducido en vida, si los cineastas se hubiesen inspirado en su obra … Sin duda su temprana muerte nos da la posibilidad de fabular y esas disquisiciones forman parte de su leyenda. Sin embargo, con lo que escribió y aportó a nuestra sociedad basta y ha bastado para que tenga un lugar especial en nuestro parnaso, y el hecho de que tantos lectores como mi padre lo admiraran y otros hayan dedicado su vida a estudiarlo es prueba fehaciente de que la ventana que abrió en la cultura dominicana sigue abierta y que no se cerrará por mucho tiempo.

Frank Báez es editor de la revista Global

Notas

[i] En René del Risco: Lo dominicano, la modernidad, Cielo Naranja, Santo Domingo, 2006, p. 9.

[ii] En «René del Risco Bermúdez vivió intensamente para las letras y la gran causa de la libertad», periódico Hoy, 9 de marzo de 2003.

[iii] En «Del júbilo a la sangre: a manera de presentación», en Del Risco Bermúdez, Poesía completa, Cielo Naranja, Santo Domingo, 2012, p. 239.

[iv] En «René del Risco: escritor y publicista», Revista Serie 23, año 1, número 2, enero de 1972.

[v] En «Reflexiones sobre unos manuscritos», prólogo del libro Cuentos y poemas completos de René del Risco, Editorial Taller, Santo Domingo, 1981.

[vi] Por ejemplo, en «No sirven las palabras» cita a Juan Carlos Onetti, a Ernesto Sábato y a Jorge Luis Borges.

[vii] Pensemos en Marini, de «La isla al mediodía»; en el protagonista de «La noche boca arriba»; en Pierre, de «Las armas secretas», entre otros.





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