Artículo de Revista Global 91

Ricardo Piglia: El lector como metáfora

Argentina ha producido un sinnúmero de escritores versátiles, ingeniosos y de gran influencia en el canon hispanoamericano. Ricardo Piglia fue uno de ellos. A continuación, hacemos un repaso de su obra, de sus obsesiones y de su literatura, que es una de las más arriesgadas y valerosas de la modernidad.

Ricardo Piglia: El lector como metáfora

Tratando de acercarme un poco a la obra de Ricardo Piglia, he pensado en la proyección universal que ha tenido la literatura argentina desde finales del siglo XIX hasta muy avanzado el siglo XX. Con los nombres de Sarmiento, José Hernández, Eduardo Mallea, Macedonio Fernández, Roberto Arlt, Leopoldo Lugones, Leopoldo Marechal, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Juan Gelman, Manuel Puig, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Ana María Shua, y ni qué decir del gran Jorge Luis Borges, hay una literatura que con el transcurrir de los años ha tomado cuerpo y creado las bases para una estética propia.

Pienso, además, en una serie de libros emblemáticos para la historia de la literatura de ese país, que, a decir de Beatriz Sarlo, son el santo y la seña de la identidad literaria argentina. Libros como Nadie nada nunca de Juan José Saer, Muerte y transfiguración del Martín Fierro de Ezequiel Martínez Estrada, Boquitas pintadas de Manuel Puig, Literatura argentina y realidad política de David Viñas, o 20 poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo. Una literatura que ha surgido al margen del dogmatismo político de izquierda y de los autoritarismos de derecha, que nunca se contaminó con el poder político; que pudo trascender y sobrevivir a dictaduras atroces de los gobiernos militares. Solo amparada en las posibilidades de una poética de grandes dimensiones creativas, desde la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Puede uno concluir afirmando que Argentina es, en definitiva, un continente literario.

Desde el gaucho anclado en las pampas como símbolo identitario, ya Argentina había comenzado a tener notoriedad cultural con la publicación del poema épico Martín Fierro de José Hernández en 1872. El propio Borges, a principios del siglo XX, comenzó a incorporar a sus fábulas esa vieja tradición tan arraigada del gaucho y el tango que le dieron a la Argentina ribetes de una cultura que recién comenzaba a universalizarse. También conviene anotar que Argentina es un país al que llegaron muchos inmigrantes desde Europa, aterrados por la Primera Guerra Mundial en 1914 y posteriormente por la guerra civil española de 1936. Específicamente, judíos, rusos, polacos, checos, italianos y otros espantados por el terrorismo nazi, encontraron en Argentina un espacio gratificante que les permitió a quienes sentaron bases allí crear expectativas valiosas desde el ámbito de la literatura, la educación, la ciencia y la cultura.

¿Qué decir entonces de un escritor llamado Ricardo Piglia?

Hay pocas noticias de su niñez y de su juventud, salvo que nació en 1941, en Androgué, una ciudad ubicada a 23 kilómetros al sur de Buenos Aires. Hace apenas dos años, murió en Buenos Aires producto de una rara enfermedad que le paralizó prácticamente el cuerpo. Era un intelectual ameno, afable y de buen humor, pero sobre todo un gran conversador como todo buen argentino. Un expositor con el dominio absoluto de abundantes temas sobre la literatura universal, la tradición literaria argentina; así fuera sobre teorías del relato y de la ficción o sobre os propios mecanismos que manejó para escribir su literatura. Luego de la caída del peronismo en 1955, Piglia se trasladó a los Estados Unidos, donde enseñó en las universidades de Princeton y Harvard. Allí dictó diversos seminarios y conferencias sobre temas relacionados con la narrativa latinoamericana y la literatura universal que le acentuaron su prestigio de académico.

Al igual que Bolaño, Ribeyro y otros escritores latinoamericanos, el caso de Piglia sigue siendo singular. Sin embargo, todos ellos corrieron la misma suerte. Sus obras comenzaron a difundirse masivamente y a tener una estatura perceptible después que habían desaparecido sus autores. En principio parecieron escritores de culto, solo para públicos reducidos. En tal caso, tuvieron, sin merecerlo, un reconocimiento tardío de los lectores y de la crítica. Lo mismo le ha ocurrido a Piglia. Gran parte de su obra comenzó a difundirse en las postrimerías de su carrera. Es uno de esos raros destinos —rara avis, como dicen los italianos— que un escritor con tanto talento y con una inteligencia desbordante fuera descubierto tardíamente por los lectores latinoamericanos

Incluso en los años de mayor efervescencia del Boom latinoamericano, a sus contemporáneos García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Edward y Vargas Llosa les favoreció mucho haber integrado movimientos políticos de corte ideológico a favor de la libertad, la solidaridad de los pueblos y las causas sociales de América Latina como la Revolución cubana de 1959 y la Revolución sandinista de 1978, hasta el caso de Heberto Padilla,  vilipendiado por el régimen de Fidel Castro. Mientras esto sucedía en los intersticios ruidosos del Boom, parece que Piglia se dedicaba calladamente a la creación de una obra singular y propia.

Piglia fue un gran crítico literario, escritor de ficciones y ensayos diversos sobre teoría de la escritura. Es bueno señalar que el planteamiento general de la literatura de Piglia se basa en esbozar el efecto que producen los textos de ficción sobre los lectores. Casi todos sus libros tienden a destacar una especie de teoría de la escritura y de la lectura. Algunos libros suyos tuvieron gran repercusión, como su primera novela Respiración artificial (1980), Plata quemada (1997) y Blanco nocturno (2010). Entre sus ensayos se destacan Crítica y ficción (1986), Formas breves (1999) y El último lector (2005).

La obra más ambiciosa y peculiar de Piglia, sin duda, son Los diarios de Emilio Renzi, un libro inclasificable y de grandes dimensiones creativas. Están compuestos por tres partes: «Los años de formación» (1957-1967), 2015; «Los años felices» (1968-1975), 2016; «Un día en la vida», 2017. Sobre los diarios, una vez afirmó: «vivo con la ilusión de que esa sea la obra de mi vida». En las notas introductorias a la edición de Debolsillo (2017), escribe: «me gustan mucho los primeros años de mi diario justamente porque allí lucho con el vacío. No pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en aquel tiempo me preocupaba. Era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias» (pág. 15).

Para él, Los diarios de Emilio Renzi representaron una especie de laboratorio creativo y personal, pues en ellos el autor combina muy bien distintos registros de su vida de escritor: desde experiencias cotidianas, los recuerdos familiares de su vida en Androgué junto al abuelo Renzi, evocaciones de encuentros con viejos amigos, reflexiones sobre temas diversos, crítica literaria, fragmentos de historia, narraciones de episodios de la vida argentina, crónicas de viajes, hasta microrrelatos. En esta primera parte titulada «Los años de formación» salen a relucir también aquellos escritores que influenciaron de manera explícita en la formación literaria de Piglia: Hemingway, Kafka, Conrad, Pavese, Kipling, Faulkner, Camus, Borges, Poe, Tolstói, Roberto Arlt, y autores de novela negra como Hammett y Chandler.

Estos diarios no están hechos a manera de clown ni de un autorretrato. Aunque Renzi es el alter ego de Piglia más bien, los diarios son la vida que el autor pudo haberse imaginado tener. En este caso el autor se complace con el planteamiento de Vargas Llosa en su ensayo La verdad de las mentiras: «Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos — ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros— quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar tramposamente ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener» (Alfaguara, 2002, pág. 16).

En Los diarios, Piglia propone una antropología de la imaginación al convertir a Renzi en la voz interior que analiza, cuestiona, piensa y se desplaza hacia las cavernas más profundas de alma del autor.

Es por esta razón que en literatura la ficción funciona de acuerdo a la vida que soñamos o que imaginamos tener. Los Diarios representan un sentido más abarcador y simbólico, que en tal caso puede ser «la prehistoria de una imaginación personal». Creo que en ellos el autor trata de demostrar que la ilusión puede funcionar como catarsis, «como novela privada» y como «autobiografía futura». A ese respecto apunta el propio Renzi: «La ilusión es una forma perfecta. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Imaginamos lo que pretendemos hacer y vivimos esa ilusión. En definitiva, son los cuentos que cada uno se cuenta a sí mismo para sobrevivir» (Debolsillo, 2017, pág. 21). Con esta idea el autor se acerca un poco a ese concepto de teoría falsa de la escritura cuando accede a las formas propias del autoengaño. «Yo no soy el hombre que escribe en el diario, podría haber pensado Renzi. Yo soy lo que imagino» (el subrayado es mío).

A propósito de Renzi, el escritor Argentino Miguel Vitagliano se pregunta: ¿Qué es lo que hace Piglia con la construcción de Renzi? Y a seguidas se responde: «Pues diluir cierta figura del lugar del autor en la literatura. Renzi está puesto allí para demostrar como la literatura crea realidades y esta es una concepción muy personal de Piglia. Demostrar que la literatura tiene una intervención concreta en la realidad y la manera de intervenir en esa realidad es tratar de tener efectos concretos».

Carlos Fuentes construyó su metáfora alrededor de la «geografía de la novela», (1993) nunca refiriéndose a esa condición de territorio geográfico o espacio físico, sino al lugar que ocupa la novela en el universo mental de los lectores, a su alcance imaginativo, a ese terreno inédito y fértil que solo son capaces de abonar las buenas ficciones. Quizás podemos trasladar ese mismo concepto a la literatura de Piglia. Porque va más allá del propio iceberg del que habla Hemingway y se sumerge en el interior de la novela misma. Aquellos fragmentos de la historia secreta de Argentina; lo que los manuales de la historia oficial nunca se atreven a contar, entonces ahí entra la condición del novelista eficaz. A través de una especie de aguijón infrarrojo, que son los ojos de Renzi, a veces intelectual, a veces un poco detectivesco, Piglia escudriña, analiza, piensa, cuestiona, saca sus propias conclusiones y se introduce despiadadamente en los intersticios y en los más intrincados laberintos de la vida Argentina moderna. ¿Qué es lo queda después de haber leído una buena historia? Pues las posibilidades de un lector fecundado, eso que la memoria no sería capaz de borrar porque ya pertenece a nuestro patrimonio mental. Para eso sirve la buena literatura, para ser el eje catalizador de nuestras vidas.

Esta trayectoria de Emilo Renzi nos permite reconocer que es un personaje polifacético y nómada. Ya se sabe, por demás, que es escritor, periodista, investigador de casos, como Dupin, el detective de Poe, que va leyendo el periódico de manera microscópica para ir desvelando en detalle las crónicas policiales.

En El camino de ida (Debolsillo, 2018), Renzi contrata los servicios de un detective privado para que investigue los motivos del asesinato de Ida Brawn, la jefa de su departamento en la universidad donde trabaja y con quien salía a menudo. Ni el FBI ni el propio detective serían capaces de descifrar los pormenores de aquella muerte. Es a través de las intuiciones de Renzi, quien va colocando las fichas necesarias, como, a medida que avanza el relato, nos vamos enterando de las circunstancias que rodearon el crimen.

Renzi aparece por primera vez en el cuento «La invasión», en el que dos homosexuales resuelven sus asuntos amorosos en la celda de una cárcel. Había llegado allí por motivos de indisciplina con el servicio militar obligatorio, y desde el rincón más oscuro de la celda contempla con cierto pudor el más descarnado acto de amor entre dos hombres, con lo cual debe Renzi pagar la culpa de haber llegado a este lugar. A partir de ahí se inicia un periplo que va de libro en libro y de novela en novela, por ejemplo en Respiración artificial, en Blanco nocturno y en la colección de cuentos Nombre falso.

En muchos de los textos narrativos y en casi todos sus ensayos, Piglia desvela los intersticios y los mecanismos secretos del arte de la ficción (véase Los diarios de Emilo Renzi, La forma inicial y El último lector). Por ejemplo en El último lector (Debolsillo, ) analiza de manera profunda las poéticas de Poe, Kafka, Joyce, Tolstói, Cortázar y Borges. En este hermoso libro encontramos algo interesantísimo. Algo que pocos escritores se atreven a plantear: su tesis se revela como una teoría sobre la lectura. A partir de cuáles mecanismos la obra de un escritor puede alcanzar parámetros estéticos valorables desde el punto de vista de la ficción. Cuáles coordenadas traza Piglia para descifrar en detalle las obras de los autores que analiza. Cómo, a través de la visión de un lector audaz como él, se pueden desmenuzar las coordenadas de una literatura. ¿Es el sustrato de lo que puede ser un lector imaginario?  O lo que es lo mismo, ¿un lector inventado por la conciencia del propio escritor?, si podemos pensar que el lector es una ficción.

A partir de estas concepciones piglianas puede uno llegar a imaginarse que el escritor es una especie de demiurgo que piensa en sus lectores, o que el escritor escribe para lectores a los cuales imagina. Por esta razón es que la idea de Piglia ha ganado terreno con los días, al proponer la ficción como una teoría de la lectura, la cual solo tiene cabida en el universo mental de sus futuros lectores.

De paso, todos somos futuros lectores de nuestras propias mentes, de la mente que imagina. Se puede colegir que las obras de ficción son portadoras de situaciones humanas universales, comunes entre una cultura y otra, con valoraciones propias del ser y de la conciencia, tanto social como política, sin importar el idioma, sino que se sostienen en una plataforma de pensamiento cargada de sentido y humanidad.

No en vano, desde Aristóteles se entiende que cada obra literaria propone una estética particular que a la vez encierra una poética de la escritura, o poética del sentido, la cual es transversal a todo buen texto. A través de una poética propia, el escritor traza sus propias coordenadas y ordena estéticamente el universo mental de los lectores. En este caso se trata de demostrar que el texto literario es quien elige a los lectores; por lo tanto, cada obra literaria tendrá sus futuros lectores, que a su vez son lectores imaginarios. Solo esa condición íntima y secreta que se transmite a través de las palabras conecta con los sentimientos y las pasiones de un lector imaginado; un «lector in fabula», como dijo Umberto Eco. Un artificio de experiencia vivida y experiencia sentida.

En esa corriente en la que vamos avanzando, también un argentino llamado Ricardo Piglia es un escritor inventado por las fabulaciones borgeanas. En el caso más concreto, es un lector inventado por él mismo en Los diarios de Emilio Renzi, para poner solo un ejemplo. De ahí que la versión contemporánea de la pregunta ¿qué es un lector? acuñe bien con la clave de ese lector inventado por Borges que es «libertino en el uso de los textos, con disposición a leer según su interés y sus necesidades». En la primera parte de los diarios titulada «Los años de formación», Emilo Renzi se erige como una metáfora de todos los lectores, que es Piglia, una especie de Aleph borgeano. A través de un punto áureo, Borges contempla todo el universo (es bueno destacar que para la época en la que escribió El Aleph ya estaba ciego). A través de la visión de Emilo Renzi, Piglia se imagina a todos los lectores que, en definitiva, son él mismo.

En el caso de Renzi, esta es la versión multiplicada de los demás lectores del universo. Es una especie de Aleph mental. Una especie de metáfora de la visión. O lo que es lo mismo, la ilusión de pensar (en el caso de Piglia) y la ilusión de ver (en el caso de Borges).

¿Qué significa ser lector de un escritor como Ricardo Piglia? ¿Lanzarse a una aventura desconocida, producto de un viaje hacia las interioridades secretas de unos personajes en franca ebullición? Personajes poseídos y convencidos de su visión determinista, quienes en esencia se convierten en emblemas de una cultura y de un mundo imaginario. En los cuentos de Piglia, por ejemplo, hay una exploración personal del yo como sujeto reflexivo que conecta con una crítica muy severa (en Respiración artificial y Plata quemada) del mundo moderno y de una Argentina envuelta en un convulso devenir político. En sus textos aparece también el tema de la dictadura, pero su marca específica es la crítica de la cultura. Casi en todos los libros de Piglia, sobre todo en los primeros textos, se le puede dar seguimiento a la idea de su compatriota argentino Alberto Manguel: «la literatura como viaje». La literatura como exploración interior del sentimiento humano y como experiencia de vivir. Para Ricardo Piglia fue sumamente importante tratar de desentrañar las interioridades de los seres humanos a través de las palabras. Por esta razón afirmó: «siempre quise ser el hombre que escribe. Me he refugiado en la mente, en el lenguaje y en el porvenir» (Los diarios…, pág. 51). Estas son las reflexiones de un personaje que asumió la enfermedad como garantía de la lucidez extrema. Con razón nunca le temió a la página en blanco, nunca le temió a ser otro representante de un país con tan buena literatura, nunca temió emprender ese viaje hacia las interioridades más recónditas de la vida argentina. Una versión épica y muy personal del que quiere ser un escritor comprometido con el oficio de escribir, como lo hizo él. Siempre estuvo consciente de qué fuerzas acompañaban su talante literario.

La plataforma imaginaria y la maquinaria técnica en la que se sostienen los textos borgeanos, según Piglia, requieren necesariamente de lectores imaginarios. Nadie podrá enfrentarse a los cuentos de Borges sin que esas lecturas provoquen un estado de extrañeza mental. Porque las claves de ese arte tan peculiar en él solo pertenecen a un universo de fantasía en el que el sentido del texto es cónsono con los sentimientos del lector. Existe ahí, en esa corriente, una condición íntima y libérrima de la que habla Julio Cortázar cuando plantea su visión sobre el significado de los lectores para la literatura: el encuentro secreto entre escritura y lectura. Hermanas siamesas que no tienen parangón en la estética de la creación borgeana. Por esa razón se dice que cuando leemos inventamos. Cada vez que leemos imaginamos. De ahí que la lectura también es un acto diverso y creativo. Entre ritmo y sentido cabalgamos y avanzamos hacia la creación de la obra propia a partir de las obras que hemos leído. «Lo imaginario se instala entre el libro y la lámpara», decía Foucault hablando de Flaubert. En el caso específico de Borges, lo imaginario se aloja entre el libro y esa sensación de extrañeza mental que producen las imágenes.

El propio Borges también fue un lector inventado por las fabulaciones mentales de Macedonio Fernández y Marcel Schwob. Con razón llegó a decir: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído». Pensando en esa frase es que la teoría de Piglia retrata los diferentes tipos de lectores en los que se instalan tanto él como Borges: «lector adicto, el que no puede dejar de leer, el lector insomne, el que está siempre despierto» (El último lector, pág. 19).

Estas, si se quiere, son a su vez representaciones simbólicas o personificaciones, a las que Piglia les llama «lectores puros para quienes la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida» (El último lector, pág. 19). De paso está el lector visionario, el que lee con diferentes fines: se lee por diversión, por placer, por evasión de la realidad y para buscar conocimiento. Se lee, además, para descifrar casos y formulaciones. También existe el lector que a través de un espejo retrata el alma de sus escritores favoritos. En tanto existe el último lector: Ricardo Piglia.

 

Eugenio Camacho es un escritor y cuentista dominicano. Es licenciado en Educación y en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (Utesa). En el año 2012 realizó una maestría en Educación Superior en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ha obtenido galardones en el Concurso de Cuentos de Radio Santa María y en Casa de Teatro. Colabora en el suplemento Semana del periódico El Nacional y es director de Cultura de la provincia Espaillat.