Artículo de Revista Global 90

Romances y devaneos en el cine dominicano

>Global publica en exclusiva este texto que conforma el capítulo once del libro El discurso temático en la producción fílmica dominicana: una cierta mirada al estudio y análisis de las reflexiones argumentativas en los largometrajes de ficción (1963-2018), de Félix Manuel Lora R. El afamado crítico dominicano hace un repaso por varios filmes dominicanos que abordan el tema amoroso. ¿Quién manda?, Cristo Rey, Carpinteros o Qué León son algunos de los filmes estudiados. Pero, ojo, aquí no solo se analizan sus estructuras y se señalan los aciertos y desaciertos de los filmes escogidos; también se contextualizan y se analizan sus aspectos sociológicos e identitarios.

Romances y devaneos en el cine dominicano

El factor romántico dentro de los textos fílmicos elaborados en los largometrajes dominicanos ha sido implementado tanto para comedia como para drama, suponiendo —como las experiencias que se han dado en todos los países— que son especializaciones que han adquirido el suficiente desarrollo y entidad como para independizarse de los géneros originarios, siendo así que la existencia de películas claramente insertas en un género no debe impedir considerar la existencia tanto de películas catalogables en más de un género como de aquellas no pertenecientes a ninguno (Noriega, 2006).

El romance ha sido explorado en sus más variadas formas entre las que se encuentran el amor sublime, casi sacralizado, la tensión sexual no consumada, el amor imposible por convenciones sociales, el amor no correspondido, el amor joven o el simple enamoramiento.

Las experiencias locales sobre este asunto determinan que los realizadores lo han planteado bajo la fórmula importada que comprende el conocimiento de dos personas que se conocen y que, en algún momento después de diversas situaciones, se separan para luego encontrarse de nuevo. Por eso, la funcionalidad de esta receta favoreció a la película dominicana de largometraje ¿Quién manda? (Castillo, R., 2013) en el género de la comedia romántica. Una historia que tiene a Alex y Natalie,

dos individuos que ven, en cada relación romántica, la oportunidad de pasarla bien sin tener que cumplir con compromisos formales más allá de los tres meses.

Cuando ellos se conocen, el método de relación de cada uno se pone a prueba para mover la balanza hacia el dominio de la relación. Ninguno quiere ceder, pero en esta guerra de sexos y egos todo sucede.

Lo interesante de su puesta en escena es que esta historia y su realización no tienen pretensiones más allá́ de su forma expositiva. Se sabe de antemano que no van a inventar nada nuevo que no se haya hecho dentro del género. Las resoluciones argumentales que hace el guionista Daniel Aurelio en compañía del mismo director Ronni Castillo es que las acciones de los personajes queden justificadas dentro del marco de la misma historia.

El recurso de contar en primera persona, donde el personaje de Alex le va revelando sus actitudes al mismo público, permite mantener un hilo conductor sin confusión. Alex lleva la historia hacia el mismo punto deseable de sus guionistas. Lo demás es ir revelando las consecuencias de las acciones de los personajes donde el público sabe de antemano como debe terminar la situación. La fórmula se cumple a cabalidad y le proporciona al público cierta satisfacción de marcar el reencuentro entre ambos compensando un final típico y regular haciéndolo funcional en su forma expositiva.

No obstante, esta fórmula se ha aplicado también al drama dominicano que, sin trasgredir sus componentes formales, la perspectiva cambia dependiendo del contexto en que se desempeña la historia. De esta manera el filme Cristo Rey (Tonos, L., 2013) asume el romance conectado a un enlace dramático social para plantear otras situaciones estructurales que le permiten una combinación entre la tragedia y el amor.

Rescatando el personaje del haitiano que convive en territorio dominicano, ya planteado de manera tangencial en La hija natural (2011), la realizadora Leticia Tonos lo profundiza con personajes y situaciones más complejas con la lucha de Janvier, un joven domínico-haitiano que se mete en problemas al enamorarse de Jocelyn, una joven hermana del gánster del barrio y exnovia de Rudy, su medio hermano. Ambos se encuentran dentro de una vorágine de violencia y dolor que se vive a diario en el barrio de Cristo Rey, donde las reglas de supervivencia son parte del accionar cotidiano. Leticia intenta profundizar en las reglas no escritas imperantes en la marginalidad, desarrollando un relato que cumpla con los requisitos de dramaturgia y evitando dispersarse en su trayectoria.

La calidad del romance se inserta dentro de un contexto hostil para desarrollarse adecuadamente pues la presencia haitiana en el personaje de Janvier se convierte en un puente entre lo que significa ser haitiano en un barrio dominicano y, además, conciliar un amor con una dominicana con las implicaciones que conlleva dentro de su situación. Este campo revela una intención narrativa de su realizadora en que el romance toma su propia vía de conciliación dejando huellas en su tránsito y suponiendo que se puede consumar a pesar de las adversidades presentes en su camino, aunque la tragedia es el factor que circunda la resolución de su relato.

Por una línea parecida en cuanto a las dificultades de poder consumar el retrato romántico a que están sometidos dos personajes, se puede detectar en la obra cinematográfica Carpinteros (Cabral, J., 2017) —analizada ya en el tema carcelario—, pero que también ofrece sus puntos validos como drama apelando a la búsqueda y resolución en el aspecto sentimental.

En un último lugar imaginable como es la cárcel de Najayo de la República Dominicana, se da un romance entre dos personajes (Julián y Yanelly), pero este debe ser desarrollado a través de un lenguaje de señas llamado «carpinteo» y sin el conocimiento de decenas de guardias, pues es la única manera de que el amor pueda sobrevivir.

Pero su mayor escollo es la presencia de Manaury, quien había sido novio de Yanelly y que va descubriendo la cercanía que evidencian ambos. El romance está esclavizado a unas circunstancias que impone la misma cárcel, pero a la vez a las obsesiones de Manaury frente a su voluntad de no permitirlo a toda costa.

La tragedia, apelando a su estructura dramática, se va fortaleciendo por los obstáculos que se presentan teniendo una resolución final trágica, para cumplir con este modelo de amor imposible, de ese riesgo que surge inevitablemente de la estructura melodramática —donde los aspectos sentimentales o lacrimógenos están exagerados con la intención de provocar emociones en el público—, hace de su propuesta un molde que no posibilita una complejidad más allá́ de lo planteado.

En otro tono, pero siempre siendo fiel a la técnica, se encuentra el largometraje dominicano Verdad o reto (Reyes, 2016), el cual asume el compromiso de mostrar algunas posiciones dentro de los planteamientos dramáticos presentes con relación a este género y la bien intencionada historia con ribetes de moraleja y lección romántica. La historia se centra en el personaje de Aura, una joven con un futuro promisorio dentro de la pintura, pero su existencia cambia radicalmente cuando se le diagnostica un tumor cerebral inoperable. A partir de este momento su vida se convierte en una espiral de situaciones que se va entrelazando con la presencia de Gael, un joven que se encuentra enamorado de ella. Este contexto es que prima dentro de una historia que trata de mantener una estructura coherente cuya idea es manejar el drama hasta los límites posibles de un amor juvenil que apunta a reflexiones que van más allá́ de morir a una edad temprana.

El amor entre la enfermedad-muerte y la vida-esperanza intenta alcanzar su máxima expresión en la focalización del mismo padecimiento que sufre la protagonista en la que ya podría considerarse incluso un subgénero romántico, el de jóvenes enamorados que padecen enfermedades. No obstante, la lección final queda como un reducto narrativo predecible que mueve todo su contexto en lograr la identificación del público con lo sucedido al personaje principal y reivindicar el romance en cualquier situación afectiva.

Otro experimento en este campo está en la obra cinematográfica de largometraje El encuentro (Rodríguez, A., 2017), la cual establece inmediatamente la boda de una pareja de jóvenes enamorados, Amanda y José, que tratan de ubicarse en sus nuevas vidas y afianzar su relación hasta que Amanda sufre un terrible accidente automovilístico y muere. Entonces la película gira hacia la posible convicción de José de que la nueva joven que él ha conocido tenga el corazón donado de su antigua esposa. De repente su situación cambia ante tal cavilación y todo el recorrido del filme, a partir de este pensamiento, va enfocado en buscar las debidas respuestas.

El tema paranormal se manifiesta cuando la joven aparece en ciertos momentos como una presencia fantasmal para indicarle a su esposo que siga buscando un amor que le compense su dolor por la pérdida.

El romance, en esta ocasión, es asumido por los trazos de búsqueda y la obsesión de que el amor nunca muere y puede ser un camino para encontrar la felicidad a pesar de las fatalidades de la vida. De esta manera, El encuentro prosigue su ruta hacia lo definido desde el principio, la que establece un final feliz encasillado por los rigores comerciales de este tipo de películas.

Volviendo a las consideraciones de la película dominicana Sanky Panky (Pintor, J., 2007), se puede encontrar también trazos de romance en su discurso y estructura argumental, puesto que aparte de sus inclinaciones hacia la migración, esta descansa en un sustento sentimental que se aboca a los personajes de Genaro y Martha. El objetivo primario de Genaro, al buscar trabajo en el resort o del complejo turístico playero, es encontrar una solución a su precaria vida financiera, utilizando como instrumento esencial a una turista y obtener ciertos beneficios económicos y carnales.

Pero en su devenir la presencia de Martha, una turista estadounidense recién llegada al resort, implica un cambio en su interés económico y va girando hacia un lazo sentimental del cual va cambiando su perspectiva de su situación. Este panorama planteado por Pinky recubre toda su historia de un romance que se va construyendo a través de la empatía que cada personaje va asumiendo en las distintas escenas estructuradas para adecuar el efecto pasional.

La fórmula romántica se va cumpliendo a través del encuentro de estos dos personajes, de las diversas situaciones que ellos viven para luego, por la llegada del novio de Martha desde los Estados Unidos, encontrar el motivo de su separación, aunque dejando visos de reencuentro que se definen en la segunda parte de esta historia bajo el título Sanky Panky 2: objetivo Italia (Pintor, J., 2013).

Genaro, en su segunda parte, descubre que esa relación con Martha produjo un nuevo acontecimiento que es el embarazo de un hijo con él, el cual se manifiesta cuando ella regresa para explicarle esta situación. Aunque la segunda versión de Sanky Panky no se circunscribe al romance entre Genaro y Martha, todavía arrastra estas consecuencias de su primera parte.

Otro largometraje dominicano anclado a esta fórmula, batiéndose en el género de la comedia, es Un 4to. de Josué (Valencia, G., 2018), el cual tiene sus aproximaciones en las comedias ligeras ancladas a un ambiente juvenil aderezándola con un componente romántico y con situaciones que ponen a prueba al personaje central.

Con esta receta en la maleta la historia pretende simular la dinámica de un chico de nombre Josué, quien se encuentra en su último año de bachillerato y, además, está enamorado de su mejor amiga, Martina. Después de haber compartido con ella varios años de colegio, decide confesarle su amor. Para esto pinta un grafiti en la pared del colegio, pero su plan fracasa y esto lo somete a una serie de situaciones que colocan su accionar en un torbellino circunstancial.

La película trata de plantear todo el escenario posible para que dicho personaje pueda moverse durante todo el desarrollo del relato, pero sus intenciones se ven frustradas cuando va perdiendo su tono en la medida de su progreso dejando un camino bastante irregular y lleno de entornos fuera de lugar. Apoyada, en su mayor parte, por la actuación de Iván Aybar, este logra en algunos momentos mantenerla en plena atención, aunque su repetitiva práctica desgasta su personaje convirtiéndose en una rutina. La receta se cumple con poca efectividad en este caso, dejando un panorama simple de una historia de entorno juvenil con toda y su reflexión existencial en la parte final de la historia.

Con el largometraje dominicano Mi novia está… ¡de madre! (López, A., 2007) la simplicidad del romance es expuesta de una manera en la que un joven profesional, con una bella novia, se ve en una encrucijada al enamorarse de una nueva vecina, mayor que él, que se muda en su mismo edificio. Las situaciones se van desarrollando dentro de un precipitado contexto donde él tiene que buscar la manera de librarse de las malas interpretaciones, pero que al final todo no es lo que parece ser. Así de simple y llano es el argumento de esta película, una historia cuya justificación principal es la de lograr el contraste entre un joven y una mujer mayor y hacerlo aparentar como un romance otoñal.

Archie López asume todo el riesgo posible para lograr que esta película sea digerible para el público sin pretender ir más allá de las posibilidades que le ofrece el argumento. Su capacidad de internarse en una línea ya definida por muchos otros filmes de esta misma categoría pone en evidencia su poca soltura al momento de presentar las situaciones y las justificaciones de sus protagonistas.

A través de la película dominicana insertada también en la comedia romántica Una breve historia de amor (Piantini, N., 2014), se pretende también esclarecer algunos puntos perdidos del trayecto entre hacer una comedia funcional y salvar los escollos que siempre se encuentran en el camino cuando se decide abordar este género en el contexto criollo. La historia en cuestión apunta a Martín, director creativo de una agencia publicitaria, quien posee una actitud egocentrista de su oficio, cuestión que hace que mida sus relaciones bajo esa misma actitud. Pero las cosas van cambiando para Martín cuando llega Inés, una nueva ejecutiva de cuentas, quien le cambia su mundo por otros caminos por causa de su enamoramiento.

La premisa, aunque nada original, puede ser funcional si todo lo que sustenta el guion tuviera sentido. Alan Nadal Piantini, director y guionista, quien ya había exhibido su carta de presentación con Noche de circo (2013), lanza a sus personajes por una ruta sin dejarles pistas necesarias para abordar el tema. El propio director había manifestado que la historia es basada en sus experiencias cuando trabajaba en una publicitaria, de allí parte todo, y de esta idea es que Alan trata de introducir una serie de visualizaciones estéticas de los años noventa utilizando íconos reconocibles de cultura popular. Pero una cosa es rememorar recuerdos y otra es edificarlos de manera constructiva dentro de un discurso cinematográfico.

Otro de sus problemas esenciales también es la química entre sus protagonistas principales, Isaac Saviñón y Alba García, que no logra esa compenetración entre ambos en sus respectivos personajes. Los mismos quedan distanciados, varados en una historia que no llegan a resolverse de manera absoluta.

Otra película dominicana de largometraje que intenta realizar un discurso más ágil y funcional dentro de género de las películas románticas, ya sean estas de comedia o drama, es Quiero ser fiel (Menéndez, J., 2014), la que responde a una nueva visión de sacar el género del empantanamiento para diseñar una mejor estrategia que produzca viento fresco en el medio. Este filme es una comedia romántica que plantea los vericuetos de un hombre que jura serle fiel a la mujer que ama, hasta que un editor de publicaciones le confiere la labor de escribir una novela que explique el porqué de la infidelidad de los hombres. Dicha labor, como es lógico, le trae dificultades en su matrimonio, puesto que, para narrarla con veracidad, tendrá́ que someterse a los constantes desvaríos de la infidelidad.

Esta adaptación del guion original titulado «Why Do Men Cheat?» escrito por Leonardo De León, rebusca en los motivos más convencionales de las comedias románticas, asumiendo elementos del subgénero del screwball comedy, que le ayuda a establecer ciertos parámetros en su guion. Siendo una comedia hecha en la República Dominicana, no pretende reflejar una situación netamente dominicana. Por esto, la misma adolece de los giros coloquiales propios del país para convertirla en un producto neutro, más exportable y universal.

En su narrativa se percibe cierto control de las acciones, dejando una primera parte al encantamiento del personaje, rozando hasta lo cursi, pero no cayendo en lo aburrido ni en lo vulgar. Su punto esencial es dejar que la situación camine sola, apoyada por la reflexión del personaje central que cabalga al unísono con la narrativa. El resto es un periplo de situaciones donde el personaje central interpretado por Valentino Lanus sobrelleva todos los elementos que acompañan a esta comedia que funciona más por el guion que por la dirección, en este caso, de Joe Menéndez, que, por contar con un buen material, aunque con una salida de moraleja, la concluye satisfactoriamente.

Por el mismo camino se encuentra la película Cómplices (Reyes, L., 2108), establecida en calidad de coproducción entre México y la República Dominicana y que responde a una estrategia de historias que puedan ser consumidas por un amplio blanco de audiencias. En esta ocasión esta comedia con ribetes románticos es la historia del típico seductor de nombre Juan Campos cuyo modus operandi es conquistar a la mayor cantidad de mujeres posibles con el apoyo de su amigo Luis Pani. Al momento de preparar un viaje desde México a la República Dominicana, Luis enferma y Juan se ve obligado a llevar a su sobrino Maude, que está pasando por una depresión amorosa.

Esto se convierte en una especie de lecciones de conquista que Juan le enseña a su sobrino dentro de un contexto paradisíaco de playas y bellas mujeres. De esta manera, Juan representa el típico personaje de esa «comunidad de seducción» o Pick Up Artist, que demuestra toda su experiencia a través de la acción y donde su voz en off es parte de los adiestramientos que le ofrece al propio público. La cinta se obliga a sí misma a cumplir con ciertos requisitos del subgénero sin convertirse en un producto atractivo. Llena de clichés y actuaciones acartonadas, esta historia se desboca por lugares comunes que ya hartamente han sido contados en otros filmes de inferior calidad.

La única excusa posible es la explotación publicitaria de las playas del Este con que cuenta la República Dominicana y donde se ha desarrollado una industria turística de vanguardia. El trabajo del director mexicano Luis Eduardo, Reyes quien ha desarrollado su carrera mayormente en el campo de las telenovelas, series para televisión y cine, con algunos títulos como Amor letra por letra (2008) y Ni un minuto que perder (2017), maneja este texto visual con el sentido de desgano como si se tratara de un producto para el mercado televisivo, navegando solo por la superficie de un tema sin ofrecer cualquier otro punto de discusión importante.

Quizás el largometraje dominicano Colao (Perozo, F., 2018), dentro de su estructura como comedia, hace una revisión más adecuada de los distintos motivos narrativos que se han experimentado que van desde el humorismo simple hasta el tono romántico, mezclando varios elementos del folclor nacional y reivindicando el personaje de modelo rural.

Las garantías que propone esta comedia, para su sostenimiento, es apostar por una historia simple y combinarla con un elenco que funcione en cada una de las etapas de su desarrollo narrativo. De esta manera se introduce al personaje de Antonio, hombre de corte rural que vive en Jarabacoa, cuya apetencia es irse a la capital, en plan de aventurero romántico, para tratar de enamorar a una mujer y que, a su vez, se convierta en su compañera sentimental. Como agricultor del café, lleva consigo su apreciado producto como orgullo de su amada tierra, vínculo ancestral que trata de jugar con el motivo de enlace sentimental hacia el personaje de Laura, una joven ejecutiva.

Su llegada a la capital es apoyada por sus dos primos (Felipe y Rafael), quienes se dedican a ayudarle en el proceso de seducción, urdiendo un plan de apoyo logístico y económico para que todo sea a favor de Antonio. El juego de propósitos construido por José Ramón Alama y José Pastor, ambos guionistas, es determinar un curso sin desvíos para asegurar que la audiencia vea la intención de esta historia en las primeras escenas del filme. Aunque presentan como propósito esencial de Antonio, y como parte de esa estructura mental masculina que ha estado gravitando en la cultura occidental, de que como hombre debe ser un conquistador a cualquier precio sin reparar en los asuntos de integración romántica con una mujer, solo conquistarla o poseerla.

No obstante, se produce un pequeño desbalance en los términos estructurales de su narrativa, pues cuando el filme va en su curso de pura comedia, sostenida por dos personajes que se constituyen en los narradores de la historia, sosteniendo un diálogo permanente con la audiencia, la comedia funciona a cabalidad, pero cuando se introduce en el terreno romántico su gracia se desacelera por la pasividad de los roles de Nashla Bogaert (Laura) y Manny Pérez (Antonio). Estos protagonistas del enclave romántico donde el juego del café́ —como supuesto elemento mágico de aproximación entre los dos personajes— no se explota a cabalidad, dejando a un lado grandes posibilidades de estudio semántico y significado de la identidad criolla. Aquí el terreno sentimental trata de cumplir con el objetivo de la fórmula de la comedia romántica que puede parecer agotada a base de repeticiones de viejos clichés (con un villano de turno a través del personaje de Anthony Álvarez), por eso se apura en concretar el idilio y que todo se solucione de la mejor manera posible.

En este sentido, el crítico de cine Anthony Pérez detalla que la misma trama adolece de dos elementos claves: espontaneidad y fluidez narrativa. Pérez señala que, aunque el tema central de su simple historia es el amor, maneja además aspectos tan interesantes como la honestidad y la sencillez. No obstante, se detiene a observar algunos aspectos de su narración afirmando que «la narración no solo se siente apresurada, cual si estuviera siguiendo la dramaturgia de otro medio, y no la del cine, sino sobre todo forzada» (Pérez, 30 de enero de 2018).

El actor Frank Perozo hace un salto profesional al manifestarse en su primera experiencia como director. Su buen desempeño deja como resultado que la comedia tenga un ritmo a la medida del trabajo de un elenco que se posiciona en cada parte de la historia. Los mismos guionistas de Colao se enfrascan en otro contexto romántico aplicando la misma fórmula del género a través del largometraje del género de la comedia Qué León (Perozo, 2018), la que responde a las limitaciones de un mercado marcado por el producto comercial que pretende seguir conquistando un público al que cada vez menos le importa apreciar una obra con cierta validez en cuanto a su argumento e interpretación.

Que León saca la ventaja de todo lo que se ha producido hasta el momento en el cine de comedia dominicano, orientando su objetivo a seguir ganándose la voluntad del público, pero sin ofrecer nada nuevo bajo el sol. Puede definirse como la nueva tendencia comercial de la comedia dominicana con mejor factura técnica, pero que sigue apostando por las ganancias y unificando, dentro de su estructura actoral, a estrellas de la música, exconcursantes de belleza, divas de la televisión local y comediantes de la televisión que continúan gravitando en el panorama fílmico nacional.

Esta comedia se sostiene en mayor parte con el trabajo de la dupla Ramón Figueroa Pozo y Miguel Céspedes, quienes han agotado todo su arsenal tratando de extender toda su rutina hasta que los guiones que les ofrecen les permitan resolverlos con sus respectivas capacidades. Ellos se envuelven dentro de una comedia romántica que se apoya en las figuras de dos jóvenes como es el cantante urbano boricua Ozuna y la presentadora de televisión hispana en Estados Unidos Clarissa Molina. Ambos sortean una historia donde sus personajes tienen que luchar con sus respectivos padres, que no aceptan la unión romántica de ambos por pertenecer a distintas clases sociales.

La estrategia argumental se circunscribe en mostrar dos mundos sociales opuestos que se materializan con el juego de los apellidos en la cual, ambas familias, ostentan el apellido León. Por un lado, Camilo León, cabeza de su familia, posee un estatus económico que exhibe a través de los lujos que posee, mientras que Tito León apenas mantiene a su familia a través de la tienda de repuestos de vehículos.

La formula de «La dama y el vagabundo» trata de ser funcional en la medida que sus componentes formales se mantengan en el límite de su propia visualización, donde el amor es la receta para que toda reticencia a ese mismo afecto juvenil pueda vencerlo todo.

Aderezado con algunos hits musicales aportados por la discografía del propio Ozuna, el filme, evidentemente, apunta a satisfacer un mercado donde el propio intérprete se ha desarrollado con la convicción de que es un salto natural que un artista popular también se desempeñe en el terreno peliculero. Entonces, el romance se reparte entre la no aceptación del noviazgo de sus padres, las cortinas musicales y el final donde ambos, una vez superadas las asperezas de reticencias, cumplen con el objetivo del casamiento.

De esta manera, esta película cumple con su función comercial, aunque anclada en ciertos clichés publicitarios que tratan de sintetizar muchas de las experiencias que dentro de los largometrajes de comedia se han tenido en el país.

Félix Manuel Lora es periodista, crítico e investigador del cine dominicano. Autor del documental Un rollo en la arena (2005), presentado en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, y de los libros Encuadre de una identidad audiovisual, Cine dominicano en la mira: catálogo 1963-2014 y El discurso temático en la producción fílmica dominicana. Coordinó la participación dominicana en el Diccionario del cine iberoamericano, España, Portugal y América, de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) y la Fundación Autor (Madrid). Ha sido jurado en festivales internacionales. Preside la Asociación Dominicana de Prensa y Crítica Cinematográfica (Adopresci).


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