Artículo de Revista Global 70

Santo Domingo era una fiesta… teatral

Del 17 al 27 de junio del año en curso se realizó el IX Festival Internacional de Teatro Santo Domingo. Grupos y compañías procedentes de Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, España, México, Puerto Rico, Portugal, Venezuela y, claro está, la República Dominicana, con importante presencia de público, ocuparon durante esos días quince locaciones teatrales. Este artículo es una suerte de bitácora crítica, por parte de un observador externo, sobre esos intensos días de fiesta teatral en la capital dominicana y sus alrededores.

Santo Domingo era una fiesta… teatral

Santo Domingo es una ciudad a lo largo de un estupendo malecón con una Zona Colonial que la convierte en «primada» del continente, aderezada con un centro dinámico de comercio trasnacional y la construcción de condominios, estaciones de metro, hoteles y centros comerciales. Allí, donde aún se conserva el Alcázar de Colón o Palacio Virreinal de don Diego Colón y la última casa, en América, del Almirante genovés, palpita un mundo plural y mestizo dentro y fuera de colmados, colmaditos y colmadones, plazas, parques, cafés, restaurantes, tiendas, galerías y salas de teatro, entre otros espacios públicos que se mueven al ritmo de merengue, bachata, reggae o reguetón, y a través de la danza erotizante de cuerpos, olores, sabores y colores. ¡Toda una fiesta caribeña!

Del 17 al 27 de junio del año en curso se realizó el IX Festival Internacional de Teatro Santo Domingo, al cual fui generosamente invitado por sus organizadores, a quienes no termino de agradecer por la oportunidad brindada; en especial a la actriz y directora Karina Noble, cuyo apellido le viene a la perfección. Grupos y compañías procedentes de Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, España, México, Puerto Rico, Portugal, Venezuela y, claro está, República Dominicana, con importante presencia de público, ocuparon durante esos días quince locaciones teatrales.

Lo primero que llama la atención es la notable infraestructura escénica que posee la ciudad. Además del imponente Teatro Nacional con dos salas, el Palacio de Bellas Artes con dos salas, se encuentra uno con centros culturales en barrios periféricos como el Narciso González o el Mauricio Báez. Pero, además, en la Zona Colonial se encuentra Casa de Teatro, pionera en locaciones alternativas y privadas, cerca de las de grupos como Guloya o Las Máscaras. Ciertamente, las instalaciones estatales en los barrios de la ciudad se notan descuidadas y con poco uso, lamentablemente.

Lo visto: el teatro dominicano

Aunque uno quisiera ver la mayoría de los espectáculos, se tornaba complicado, no solo por la cantidad y la variedad, sino porque la programación no lo permitía. Como investigador invitado quise participar en las diversas charlas y conversatorios que alrededor del hecho teatral se programaron con investigadores, editores, dramaturgos y los propios teatristas, además de las bitácoras mañaneras donde se «analizaban» las puestas en escena de la noche anterior; pero a menudo coincidían con los espectáculos.

No obstante, logré observar varias representaciones. La primera fue Todo está bien, del Teatro Guloya, con dramaturgia de su director artístico Claudio Rivera, quien actúa junto a su compañera y administradora del grupo, Viena González, y el hijo de ambos, Dimitri, de 13 años. Bajo el formato de un reality show se nos presenta la decadencia de una familia dominicana corroída por las adicciones y el consumo viral. La primera parte, con un ritmo agradable y con participación del público al estilo de un estudio televisivo, está muy bien lograda; pero luego de una innecesaria pausa, se torna cansina por su afán didáctico hasta alcanzar un final cuasi religioso. Lástima, porque la idea dramatúrgica es buena y contiene actuaciones notables, a pesar del poco espacio escénico de la sala.

Nos tocó sufrir el unipersonal de Lía Briones, Nostalgia. Un texto caótico y desprolijo en manos de una actriz con serias falencias, casi al nivel aficionado. El final costumbrista es de horror. Excesiva escenografía naturalista para una dramaturgia y una puesta que pretendían ser «poéticas» (de nostalgia, ¡nada!). También vimos Hasta el abismo, del Colectivo Maleducadas. Interesante dramaturgia para una puesta en escena mediocre con ausencia de un director o directora. Actrices con buena presencia pero con carencias técnicas, por ejemplo, la proyección de la voz. Frontalidad excesiva y un vestuario que no calzaba con la atmósfera ni el conflicto.

Vimos un par de obritas más que no tiene caso reseñar. Participamos en la representación callejera del homenaje al primer dramaturgo dominicano, Cristóbal de Llerena, en la Zona Colonial, a cargo del grupo Teatraco. Nos quedamos, eso sí, con ganas de ver Don Quijote y Sancho Panza del mítico grupo Gayumba en su cuarenta aniversario. Y vino el plato fuerte: Bolo Francisco, puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro bajo la dirección, como invitado, de Claudio Rivera. Esta obra, ganadora del premio Casa de las Américas en Cuba (1984), del reconocido dramaturgo Reynaldo Disla, posee una notable, compleja y mágica dramaturgia. Por ello es difícil de escenificar.

Rivera se arriesga al experimentar con símbolos propios utilizando máscaras zoomorfas con acento carnavalesco. Hay una coreografía que a veces tropieza en baches, o es demasiado frontal, lo que le resta dinámica y ritmo; las transiciones son lentas. Alguna música no ayuda, especialmente la del chileno Víctor Jara. El vestuario, muy bien, colorido, acentuado; la escenografía y diseño de luces interesantes, pero podrían mejorar. Actuaciones dispares: muy bien Jhonnié Mercedes en el papel protagónico (Bolo Francisco), buena voz (decae un poco al final) y gestualidad propia de un mutilado: posee verosimilitud con ayuda del maquillaje que le otorga esa magia cuasi haitiana de un músico que regresa de la muerte; Maggi Liranzo, como bruja y como campesina oprimida nos queda debiendo en voz y dicción; Yorlla Lina Castillo, bien, «con expectativas que van mucho más allá de sus medidas corporales perfectas», como señala un crítico local; Amauris Pérez, bien, buena voz; Ernesto Báez, muy bien como el teniente Then y Mazamúbula; Canek Denis, bien como militar; Gilberto Hernández, Cristela Gómez y Wilson Ureña acompañan. Debo decirlo: esperaba más, escénicamente hablando.

Teatro invitado: lo internacional

El primer espectáculo que vi procedía de Puerto Rico: ¡Hay motín compañeros!, una conjunción del Centro de Bellas Artes y el Teatro Ensamble. ¡Y eso parecía: un ensamble! Una buena idea dramática se desperdicia en un montaje que pretende ser posmoderno, con actrices que parecen modelos de pasarela, salvo un par de excepciones. Actores hieráticos y poco verosímiles, agrupaciones en escena atropelladas, escenografía, luces y utilería antojadizas. El director y su actriz principal nos explicaron que la puesta estaba concebida para un espacio circular; la vimos en una sala a la italiana con medidas no aptas en el escenario, sobre todo el ancho de boca. De todas suertes, parece apresurada y no bien digerida, tanto desde las actuaciones como desde la dirección escénica.

De Argentina vimos el potente y bien equilibrado espectáculo Tiempo de paz, del grupo Zzin Teatro y Jako Producciones. Acá lo notable son la dramaturgia (adaptación de una película brasileña: Nuevas directrices para los tiempos de paz) y las actuaciones, especialmente la de José Kemelmager (Clausewitz), quien adaptó el texto. La migración es el tema, en este caso de miles de europeos que ingresaron a la Argentina luego de la segunda guerra mundial. Desde el interrogatorio de un funcionario de aduanas (Gustavo Torres) a un polaco de apellido Clausewitz (remembranzas militares) se va deshilvanado el intríngulis dramático y la doble vida del funcionario, con todas las secuelas del fascismo en ambas orillas del Atlántico. Un drama bien llevado con precisión y altura. De lo mejor.

De Costa Rica vimos a Fabio Pérez y Andy Gamboa con Cuerpos ausentes o ensayos para mi muerte, danza/teatro con un tema de palpitante actualidad: la desaparición de niños. El montaje posee fuerza y cohesión a partir de notables imágenes visuales; es un tour de force entre actor y bailarín. La dramaturgia, poética de por sí, se queda, sin embargo, en lo episódico y no busca un clímax que desencadene la trama. Ello no obsta para señalarlo como un espectáculo serio y profesional donde destacan el movimiento y la técnica corporal de ambos bailarines/actores. Lástima que, debido a las escasas dimensiones del escenario, los actuantes debieron rediseñar el espacio (el público dentro del escenario); así, los dominicanos se perdieron la amplitud del montaje por carencias técnicas (Sala Monina Solá, Centro Cultural Narciso González).

El grupo Viajeinmóvil de Chile presentó Otelo, quizás la pieza mejor lograda de las presentadas en el festival. Su premisa consiste en que el verdadero tema de Otelo no está en los celos, sino en el feminicidio; se plantea una propuesta inusual de la famosa obra de Shakespeare: envidias, odios, racismo y traiciones. Se muestra la historia original a través de cinco personajes en un tono ingenioso y espeso, todo con gran precisión técnica y humor negro, en un juego escénico que nunca decae. El universo sonoro y lumínico crea un ambiente especial que acentúa la sugerente presencia, casi fantasmagórica, de maniquíes que cobran vida durante el desenvolvimiento de la trama. Excelentes actuaciones con ventriloquia y manipulación de muñecos de Nicole Espinoza y Jaime Lorca. Sin duda, una muestra de lo mejor del teatro chileno y latinoamericano actual.

De El Salvador observamos La audiencia de los confines: primer ensayo sobre la memoria (parodia a Miguel Ángel Asturias), a cargo del colectivo Los del Quinto Piso. Lo mejor: su dramaturgia, creación de la ya reconocida Jorgelina Cerritos, ganadora del premio Casa de las Américas (2010, con Al otro lado del mar), quien también actúa como Carola. Con tres personajes, la obra plantea la metáfora de una noche eterna en su país, por no haber sido capaz de hacerse cargo de la historia, la memoria y la verdad como sociedad. Con dirección de Víctor Cambray, quien también actúa, la puesta no alcanza el nivel que exige la dramaturgia, entre otras cosas por el bajo nivel interpretativo y el juego escénico en la intimidad circular de una sala con pocos espectadores, a lo Teatro pobre de Grotowsky. A pesar del interesante juego escénico, tanto Cambray como el otro actor, Rafael Pineda, se quedan cortos en sus personajes. Tal vez solo la misma dramaturga logra identificarse con su personaje. Un montaje fallido.

De España vimos tres espectáculos: Distancia siete minutos, Me llamo Suleimán y ¿Cuándo? (teatro infantil). El primero, de la Compañía Tizina, es una notable puesta en escena, donde los actores (Diego Lorca y Pako Merino, responsables de la dramaturgia también) nos dan una sobria lección de contención actoral. Por una plaga de termitas en su apartamento, un juez que acaba de cumplir 40 años se traslada un par de días a casa de su padre, hombre hosco y autoritario. La propuesta inicia con humor para pasar luego a las carencias humanas, la necesidad de diálogo, la falta de convivencia y hasta el suicidio. Buena tensión dramática, con novedosos recursos visuales, que va desde lo mínimo hacia la creatividad, la sensibilidad y la fuerza.

El segundo es un estupendo unipersonal que dirige Mario Vega e interpreta la actriz Marta Viera, inspirado en la obra homónima del novelista Antonio Lozano, la cual narra la odisea que vive un adolescente que viaja desde Malí a Canarias huyendo de la pobreza y la miseria. Una obra que trata de la inmigración y de la búsqueda de sueños, contada a partir del lenguaje audiovisual que se incorpora a dibujos animados: cinco artistas dibujaron más de treinta mil imágenes para este espectáculo. Notable ejercicio actoral de la Viera, destacable sin duda. El tercero, ¿Cuándo?, es una propuesta en monólogo de la compañía Ultramarinos de Lucas para niños de uno a cinco años, donde la capacidad lúdica del actor Juan Monedero, apoyado por una dramaturgia propia, poética e interactiva, lo llena todo.

Finalmente quiero subrayar la puesta en escena de Labio de liebre, coproducción del Teatro Colón y Teatro Petra de Colombia con dramaturgia de Fabio Rubiano. La misma pretende mostrar el momento que vive Colombia a través de una pieza de humor negro, tan espeso como la historia reciente de ese país. La pregunta es: ¿hasta dónde se está dispuesto a perdonar, si es que podemos hacerlo, y cuáles son los límites difusos entre víctimas y victimarios en un país que no puede esconder la guerra en todos sus planos? Sin ofrecer una respuesta explícita, pretende obligar al espectador a tener la suya. Y allí es donde sobreviene la polémica: ¿hasta dónde se puede perdonar a un «señor de la guerra», a un paramilitar, a un jefe de sicarios, a un genocida?

La fábula revive un país «paradisiaco y feliz» donde los castigados por crímenes son enviados a purgar condena a un lugar neutral llamado «Territorio Blanco», como Salvo Castello, personaje principal. «Hombre de bien», como le gusta que lo llamen, se ve a sí mismo cual «funcionario eficiente de la patria», un héroe que ha convertido a su país en el paraíso y que «solo cumplió su deber». Pero no puede dejar atrás su pasado; cinco personajes se encargan de recordárselo: Granados Sosa, un niño con labio leporino o «labio de liebre», dos campesinos más, la madre de todos ellos y Roxy Romero, una periodista que hace de cronista. Lo «acompañan», le piden, le exigen y lo atosigan hasta el punto de la crueldad: no le dejan olvidar que ellos son víctimas aunque él también lo parezca.

¿Deben perdonarlo? ¿Deben vengarse? ¿Lo están haciendo? Son preguntas que brotan y nos golpean desde las actuaciones de Marcela Valencia (madre de la «liebre»), Jacques Toukhmanian, Liliana Escobar, Biassini Segura, Ana María Cuéllar y Julio Correal como protagónico. Lo impactante del montaje es su alta capacidad técnica y actoral, sobre todo la de Marcela Valencia (no pudimos ver a Rubiano como Castello, fue «sustituido» por Correal), así como la extraordinaria escenografía, las máscaras (animales muertos que conviven con los fantasmas humanos) y la utilería, con una banda sonora y un trasfondo de realismo mágico, casi macondiano: farsa negra y tragicomedia puestas en varios niveles o «mundos paralelos». Sí, hay risas, pero son crueles: de espanto, de vergüenza y hasta de autocensura; quizás porque están muy cercanas a la compleja y dolorosa realidad colombiana.

Con esa nota polémica finalizo este viaje teatral por una ciudad bella, criolla y mestiza, mágica, tras/intercultural, seductora, irreverente, simpática y hospitalaria. Lo cierto es que Santo Domingo era una fiesta escénica compartida por diferentes públicos, actores, creadores y fanáticos en todas sus locaciones, tanto públicas como privadas. Además de los colmaditos, colmados y colmadones. ¡Y vaya si la disfrutamos!

Adriano Corrales es un escritor e investigador teatral costarricense. Obtuvo una Maestría en Artes Dramáticas en San Petersburgo (Rusia), realizó estudios de Dirección Escénica en Cuba (ISA) y posee un Doctorado Interdisciplinario en Letras y Artes de la América Central por la Universidad Nacional (UNA). Es escritor y labora como profesor catedrático, investigador y extensionista en el Centro Académico de San José del Instituto Tecnológico de Costa Rica.