Artículo de Revista Global 66

Solo venimos de paso: El destino de los migrantes centroamericanos en México

Huyendo de un panorama de pobreza, violencia y muerte, unos 400,000 migrantes pasan por México cada año, la gran mayoría con destino a los Estados Unidos. Expuestos y criminalizados, enfrentan un calvario de asaltos y persecuciones que pone en tela de juicio el mito de la hermandad latinoamericana. Y ante la imposibilidad de transitar por las viejas rutas migratorias, se ven además en la necesidad de encontrar nuevas maneras de llegar al país del norte. La ciudad de Oaxaca, capital del estado sureño del mismo nombre, se encuentra en medio de una de estas nuevas rutas.

Solo venimos de paso: El destino de los migrantes centroamericanos en México

Voy caminando por el Andador Turístico de Oaxaca, una ciudad colonial e imán turístico que se ubica a unos 365 kilómetros al sur de Ciudad de México. Es un día de sol –Oaxaca goza de más de 300 de estos días al año– y el centro histórico, con sus edificios multicolores, calles empedradas y templos construidos con la cantera verde típica de la región, brilla a la luz del altiplano. De repente, dos hombres me alcanzan en una esquina. Vestidos de manera muy sencilla, lucen nerviosos, asustados. Lo primero que pienso es que están visitando la ciudad procedentes de un pueblo cercano y que quieren pedir alguna dirección. Miran furtivamente de un lado a otro. Es casi como si quisieran confesar un crimen.

–¿Tendrá algo de trabajo para nosotros? –pregunta uno de ellos en voz baja–. Somos de Guatemala.

Balbuceo que no, que no tengo, y vuelven a desaparecer entre la muchedumbre que pasea sin cuidado por el Andador. Este encuentro será el primero de varios. Nunca me piden dinero; lo que quieren es trabajo.

De México a Mexipeor

«Los migrantes en tránsito son invisibles para el gobierno», dice Maribel Marcial Santiago, administradora del Centro de Orientación del Migrante de Oaxaca (COMI), una asociación civil sin fines de lucro fundada en febrero de 2003. Estamos sentados en el recibidor del albergue, situado detrás de un gran supermercado, a unos 10 minutos del centro histórico. Una imagen de la Vírgen de Guadalupe adorna la pared, junto a una cruz tapizada con las banderas de los diferentes países de donde provienen los migrantes; en el centro de la cruz está México. «Existen programas para migrantes oaxaqueños, para mexicanos en general, pero para los migrantes centroamericanos, que son los que nosotros apoyamos, no hay nada. Al gobierno no le interesa». El COMI busca suplir esta carencia, ofreciendo alojamiento, talleres de orientación sobre derechos humanos y asesoría para los víctimas de delitos y los solicitantes de asilo. Aunque el fundador, Fernando Cruz Montes, es un sacerdote, el centro depende en la actualidad exclusivamente de donativos privados.

Maribel me da un recorrido por las instalaciones, las cuales incluyen una espaciosa y bien iluminada cocina comedor, así como unos estrechos dormitorios separados por género y colmados de literas. El centro tiene capacidad para unas 40 personas. Pronto conoceré a algunas.

Por invisible que pueda ser, el flujo de migrantes de América Central no deja de ser torrencial. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unos 400,000 indocumentados –mayormente de Honduras, El Salvador y Guatemala– pasan por México cada año, huyendo de los horrores gemelos de la delincuencia organizada y la inseguridad económica. Y, muy al contrario de la expresión popular que equipara la transición de algo malo a algo peor con el paso «de Guatemala a Guatepeor», esos migrantes, quienes en su gran mayoría buscan solo cruzar el territorio mexicano en ruta a los Estados Unidos, terminan cayendo en un «Mexipeor» de términos indescriptibles. Maribel me ayuda a poblar la lista de las vejaciones que sufren. Robo. Secuestro (al ritmo de unos 1,600 al mes, de acuerdo a la Comisión Nacional de Derechos Humanos). Extorsión. Trata de personas. Abuso sexual (sufrido por un 70% de las mujeres, según Amnistía Internacional). Prostitución forzada. Esclavitud. Desaparición. Muerte. El padre Alejandro Solalinde, director del albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec (Oaxaca) e incansable activista en pro de los migrantes, calcula que unos 10,000 indocumentados han desaparecido en México, «una cifra baja comparada con la realidad». En un evento a finales de 2013, puntualizó: «Si esto no es un holocausto, yo no sé qué es».

Expulsados de La Libertad

Juan Carlos me mira apacible desde la cabecera de la mesa del comedor. Tiene 28 años, es maestro de informática y, en su país natal, cantaba en una banda de merengue y cumbia. Lo acompañan en la mesa sus primos Brandon, 22, y Gerson, 16. Los tres, oriundos del departamento de La Libertad en El Salvador, huyeron luego de recibir amenazas de los grupos del crimen organizado. En el caso de los hermanos, las pandillas buscaban reclutarlos a la fuerza, obligándolos a actuar como sus «orejas» en la calle. Por su parte, para Juan Carlos era un caso de barrios encontrados: vivía en una zona controlada por la pandilla del Barrio 18, pero trabajaba en una escuela rural ubicada en una región donde la Mara Salvatrucha (MS) tenía la última palabra. La escuela ya había resentido los efectos del conflicto entre las bandas en duelo: de 525 estudiantes, el alumnado había disminuido a solo 127. Agredido en las afueras de la escuela en una ocasión, Juan Carlos siguió tercamente acudiendo a clase. Pero la gota que colmó el vaso fue el día en que los pandilleros se convirtieron en sus vecinos. «Me dijeron que si había algún problema, se iban a meter en mi casa cuando viniera la policía para poder escapar». Juan Carlos se negó. Poco después, una hoja volante apareció en la casa de su padre exigiendo que la desalojara. Al día siguiente, los tres, junto con otro primo, decidieron partir.

Viajaron por Guatemala cómodamente en autobús, ya que ambos países forman parte del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), el cual garantiza el libre tránsito a sus conciudadanos. En la frontera con México, cruzaron el río Suchiate en balsa solo para tener su primer sabor de la extorsión: cuando se vieron casi obligados a subir a un mototaxi, cuyo operador les cobró 300 pesos ($20 USD) por llevarlos a un transporte seguro que rodearía los puestos de migración. Llegaron a Tapachula, en el estado fronterizo de Chiapas, y de ahí, al municipio de Mapastepec, donde un samaritano les dio posada y una ducha caliente. En la próxima población de Pijiapan, rechazaron la oferta de unos taxistas de llevarlos a la ciudad de Tonalá, ya que el precio que pedían era demasiado alto. Los ruleteros, por despecho o por diversión, llamaron a Migración. Sorprendidos en una tienda mientras tomaban un refresco, los tres se fueron corriendo, separándose y reuniéndose más tarde en la iglesia del pueblo. Habían perdido todo: mochilas, pertenencias; Gerson, incluso sus zapatos. Y, además, habían perdido a su primo, el más joven, que había sido capturado por los agentes de inmigración.

Prosiguieron su camino. Entre Arriaga y Los Corazones, cerca de los límites con Oaxaca, otros agentes de inmigración los vieron caminando al lado de la carretera. Huyeron al monte. En lugar de perseguirlos, los agentes prendieron fuego al monte para obligarlos a bajar; tuvieron que usar sus últimas reservas de agua para impedir que las llamas los alcanzaran. En Santiago Niltepec, ya en Oaxaca, la policía municipal estaba a punto de entregarlos a Migración cuando su patrulla fue rodeada por un grupo de señoras, quienes detuvieron la tentativa de aprehensión. Les regalaron comida y agua y los enviaron por el camino del río. Pero frente a ellos surgía montaña tras montaña tras montaña. Estaban agotados y, con los pies en carne viva, habían llegado a su límite: decidieron regresar al pueblo y entregarse.

En ese momento, apareció «de la nada, del monte» un hombre con un grupo de perros. Como un deus ex machina salido del teatro griego, el hombre los envió a una colonia cercana donde podían tomar un autobús a la próxima población llamada La Ventosa. Ahí pasaron una noche de lluvia en una casa en obra negra que se hallaba –como habrían de comprobar en la mañana– a unos 50 metros de la oficina de Inmigración. De La Ventosa, pasaron a Juchitán y allí pudieron tomar un autobús a la ciudad de Oaxaca. Una vez que se hallaban en la ciudad capital, pidieron a un taxista la dirección de un refugio o un albergue. El taxista fingió no saber nada hasta que, por medio de una propina extra, accedió a llevarlos al COMI.

–¿Y qué pasó con el primo? –pregunto a Juan Carlos.

–No sabemos –me responde.

–Ahí debe estar en el Siglo XXI –dice Areli, otra salvadoreña que nos acompaña en la mesa.

–¿Qué es eso? –pregunto.

–En Tapachula, es donde tienen a todos los niños presos. Ahí estuvo mi hijo, también.

Heridas y vueltas

Areli hizo el primer intento de emigrar en 2011, después de perder a su primogénito a manos de la delincuencia organizada. En ese entonces, cruzó México encima de un vagón del tren conocido como «La Bestia» o, más tenebroso aun, «El tren de la muerte». El viaje tardó un mes, ya que Areli se paraba para descansar en algunos de los albergues esparcidos a lo largo de la ruta. Esta primera tentativa, no obstante, terminó en un fracaso: aunque logró cruzar el Río Bravo nadando desde Nuevo Laredo, escapándose de los pandilleros de Los Zetas que pretendían cobrarle la travesía, fue capturada por un policía al otro lado y repatriada a El Salvador.

En esta segunda ocasión, andar en «La Bestia» ya no era una opción: desde 2014, los operadores del tren han prohibido a los pasajeros subir en ella. Junto con su hermano y su novio, terminarían tomando la misma ruta por Chiapas y Oaxaca que habrían de seguir Juan Carlos, Brandon y Gerson, exponiéndose a la misma cadena de riesgos.

Se aventuraron en mayo de este año, con 300 dólares entre todos: llevar más no tenía caso, afirma, tomando en cuenta el alto riesgo de atraco. En el albergue Belén, en Tapachula, conocieron a otra pareja que había perdido todo en un robo, y aceptaron que los dos se juntaran con ellos. La primera desgracia cayó el 26 de mayo, cuando fueron asaltados en el parque de la ciudad de Huixtla; apenas habían avanzado unos 40 kilómetros desde Tapachula. Dos muchachos –uno armado con un machete y el otro con una escopeta– les quitaron todo. Y no solo pertenencias: insistieron en quedarse también con las dos mujeres. En la trifulca que se dio a continuación, y antes de lograr que los asaltantes huyeran, el novio de Areli fue herido a machetazos. En una clínica cercana, le atendieron provisionalmente el hueso quebrado, lo suficiente para que los tres pudieran seguir su camino. Ya sin dinero, tuvieron que pedir limosna –charolear en la jerga local– a fin de llegar a Arriaga, donde pusieron su denuncia. De nuevo en Tapachula para seguir las averiguaciones, fueron capturados por los agentes de inmigración y purgaron 22 días en la Estación Migratoria Siglo XXI.[i] Finalmente, recibieron un salvoconducto que les permitió seguir su viaje a Ixtepec y, posteriormente, al albergue de Oaxaca.

Entonces fue cuando recibió una llamada urgente de su hijo. En circunstancias parecidas a las de Juan Carlos, el joven tenía la mala fortuna de vivir en un lugar controlado por el Barrio 18 y de estudiar en una escuela ubicada en una zona de la Mara Salvatrucha. Ya había abandonado la escuela por amenazas, y dio a su madre un ultimátum: «O me vienes a traer, o me vienes a enterrar: tú decides». Su hermano y su pareja siguieron adelante; Areli regresó.

Su hijo tuvo que cruzar no solo uno, sino dos ríos: de El Salvador a Guatemala para salir del país como menor de edad, y luego de Guatemala a México. Pero, una vez en Chiapas, le tocó ser detenido y llevado a la Estación Migratoria Siglo XXI. Areli se vio obligada a viajar repetidas veces entre Oaxaca, donde había iniciado el proceso legal para recibir el estatus de refugiado, y Tapachula para lograr la liberación de su hijo, un viaje de 12 horas en cada sentido. Finalmente, tuvo que encararse con un agente migratorio particularmente intransigente: «Si me lo deportan voy a tomar su nombre, y si a mi hijo lo matan usted es el culpable. Va a caer sobre su conciencia». Al día siguiente se enteró de que habían hecho una excepción: liberarían a su hijo… y condonarían la multa respectiva. El hijo se fue para alcanzar a sus familiares en Nuevo Laredo, mientras que Areli sigue en Oaxaca, pendiente de la resolución de su petición de asilo. Como en tantos puntos a lo largo de estos meses, todo está en veremos.

Cuando todos han contado sus historias, salimos al patio del albergue. El sol se está poniendo y empieza a refrescar. Les comento que es una lástima que no puedan apreciar ni siquiera un poco de Oaxaca, tomando en cuenta lo bella que es. Luego se me ocurre proponerles, por lo menos, un paseo por la plaza principal, el Zócalo.

–No, no creo –dice Juan Carlos.

Pienso que su negativa tiene que ver con su miedo a los agentes de inmigración, y estoy a punto de tranquilizarlo cuando se quita los zapatos para mostrarme sus pies ampollados. En un mundo en donde los derechos más básicos han sido criminalizados, incluso el acto de caminar se ha vuelto un lujo.

Víctimas y victimarios

«Centroamérica se va descomponiendo», me dice Carlos Mariano Fernández, coordinador de Menores en el Camino, un centro para migrantes ubicado en la Colonia San Martín Mexicapan, en la periferia citadina. « No pasa un día en nuestro albergue sin que alguien se entere de la muerte de un amigo o familiar.». Antes de venir a Oaxaca, Carlos había trabajado con el padre Solalinde en el albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec; cautivado por el compromiso del sacerdote, decidió seguir su ejemplo con este nuevo proyecto.

A diferencia del COMI, Menores en el Camino tiene un objetivo más delimitado: aceptar a migrantes menores y adolescentes no acompañados que estén en proceso de regularización: por medio de una visa humanitaria o de un salvoconducto que les permita seguir su ruta sin obstáculos. Pero Menores en el Camino no pretende ser solo un refugio para dormir. Su objetivo es canalizar a los jóvenes que albergan a actividades productivas, según sus intereses, rompiendo con la dependencia de un patrón para fomentar proyectos de pequeño emprendimiento. Ya cuentan con una panadería donde unos residentes hacen galletas que luego venden en la calle, ganando el doble de lo que percibirían trabajando en el cercano Mercado de Abastos, destino laboral para la mayoría de los migrantes de paso por Oaxaca. En el techo, se encuentra un incipiente taller de carpintería. Menores en el Camino cuenta con espacio para unas 20 personas; en menos de seis semanas de vida, está a una persona de llegar al cupo.

Vamos caminando por las calles de terracería a la cancha de la colonia, un campo grande con dos porterías y unos bancos rudimentarios. A un lado, unas señoras en un puesto casero venden agua y dulces. Los chicos del albergue se han organizado para formar un equipo de fútbol y, luego de varias gestiones, han logrado entrar en una liga Sub 17. En este momento, están calentando para disputar su primer partido amistoso. Un vecino les ha donado un balón; una empresa local ha puesto los uniformes. Los mexicanos también son solidarios. Y es evidente, mientras tiran su misiles a puerta, que alguito saben del deporte. Carlos me informa, con el orgullo de un director técnico, que dos de los chicos ya jugaban de manera semiprofesional en su natal Honduras.

Como suele ocurrir cuando surge el tema de la migración en México, la conversación se dirige al Plan Frontera Sur, un programa instaurado por el Gobierno federal en 2014 a fin de intentar reforzar sus fronteras con Guatemala y Belice. El plan ha recibido duras críticas de los que lo ven como un sencillo desplazamiento del problema hacia el sur, con México dispuesto a hacer el trabajo sucio para los Estados Unidos. «Y luego Estados Unidos castiga a México por violar los derechos humanos», dice Carlos sarcástico. «Los migrantes seguirán viniendo. La única cosa que hace [el Plan] es desprotegerlos más, llevarlos al mercado negro. Salen de las rutas convencionales y se vuelven víctimas del delito. Luego, México tiene que tramitar los casos de refugio. Produce incoherencia».

Arranca el partido. Carlos asume su papel de entrenador mientras yo me retiro a los bancos. Allí me pongo a platicar con Margarita, una chica güera y sonriente de 17 años que es la única residente femenina en el albergue. Casualmente, ella también es del departamento de La Libertad en El Salvador. Cuando le pregunto por qué emigró, espero otra historia de las Maras y el Barrio 18. Pero su caso es diferente: debido a sus discapacidades, sus padres ya no podían mantener a los hijos. Margarita decidió aventurarse, entonces, con dos hermanos y una sobrina, con la intención de alcanzar a otra hermana en San Francisco (California). En el camino, fueron asaltados a punta de machete en el pueblo de Chahuites, en los límites entre Oaxaca y Chiapas. Más adelante, ya en Oaxaca, serían atracados nuevamente, en esta ocasión por unos policías estatales. Al fin, los padres de la sobrina le enviaron 4,000 dólares para que un «coyote» la llevara directamente desde la costa oaxaqueña a los Estados Unidos. Desprovistos de este camino exprés al vecino del norte, Margarita y los hermanos tendrán que seguir avanzando gradualmente, por la libre.

Observamos el partido. El cuadro de los migrantes se está defendiendo bien y en el medio tiempo ningún equipo ha metido un gol. Solo son unos muchachos jugando al balón, pienso. Y comparados con los niños secuestrados o desaparecidos, o con los miles que son recluidos en estaciones migratorias como el Siglo XXI –sin posibilidad de salir hasta que se «aclaren» sus casos–, estos son los que más suerte han tenido. Pero también pienso en otra cosa que dijo Carlos: que entre los migrantes que llegan, hay tanto víctimas como victimarios, chicos que han infligido y recibido sufrimiento en igual medida; mártires y mercenarios y matones en miniatura. Jóvenes, en fin, que han visto demasiadas cosas en su tierna vida para seguir con la ilusión de un mundo benévolo. Y, sin embargo, juegan e interactúan con una candidez que parecería ser propia de mejores circunstancias. Si hay desencanto o hastío en esta cancha, lo he traído yo conmigo.

Pero ¿y Siria?

El 10 de septiembre del año en curso, el Senado mexicano exhortó al Gobierno federal a que abra las puertas del país a los desplazados y refugiados sirios, una solicitud que fue respaldada por casi todas las agrupaciones políticas. «México no puede quedar indiferente ante el sufrimiento de tantos seres humanos, que enfrentan una guerra civil en su país, que exponen sus vidas y padecen condiciones infrahumanas en el intento de escapar a un futuro de muerte y desolación», afirmó el senador Ernesto Cordero, del Partido de Acción Nacional (PAN), evocando la tradición de asilo que México ha mantenido desde la Guerra Civil española hasta la época de las dictaduras del Cono Sur. Simultáneamente, una petición lanzada en la plataforma Change.org solicitó al presidente Enrique Peña Nieto recibir a 10,000 refugiados sirios. La petición, que ha recogido más de 187,000 firmantes, cuenta además con el apoyo de intelectuales prominentes, tales como el historiador Enrique Krauze.

No existe una petición semejante para los migrantes centroamericanos. ¿Por qué? ¿Es un caso de rostros demasiado parecidos a los del mexicano, un espejo incómodo de todo lo que ya no quiere ser? ¿O, al contrario, esta misma semejanza hace que el flujo de personas se convierta en algo realmente «invisible»? Para el padre Alejandro Solalinde, la respuesta es clara: los migrantes centroamericanos constituyen un gran negocio, una «mina de oro». Solo en secuestros, afirmó, se generan unos 25 millones de dólares cada seis meses. Mientras tanto, y a pesar de la acumulación de tragedias, estos migrantes seguirán su malhadado paso por México. Maribel, del COMI, es clara al respecto: «Muchos dicen que es preferible morir en el intento a que los maten sin haber hecho el intento por sobrevivir».

Epílogo

Antes de entregar este artículo, logré rastrear a tres de las cuatro personas que había entrevistado en el COMI. Gerson y Brandon han llegado a Ciudad de México, donde trabajan en la construcción y se hospedan en la Casa Tochan, fundada en 2009 por la Casa de los Amigos en colaboración con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Pero están preocupados, ya que a Gerson le han detectado una hernia y se va a tener que operar. Para mi sorpresa, Juan Carlos ha regresado a El Salvador. Sentía que el resto de su familia estaba en peligro, me dice, y quiere encontrar la manera de llevarlos consigo. Pero tiene miedo de exponerlos a los mismos riesgos que él experimentó en su camino. Me pregunta si hay alguna manera de lograrlo. Con mucha pena, tengo que admitir que no lo sé.

Kurt Hackbarth es politólogo, narrador y dramaturgo norteamericano. Se tituló summa cum laude en la Universidad Fairfield en 1996. Se estableció en la ciudad de Oaxaca en 1999 y, desde 2007, está naturalizado mexicano. Es autor de las obras de teatro La [medio] diezmada (2011) y El óstrakon (2012), así como del libro de cuentos Interrumpimos este programa (Editorial Ficticia, 2012). Su sitio web es: kurthackbarth.com.

[i] Tras más de una década de monitoreo y documentación de las 35 estaciones migratorias de México, incluyendo Siglo XXI, la organización civil Sin Fronteras publicó este año el informe Derechos cautivos, donde se afirma: «Las condiciones de las personas detenidas […] [son] preocupante[s]. Sus derechos siguen cautivos y el respeto a su dignidad humana está ausente. Las instalaciones de estos centros […] son equivalentes a prisiones […] Es una medida punitiva que castiga la inmigración irregular». Véase: <http://derechoscautivos.sinfronteras.org.mx>.





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