Artículo de Revista Global 11

Sostenibilidad medioambiental: ¿qué hay que hacer?

Algunas personas piensan que debemos actuar para conservar la naturaleza debido a su belleza estética y a su gran majestuosidad. Otras se preocupan porque sienten una obligación moral por dejarles a sus nietos un mundo en buenas condiciones. Pero para muchas personas estos no son argumentos poderosamente motivadores, por lo que se puede ofrecer otra justificación completamente apropiada: interés personal.

Sostenibilidad medioambiental: ¿qué hay que hacer?

La primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente se celebró en Estocolmo, Suecia, en 1972. Fue precedida por el libro expresamente encargado para la conferencia, Una sola tierra, escrito por Bárbara Ward y René Dubos. Este documento, con aportes de 152 importantes expertos internacionales de 58 países, expuso los críticos retos ambientales de estos tiempos: calidad del aire, cantidad y calidad del agua, cambios climáticos y deforestación.

Veinte años más tarde, en 1992, la ONU convocó a su segunda conferencia sobre el medio ambiente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (UNCED por sus siglas en inglés), que es conocida mundialmente como la Cumbre de Río por la ciudad de Brasil en donde fue celebrada. De esta conferencia surgieron dos importantes convenciones internacionales: una sobre los cambios climáticos y otra sobre biodiversidad. La Cumbre, a la que asistieron 10,000 participantes, fue un éxito rotundo, un importante avance en los asuntos medioambientales.

En 2002, 10 años más tarde, este organismo celebró su tercera conferencia sobre medio ambiente: la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, o WSSD, llamada también “Río + 10”, fue el ámbito donde se discutieron los principales retos mundiales de desarrollo relacionados con la pobreza, el hambre, las enfermedades, la igualdad de género y la sostenibilidad del medio ambiente. A pesar de que no surgieron convenciones de esta cumbre global, sí se hizo un “Plan de Implementación”.

En el año 2006, al acercarnos al 34 aniversario de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y mirar el futuro de la naturaleza en el mundo, debemos preguntarnos a nosotros mismos: “¿Cómo vamos?”

¿Cómo vamos?

Desafortunadamente, la respuesta es “no muy bien”. Vamos a echar un vistazo más de cerca.

Primeramente, y creemos que principalmente, nuestros bosques han desaparecido en una forma alarmante. Se estima que desde 1970 hemos perdido anualmente alrededor de 30 millones de acres de bosques tropicales húmedos en el mundo. Esto supondría cerca de un billón de acres desde la conferencia de Estocolmo de 1972. Las consecuencias de esta tendencia mundial han sido devastadoras, y parece que no se avista un final para estas pérdidas.

Igualmente importantes, los arrecifes de corales los equivalentes a los bosques en el océano han sufrido una devastación aún mayor, con más de dos tercios de los bancos de corales del mundo dañados o completamente destruidos. ¿Qué los daña? Prácticas destructivas de pesca, como las que utilizan redes de arrastre y la pesca con dinamita y cianuro. Pero los corales también han sucumbido como consecuencia de las elevadas temperaturas del mar, por cambios en la acidez del océano y por los efectos asfixiantes de los residuos de fertilizantes y tierra que llegan desde terrenos deforestados en la altiplanicie hasta los ríos, y de ahí a los arrecifes cercanos a la costa.

A pesar de la preocupación mundial por los cambios climáticos globales, la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera y el aumento de la temperatura de la superficie de la tierra y del mar, hemos visto desde 1972 aumentos sustanciales de las emisiones de dióxido de carbono, de carbono atmosférico y de las temperaturas globales de tierra y mar, lo que muchos expertos consideran es la causa principal de las muchas consecuencias negativas asociadas con esos cambios.

También hemos visto una importante disminución de las especies en todo el mundo. En algunos casos, las especies han desaparecido localmente. En muchos casos, los números de la población son ahora tan bajos que es difícil ver cómo podrán sobrevivir. La pérdida de especies a menudo significa la pérdida de la función que éstas proveen a un sistema natural más grande y complejo. Para algunos ecosistemas, la pérdida de una o dos especies pueden poner en movimiento cambios que pueden transformar completamente un sistema natural.

Junto con la pérdida de bosques y otros hábitats, y sus especies, han llegado cambios importantes en la distribución de las aguas permanentes y una explosión de enfermedades emergentes y reincidentes. A medida que nos hemos abierto paso más y más profundamente en los hábitats, quitando aves y mamíferos en nuestro camino, nos hemos encontrado expuestos a virus y bacterias que antes habitaban en los vertebrados que hemos removido, y para los cuales nuestro sistema inmunológico no está preparado. El resultado es que en las últimas tres décadas más de 40 nuevas enfermedades humanas han surgido, o más exactamente, han saltado sobre la población humana desde otro animal. Diez años atrás, ¿quién conocía la viruela de los monos, el SARS, el virus del Nilo o la gripe aviaria? Ahora, es difícil que pasemos un día sin preocuparnos acerca del contagio de una enfermedad u otra.
Una consecuencia importante del deterioro de los ecosistemas en todo el mundo ha sido el éxodo masivo de personas de áreas rurales a los centros urbanos. Enfrentados a paisajes rurales que se degradan rápidamente, improductivos y agobiados por enfermedades, la población ha emigrado a las ciudades abandonando sus casas y dejando sus familias numerosas. A ciudades que, aun en la mejor de las circunstancias, no tienen la infraestructura para proveer los servicios básicos a los habitantes que tenían 10 años atrás, y ahora se ven rodeadas por arrabales informales no incorporados que no cuentan con agua potable, servicios sanitarios, educación, servicios de salud ni luz eléctrica. En 2007, por primera vez en la historia, estarán viviendo más personas en las ciudades que en las áreas rurales. Más que nunca, algunas ciudades estarán expandiéndose más allá de sus límites para mantener a sus habitantes.

¿Por qué nos debe importar?

A lo largo de la historia de la Tierra y de los humanos que la ocupan, el medio ambiente ha cambiado. Los paisajes se han transformado, las especies han desaparecido, los recursos se han reducido, los climas han variado y las enfermedades han llegado y se han ido. Entonces, ¿qué es diferente ahora? Muchos de los cambios que estamos viendo no son naturales sino hechos por los humanos. Nosotros hemos hecho esos cambios, y los hemos hecho a precios y hasta un punto como en algunos casos no se había visto en millones de años, mucho antes de que los humanos anduvieran en la tierra y necesitaran preocuparse por las consecuencias. En otras palabras, las actividades de los humanos son las responsables de la crisis actual que ha llevado un rápido deterioro del medio ambiente.

A medida que desaparecen los bosques, estamos sujetos a una reducción de la cantidad y calidad del agua. Más de un billón de personas carecen de suficiente agua potable, mientras que gran cantidad de nuestra agua está contaminada química y biológicamente, lo que provoca millones de muertes. Frente a una creciente crisis de agua dulce que no sólo afecta a las personas, sino que está destruyendo rápidamente los ecosistemas de agua dulce de ríos, arroyos y pantanos, ¿podemos nosotros realmente permitirnos derramar más del 70 por ciento de nuestra agua potable en la tierra para agricultura, como hacemos ahora? Debemos encontrar otra forma.

Mientras se reducen los bancos de corales, los viveros que reabastecen nuestras industrias pesqueras, y la cantidad de peces que tomamos anualmente de nuestros mares aumenta por mucho lo que una vez cosechamos, ¿debería sorprendernos el saber que las industrias pesqueras globales y locales han colapsado? Sabemos que esto está pasando cuando vamos a un restaurante y vemos en el menú algunos pescados cuyos nombres nunca habíamos escuchado antes, cuando visitamos un pueblo a orillas del mar en el momento en que todos los pescadores se reúnen a recoger sus redes y observamos el tamaño de los peces que recogen, y sabemos esto cuando medimos la salud de los niños de las comunidades pesqueras de todo el mundo y encontramos que tienen deficiencia de proteínas. Una sexta parte de toda la proteína animal consumida viene del pescado, y para más de un billón de personas en el mundo el pescado es su única fuente de proteínas. Gente desnutrida y de bajo peso, especialmente niños, mueren de desnutrición o por enfermedades oportunistas frente a las cuales están muy débiles para resistir.

Mientras las temperaturas se han elevado en el planeta en los últimos 35 años, también lo ha hecho el nivel del mar, amenazando pequeñas islas que se encuentran a tan sólo unas pocas pulgadas por encima de las olas que besan sus orillas. Hay al menos algunas pruebas de que los aumentos de la temperatura de la superficie de la tierra han llevado a un aumento del número de tornados, especialmente en los Estados Unidos. Igualmente, se sospecha que el aumento de las temperaturas de la superficie del mar ha aumentado la cantidad de tormentas en el Atlántico, especialmente en el Caribe, que alcanzan vientos con fuerza de huracán. Estas enormes tormentas han provocado considerables pérdidas de vidas, daños a la propiedad y grandes pérdidas económicas. En 2004, aún antes del tsunami asiático, el desembolso por desastres naturales excedía los 36 billones de dólares, según estimaciones de las compañías reaseguradoras más grandes del mundo.

Mientras tanto, se propagan enfermedades emergentes y recurrentes debidas en gran medida a los cambios que hemos realizado en la topografía natural, las cuales han reclamado muchas vidas, así como nuestro sentido de seguridad de salud. La explosión de la malaria y del dengue, enfermedades ambas propagadas por mosquitos, ha sido relacionada directamente con la eliminación de bosques, por el aumento de aguas estancadas y por el incremento de las temperaturas de la superficie de la tierra. Sólo la malaria mata a más de un millón de personas anualmente. La carga económica que significa monitorear y tratar estas y otras enfermedades emergentes es inmensa. El costo asociado por pérdida de horas de trabajo, pérdida de productividad en los negocios y perdida de turismo y viajeros de negocios debido a estas enfermedades ha alcanzado decenas de billones de dólares.

Finalmente, a medida que la topografía rural ha ido empeorando, así lo han hecho las economías rurales. Pobres, hambrientos y sin opciones, ciudadanos de esas zonas rurales se han dirigido a centros urbanos más grandes y sub-servidos centros sin servicios ni seguridad adecuada, que también carecen de sentido de comunidad. Estas agrupaciones de personas sin raíces fomentan la violencia, el crimen y la desesperación, por lo que especialistas de la salud creen que esta es la explicación de al menos una parte de la escalada de muertes violentas, incluyendo al menos la mitad por suicidio.

Ya debe estar claro que la naturaleza ofrece bienes y servicios esenciales de los que todos nosotros dependemos. Estos servicios son las cosas de las que nos preocupamos todos los días: el aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que comemos, las enfermedades que contraemos o evitamos, el clima al que nos enfrentamos, el dinero que tenemos y nuestra seguridad personal. Nuestra seguridad en cada uno de ellos depende grandemente de ambientes naturales saludables y sostenibles. Cuando degradamos estos sistemas, sufrimos las consecuencias.

Vamos a anexarle algunas cifras a la suma de esas consecuencias. El mundo se horrorizó tras la desgracia del tsunami el 26 de diciembre de 2004, que alcanzó la suma de 250,000 muertes. Obviamente, esto fue como consecuencia de un cataclismo causado por el movimiento de las placas continentales y no por actividades humanas. Pero la escala de muertes por la mala administración de la tierra es, de hecho, mucho más alta: 250,000 personas mueren cada mes por contaminación química y biológica del agua; otras 250,000 mueren cada mes por contaminación del aire en interiores y exteriores; otras 250,000 mueren cada mes por enfermedades transmitidas por insectos, debidas, al menos en parte, a los cambios en el uso de la tierra; y otras 250,000 mueren cada mes por bajo peso y desnutrición exacerbados por la degradación de la tierra, el deterioro del suelo y el colapso de la industria pesquera mundial. Nosotros sufrimos aproximadamente 50 tsunamis al año por heridas de degradación ambiental autoinflingidas.

Dadas estas estadísticas y las que sabemos que son las terribles consecuencias de nuestro constante ataque al medio ambiente natural que nos rodea, deberíamos preguntarnos: “¿Qué debemos hacer?”

¿Qué debemos hacer?

Podríamos tomar la decisión de no hacer nada. Si uno no conociera las actuales tendencias ambientales descritas en este artículo, entonces la ignorancia sería una felicidad. Pero, sabiendo lo que sabemos, el no actuar sobre esta información nos haría participes de la ejecución de los millones de personas cuyas vidas se pierden cada año como resultado de la degradación de la naturaleza. Sentenciaríamos a millones de personas pobres, cuyas vidas dependen principalmente de la naturaleza, a toda una vida de pobreza, hambre y enfermedades. También nos pondríamos en riesgo a nosotros mismos y a nuestros hijos, ya que no hay cantidad de dinero que pueda salvar a alguien de un mundo inundado de químicos tóxicos y de enfermedades ocasionadas por vectores.

Suponiendo que deseamos tomar medidas, ¿qué deberíamos hacer como sociedad global? Primero, debemos entender que la sostenibilidad medioambiental es esencial para lograr todos nuestros objetivos sociales, económicos y humanitarios. Con sostenibilidad medioambiental queremos significar el satisfacer las necesidades humanas actuales sin minar la capacidad del medio ambiente natural de cubrir esas necesidades a largo plazo. Segundo, debemos lograr la sostenibilidad medioambiental sin sacrificar las aspiraciones políticas y económicas de las personas y de las naciones. Si la sostenibilidad medioambiental sólo puede lograrse a costa del crecimiento económico, seguramente nunca será lograda.

Como individuos, debemos aceptar nuestra cuota de responsabilidad por el deterioro de la naturaleza. Deberíamos considerar acciones que caigan en dos categorías: primero, nuestras acciones individuales diarias, y, segundo, nuestras acciones como ciudadanos públicos y como miembros del sector privado (empleados, consumidores y empresarios).

Cuando compramos, deberíamos comprar madera producida sosteniblemente y alimentos cosechados sosteniblemente. Deberíamos utilizar el transporte público y vivir tan ligeramente de la tierra como fuera posible, reciclando productos y comenzando por tratar de no utilizarla demasiado. Deberíamos escoger destinos turísticos que traten de alcanzar la sostenibilidad medioambiental en sus prácticas, poniendo en claro que esta evidencia de medio ambientalismo es la razón por la que visitamos esos destinos. Sobre todo, debemos pensar claramente en las consecuencias a largo plazo de nuestros actos.

En nuestras dos últimas visitas a Latinoamérica y el Caribe, regresamos a dos hoteles conocidos por su sensibilidad hacia el medio ambiente: Punta Cana Resort and Club en la República Dominicana y Praia do Forte EcoResort en Brasil. ¿Por qué? Porque cada uno de estos hoteles ha tenido la previsión de integrar la sostenibilidad medioambiental a lo que es principalmente un negocio para hacer beneficios. Grandes porciones de terreno han sido establecidas como reservas naturales privadas hábitats de especies únicas como tortugas de mar y han sido preservadas o restauradas, el número de personas en cada hotel es mantenido dentro de capacidades razonables, se le presta atención al tratamiento de desechos, el agua se conserva y a menudo es tratada y reusada para regar el césped y las plantas, y en la medida de lo posible, los alimentos se producen orgánica y sosteniblemente. Cada hotel también ha buscado la manera de contribuir con las comunidades circundantes, ofreciéndoles beneficios de educación y salud más allá de lo que podría esperarse. ¿Es esto altruismo? Quizá. Pero así como es importante, es un buen negocio. La atracción de estos lugares es su belleza natural. Si ésta se estropea, las consecuencias económicas negativas serán claras y rápidas.

Obviamente, la mayoría de las personas no tienen la posibilidad de ejercer las opciones que hemos listado para el individuo relativamente más rico y principalmente urbano. La mayoría de las personas que habitan en el campo derivan su existencia directamente de la naturaleza. Para esas personas, debemos asegurar que los servicios medioambientales que les ofrecen los que viven más arriba y que manejan bien su hábitat, sean bien compensados por su sabia administración mediante el pago de sus servicios de protección medioambiental en beneficio de los que habitan más abajo. Cuando volamos sobre la República Dominicana en un reciente viaje, vimos una zona montañosa sin árboles, un río color café con leche que se dirigía sinuosamente hacia la costa, y un penacho marrón de lodo derramándose sobre la orilla de un banco de corales. El lodo es mortal para un arrecife de coral. Los ríos no deberían verse color café con leche, y cuando lo hacen, las consecuencias río abajo suelen ser negativas. No obstante, no es justo pedirle a un pequeño terrateniente que voluntariamente deje de ganarse el ingreso que obtiene por la tala de sus árboles, únicamente para beneficiar a otros que viven río abajo. Debe haber alternativas económicas que ofrezcan a los terratenientes privados un incentivo por la protección de la foresta de las altiplanicies.

Un ejemplo de la región ilustrará este punto. Las compañías hidroeléctricas de Costa Rica le pagan a los agricultores de las altiplanicies por mantener su tierra forestada y así prevenir que las presas de las empresas se llenen de lodo, lo que termina prematuramente su capacidad de generar energía antes de puedan liquidarse los costos y los beneficios de los accionistas. ¿Quién es quien realmente paga? Se comparte entre la compañía energética y sus clientes. ¿Quién se beneficia? Todos, directa e indirectamente. Una simple lógica dicta que aquellos que se benefician de los servicios de la naturaleza en este caso, de estabilidad del suelo deben devolver algunos de esos beneficios a aquellos que los protegen en este caso, los agricultores de las altiplanicies.

También los gobiernos deben reexaminar sus políticas desde tres perspectivas: cómo afectan la vida de las personas, cómo afectan la realización del negocio y, finalmente, cómo afectan la sostenibilidad a largo plazo del medio ambiente natural de su país y región. Esta última perspectiva es la más básica, ya que un medio ambiente bien cuidado retroalimentará a largo plazo la salud y la seguridad económica de su país. En otras palabras, un buen gobierno requiere una importante alineación de la sostenibilidad medioambiental a largo plazo y del crecimiento económico a largo plazo. Esto no será fácil, ya que hay muchos incentivos perversos para que se haga de otra forma, pero es esencial. No está en los mejores intereses de ningún gobierno permitir a cualquiera la destrucción de la base de recursos naturales de un país, bien sea que estemos hablando de su agua dulce, su madera, sus peces o su suelo, cuando estos recursos naturales forman la base de un crecimiento económico sostenido.

A menudo los recursos naturales no son sosteniblemente explotados porque las leyes que gobiernan la extracción son débiles, y la capacidad para monitorear esas prácticas de extracción está limitada. Otros problemas surgen cuando el camino de la extracción a la exportación es complicado, lo que da pie a oportunidades para la manipulación de los precios. Esos problemas son ampliados cuando no existen las facilidades para la producción de valor agregado. Un resultado común de esas deficiencias es que los precios de exportación de las materias primas a menudo están muy por debajo de su valor real de mercado, por lo que hay poca opción aparte de sobreexplotar a fin de obtener algún beneficio económico.

Para cambiar las prácticas de negocios los gobiernos necesitarán reformular sus políticas y reglamentos, invertir en infraestructuras y construir capacidades para acceder a los mercados internacionales a un precio justo por sus recursos naturales.

Es aquí donde entra el sector privado. El logro de la sostenibilidad medioambiental y el crecimiento económico se han visto por demasiado tiempo como objetivos en conflicto el uno con el otro. No lo son. Si la sostenibilidad medioambiental sólo puede lograrse a costa del crecimiento económico, fracasará. Si, por el otro lado, el desarrollo económico sólo puede lograrse sobreexplotando y degradando el medio ambiente circundante, finalmente destruirá la base principal sobre la cual descansan sus beneficios.

Las organizaciones medioambientalistas están comenzando a comprender la importante necesidad de ver el crecimiento económico como un aliado para el logro de la sostenibilidad, al tiempo que muchos negocios y bancos comerciales que los apoyan se está dando cuenta de que las prácticas de negocios no sostenibles traen consigo riesgos de inversión más altos que los aceptables. Asociándose con los gobiernos, pueden crearse la infraestructura, la capacidad humana y el acceso al mercado necesario para la sostenibilidad medioambiental y para un crecimiento económico significativo. De esta forma, todos ganan: los propietarios a menor escala de las materias primas, los negocios que agregan valor a las materias primas mediante su procesamiento local y su exportación al extranjero, el gobierno a través de un aumento de los ingresos por impuestos y mejoras en los estándares de vida, y el medio ambiente, que continuará suministrando recursos naturales renovables y apoyando la biodiversidad biológica por los años venideros.

Mirando hacia el futuro

Cuando el mundo tenía menos habitantes y un suministro de recursos naturales aparentemente interminable, la forma en la que explotamos esos recursos y el daño medioambiental causado por esa explotación parecía importar poco. Ya ese no es el caso a escala mundial, y no es el caso particularmente en una nación isleña como la República Dominicana. Debemos ser conscientes de la forma en que explotamos nuestros recursos, si es que los vamos a tener para la explotación por generaciones venideras. Esto requerirá de una alineación de los intereses medioambientalistas con las aspiraciones políticas y económicas de las naciones y de sus habitantes. La sostenibilidad medioambiental es responsabilidad del pueblo, de los gobiernos y del empresariado. Estamos acostumbrados a actuar como si esos sectores existieran independientemente el uno del otro, más que como un sistema único altamente interconectado. Mirando hacia el futuro, no tenemos otra opción que no sea trabajar unidos si queremos mantener los sistemas naturales sobre los cuales dependen, con tal vital importancia, nuestra salud y bienestar económico.

Don J Melnick, PhD, es director ejecutivo del Centro de Investigación y Conservación Medioambiental (CERC), un consorcio de cinco instituciones: la Universidad de Columbia, el Museo Americano de Historia Natural, el Jardín Botánico de Nueva York, la Sociedad de Conservación de la Vida Silvestre y el Fondo para la Vida Silvestre. Es también el Profesor Thomas Hunt Morgan de Biología de la Conservación en la Universidad de Columbia y funge como codirector del Grupo de Expertos de Sostenibilidad Medioambiental del Proyecto Milenio de las Naciones Unidas. Asiste al Gobierno dominicano en el desarrollo e implementación de un plan para un crecimiento económico medioambientalmente sostenible.

Mary C. Pearl, Ph.D., es la presidenta del Wildlife Trust, una organización internacional de conservación de la vida silvestre con base en Nueva York, y que mantiene una red internacional de científicos de conservación locales a escala mundial para proteger la naturaleza y salvaguardar ecosistemas y la salud de la humanidad.


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