Artículo de Revista Global 67

Territorio hockey

No hay ciudad en el mundo con mayor tradición y apego por el hockey que Montreal. Cuna de la versión moderna de este deporte y hogar del equipo más premiado de la historia de la NHL, la metrópoli quebequense tiene entre sus religiones más practicadas la que conjuga velocidad en el hielo, magia con el bastón y una buena dosis de rudeza.

Territorio hockey

Los niños sueñan en Barcelona con llegar al Camp Nou para convertirse en el próximo Messi. En Santo Domingo, todo joven beisbolista que se respete aspira a pegar cuadrangulares en las ligas estadounidenses. Pero en la ciudad francófona más poblada de América las mayores ilusiones deportivas tienen un rectángulo de hielo como escenario.

Montreal tiene una temperatura promedio anual de 6.8°C y recibe unos 2.60 metros de nieve. La blancura se impone en su paisaje gran parte del año, aunque esta nada tenga que ver con la fina arena de una playa caribeña. Con estas condiciones climatológicas, no sorprende que el esquí, el curling (esa especie de rayuela con escobitas) y el descenso en trineo sean disciplinas de gran popularidad. Pero el hockey es amo y señor.

Canadá es al hockey lo que Brasil al fútbol. Desde que este deporte invernal se convirtió en 1922 en disciplina olímpica masculina, el país norteamericano ha obtenido la medalla de oro en nueve ocasiones, convirtiéndose en el máximo vencedor de la historia. Por su parte, el equipo femenino ha estado en lo más alto del podio en cuatro de las últimas cinco olimpiadas. De igual manera, las escuadras canadienses de hockey profesional son las que han obtenido más victorias en los anales de la NHL, la liga más importante del mundo, integrada por 30 equipos de Estados Unidos y Canadá.

Los Pelé, Garrincha y Romario del hockey siempre han contado con pasaporte canadiense. Montreal figura como la ciudad insignia del deporte más practicado y seguido en Canadá. Desde hace siglos, esta urbe ha sido escenario de una compleja relación entre francófonos, anglófonos e inmigrantes a la que no han sido ajenos los debates en torno a la lengua, la política y la multiculturalidad. En este sentido, el hockey ha sido un elemento que ha cohesionado a sus habitantes y desde hace décadas funge como un tipo de religión que unifica más allá de toda diferencia. Pero los nexos entre el hockey y Montreal se remontan al nacimiento mismo de la disciplina.

En el principio era el verbo (y el patín con cuchilla)

No existe un consenso sobre los orígenes de este deporte. Desde siempre, el ser humano se ha divertido golpeando una pelota o un disco con ayuda de un bastón. Hay registros de ello en todos los continentes. Sin embargo, la versión moderna del juego se originó en Montreal. Estudiantes de la Universidad McGill de esta ciudad practicaban desde mediados del siglo XIX una actividad que mezclaba pasatiempos irlandeses, ingleses y amerindios, pero todo deporte necesita contar con reglas fijas y respetadas. Así, el 3 de marzo de 1875 se jugó el primer encuentro de hockey completamente codificado en la pista de hielo Victoria, ubicada en la céntrica calle Stanley de Montreal. La vestimenta de estos pioneros consistía en sudaderas de rugby, pantaloncillos y largas calcetas de lana; nada de hombreras, rodilleras, casco o esa máscara de Jason que tantos miedos provocaba en los cines ochenteros.

Pocos años después de este primer encuentro, la práctica fue ganando popularidad en el resto del territorio canadiense y en el este de los Estados Unidos, para saltar posteriormente a Europa. El primer organismo de este deporte fue la Asociación de Hockey Amateur de Canadá, fundada en 1886 en Montreal. Ocho años después, los estadounidenses crearon la Liga Internacional de Hockey, profesionalizando la disciplina y consiguiendo atraer a la mayoría de los jugadores canadienses al sur de la frontera. Como consecuencia, los dueños de los equipos de Canadá crearon el 26 de noviembre de 1917, luego de una reunión en el Hotel Windsor de Montreal, la Liga Nacional de Hockey (NHL, por sus siglas en inglés), la más poderosa hasta la fecha y cuyo máximo trofeo es la Copa Stanley.

A pesar de que la profesionalización del hockey data ya de hace tantas décadas, los salarios y las condiciones laborales de los jugadores en la mayor parte del siglo xx nada tenían que ver con los de la actualidad. Casi todos estos deportistas dedicaban gran parte de sus jornadas a otros oficios. No fue hasta 1953 cuando Jean Béliveau firmó el primer gran contrato que se recuerde: 100,000 dólares por cinco años, una verdadera fortuna en esa época. Béliveau recibió dicho pago del equipo más importante de la historia del hockey, escuadra que, por supuesto, juega como local en Montreal.

El Tricolor

En sus primeros años de vida, era practicado por los hijos de la burguesía anglófona de Montreal en clubes privados y universidades. Sin embargo, el deporte se fue haciendo cada vez más popular entre los francófonos. El 4 de diciembre de 1909 se fundó el equipo que representaría a los montrealenses de lengua francesa: Les Canadiens. En realidad, el término canadien en francés y canadian en inglés se utilizó durante siglos para dirigirse únicamente a los francófonos de aquel país. Les Canadiens es la escuadra de hockey en actividad más vieja del mundo y, después de los Yankees de Nueva York, es la agrupación deportiva más exitosa en cuanto a títulos en Norteamérica. No es poca cosa tener 24 copas Stanley en las vitrinas.

En diversas votaciones, el uniforme del equipo ha sido elegido como el más bello de la NHL. Sus colores –azul, blanco y rojo– tienen una razón muy especial: son una forma de recordar el pasado francés de Quebec. Uno se puede referir a la agrupación de diversas maneras: «Santa franela», «Tricolor», «Le Canadien» (los francófonos) y «Canadians» (los anglófonos).

Les Canadiens ha vivido varias épocas gloriosas, principalmente entre los años 50 y 70 del siglo pasado. La última Copa Stanley conseguida fue en 1993, algo que inquieta cada vez más a sus seguidores por tantos lustros de sequía. En sus primeras décadas de historia, el equipo jugó en las arenas Jubilée, Westmount y Mont-Royal. De 1926 a 1996 tuvo como hogar el Forum de Montreal, considerado hasta la fecha como el escenario de hockey de mayor tradición en el mundo, como muestra de lo cual albergó el 2 de septiembre de 1972 el primer enfrentamiento de la denominada «serie del siglo», protagonizada por los equipos de Canadá y de la Unión Soviética en plena guerra fría. Desde 1996, la escuadra montrealense juega en el Centre Bell, la arena de mayor capacidad en toda la NHL, que alberga en su interior un interesante museo, algo similar a lo que ocurre en varios estadios de fútbol en Europa.

La agrupación cuenta con varios nombres de jugadores que han sido inmortalizados a lo largo de los años. Tal y como sucede en otros deportes, los números de esas glorias han sido retirados a manera de homenaje. Así, figuras de la talla de Guy Lafleur, Howie Morenz y Patrick Roy han recibido dicho honor. Pero en el deporte hay leyendas que comen en otra mesa: titanes como Maurice Richard, más cercanos a lo divino.

El profeta francófono

Quien dice Alfredo Di Stefano dice madridismo puro; aquel que evoca a Babe Ruth se refiere a la esencia misma de los Yankees de Nueva York. Maurice Richard representa la máxima figura del hockey montrealense. Nacido en 1921, Joseph Henri Maurice Richard defendió los colores del Canadien en todos sus años como jugador, algo cada vez más raro en cualquier deporte profesional. Sus apodos reflejan sus condiciones e importancia: The Rocket, La Comète, Mister Hockey; sus números dejan claro el tamaño del mito: ganó ocho veces la Copa Stanley, fue el primer jugador con más de 500 anotaciones en su carrera y el pionero en marcar 50 tantos en el mismo número de partidos.

Más allá de las estadísticas, existe una férrea conexión sentimental entre Richard y los seguidores del cuadro de Montreal: fue durante años el capitán del equipo, no escatimaba sacrificios físicos con tal de vencer en el hielo y tenía un temperamento que lo hacía enfrentarse con frecuencia a sus rivales con los puños. Ese carácter hubo de causar una de los mayores incidentes en la historia de ese deporte: en un partido en 1955, fue expulsado por propinar un golpe a un árbitro. La liga lo suspendió el resto de la temporada y los fans del equipo de Montreal provocaron disturbios en diversos barrios. Maurice Richard falleció el 27 de mayo de 2000, a la edad de 78 años. Su funeral ha sido uno de los más concurridos en la historia de la ciudad.

Bauer y la teología del equipo montrealense

Olivier Bauer es profesor de teología en la Universidad de Montreal. En 2011 publicó un libro que generó críticas y simpatías por igual: Une théologie du Canadien de Montréal. En esta obra, Bauer explica primero el proceso de secularización vivido en la provincia de Quebec a partir de los años 60. Señala que, a pesar de que en la actualidad poca gente visita las iglesias y de que el poder eclesiástico es ya mínimo en esta sociedad, diversas referencias religiosas aparecen con marcada frecuencia para dirigirse a los Canadians. Así, se utilizan expresiones como «la parroquia del Canadien», para citar la arena de hockey, y la «Santa franela», como sinónimo del equipo.

Aunque esta dimensión sagrada jamás alcanza el estatus de culto organizado –tal y como sí sucede con los maradonianos en Argentina–, Bauer subraya algunas semejanzas entre el apasionamiento por el equipo montrealense y las religiones: agrupar a gente de todos los medios culturales, sociales y económicos; compartir signos de identidad y sentido de la trascendencia; establecer vínculos lo mismo en el éxito que en el fracaso.

La «religión» del equipo, de acuerdo a Bauer, cuenta con su propia iconografía: un profeta (Maurice Richard), un santo grial (la Copa Stanley), una indumentaria divina (el jersey tricolor) y también un demonio (Don Cherry: comentarista de la televisión de Toronto y enemigo visceral del equipo de Montreal). Asimismo, existe una página web donde, por un módico dólar, los aficionados montrealenses pueden encender una veladora virtual con la esperanza de que sirva de apoyo a la escuadra de sus amores.

Una visita a la catedral

Nada mejor que asistir a un partido del equipo en el Centre Bell. El recinto está ubicado en pleno centro de la ciudad, sobre la avenida de los Canadienses de Montreal (nombrada así en el centenario del equipo). El termómetro marca nueve grados bajo cero, pero no reduce para nada el ánimo de los miles de espectadores que aguardan la apertura de las puertas. El cuadro local se enfrenta a los Buffalo Sabres. El Centre Belle cuenta con 21,273 asientos, pero conseguir un boleto no es empresa fácil: la mayoría de los asistentes adquiere un pase para toda la temporada y se calcula que obtener dicho privilegio puede demorar cerca de 35 años de espera. La administración del equipo pone a la venta solo una limitada cantidad de boletos para cada partido; el resto se puede adquirir por Internet entre los abonados que no deseen asistir a un juego en específico, y también algunos revendedores se pasean por la zona.

El ambiente en la arena es electrizante; los aficionados no toman un solo minuto de descanso para apoyar a sus jugadores y abuchear a los rivales. Queda claro que la NHL tiene todas las características de la cultura del espectáculo deportivo en Norteamérica: himnos nacionales, pantalla gigante, música poderosa, luces al por mayor, bailes en las gradas, vistosa parafernalia. Hay gente de cualquier edad y proveniente de todo rincón del planeta.

En el primer período, el equipo montrealense pierde 1-0. Logra el empate en la segunda parte luego de una dudosa jugada (que tuvo que ser verificada gracias a la repetición instantánea). 2-1 para Les Canadiens al inicio del tercer período; los Sabres igualan minuto y medio después. 3-2 para Montreal gracias a un tiro lejano y, faltando un minuto para que concluya el juego, el equipo visitante logra el 3-3. En los últimos segundos, se inicia un conato de bronca entre ambas escuadras. Al fin aparecen esos elementos tan distintivos del hockey: los puñetazos, los empujones, la rabia. La NHL es la única liga en donde se toleran las peleas. En realidad, ocurren con menor frecuencia de lo que uno imagina y existen mínimas leyes al respecto. Jugadores, árbitros y entrenadores aplican más bien lo que ellos llaman «el código»: una serie de normas no escritas donde todos saben que no se puede pelear con los guantes puestos ni con el bastón, que el intercambio de golpes solo se puede dar cuando el reloj está en marcha y que la gresca concluye cuando uno de los jugadores cae al suelo. Después los árbitros expulsarán a los rijosos durante un par de minutos.

Los jugadores de ambos bandos no anotan en el tiempo suplementario y el encuentro tiene que decidirse en shootouts (esos penales sobre el hielo). Finalmente, los estadounidenses se llevan la victoria, pero el público local corea a su admirada agrupación. Curiosamente, la arena no solo se llena cuando el equipo juega de local. En los últimos años en que la escuadra se ha clasificado para la postemporada, el recinto ha lucido a su máxima capacidad para seguir la actuación de la escuadra en otras ciudades, gracias a gigantescas pantallas.

Rezos y catecismos por doquier

Fuera de la catedral del hockey, el culto en Montreal por Les Canadiens es igual de intenso en otros escenarios. En bares, transporte público, calles y recintos educativos queda reflejada la pasión de los montrealenses por su equipo. Se huele en el aire cada día de partido y dicho aroma alcanza niveles de locura durante la postemporada. Y la emoción no solo se produce ante la escuadra tricolor. Como en toda la geografía de Canadá, niños, jóvenes y adultos practican en Montreal hockey a la intemperie o en salas acondicionadas. Resultan incontables las ligas de este deporte en instituciones educativas y centros comunitarios.

Nada como una buena conversación de hockey entre personas de la tercera edad: retienen miles de estadísticas, realizan puntuales crónicas de sus asistencias a juegos míticos y ponen sus esperanzas en las nuevas contrataciones. Así sucede durante la mayoría del año, ya que la temporada regular comienza a principios de octubre (aunque en septiembre ya hay partidos de preparación) y la postemporada arranca en abril y dura hasta principios de junio.

¿Y qué decir de los medios de comunicación? Hay estaciones de radio en donde todo el día se programan emisiones en inglés y francés, las secciones de deportes de los diarios cuentan casi exclusivamente con información sobre el equipo local, las tertulias televisivas sobre esta disciplina pululan en el horario nocturno, y los sábados por la tarde ver el partido del Canadien desde el sofá forma ya parte de las tradiciones familiares.

Las dificultades de cambiar de religión

Los expertos afirman que cuanto mayor sea la edad de una persona, mayores serán también sus obstáculos para aprender una lengua. Con el amor al hockey pasa lo mismo: el inmigrante que llega a Montreal con poquísimos años de vida se familiariza con el juego en poco tiempo. El problema es más bien para el maduro recién desempacado. Resulta complejo cambiar de amores deportivos para aquellos tan acostumbrados a frecuentar el Estadio Azteca para ver fútbol, recurrir a la manopla beisbolera o seguir por televisión el box sabatino. Sin embargo, sorprende para bien la cantidad de personas provenientes de tantos países que asisten a los juegos del Canadien o apoyan al equipo en las barras de los bares. El gusto por el hockey, a pesar de que en el papeleo migratorio no se indique nada al respecto, es una buena manera de aclimatarse a la cotidianeidad de Montreal.

Dicha empresa requiere, sin embargo, de varios esfuerzos. Para comenzar, es necesario aprender aspectos básicos de este deporte: reglas, estrategias, nombres de los principales jugadores, un poco de historia, algunas bromas a los rivales. En caso de que uno mismo quiera jugar, además de comprar guantes, bastón, patines y otros aditamentos, conviene entrenarse con tesón para lograr un buen estilo de patinaje. Seguir el hockey o practicarlo jamás es una obligación para el habitante de Montreal, pero no hacerlo tiene un lado triste, sobre todo cuando los niños no dejan de comentar las proezas del equipo local y se mueren de ganas de que el invierno regrese para empuñar el bastón y calzarse los patines.

Jaime Porras Ferreyra es periodista mexicano y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Montreal. Trabaja en temas vinculados con la internacionalización de la educación. Colabora en programas de radio y escribe crónicas y reportajes. Ha publicado textos en México, Canadá, Inglaterra, España, Venezuela, Argentina, Costa Rica, Ecuador, Perú y la República Dominicana. Está radicado actualmente en Montreal.


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