Artículo de Revista Global 68

Trump o no Trump: esa es la cuestión

A pesar de la opinión casi generalizada de que «el populismo ha llegado a Estados Unidos», el fenómeno de la meteórica ascensión de la candidatura política de Donald Trump a la presidencia de su país requiere algo más que explicaciones simplistas. Su biografía, tanto o más que sus aventuras no siempre exitosas en los negocios, ofrecen claves para comprender su actual discurso. Aunque no es algo nuevo la relación entre poder económico y la carrera presidencial en Estados Unidos, lo más llamativo de la postulación de Trump como candidato es lo directo de un discurso basado en el ataque más que en la propuesta, en el populismo más que en el convencimiento, en el yo más que en el nosotros.

Trump o no Trump: esa es la cuestión

Un debate de ideas, y suponemos que el político lo es, debe estar basado en la confrontación de posiciones intelectuales y propuestas a partir del razonamiento. Sin embargo, hay actores políticos que alcanzan su fama, y como consecuencia su presencia pública, en saltarse esas mínimas normas. «La cuestión es que, si eres un poco diferente, un poco escandaloso, o si haces cosas que son atrevidas o controvertidas la prensa escribirá sobre ti», escribió Trump en su primer libro The Art of the Deal. Y congruentemente aplica sus ideas en la campaña en la que se encuentra inmerso en estos días. Una campaña en la que son tres palabras las que se repiten constantemente: «yo», «créanme», «piénsenlo».

Yo

Aunque muchos de sus detractores se refieren a él como narcisista, utilizando el sentido clínico de la palabra, es el psicoterapeuta Joseph Burgo, autor del definitivo The Narcissist You Know: Defending Yourself Against Extreme Narcissists in an All-About-Me World, el que lo caracteriza como «narcisista extremo». Y lo resume diciendo que «se siente impulsado a demostrar que es un ganador […]. Cuando se le critica, o cuando se cuestiona la imagen que él tiene de sí mismo, típicamente se defiende con indignación, desprecio y acusaciones».

Y su historia comienza mucho antes de lo que el propio Trump propone. En 1885 un emigrante alemán de 16 años, llamado Frederick, se embarcó en Bremen rumbo a Estados Unidos, donde abriría en los tiempos de la fiebre del oro el Artic, que, a pesar de su nombre de hotel, era más bien un lugar donde los buscadores de oro podían gastar lo ganado en mujeres de moral dudosa. En 1901 regresó a su pueblito de origen, Kallstadt, donde encontraría a una joven a la que se llevaría a Nueva York. Cuando al poco tiempo quisieron regresar a Baviera, Frederick y su esposa fueron expulsados porque él no había realizado el servicio militar, lo que era un delito grave en aquella época. Frederick es, aunque el candidato apenas o nunca lo nombre, el abuelo de Trump. (Y un dato significativo que añadir a esta falta de memoria biográfica tal vez sea la ausencia de un perfil biográfico, aunque fuese mínimo, en su propia página de campaña: www.donaldjtrump.com).

Si infancia es destino, nada en los primeros años de Donald Trump hubiera hecho pensar en su habilidad empresarial o en su actual precandidatura a la presidencia de los Estados Unidos. De madre inmigrante, escocesa, y de padre hijo de inmigrantes, estudió en una escuela de perfil medio, la Kew-Forest School, en la que destacó sobre todo por sus problemas de disciplina. Siendo un adolescente todavía, su familia decidió mandarlo a una escuela algo más rigurosa, la Academia Militar de Nueva York.

En la Universidad de Fordham, en el Bronx, no duró mucho, apenas dos años, antes de que decidiera matricularse en la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania, que era la única en todo el país que ofrecía un programa exclusivo dedicado a los bienes raíces. Allí probablemente, antes de graduarse en 1968 en Economía y Antropología, con unas calificaciones nada extraordinarias, fue donde descubrió su vocación empresarial. Vocación que desarrolló en los primeros años en la empresa de su padre, Elizabeth Trump and Son, que se enfocaba principalmente en la renta de departamentos de clase media en Brooklyn, Queens y Staten Island. De aquella época también es su primer proyecto exitoso a gran escala: la inversión de 500,000 dólares en un edificio en Ohio que se vendería en 6.7 millones de dólares.

«Alguna gente tiene la habilidad para los negocios. Es un arte con el que naces. O lo tienes o no lo tienes». Con esa máxima, expresada en cientos de entrevistas y con variaciones apenas mínimas en sus libros, Trump se metió de lleno en los grandes proyectos que serían su mayor ventana pública. Sacando ventaja de la exención de impuestos que el estado de Nueva York le ofreció a cuarenta años, revitalizó el Hotel Commodore. «Me dije “Construiré uno increíble, maravilloso, rutilante. Crearé empleos en la construcción y en el hotel y revitalizaré el área de Grand Central”. La ciudad aceptó el trato». Con ese proyecto nació la Trump Organization, que indica una de las características narcisistas común a todos sus proyectos, el hecho de que su nombre figure en un lugar prominente en la mayoría, por no decir en todos.

A partir de ahí la historia financiera de Donald Trump es una cadena repetida de suspensiones de pagos y bancarrotas, de uso de bonos basura y prórrogas de deuda hasta que durante los años noventa pareció mejorar, tanto en lo económico como en lo publicitario, con el megacomplejo de la Trump (de nuevo el nombre) World Tower. Y, aunque Forbes en el 2015 le calculó una fortuna total de 4,100 millones, algunos expertos en economía aseguran que las cifras trumpianas siempre resultan infladas gracias a su habilidad para exagerar sus propiedades reales otorgando nombre a proyectos en los cuales ni siquiera tiene inversiones. O, como el mismo explica, «nunca se puede ser demasiado ambicioso», frase que resume perfectamente sus últimos proyectos.

Y, en el culmen de ese narcisismo extremo que resume toda su carrera, en el año 2003 afianzó su imagen como personalidad pública y no solo empresarial como productor y protagonista de un reality televisivo llamado El Aprendiz (The Apprentice). El programa lo convertiría en uno de los presentadores televisivos mejor pagados, aunque el dato más significativo de sus apariciones sea el hecho de que intentó registrar como una marca registrada su frase más recordada del reality: «Estás despedido». Todo terminó en el 2015. El comunicado de prensa de la cadena televisiva afirmaba escuetamente: «Debido a las declaraciones ofensivas de Donald Trump respecto a los inmigrantes la NBC Universal termina su relación laboral con el señor Trump».

«Créanme»

«Vamos a hacer nuestro país grande de nuevo», el generalista lema de campaña de Donald Trump se escuchó el dieciséis de junio del 2015 en Nueva York cuando se anunció su precandidatura para las elecciones presidenciales del 2016 por el Partido Republicano. Y el anuncio vino acompañado de un discurso en el que ya se apreciaba claramente el tono de su campaña, que incluía ataques al avance de la economía china y el calificativo «corruptos, delincuentes y violadores» aplicado a los mexicanos. También ese día propuso por primera vez la construcción de un muro fronterizo entre su país y México, que debería ser pagado por el vecino del sur.

Trump, sin embargo, ya había estado desde mucho antes inmiscuido en política apoyando a candidatos de ambos partidos. Desde los años ochenta en que apoyó públicamente a Ronald Reegan hasta el 2012 cuando manifestó sus simpatías y su apoyo económico a la campaña de Mitt Romney. Desde 1988 insinuaba la posibilidad de presentarse como candidato a la presidencia o para gobernador del estado de Nueva York, pero en los cinco casos en los que pudo hacerlo no lo logró. Lo más cercano a una postulación lo tuvo en el año 2000 cuando se presentó como candidato presidencial del efímero Partido de la Reforma, llegando a ganar las primarias en California.

Las encuestas en el 2011, el mismo año en que afirmó públicamente sus dudas sobre la nacionalidad del presidente Obama, lo colocaban un punto por encima del que sería al final el candidato republicano y a muy pocos puntos de Barack Obama. Dos años después invirtió, según The New York Times, más de un millón de dólares simplemente para sondear la posibilidad de triunfo en caso de lanzarse como candidato a la presidencia el mismo año en el que el Comité Republicano de Nueva York hizo circular un documento en el que se insinuaba su candidatura a la gobernación del estado. Hasta la concreción de sus ambiciones políticas en el 2015. Porque, como ya había escrito Trump muchos años antes, «Apunto alto y entonces no dejo de empujar y empujar y empujar para lograr lo que persigo».

«Piénsenlo»

Para Trump, que nunca escribe discursos sino que los improvisa, la política parece ser no tanto una exposición de ideas sino de lemas. Apenas hay diferencia en el discurso que enarbola tanto en sus libros como en sus programas de televisión. Las frases de sus discursos son más proclamas y generalidades que propuestas. Las alharacas verbales que pronuncia Donald Trump en cada una de sus intervenciones públicas están destinadas más al corazón, a la pasión o a la insatisfacción del votante que a su cabeza. A la rabia, sobre todo, de sus miles y miles de seguidores cuyas ideas políticas se concretan en la frase de uno de los asistentes a uno de sus mítines: «No soy demócrata. No soy republicano. Ambos partidos nos están fallando».

Esta visceralidad, perfectamente resumida en su afirmación de que «el sistema está roto y no hay tiempo para ser políticamente correctos», se refleja en sus índices tanto de popularidad como de impopularidad. El ochenta y cinco por ciento de los latinos, según una encuesta reciente, lo rechaza. Y ese mismo rechazo se da entre el ochenta por ciento de los afroamericanos y los jóvenes, y un altísimo setenta y cuatro por ciento entre los egresados universitarios y los votantes que se definen como independientes. Sin embargo, esa misma tendencia de altísimos porcentajes se da también en el extremo opuesto. En algunos estados, de población mayormente anglosajona blanca, y sin importar el estrato económico, alcanza niveles de aceptación que superan el ochenta por ciento. Visceralidad que aparece también en algunos de sus mítines, que no logran finalizar, o siquiera comenzar, por los enfrentamientos entre detractores y simpatizantes.

«Populista», «proteccionista», «autoritario», son algunos de los adjetivos que sus detractores le endilgan. «Republicano moderado», lo llaman sus partidarios. Y esas contradicciones se dan también en su discurso en determinados temas, que va cambiando según el auditorio. Atrapado en alguna de esas contradicciones, siendo las más flagrantes las que tienen que ver con el matrimonio entre personas del mismo sexo, prefiere dar una respuesta más pragmática, falazmente pragmática, que asertiva: «Preferiría que cada estado tomara la decisión. Pero, en cierto punto, tienes que ser realista». Aunque sin dejar de afirmar su extremo punto de vista en temas capitales para cualquier país.

«Tiene que haber algún tipo de castigo», afirmó refiriéndose a las mujeres que abortan y pagó anuncios de página completa en The New York Times apoyando la pena capital. Apoya la segunda enmienda en la que se refugian los defensores de la posesión de las armas de fuego, así como propone un sistema federal que registre todos los expedientes criminales y de salud mental. Acepta el uso de la mariguana como terapia médica pero se opone a su uso recreativo. En el tema de salud está a favor de un mercado libre que compita y así logre unos supuestos precios competitivos mientras que en la educación primaria propone un plan individual de estudios a elección de cada centro que elimine el proyecto de un currículo común. Plantea reducir la tasa de impuestos a las empresas, pero no elevar el salario mínimo porque eso «restaría poder competitivo a la economía estadounidense».

«El primer día de mi presidencia los inmigrantes ilegales van a salir y van a salir rápido», resume en su primer mitin tras el anuncio de su candidatura. La propuesta, además, incluye la negación del derecho de ciudadanía por nacimiento, que otorga automáticamente la nacionalidad a quien nace en el suelo estadounidense. Sobre los ya inmigrados ha dicho que «deben ser deportados» y que las decisiones ulteriores deben tomarse una vez que se hayan fortalecido las fronteras. Mientras, en política exterior su propuesta es nacionalista y no intervencionista: propone que se gaste más en el ejército nacional al mismo tiempo que se disminuya el gasto de los Estados Unidos en la OTAN.

La frase «A veces sale a cuenta ser un poco salvaje», con la que en El arte de la negociación propone una actitud para los negocios, resume perfectamente este espíritu. Si es natural o artificial, sincera o fingida para conseguir votantes, es algo que debe quedar en la cabeza de cada lector, de cada escucha. O, como define la campaña el periodista del diario español El País encargado de seguir la gira de Trump, es algo «entre la comedia bufa y el patrioterismo populista».

Tres posdatas necesarias

1) «Esa fue la palabra que nos despertó, un “¡No!” gritado por una voz viril en cada vivienda de la manzana. No era posible. No. No para presidente de los estados Unidos». La frase que perfectamente podría pronunciar un ciudadano durante esta elección usamericana pertenece a una de las obras de ficción de Philip Roth, La conjura contra América, una novela que describe la hipotética victoria del populista y pronazi Charles Lindbergh sobre Roosevelt. Una novela como profecía. Una novela en la que la victoria de Lindbergh conduce a un recorte cada vez mayor de las libertades civiles del pueblo americano. Una novela que retrata perfectamente como el discurso de odio engendra odio real, como el apoyo de ciertas libertades de unos cuantos implica cortar las de muchos otros.

Muchos críticos, como los reseñistas que escribieron que era una «historia genuinamente americana» o una visión «siniestra, vívida, onírica, absurda y, al mismo tiempo, espeluznantemente plausible», no podían intuir que la realidad no estaba tan lejana. Aunque Roth siempre negó que fuera una novela en clave sobre la administración Bush, varios críticos no dudaron en afirmarlo así. Hoy en día, la novela parece reflejar el empeño de Trump de llegar a la Casa Blanca y su discurso xenófobo. «Mucha gente me pregunta “¿qué podemos hacer para detener a Trump?”», escribió uno de los colaboradores más cercanos de Mitt Romney. La pregunta sigue en el aire porque nadie parece haber hecho nada ni siquiera para intentarlo. Una novela que empezó como historia alternativa y puede ser real, una campaña que comenzó, así lo juzgaron muchos, como una broma y ahora es una de las alternativas más plausibles.

2) El actual presidente de los Estados Unidos declaró recientemente, sin señalar en concreto a nadie, que «incluso los países que no tienen elecciones serias quieren que en Estados Unidos haya una elección seria». Porque, como afirma Steve Jarding, profesor de Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, «el populismo ha llegado a Estados Unidos. Lo único que no está claro es si la clase política es consciente de ello».

3) «Lleno de pena tengo que abrazar mi fortuna», dice Fortinbras al heredar la Dinamarca de un Hamlet al que despide. Aún está por ver cuántos pronunciarán esa frase al día siguiente de unas elecciones que, al final, se resumen en el shakespeariano «Trump o no Trump, esa es la cuestión».

En sus propias palabras

«A veces, parte de alcanzar un triunfo consiste en denigrar a tus competidores» (The art of the Deal).

«Si Hillary Clinton no puede satisfacer a su marido, ¿qué le hace creer que puede satisfacer a América?» (tuit borrado).

«Hillary dice que las armas no protegen. Si realmente cree eso debería pedirles a sus guardaespaldas armados hasta los dientes que no llevaran armas» (publicación de Facebook).

«Vi a Rick Perry el otro día… Le está yendo muy mal en las encuestas. Se pone lentes para que la gente piense que es inteligente. Y no funcionó. La gente puede ver a través de los lentes» (entrevista en radio).

«Nuestro gran presidente afroamericano no se puede decir que haya tenido un impacto muy grande en los bárbaros que están felizmente destruyendo Baltimore» (tuit).

«Me enorgullece que el presidente siguiera mi ejemplo y mandara poner las banderas a media asta» (publicación de Facebook).

«Los Estados Unidos invitarán al Chapo, el capo mexicano de la droga que acaba de fugarse, a convertirse en ciudadano americano porque nuestros líderes no saben decir “no”» (tuit).

«Somos una nación que habla inglés. Creo que, mientras estemos en esta nación, debemos hablar inglés. Así es como se asimila uno» (entrevista).

«Hay que ir y estudiar las mezquitas porque hablan mucho en esas mezquitas» (parte de su argumento para cerrar mezquitas)

«No puedo pedir perdón por decir la verdad» (en una entrevista, al preguntársele si iba a pedir perdón por sus comentarios sobre los inmigrantes).

«Esta es la primera vez en mi vida que he causado controversia por NO decir nada» (tuit).

José Luis Justes Amador es un poeta y traductor español. Licenciado en Filología Inglesa con un posgrado por la Universidad de Cambridge en poesía inglesa contemporánea. Ensayos y traducciones suyas han aparecido en medios como La Tempestad, Hermanocerdo o Letras Libres. Su libro más reciente es De nadie (Pasto Verde). Actualmente está radicado en Aguascalientes (México), donde se desempeña como director del Centro de Idioma del Instituto Cultural de Aguascalientes. Este año publicará 99.


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