Artículo de Revista Global 61

Un nosotros llamado José Emilio Pacheco

Homenaje a José Emilio Pacheco, autor mexicano y universal fallecido en enero del 2014. En un amplio espectro que va de John Donne a Mafalda, José Emilio Pacheco sufría auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fuera la suya. Lo admirable es que, partiendo de las rebeliones inmediatas que todo ser sensible experimenta ante los desequilibrios de la creación, haya podido construir una obra unánimemente admirada por su compleja sencillez, su envidiable claridad, su honestidad avasallante, su maestría para borrar la primera persona del singular y fundirla, imperceptible y permanentemente, con la primera persona del plural.

Un nosotros llamado José Emilio Pacheco

El escritor viene al mundo para devorarlo y dejar en sus letras testimonio de su personal combate. José Emilio Pacheco llegó a este tercer planeta con avidez, talento y resistencia. La posesión y práctica de esos tres elementos le permitieron sortear las tentaciones propias de un joven de su naturaleza. Si tuvo lectores cada vez más jóvenes, fue porque su escritura mantuvo un ritmo de creciente intensidad, unida a la exigencia. De ética fundada en la estética, fue  un hombre bueno consciente de que el arte no se hace con buenas intenciones. Nada estaba concluido, todo estaba por hacerse, por eso sus diálogos con el otro y con él mismo fueron, son y serán tan notables. «Ayer es siempre jamás» es una de las divisas de su escritura: válida para el hombre que la vive, no para el poeta que con su escritura nos construye y ayuda a combatir el inevitable paso del común enemigo. «No me preguntes cómo pasa el tiempo», dice el poeta, pero su existencia estuvo y está íntegramente dedicada a tratar de responder a esa interrogación permanente y, por fortuna, sin solución posible.

A pocos de nuestros escritores llamamos con su nombre de pila: Decimos Efraín para referirnos al enorme poeta cuyo centenario este año estamos recordando. Insuperable lector del enorme cocodrilo, a José Emilio no le disgustaría que nos refiriéramos a él con sus nombres esenciales. Fue desde el principio el nosotros que queremos ser, una primera persona deliberadamente borrada y compartida. En los versos de uno de sus poemas más entrañables, dejó clara su defensa del anonimato:

Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.

Poesía no es signos negros en la página blanca.

Llamo poesía a ese lugar del encuentro

con la experiencia ajena. El lector

hará o no el poema que tan sólo he esbozado.

Virtuoso es un adjetivo aplicable en una de sus acepciones a quien nace especialmente dotado para tocar de forma notable un instrumento musical. José Emilio Pacheco nació virtuoso. Diversas son las formas de la escritura donde se desplaza con igual fortuna; en todas se manifiesta como creador de un estilo cuya mejor virtud es hacer sentir a sus lectores: «Si yo escribiera, lo haría de esta manera». Soy consciente de que al hablar de él lo hago en tiempo presente. No por un consuelo retórico, sino porque sus palabras nos acompañan para siempre. José Emilio denuncia, rescata del olvido, inscribe el epitafio del que nadie visita.  Al igual que los grandes y auténticos moralistas –Juvenal o Swift, Voltaire o Kafka–, encuentra en el pesimismo la razón más digna de subsistir sobre la tierra.  Amarga lucidez: el optimismo es una forma de ceguera, otro argumento que proporcionamos al Apocalipsis.

En sus primeros libros, José Emilio mantenía su trabajo en verso alejado de la información vastísima que manejaba en sus Inventarios, siempre imitados, nunca igualados.  A mediados de los años sesenta tiene lugar un cambio definitivo en su poética.  Sin abandonar sus temas esenciales –el paso del tiempo, la catástrofe diaria, la regeneración y permanencia de la vida­–, dejó entrar impurezas, nombres, libros, prosaísmos.  El poeta participaba en el poema, antes como escriba que como iluminado. La poesía pura de su juventud parecía desplazada por un discurso en el cual tenían cabida la información cotidiana, el cuestionamiento sobre el trabajo del poeta, «postales, conversaciones, epigramas». La voz del poeta, como nuestra modernidad la concibe –desapasionada, neutra, deliberadamente antirretórica–, volvía a ser la del cronista. Grabador de registros, memorioso de la especie. Apuesta a favor de la voz comunitaria, pero, más radicalmente, un cuestionamiento sobre la manera de practicar y comunicar la poesía. Las voces de los otros vuelven para decirnos lo que ya sabíamos, pero como es cíclica la cerrazón ceguera de la especie humana, es necesario volver a recordarlas.

Las múltiples habilidades de José Emilio para levantar variadas construcciones verbales entran en juego para que, sin perder cada género su independencia respectiva, se nutran entre sí:  Morirás lejos es una novela que solo hubiera podido escribir un poeta, consciente del peso de las palabras y del peso de la Historia; los versos de circunstancias, presentes en la mayor parte de su poesía, se explican por ese periodismo único –ágil y certero, íntegro y exigente– que da fe del instante que se va y no vuelve si no lo fijamos por escrito, a semejanza del diario que lleva el personaje niño de “El principio del placer”. El Carlos de Las batallas en el desierto descubre: «Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual.  Un día lo veré como la más remota prehistoria».

No hay lector que no se haya formado con las palabras de José Emilio. Todos nos hemos enamorado de Mariana. Todos hemos explorado un parque hondo en ese lejano y próximo país llamado infancia. Todos hemos vivido el esplendor y la decadencia de la capital mexicana de  la que José Emilio fue gran cronista y poeta. Maestro en todos los géneros literarios, dejó de apostar todas sus cartas a la idea de El Libro, para emprender, mediante la intensidad del texto en constante transformación, un combate contra la ignorancia, la indiferencia y el olvido. Con sus poemas, narraciones, traducciones, ediciones, prólogos, notas e inventarios, José Emilio es uno de los más importantes autores, historiadores y críticos de la literatura mexicana, uno de nuestros auténticos educadores. Nunca quiso ponerse como ejemplo, pero es uno de nuestros grandes maestros de lectura porque sus palabras nacieron para formar sucesivas generaciones de lectores que desde edad muy temprana penetran en su mundo. La difícil sencillez de su estilo convierte a su obra en uno de los más importantes acervos del idioma. Su importancia proviene de su preocupación por aventurar nuevos juicios o por corregir rumbos trillados. «Escribir mucho, leer mucho y publicar poco» fue una máxima que practicó a lo largo de su vida.

Perder a un hombre de palabra es una catástrofe mayor en esta patria indiferente, de miras estrechas y satisfacciones inmediatas. Perder a José Emilio Pacheco ha sido uno de los mayores desastres que le han ocurrido a México y a la lengua con la que supo hermanarnos. Ante su partida súbita, injusta, inconcebible, nos queda su enorme herencia, sus palabras. Termino las mías con uno de sus poemas enteramente luminosos, donde el poeta se concedió y nos concede el lujo de contemplar con plenitud una riqueza cotidiana de la que nadie puede despojarnos.

Nubes

En un mundo erizado de prisiones
Sólo las nubes arden siempre libres.

No tienen amo, no obedecen órdenes,
Inventan formas, las asumen todas.
Nadie sabe si vuelan o navegan,
Si ante su luz el aire es mar o llama.

Tejidas de alas son flores del agua,
Arrecifes de instantes, red de espuma.

Islas de niebla, flotan, se deslíen
Y nos dejan hundidos en la Tierra.

Como son inmortales nunca oponen
Fuerza o fijeza al vendaval del tiempo.

Las nubes duran porque se deshacen.
Su materia es la ausencia y dan la vida.

Vicente Quirarte es un escritor mexicano que ha publicado poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Entre sus obras se encuentran Peces del aire altísimo, Invitación a Gilberto Owen, Sintaxis del vampiro, Del monstruo considerado como una de las bellas artes, Elogio de la calle y Amor de ciudad grande.  Doctor en Literatura Mexicana por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México e investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la misma institución, ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Universidad Nacional. Desde el 2003 es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.