Artículo de Revista Global 39

Un péndulo peligroso: entre la dictadura y la democracia

El fantasma autoritario de la dictadura ronda en los corazones, las mentes y los deseos de nuestros políticos. De ha intentado de todo: la dictadura de partido, dictadura congresual y poder omnipresente del ejecutivo, el dios del momento. El deseo de continuar ad infinitum disfrutando las mieles del poder ha provocado violaciones graves al pacto democrático que es la Constitución.

Un péndulo peligroso: entre la dictadura y la democracia

“El que escribe estas líneas pertenece a una generación que perdió las grandes esperanzas hace más de treinta años […] El que tiene tras de sí muchos años de esperanzas frustradas, se halla resignado, entre otras cosas, porque, habiendo vivido la mitad de su vida […] bajo el fascismo, sigue testarudamente creyendo […] que una mala democracia […] es preferible siempre a una buena dictadura […] que diez partidos pendencieros son más tolerables que uno solo ‘graníticamente’ unido bajo la guía infalible de su jefe; que la sociedad corporativa, pero libre, es menos insoportable que el Estado corporativo […] Pero comprendo bien que estas observaciones no valen para los más jóvenes, que no conocieron el fascismo y conocen solo esta democracia menos que mediocre y no están dispuestos a aceptar el mal menor […] Comprendo que el argumento del mal menor es un triste consuelo. Y no alivia mucho que digamos siquiera el argumento de que los cambios son lentos, casi imperceptibles, y no conviene ser demasiado impacientes.” ¹

“De manera regular nos visitan maestras, maestros y escolares. A veces me sorprendo que la memoria social se haya ido perdiendo. Me sorprende lo poco que niños y jóvenes saben de nuestra historia. Entre los grupos, suelen haber sólo dos o tres estudiantes auténticamente interesados […] Trato de no impacientarme y vuelvo a contarles la historia de mis hermanas. Esa es mi labor […] enseñarle a las nuevas generaciones lo que fue la era de Trujillo. Les recalco que mis hermanas representan a otra generación. Mis hermanas, por lo que ocurrió, por lo terrible que fue esa tragedia que les pasó, están destacadas en este lugar donde estuvo nuestra casa familiar. Pero aquí está representado también el más humilde y anónimo luchador antitrujillista […].”

Yo siempre quise traer los restos de las muchachas para el museo […] pero no podíamos. Durante los primeros 12 años del gobierno de Joaquín Balaguer no se podía casi hablar de las hermanas Mirabal y se reprimía a quienes participaban en los homenajes que religiosamente se han realizado cada 25 de noviembre. Reaccionaban como si se tratara de una manifestación subversiva. La maquinaria que montó Trujillo seguía sin desmantelar, viva. Ese andamiaje militar creía que las muchachas todavía eran un ejército viviente, peligroso para el régimen […].”

No hay nada tan porfiado como la memoria, que se empeña en mantener vivos los recuerdos, aunque a veces duelan tanto. Cada día que pasa se me hace más difícil separar el pasado y el presente. Quizás porque he dedicado mi vida a preservar la memoria de mis hermanas. Cumplo con ese deber […] Para eso quedé viva […]. Puedo decir: he cumplido con la patria.” ²

“Sentada aquí, bajo el laurel de mamá, junto a nuestros bustos, creo que se ha acercado un nuevo final […] En 1996 resultó ganador Joaquín Balaguer. Supe que después de nuestras muertes muchas cosas han cambiado. El hombre que inició su carrera política bajo el manto protector del sátrapa asesino, el que vendió su inteligencia para hacer discursos de loas, el que inventó, por la fuerza, permanecer en el poder momentos después del ajusticiamiento del dictador […] me enteré que antes de su muerte […] se convirtió en el sumo pontífice de los políticos dominicanos […] Es hoy el vencedor, el triunfador, el gran liberador de culpas […] malhechores de ayer, se han convertido en héroes a imitar y emular […] Las ilusiones, las purezas de nuestras luchas han sido olvidadas y enviadas al destierro […] El honor es un recuerdo de ayer, de los ilusos que ofrendaron sus vidas por sus ideas.”³

Cuando me solicitaron que escribiera este artículo me asaltó la duda. ¿Quién debía escribir? ¿La ciudadana nacida en el corazón de la dictadura de Trujillo y testigo activa del rumbo de la democracia dominicana? ¿La historiadora que ha trabajado durante décadas sobre la historia política dominicana? ¿La maestra que intenta enseñar a los jóvenes la necesidad de una racionalidad soñadora? ¿La mujer de más de cincuenta años con esperanzas frustradas e ilusiones maltrechas? Decidí escribir con el corazón. Quien escribe este trabajo es una mujer que ha vivido más de la mitad de su vida y tiene el corazón desgarrado con esta débil, poco institucional y secuestrada democracia. No es casual la selección de las tres citas que dan comienzo a este trabajo. La primera, escrita hace varias décadas por el gran Norberto Bobbio. Como él, soy irracionalmente contraria a cualquier forma de dictadura. Como Bobbio, prefiero la débil democracia nuestra porque el secuestro de la libertad es lo último que un ser humano puede tolerar. La segunda cita es la de una de mis heroínas vivientes, Dedé Mirabal, porque supo a fuerza de voluntad convertir la tragedia en esperanza, y transformar el dolor en esperanza por un mundo mejor. La tercera cita forma parte del monólogo teatral que escribí sobre Minerva Mirabal. A través de ella expreso mi desilusión por el derrotero que ha tomado la vida política nacional.

Con la racionalidad política

La racionalidad histórica me ha dado elementos para valorar en su justa dimensión la dictadura de Trujillo. Es cierto, y nadie puede negarlo, que el dictador dominicano, parafraseando a Bobbio, edificó una “buena dictadura”: la modernidad capitalista entró a la vida nacional para quedarse, con el desarrollo de la industria liviana y el consecuente fortalecimiento del mercado interno; las finanzas dominicanas por primera vez en su historia no estuvieron en rojo, por el saldo total de pago de la deuda pública; la infraestructura, nadie puede negarlo, se expandió en todo el país, especialmente en la capital. Sin embargo, el terror fue su signo, y el temor de la ciudadanía a formar parte de los desafectos permitió que la adulación se convirtiera en el modus operandi de la mayoría. La libertad fue secuestrada y confinada a una celda solitaria.

Por suerte para nosotros, en la generación que nació bajo el signo del dictador y las generaciones posteriores existieron hombres y mujeres que no se sumaron al tren adulador que les enseñaban e imponían ni se resignaron a callar lo que pensaban. Esos valiosos hombres y mujeres se entregaron con cuerpo y alma a luchar por el sueño de la libertad. Como los trinitarios del Siglo XIX que soñaban con una República Dominicana libre, independiente y soberana de toda dominación extranjera, los soñadores de mediados del Siglo XX querían borrar el autoritarismo salvaje y personalista de Trujillo. Soñaron, se organizaron y lucharon. Gracias a ellos disfrutamos de la libertad. Pero, y ahí está el centro de mi reflexión, ¿qué ha pasado después de esas luchas maravillosas? ¿Qué hemos hecho con ese legado? Un breve relato para no olvidar. Después del ajusticiamiento de Trujillo vivimos cinco años de conflictos, enfrentamientos y derrotas: Joaquín Balaguer que se queda con el poder y tiene que huir. El Consejo de Estado que intenta recomponer las fuerzas políticas. El triunfo de Juan Bosch y su derrocamiento.

Una nueva esperanza frustrada. Se forjaron nuevos sueños. Se luchó para traer a Bosch al poder. Nació el histórico abril de 1965 y con él llegaron también los miles de marines de la “Fuerza Interamericana de Paz”, pero todo el mundo sabía que era una maniobra del coloso norteño. Había que actuar rápido. No podían tener otra Cuba en el Caribe.

Los meses de incertidumbre transcurrieron hasta arribar a junio de 1966. Balaguer inaugura su largo período de 12 años. El nuevo-viejo presidente dominicano se sumó al concierto de naciones latinoamericanas que se alinearon con el occidente en una mal llamada guerra que de fría tenía muy poco. Fue implacable en contra de los movimientos de izquierda, por lo que erigió su régimen personalista con un fuerte apoyo militar.

La represión institucional se extendió por los cuatro confines de nuestros 48,000 kilómetros cuadrados. En 1978, gracias a los nuevos aires de libertad en el mundo, la República Dominicana tuvo un respiro con el gobierno de Antonio Guzmán. Gracias a su poder, Balaguer logró quedarse con una amplia tajada del pastel del político. Se inauguraron los ocho años de gobierno del Partido Revolucionario Dominicano. Los intereses grupales del viejo partido nacido para luchar por la democracia y en contra de Trujillo se hicieron tan fuertes, tan agrios, tan mortales, que se enfrentaron para perder.

Balaguer volvió al poder en el año 1986. Como siempre, intentó quedarse más tiempo, originando una crisis institucional de gran magnitud en 1994. Tan grande fue el problema que los organismos internacionales intervinieron y el viejo caudillo tuvo que aceptar la firma del famoso Pacto por la Democracia, que produjo una nueva Constitución que establecía, entre otras cosas, una reducción de su mandato a dos años, 1994- 1996, prohibía la reelección y creaba un adefesio electoral llamado colegios cerrados. La reducción de su período presidencial tuvo su recompensa. Poco antes de morir fue declarado por el Congreso de la República, por los mismos que durante 12 años lo combatieron, como el padre de la democracia dominicana.

El pacto patriótico

A partir de 1996 hasta el día de hoy, hemos tenido gobiernos sucesivos, alternados y enfrentados también. El Partido de la Liberación Dominicana –que se fue entrenando en su rol de partido de masas con sus escaños durante los años del PRD y los últimos de Balaguer– ganó la presidencia gracias a un pacto que denominaron patriótico.

De nuevo, los enemigos de antes lograron abrazarse, subir juntos los brazos en signo de triunfo. En el 2000, el PLD intentó quedarse, pero no pudo. Ganó Hipólito Mejía, el más folclórico y desenfadado de todos los presidentes dominicanos. Con el eslogan de “E pa´ fuera que van”, Leonel Fernández volvió a la presidencia, y fue reelegido en 2008.

¿Cómo ha sido nuestra democracia? Débil, muy débil. Pienso, sin temor a equivocarme, que el fantasma autoritario ronda en los corazones, las mentes y los deseos de nuestros políticos. Se ha intentado de todo: dictadura de partido, dictadura congresual y poder omnipresente del Ejecutivo, el dios del momento. El deseo de continuar ad infinitum disfrutando las mieles del poder ha provocado violaciones graves al pacto democrático que es la Constitución. En 2002 se impuso por fuerza del dinero una nueva Constitución que permitiría la reelección en el período siguiente. El presidente de vocación agrícola forzó la jugada y perdió. Su constitución abrió las puertas para que el líder morado-rojo se pudiese presentar al término de su segundo mandato, sin dificultad.

En la actualidad tenemos una nueva Constitución que se promulgó hace menos de dos años. Hoy también, los mismos que la promovieron, la impulsaron, la defendieron y la presentaron como el ejemplo de la modernidad institucional, buscaron todas las formas de desconocerla.

Era muy pequeña cuando ocurrió el tiranicidio, apenas tenía seis años, la edad que tiene hoy mi nieto, por lo tanto, no tengo vivencias de mordazas. Sí recuerdo el susurro de mis padres cuando hacían algún comentario político. Temían que las paredes escucharan. Pero al crecer he vivido mi adolescencia, mi juventud, mi madurez y casi ya la vejez, junto a esta democracia débil y lacerada que es la nuestra. Lo repito: prefiero una democracia imperfecta (¿pero tanto?) a una dictadura perfecta.

Los dilemas y las esperanzas

Me duele, sin embargo, que viviendo en el Siglo XXI sigamos teniendo los mismos problemas, los mismos dilemas y las mismas esperanzas. La democracia política vive momentos difíciles porque nuestros dirigentes no se han colocado a tono con los tiempos, y mucho menos, han sido coherentes con sus discursos. Los partidos políticos se han convertido en meras corporaciones, integradas por socios que buscan multiplicar sus inversiones a niveles insospechados. Las ideologías no existen. Los intereses sí. La democracia económica se ha desfigurado. Al son del libre mercado, hemos bailado entre la ostentosidad de los pocos a la indigencia de las grandes mayorías. La brecha se agranda y no hay acciones contundentes para detener el proceso.

La democracia social es la más golpeada. Todavía nuestro país no ha sido capaz, porque no ha habido interés de invertir en salud y educación como se necesita, y más aún, como exige y dicta la ley. Conviene, para los fines del asalto al poder, contar con una ciudadanía poco educada, necesitada de dádivas y dispuesta a vender su alma por un pedazo de pan. La institucionalidad democrática existe de nombre. La Constitución y las leyes son solo marcos referenciales que se defienden y acomodan según las circunstancias. La corrupción se extiende, se tolera, se permite y, por supuesto, no se castiga. Mientras todo eso ocurre, nos quedamos atrás, somos los primeros de los últimos.

Me cuesta defender esta democracia. Me cuesta seguir defendiendo el derecho y el deber ciudadano del voto. Solía abogar por el voto consciente, por el uso responsable de ese pedazo de soberanía por el que tantos hombres y mujeres lucharon. Hoy creo que la democracia necesita renovarse, para lo cual el poder ciudadano no debe limitarse al ejercicio ciudadano del sufragio, sino participar activamente en la vida social. Renuevo mi convicción de que el voto no es una patente de corzo para que los ganadores hagan de nuestro patrimonio lo que quieran. No, abogo por una ciudadanía que exija a sus representantes el cumplimiento de sus promesas. Una ciudadanía que eleve su voz cuando se violen las leyes y la Constitución.

Mu-Kien Adriana Sang Ben es historiadora, doctora de la Universidad de París (La Sorbonne). Autora de investigaciones sobre Ulises Francisco Espaillat y Gregorio Luperón. En la actualidad es vicerrectora de Postgrado de la PUCMM.

Notas

La autora dedicó este artículo a: “Dedé Mirabal, digna, valiente, alegre y eterna mariposa. A todos los que han luchado por la libertad. A todas las mujeres que han luchado con sinceridad y sacrificio por la libertad”.

  1. Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, Barcelona, Plaza y Janes Editores, 1995, pp. 94-95.
  2. Dedé Mirabal, Vivas en su jardín; Memorias, Santo Domingo, Grupo Santillana/Aguilar, 2008, pp. 316 y siguientes.
  3. Mu-Kien Adriana Sang, ¡Yo soy Minerva! Confesiones más allá de la vida y la muerte, Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2009, pp. 161 y siguientes.

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