Artículo de Revista Global 67

Una ciudad llamada Trujillo

La ciudad de la eterna primavera es el eslogan con el que se ha bautizado a Trujillo. Conocida por su legendaria gastronomía, por sus playas, por una tradición fascinante que mezcla lo indígena con lo colonial, Trujillo es un gran destino turístico. Pero, al mismo tiempo, es una ciudad que bulle en el presente, que está llena de inmigrantes y que no tiene nada que envidiarle a ninguna otra de Latinoamérica. Este es un paseo por la historia y las calles de esta ciudad que casualmente tiene el mismo nombre del dictador que envileció por treinta años la República Dominicana.

Una ciudad llamada Trujillo

Hace poco me invitaron a Trujillo. A un amigo que le comenté del viaje le desconcertó que existiese una ciudad con tal nombre. Aunque en realidad no solo existe una ciudad llamada Trujillo en el Perú, sino que, como ocurre con varias ciudades latinoamericanas, existe otra en España. Sin embargo, la reacción de mi amigo tiene que ver más bien con la indignación que el nombre del sanguinario dictador Trujillo sigue provocándonos a los dominicanos. Pero sobre todo con el hecho de que durante varios años Santo Domingo se llamó Trujillo en honor al tirano. La ciudad mantuvo el nombre hasta que en 1961 este fue ajusticiado y se restableció el de Santo Domingo. En lo adelante, sus estatuas fueron derribadas y sus retratos, que por obligación se debían tener en todas las casas del país, fueron descolgados. Calles, hospitales e instituciones que llevaban su nombre y el de sus familiares fueron rebautizados. El 3 de mayo de 1962 se promulgó la Ley 15880 del Consejo de Estado, que prohibía cualquier conmemoración y homenaje al dictador Trujillo y su familia, y que aún se encuentra en vigencia.

Por esa razón, mientras atravieso las calles de la ciudad peruana de Trujillo y me topo con letreros y afiches alusivos a ella, no paro de asociarlos con el apellido del dictador dominicano. Casinos, restaurantes, escuelas y centros comerciales se llaman Trujillo. La universidad más prestigiosa es la Universidad Nacional Trujillo. Y por supuesto, la feria internacional del libro lleva el nombre de la urbe.

La primera noche voy con varios trujillanos a un bar llamado El Chino de Larcos. Al traer el mesero la cerveza local me sorprende leer el Trujillo que tiene estampado en el centro de la botella. A la tercera ronda ya me he acostumbrado, y en mi cabeza la referencia exclusiva al sátrapa dominicano va desapareciendo de la palabra Trujillo y le cede el paso a una ciudad repleta de gente heterogénea con una cultura variopinta, una gastronomía de primer orden y un fascinante pasado.

Ubicada en la parte norte, a orillas del océano Pacífico y a la margen derecha del río Moche, Trujillo es una de las ciudades más importantes del Perú. No es una gran metrópolis como Lima ni un gran atractivo turístico como el Cusco, pero eso no impide que sea visitada anualmente por miles de turistas que toman el sol en la playa de Huanchaco, frecuentan sus significativas zonas arqueológicas y participan de sus actividades culturales. Sin embargo, Trujillo sí tiene algo que ni Lima ni el Cusco poseen: es la cuna del ceviche. Ese plato –preparado con pescado o mariscos crudos cortados en trozos, y que lleva jugo de limón, cebolla picada, ají y sal– es la insignia de la gastronomía peruana y uno de los más deliciosos del mundo.

Según algunas fuentes históricas, el ceviche se habría originado en la cultura moche, una de las civilizaciones preincas asentadas en el lugar donde hoy se encuentra Trujillo. Hace dos mil años se preparaba ese plato a base de pescado fresco que se cocinaba con el jugo fermentado de una fruta llamada tumbo. Durante el Imperio inca, pasó a ser macerado con chicha y, de acuerdo a algunos cronistas, se consumía con sal y ají. Con la llegada de los conquistadores españoles se añaden dos ingredientes primordiales al plato que conocemos hoy: el limón y la cebolla. En el año 2004, el ceviche fue declarado por el Instituto Nacional de Cultura como patrimonio cultural de la nación. En la actualidad hasta se celebra un día dedicado al ceviche, y el plato es uno de los principales orgullos de todos los peruanos. A falta de una reina de belleza, de un rock star o de un gran medallista olímpico, los peruanos tienen el ceviche para levantarles la autoestima o exacerbar su nacionalismo.

Como para comprobar esto último, el escritor Pedro Llosa me lleva a almorzar a un prestigioso restaurante de Trujillo. Pedimos un ceviche de entrada que resulta ser el mejor que he probado en mi vida. Sin embargo, Pedro encuentra una diminuta espina en el suyo y ese descubrimiento causa tal revuelo que el gerente del restaurante y el chef vienen a nuestra mesa a disculparse. Ya que Pedro no acepta la disculpa y repite que con su mal servicio me están dando una pésima impresión del legendario ceviche trujillano, el gerente no tiene otro remedio que dejarnos la cuenta gratis.

Pero no solo el ceviche tiene su origen en Trujillo, sino también el surf. A pocos kilómetros de Trujillo se encuentra el balneario de Huanchaco, donde es posible ver unas largas canoas levantadas en la arena que según los locales son antecedentes de la tabla de surf. Construidas con tallos y hojas de la planta totora, estas canoas se denominan caballitos de totora, y al igual que el ceviche, son herencia de las culturas moche y chimú. Aparentemente, se utilizaban para la pesca, aunque hay registros que nos dan a entender que quizás los antepasados las usaban también para divertirse en medio del oleaje. En el siglo xvi, fray José de Acosta describió en su Historia natural y moral de las Indias a los indígenas subidos en los caballitos de totora de la siguiente manera: «eran muchos y cada uno en su balsilla caballero o sentado a porfía cortando las olas del mar, que es bravo allí donde pescan, parecían los tritones o neptunos, que pintan sobre el agua».

Más que para surfear los locales siguen usándolos para pescar. Aunque eso no impide que lleguen extranjeros y surfistas profesionales atraídos por la leyenda de que fue en esta zona donde se originó el surf. Han venido tantos visitantes que Huanchaco se ha convertido en escenario de competencias internacionales, entre las que hay que destacar el reputado Mundial de Longboard que se realiza cada verano. Para esas fechas es común toparse a extranjeros con sus modernas tablas Aloha y locales con sus caballitos de totora surfeando la misma ola.

Esa mezcla de pasado y presente, de tradición y modernidad, caracteriza esta ciudad costera peruana. Para entenderla hay que conocer la relación existente entre lo que ocurrió hace miles de años y lo que está sucediendo en este instante. Ya es imposible analizarlo todo a través de la dicotomía indígena y española, que representan las ruinas de Chan Chan y su centro histórico colonial. Hace años desapareció la muralla que rodeaba el centro de Trujillo, erigida para proteger a la ciudad de los ataques de los piratas y corsarios. Apenas queda una réplica de una entrada que se puede ver en la plazuela El Recreo. Allí donde estaba la muralla se construyó la avenida España y del otro lado la urbe ha ido creciendo con sus edificios de varios pisos, sus modernos centros comerciales y sus barrios populares.

En cuanto al aspecto racial, se ha diversificado y es común ver mulatos, zambos, chinos, hindúes y blancos. Basta caminar unas cuadras para toparse con testigos de Jehová vestidos de manera impecable, con indígenas que venden pócimas para combatir la impotencia o con jóvenes metaleros que fuman mariguana. Incluso la influencia multicultural se siente en la misma arteria que lleva el nombre del conquistador del Perú, Francisco Pizarro, donde a los tradicionales cafés les disputan los clientes las chifas, las casas de té árabe, un McDonald y varias pizzerías.

El mismo término cholo, que es el vocablo peyorativo para los descendientes de los cruces entre blancos e indígenas, ha cambiado y actualmente muchos consideran que sirve para definir la identidad del peruano.

Así como ocurre en otras partes del mundo, esta heterogeneidad puede estar marcada por el respeto y por la civilidad, pero en ocasiones suceden episodios de rechazo y de fundamentalismo. Por ejemplo, antes de un concierto de rock en la plazuela El Recreo, uno de los organizadores despotrica contras las emisoras que solo programan reggaetón y bachata. Considera que estos géneros musicales extranjeros están destruyendo la tradición roquera de la ciudad, que floreció en los ochenta y gracias a la cual llegaron bandas como Los Prisioneros o Soda Stereo. Sorprendido por la expresión «tradición roquera», salgo con unos amigos a mitad del concierto y enfilamos hacia una discoteca para oír reggaetón y bachata. En el trayecto comentamos la actitud clasista del organizador, y el taxista como muestra de apoyo sube una bachata a todo volumen. Sin embargo, en la discoteca no dejan a entrar a uno de mis amigos ya que de acuerdo al portero no está vestido de forma apropiada.

Al día siguiente, estoy en Tumi bebiendo cerveza con Álvaro Lasso, el mítico editor de Estruendomudo. Le pregunto con qué palabra definiría a los trujillanos. Bacán, me responde, sin pensarlo mucho. Al igual que el tíguere dominicano, el bacán es un pícaro triunfador. Pero aquí la acepción de la palabra tiene que ver con que los trujillanos son chéveres. Aunque a diferencia de los dominicanos, tienden a ser más reticentes y reservados. Es raro que alguien se pare y te responda en la calle cuando le preguntas por la hora o por una dirección. Ni los meseros ni los taxistas ni las recepcionistas de los hoteles celebran tus chistes. A pesar de esto, el otro día estaba sentado en un restaurante de la Pizarro, y a mi mesa se acercó un hombre canoso acompañado de una comitiva de señoras que me estrechó la mano y me deseó buen provecho. Mayúscula fue mi sorpresa cuando el mesero me explicó que se trataba del señor alcalde.

Creo que con los trujillanos pasa lo mismo que con nosotros los dominicanos: para saber quiénes son necesitan preguntarse de dónde vienen. Por ello un insulto común aquí entre intelectuales es decirse que carecen de identidad. En serio, lo he escuchado en diferentes ponencias a lo largo de la feria internacional del libro de Trujillo. Ayer se puso de pie un señor y acusó a los exponentes de ser hispanófilos. Ante la pregunta de si alguno hablaba otro idioma del Perú que no fuese el español, obtuvo de respuesta el elocuente silencio de los exponentes y de la sala en general.

Jorge Alejandro Vargas me explica que en el Perú se hablan 47 idiomas reconocidos por el Estado. Este joven poeta cusqueño de alta estatura y que parece hijo de alemanes habla el quechua a la perfección. Acaba de publicar un poemario titulado Tikray en una edición que incluye el original en español y la traducción al quechua. Así como él, varios escritores contemporáneos estudian cada vez más estos idiomas y traducen e incorporan en sus textos los mitos orales precolombinos. También han aprendido a reconocer su identidad entre los procesos migratorios que se han dado en el país. Tales son los casos de las escritoras peruanas Julia Wong y Daniela Ramírez Ugolotti. A pesar de que cuentan con estilos distintos, abordan temáticas similares. Julia Wong acaba de publicar Mongolia, que cuenta la historia de Belinda, una mujer de origen chino nacida en Perú y obligada al exilio por una identidad que no puede conformar. En una parte de la novela, Belinda dice que ser peruana es algo que aún no está definido. Por otro lado, Daniela Ramírez Ugolotti acaba de publicar Todos nacemos muertos, donde indaga en el origen italiano de su madre y logra construir el árbol genealógico de su familia como regalo para la niña que lleva en el vientre. Llama la atención que para ambas autoras la identidad se relaciona con el embarazo y con la idea de que es un concepto que se debe ir gestando.

Para el trujillano Gustavo Rodríguez asumir la identidad es algo complejo y en su recopilación de artículos Traducciones peruanas señala: «Tomar una decisión de este tipo es, para la mayoría de los peruanos, enfrentarse con una cadena de valoraciones que nos persigue desde la toma de Cajamarca por Pizarro en 1533. Esa cadena dice que en el Perú siempre habrá a tu izquierda alguien más blanco que tú y, a tu derecha, siempre alguien más indígena que tú. Lo complejo de esta cadena está en que la ubicación de cada peruano no depende necesariamente del color, sino de los diversos espacios que se ocupan cada día en la sociedad». La escritora Gabriela Wiener reflexiona al respecto en Llamada perdida: «Todos los niños peruanos descubren, más temprano que tarde, que hay un degradé de colores en esta patria nuestra y que es como un escalafón estético y moral. Arriba estaba el blanco, abajo el negro/cholo/pobre/indio. Un día salí de ahí, de esa cárcel mental, que a veces es un país, una ciudad, un pasado, un complejo, y, oh sorpresa, empecé a ver la vida en tecnicolor. Porque resulta que no hay una sola persona de mi familia que sea blanca, ni una sola de mis amigas, ni uno solo de mis ex jefes que lo sea, sino que todos conforman un amplio espectro de lo cholo. En el Perú, todos son cholos, ni más ni menos que yo».

Pese a que el tema de la identidad peruana ha sido estudiado por un montón de sociólogos peruanos y se ha plasmado en las novelas más reconocidas de Mario Vargas Llosa y de José María Arguedas, quien lo ha expresado de manera más contundente ha sido el poeta César Vallejo. Sin quitarle mérito al genio de Vallejo, puede que esto se deba a que el concepto de identidad está ligado directamente con la pregunta fundamental de la poesía: ¿quién soy? Nacido en Santiago de Chuco, Vallejo estudió en la Universidad Nacional de Trujillo y formó parte del Grupo Norte, un movimiento que aglutinó a una serie de pensadores, artistas y políticos de la región. Durante este período vivió en un hotelito de la Jirón Orbegoso que hoy en día es un restaurante y que se conoce como el Rincón de César Vallejo.

Una noche ceno allí con un grupo de escritores locales y con el narrador octogenario Oswaldo Reynoso. La habitación donde Vallejo vivía queda en el segundo piso y aparentemente de noche no permiten el acceso. Tras cerciorarnos de la manera en que el restaurante se ha aprovechado del prestigio de Vallejo –hasta incluyen su melancólica foto en un cartel que anuncia el happy hour–, Oswaldo Reynoso nos cuenta un suceso que le aconteció al poeta en Trujillo y que sirve para ilustrar el tema en cuestión. A este Vallejo de veintitantos años se le ocurrió mandar un poema al concurso de poesía de la Municipalidad de Trujillo. El poema no fue galardonado, y, en cambio, el seleccionado resultó un adefesio, por lo que al año siguiente el poeta envió otro poema que corrió igual suerte. Así que, tras perder dos veces consecutivas, comprendió que no le daban el premio por su condición de cholo y osó participar con el nombre de un amigo proveniente de una de las familias más respetables de Trujillo. Tal cual se pueden imaginar, el jurado le otorgó el premio al amigo, y este durante la presentación dio a conocer la farsa y el triunfo del poeta, lo que, de acuerdo a Oswaldo Reynoso, fue como una patada en el culo a una ciudad provinciana y mojigata.

Mi último día en Trujillo tomo un taxi hacia las ruinas de la ciudad de Chan Chan. Se trata de la capital del reino chimú y se calcula que llegó a albergar más de cien mil habitantes. Está formada por una zona urbana central cuya extensión es de seis kilómetros cuadrados y se compone de nueve palacios, treinta y cinco unidades arquitectónicas, seis pirámides, cuatro extensos barrios populares y varios caminos ceremoniales. Aproximadamente en el año 1470, fue saqueada y destruida por los conquistadores incas. Para cuando llegaron los españoles la ciudad estaba abandonada y había perdido su importancia política.

Es casi al final del recorrido de Chan Chan cuando sale a relucir el nombre del dictador dominicano Trujillo. Ya para entonces el guía me ha llevado por todo el palacio de Tschudi y me ha mostrado las áreas donde se realizaban los sacrificios. De acuerdo a lo que planteó, se sacrificaban al sol los niños más hermosos, los guerreros más diestros, los intelectuales más brillantes y las mujeres más fértiles. Lo que me lleva a pensar en cómo esa sociedad preinca fue perpetuando en el tiempo la fealdad, la pereza, la estulticia e, incluso, la esterilidad. Ahora el guía señala la tumba donde fue enterrado el soberano y explica que junto a él se enterró a su esposa, sus concubinas, sus sirvientes, sus soldados más diestros y su cocinero favorito. Al ver mi cara de desconcierto, el guía comenta que los chimús trataban al emperador como Dios. De pronto añade, como para darme a entender que conoce de historia dominicana, que lo adoraban de la misma manera que nosotros rendíamos pleitesía a Trujillo. La referencia, explica, la tomó de La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que es su escritor favorito. Ya fuera del palacio pregunta si me siento raro paseando por una ciudad llamada Trujillo. Me lo pienso un rato y cuando le respondo que sí el guía ya se ha apartado y ofrece sus servicios a una pareja de canadienses, por lo que no me queda de otra que dar la vuelta y caminar hasta los taxis estacionados al fondo a la derecha.

Frank Báez es el editor de la revista Global.





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