Artículo de Revista Global 14

Pedro Henríquez Ureña: la búsqueda de la diferencia

Si algún pensador hispanoamericano se desplegó acopiando una gran cantidad de temas de nuestra vida espiritual, ese fue Pedro Henríquez Ureña; y lo hizo con el muy definido objetivo de sacar a flote la especificidad cultural del continente hispanoamericano, de validar la diferencia de nuestra propia aventura espiritual.

Pedro Henríquez Ureña: la búsqueda de la diferencia

Si de entrada tuviera que definir un objetivo singular a una obra tan plural, diría que toda la erudición de Pedro Henríquez Ureña estuvo al servicio del objetivo de sacar a flote la especificidad cultural del continente hispanoamericano, y que los temas sectoriales que abordó, como en el poema de Jorge Manrique, eran pequeños ríos que iban a dar a la mar de esa angustia inaguantable de los intelectuales del siglo XIX americano por definir las características de su expresión cultural.

Nuestro recorrido relampagueante debería por lo tanto comenzar con un libro canónico de la cultura hispanoamericana: Seis ensayos en busca de nuestra expresión, de 1928, porque este libro le dio mayor fama literaria y lo convirtió en un referente obligado. Es, a mi modo de ver, después de Seis ensayos en busca de nuestra expresión cuando la totalidad de la obra de Henríquez Ureña adquiere el sentido de un cuerpo unitario: la búsqueda de esa diferencia del continente americano; las manifestaciones que afincan la opción de construir un universo propio; las particularidades sobre las que estas nuevas tierras edificarán su prosapia; el

empeño por fundar una dialectología que explicara las particulares formas de cada región en el uso de la lengua; todas las horas de reflexión destinadas a darle forma y continuidad al pensamiento del continente; cada línea sobre España; sus estudios sobre las grandes figuras; el esfuerzo descomunal de organizar los distintos periodos de la historia de la literatura; la voluntad de analizar “la otra América” como algo diferente; la minuciosidad de acompañar con el trasfondo de la historia particular americana las etapas fundamentales del surgimiento de sus manifestaciones artísticas; el objetivo de construir “la alta cultura” como un resultado histórico de esa masa social que emerge de la disolución de la colonia y erige repúblicas; el afán de explicar las formas de asimilación del pensamiento europeo; el detalle preciso a la hora de analizar el barroco americano; la paciencia de inventariar, una por una, las hazañas del espíritu y no las de la guerra, se explicarán tras desplegar su saber implícito en Seis ensayos en busca de nuestra expresión, y se articulan en una totalidad, en un sistema. Es más que un libro, es la clave de todos sus libros. Sus obras anteriores se le parecen, las que vendrán saldrán de él.

Seis ensayos en busca de nuestra expresión comienza por deslindar, especificándolos, los caminos que han pretendido explicar nuestra propia aventura espiritual. El análisis de las diversas fórmulas de americanismo no es, sin embargo, excluyente. Cada cual expresará un momento, una determinada porción de existencia real que no atrapa la riqueza infinita de nuestro verdadero ser. “Los criollistas tendrán sus razones”, piensa él. “Mundo virgen, libertad recién nacida, repúblicas en fermento, ardorosamente consagradas a la inmortal utopía: aquí habían de crearse nuevas artes, poesía nueva. Nuestras tierras, nuestra vida libre, pedían su expresión.” Es la vívida naturaleza de nuestra existencia, lo que él llama “independencia espiritual”, que va más allá de la independencia económica o política y cerca con angustia los atisbos de nuestra mismidad. Rápidamente a los criollistas se le oponen los intelectuales que miran hacia Europa en un gesto de insuficiencia, porque sólo valoran los paradigmas que vienen del viejo continente. Pedro Henríquez Ureña los enfrenta diciéndoles: “Todo aislamiento es ilusorio […]. Tenemos derecho a tomar de Europa todo lo que nos plazca, siempre que esto no estorbe el aflorar de la energía nativa ni el ansia de perfección”.

Pero a su vez amplía el marco de la confrontación: “Existieron, sí, existen todavía los europeizantes, los que llegan a abandonar el español para escribir en francés, o, por lo menos, escribiendo en nuestro propio idioma ajustan sus moldes franceses a su estilo y hasta piden a Francia sus ideas y sus asuntos. O los hispanizantes, enfermos de locura gramatical, hipnotizados por toda cosa de España que no haya sido trasplantada a estos suelos”. Y luego describe las causas de nuestros afanes: “Nuestra inquietud se explica. Contagiados, espoleados, padecemos urgencia romántica de expresión. Nos sobrecogen temores súbitos: queremos decir nuestra palabra antes de que nos sepulte no sabemos qué inminente diluvio […]”.

 La lengua del conquistador

Dilema que se enreda en la lengua misma con la cual construimos los mundos imaginados, porque el nuevo continente habla la lengua del conquistador, y su vida espiritual misma así como sus instituciones son el resultado de un hecho de fuerza: el proceso de descubrimiento, conquista y colonización. Lo diferente, lo propio del mundo americano, tendrá que ser repujado con originalidad desde una lengua que es nuestra y ajena: “No hemos renunciado a escribir en español, y nuestro problema de la expresión original y propia comienza ahí. Cada idioma es una cristalización de modos de pensar y de sentir, y cuanto en él se escribe se baña con el color de su cristal. Nuestra expresión necesitará doble vigor para imponer su tonalidad sobre el rojo y el gualda”.

Es desde esa lengua que América debe buscar el acento propio, haciendo un esfuerzo supremo, desterrando la pereza, la falta de rigor, la ausencia de disciplina. Y en este punto de ese libro Pedro Henríquez Ureña define su propio método: “Mi hilo conductor –dice– ha sido el pensar que no hay secreto de la expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir; afinar, definir con ansias de perfección”.

La estrategia de Seis ensayos en busca de nuestra expresión es provocar el pensamiento creativo y empinarse sobre la historicidad particular de nuestra vida espiritual. Los juicios de este libro fueron tan bellamente tejidos que incluso la dureza con que los usa pasa inadvertida. América y las vicisitudes de sus manifestaciones intelectuales es su tema. En particular, los primeros tres ensayos se regaron como pólvora, y sobre todo el primero, El descontento y la promesa, desgajado del conjunto, pasó a ser uno de los textos más citados de la historia de la literatura y el pensamiento hispanoamericano.

Quiero decir que este libro liquidó la estruendosa discusión de los intelectuales decimonónicos hispanoamericanos, quienes a partir de la Generación de 1867 en Argentina, con la figura del romántico Echeverría a la cabeza, se plantearon la búsqueda de modelos ideales que definieran nuestra identidad. De ahí viene esa tumultuosa discusión de los arquetipos de desarrollo del siglo XIX que encarnaban “la civilización contra la barbarie”, y que él sepulta elegantemente, en este texto fundacional del continente americano.

Perfección

Para llegar a él ha agotado diversos procedimientos de investigaciones filológicas, lingüísticas, culturológicas, filosóficas, históricas y literarias. Y lo ha hecho con la línea que proclamará una y otra vez: “El ansia de perfección”.

Ya a principios de 1925 escribe su muy reconocido y discutido ensayo El supuesto andalucismo de América, que aparecerá en los Cuadernos del Instituto de Filología y se publicará ampliado en Buenos Aires con el título de Sobre el problema del andalucismo dialectal de América. Solo este tema coloca a Pedro Henríquez Ureña en un sitial preponderante en los estudios lingüísticos americanos, y pese a todo lo que se ha discutido sobre el mismo, Amado Alonso dice: “A Pedro Henríquez Ureña cabe el honor de haber sido el primero en plantear la interpretación genética de los principales caracteres del español americano sobre bases realistas y críticas, sin los prejuicios impresionistas que lo daban como mera prolongación del lenguaje de los andaluces; y el primero también en describir y ordenar su complejidad regional, anulando la idea simplificadora que de él se hacían hasta entonces los lingüistas”.

En el caso específico de sus estudios lingüísticos y filológicos, su producción inicial es de 1921, con un pequeño trabajo ya clásico: Observaciones sobre el español de América, donde comienza por establecer zonas de estudio, de acuerdo con la evolución particular e historicidad específica de las características de los hablantes de cada región. Tema virgen entonces, la utilidad de sus observaciones le servirá para enfrentar la amplia gama de investigaciones que desarrollará bajo el patrocinio del Instituto de Filología de Buenos Aires, junto a don Dámaso Alonso. Hay que decir que él fue pionero de los estudios dialectológicos americanos, y que en ese aspecto aparecen textos como Observaciones sobre el español de México, de 1934; Palabras antillanas en el diccionario de la Academia, 1935; El español en la zona del mar Caribe, 1937; El español en México y sus vecindades, 1937; Estudios y notas al español en México, los Estados Unidos y la América Central, 1938. Y, por supuesto, su último estudio dialectal, publicado en 1940, El español en Santo Domingo. Dentro de este grupo caben también sus monografías, recogidas por el Instituto de Filología de Buenos Aires bajo el título Para la historia de los indigenismos, 1938; un estudio sobre vocablos referidos a alimentos americanos integrados al espacio cultural de la conquista española: “papa”, “batata”, “ñame” “boniato”, etcétera.

Escarbando

En sentido estricto, esta obra descansa en las propuestas de la filología del modo que Wolf la concebía, escarbando desde la palabra escrita las manifestaciones culturales con que ella se relaciona, el trasfondo de la historia, porque la filología es hija del historicismo. Cada palabra, en el análisis de Pedro Henríquez Ureña, traza su aventura particular en el encuentro que se produce entre indígenas y españoles. Examina la relación entre la palabra y la cosa nombrada, sus deformaciones, sus vínculos con las estrategias del colonizador para lograr su alimentación en un medio hostil, recién descubierto, que la lengua de que era portador el español peninsular no estaba preparada para nombrar. El mejor ejemplo de la pertinencia de estos estudios puntuales es la monografía “El enigma del aje”, referida a un vegetal nombrado abundantemente por las crónicas españolas hasta el siglo XVIII, pero sin que se supiera de qué planta se trataba.

El cerco historicista tendido sobre la palabra misma va poco a poco definiendo a qué alimento específico se referían las notas apresuradas de los cronistas, empleando textos escritos y asociación culturológica. Método filológico que empleará incluso en estudios pioneros sobre aspectos del habla americana, como el “voseo”, y cuyas Observaciones sobre el español de América, contienen las primeras notas sistemáticas para el estudio de este giro dialectal.

Igualmente se debe destacar en esta línea su estudio sobre el vocablo “Caribe”, un término de amplísima difusión mitológica desde el mismo siglo XVI, sobre el que muchas leyendas europeas edificaron un anatema americano vinculándolo a la palabra “caníbal”. Es la expansión de este vocablo lo que él estudia, y las condiciones históricas que lo propician, fundándose en referencias literarias y relaciones históricas que arrojan luz sobre su valor específico.

Pero antes, en la búsqueda de esta especificidad hispanoamericana, había combatido enérgicamente contra la corriente positivista que el llamado grupo de “los científicos” esgrimía como sustentación ideológica de la dictadura de Porfirio Díaz, en México. Este período en México que va de 1906 a 1914 es de vital importancia para la maduración de sus ideas, porque su mundo intelectual encuentra en ese México en llamas un caldo de cultivo apropiado para manifestarse, y su activismo es casi inabarcable. Lo primero es destacar esa contradicción que lo lleva a enfrentarse en México a los positivistas, cuando su formación inicial, la de su madre y la de su padre, respondían al positivismo transformador del mundo americano.

Pero lo cierto es que, junto a pensadores como Alfonso Reyes, Antonio Caso, José de Vasconcelos, y todos los miembros del Ateneo de la Juventud, integraron lo que se conoce como “La generación del centenario”, que constituye el pensamiento precursor de la revolución mexicana de 1910. Toda la bibliografía sobre este período consigna la figura de Pedro Henríquez Ureña como la de un joven maestro, un “Sócrates dominicano”, según le denominaban sus compañeros del Ateneo. Y si en este aspecto su impronta es profunda, los logros destinados a fundar la especificidad del mundo americano son todavía más importantes.

Por ejemplo, en México pronunció durante este período su famosa conferencia sobre José Enrique Rodó, que abrió el ciclo del arielismo en el mundo americano. Y, además, pidió a Antonio Caso que estudiara las reflexiones filosóficas de Eugenio María de Hostos, y escribió su ensayo “La sociología de Hostos”, publicado en su libro Horas de estudio, que se editó en París en 1910. Son estos textos los que inician los estudios sobre Hostos. También, en 1913, escribe su discutido ensayo sobre la mexicanidad de Juan Ruiz de Alarcón, tesis audaz que ponía en entredicho un lugar común en los estudios literarios, según el cual el autor de La verdad sospechosa nada debía a la patria de origen.

Respondía Pedro Henríquez Ureña, asombrosamente, a Menéndez y Pelayo, uno de los críticos que más influencia tenía en él, y a otros españoles, para quienes el origen mexicano de Alarcón no se reflejaba en su obra, por lo que lo refundían en las letras españolas del siglo XVII sin ningún miramiento. Oponiéndose a esta tesis, que era pacientemente aceptada incluso por la intelectualidad mexicana, plantea que, por el contrario, Alarcón lleva a la literatura española rasgos que únicamente se explican por la cultura mexicana del autor. Estos rasgos son los propios de su atmósfera, dentro de las letras españolas, y se identifican en ese “matiz crepuscular, el tono velado, la cortesía exagerada y distanciadora, y el sentimiento discreto”. La tesis es que esos rasgos están ahí por el origen mexicano del autor, y son definitorios de una identidad que no puede ser borrada. Esta tesis sobre la mexicanidad de Juan Ruiz de Alarcón fue asumida por la historia de la literatura española e hispanoamericana, y hoy día es un lugar común. 

Aporte de Hispanoamérica

En esta etapa logra también aclarar qué es lo que Hispanoamérica aporta a esos movimientos artísticos universales que llegan a América provenientes del continente europeo. Aprovechando la Antología del centenario que prepara en México junto a Joaquín G. Urbina, se plantea la revalorización de Sor Juana Inés de la Cruz y la identificación de los matices del barroco americano en relación con el barroco europeo. Después de analizar tanto a Bernardo de Balbuena como a Sor Juana Inés de la Cruz, establece estas diferenciaciones, que hoy miles y miles de profesores de literatura hispanoamericana en el mundo repiten sin saber que vienen de la observación aguda y la erudición de Pedro Henríquez Ureña, y que son parte de esa estrategia destinada a fundar la especificidad cultural del mundo americano.

 Capítulo aparte

Capítulo aparte requiere su tesis doctoral sobre La versificación irregular en la poesía castellana, publicada en 1920 en Madrid, como uno de los primeros libros del Centro de Estudios Históricos que dirigía Ramón Menéndez Pidal. Se puede decir que la publicación de este libro abre la etapa erudita del crítico dominicano, no sólo por el elevado cuerpo expositivo y el dominio temático, así como las referencias bibliográficas que se despliegan en la tesis con toda naturalidad y hasta elegancia, sino porque el espaldarazo que recibe en la misma España constituye un envión al más alto peldaño de la intelectualidad en lengua castellana.

El prólogo lo escribió el propio Menéndez Pidal, lo que equivalía entonces a una consagración definitiva, y las palabras del versado filólogo van más allá del elogio, confirmando la penetración del juicio, el rigor y la sapiencia del pensador dominicano. Para tener una idea de lo que significó esta tesis de grado en el ámbito particular de la academia norteamericana, vamos a leer lo que escribe Alfredo Roggiano en su libro Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos: “Sin exageración –dice Roggiano– podemos decir que su tesis doctoral hizo época y sirvió de modelo a futuros estudiantes e investigadores, especialmente hispanoamericanos, a quienes por entonces se les miraba con cierto recelo y poco favorable estimativa. Gracias a Pedro Henríquez Ureña, y poco después a otro distinguido hispanoamericano, el chileno Arturo Torres Rioseco, quien también se doctoró en Minnesota con una tesis ejemplar, las universidades de Estados Unidos fueron abriendo sus puertas, cada vez más, a estudiantes y profesores de la América hispánica”.

No es posible abarcar, en esta breve visión del pensamiento y la obra de Henríquez Ureña, el vasto arsenal de ideas y libros puestos a circular como sustentación del esfuerzo por sacar a flote la particularidad del mundo americano. Pero no podríamos terminar sin citar dos textos capitales: Las corrientes literarias en la América hispánica e Historia de la cultura en la América hispánica, por ser dos libros cuya importancia reside en el hecho de que culminan esta búsqueda, y permiten organizar ya ideas concretas respecto de esa particularidad del ser americano.

Las corrientes literarias de la América hispánica es un libro producto de una circunstancia extraordinariamente especial: la invitación que le giró la Universidad de Harvard para ocupar la cátedra Charles Eliot Norton, en la cual dictó un curso en idioma inglés. La invitación lo convirtió en el primer hispanoamericano que asumió esa cátedra, antes frecuentada por figuras de talla mundial como Gilbert Murria, Albert Einstein e Igor Stravinsky.

Durante todo el año lectivo de 1940-1941 Pedro Henríquez Ureña desarrolló sus clases, y las ocho conferencias que lo integraban se publicaron en idioma inglés en Cambridge, en 1945. Después de su muerte, en 1949, con traducción de su amigo Joaquín Diez-Canedo, apareció una edición mexicana con el título que hoy conocemos: Las corrientes literarias de la América hispánica. Libro reconocido hasta la saciedad, su impronta queda como una de las grandes síntesis de nuestra historia particular. En cierto modo, es una continuidad de Seis ensayos en busca de nuestra expresión y da el toque final al edificio de ideas que sobre el mundo americano erigió su pensamiento indagador. Emilio Carilla dice que este libro “es el final de un largo proceso que alcanza su meta en el momento oportuno. Es decir, cuando casi una vida dedicada al tema lo obligan a concretar finalmente esta obra de síntesis y larga sedimentación”.

Igualmente, como síntesis magistral de su pensamiento, en estos días finales de su vida, Pedro Henríquez Ureña escribe su libro Historia de la cultura en la América hispánica. Max Henríquez Ureña dice en Hermano y maestro que “la terminó tres días antes de que lo sorprendiera la muerte”, como si bregara contra su designio y le urgiera dejarla como testamento. Se publicaría, también póstumamente, en 1947, y, junto a Las corrientes literarias de la América hispánica, se convertiría en obra medular de todo su pensamiento americanista. Ambos libros conjugan un conjunto de datos, fechas y nombres, bailando alrededor de las obras artísticas y literarias de los más significativos momentos creativos del continente, con el telón de fondo de la historia. Es un fresco gigantesco, casi increíble, de acontecimientos, obras y personajes que se despliegan sobre un marco explicado en atención a su formación particular y su resultado espiritual. Empleando uno de los rasgos de su estilo más conocido, estas dos obras de su madurez plena fundan el juicio en la erudición, pero con una prosa tan diáfana, tan fluida, que apunta a la divulgación. Siglos angustiosos de vida espiritual atraviesan su verbo creador: la colonia, ese espacio en el que se asientan en el mundo americano el alma y el espíritu del conquistador europeo; el período de la independencia, etapa en la que proclamamos señorío e iniciamos la otra independencia, la espiritual, que llena sus afanes intelectuales, y que él busca hacer emerger en su especificidad. Y finalmente, esas sublimes etapas de bruteza en las que reina la anarquía y sobreviene el caos, hasta alcanzar la organización de un mundo que ha batallado por su definición, y desde el penacho de su historia convulsa muestra lo propio.

A estos dos libros debe la historia de la cultura y la literatura hispanoamericana toda la estructura de su periodización con las cuales se estudian hoy día estos temas. No hay manera de eludirlo: América era su tema y su obsesión. Victoria Ocampo, la exquisita escritora y animadora cultural argentina, escribió algo con lo que quiero terminar esta muy breve visión de una vida tan fértil: “La presencia de Pedro cuando había extranjeros a quienes era necesario explicar qué es América, o contra los cuales urgía defenderla, obraba milagros. Estábamos seguros de que iba a saberlo todo, a encontrar para todo la respuesta inmediata, y a cantarle la verdad al más pintado. […] Oírle hablar de América, cuyo presente y pasado parecía conocerse de memorias, como pocos escritores en el mundo entero, era de un interés inagotable”.

Y Jorge Luis Borges, tan parco en elogios, para referirse a él señala los rasgos finos de su oralidad erudita y el sesgo ingenioso que adoptaba para responder a los yerros de otros. Y para expresar el gozo que era verlo y escucharlo hablar, cuenta la historia del judío “que fue al pueblo de Mezeritz, no para escuchar al predicador sino para ver de qué modo éste se ataba los zapatos, […] porque en ese maestro –como en Henríquez Ureña, pensaba ciertamente Borges– todo era ejemplar, hasta los actos cotidianos”.

 Andrés L. Mateo es doctor en Filosofía por la Universidad de La Habana y profesor del Departamento de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Dirige, en la actualidad, el Departamento de Español de la Universidad APEC. Es columnista habitual de la prensa dominicana y en 1999 obtuvo el Premio a la Excelencia Periodística Dominicana. Ha ganado el Premio Nacional de Novela en dos ocasiones y el Nacional de Ensayo. Es ganador del Premio Nacional de Literatura y miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua. Fue condecorado con la orden Caballero de las Artes y de las Letras por el Gobierno de Francia.