Artículo de Revista Global 82

Venezuela, una diáspora del desencanto

Cada vez más migrantes venezolanos se esparcen por Latinoamérica y el mundo. De entre los millones que ya dejaron su tierra natal, las historias de los tres jóvenes que aparecen a continuación se unen en un elemento común: son o fueron chavistas. Conocer cómo han vivido el desarraigo y entender sus sensaciones tras el colapso de la tan mentada Revolución bolivariana impulsó esta crónica. Acá se entremezcla la narración de sus vidas y la evolución de su ideología a lo largo del colapso.

Venezuela, una diáspora del desencanto

Cuando la muerte del presidente Hugo Chávez era todavía un rumor, Breick Guevara se encontraba trabajando en una tienda del Centro Comercial Sambil de Caracas y, en vez de un celular Android, tenía un Blackberry. Esa tarde –la del 5 de marzo de 2013– recibió decenas de comunicaciones de allegados que ansiaban saber qué se decía «por ahí». Los mensajes llovían y la angustia se elongaba. La certeza vino con el mensaje del entonces vicepresidente Nicolás Maduro transmitido por la cadena nacional de radio y televisión. Frente a las cámaras, con ojos acuosos y voz entrecortada, el que sería su sucesor confirmó el fallecimiento del mandatario. Aún sin digerirlo, Breick Guevara se fue a su casa en donde lo recibió la tristeza.

A Marina Valencia también le pegó fuerte. Debió esperar para poder reaccionar porque durante esa tarde se dedicó a observar y reportear para el medio en que laboraba. Tenía que retratar la respuesta de los capitalinos ante esa insólita pérdida. Seguramente a lo largo de las calles caraqueñas vio los sollozos de los dolientes y las sonrisotas de los detractores. Vio, tal vez, salir a la gente a toda prisa del trabajo y tomar los buses con desespero. Puede que haya visto cómo la confusión y la desazón imperaban en los rostros de empleados públicos que caminaban en masa hacia ningún lugar o hacia el Hospital Militar donde, decían, estaba el presidente. Seguramente vio en esas miradas la incertidumbre de un país que se había quedado sin timonel. En la noche, sentada en una silla de oficina, drenó su malestar con un piadoso llanto que tardó algunos minutos en menguar. Le dolía perder al líder político que había seguido desde siempre –tenía 6 años cuando este llegó al poder en 1998–. Le dolía todo lo que pasaba, pero tenía que trabajar.

Mientras tanto, la noticia llegó al apartamento que Amalia Briceño (nombre ficticio) compartía con su madre. Como si se tratara de un familiar querido, esa muerte le causó a la joven la pérdida momentánea del habla. Sola, pensativa y frágil, se acurrucó en la cama y dejó caer sus lágrimas en la sábana. Afuera, un pueblo se dividía entre el luto y la celebración.

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Santiago de Chile aún le es ajena a Breick Guevara. Hoy aprovecha su día libre para hacer compras y descansar. Kilos de ropa lo protegen del viento helado que le azota el cuerpo cuando camina hacia el supermercado. Se le hace tan lejano aquel calor de Pelúa, la playa caribeña del estado de Vargas que solía visitar los fines de semana cuando vivía en Caracas. Este domingo no hay salitre ni hay arena, no hay guarapita –licor y fruta– ni hay reguetón. Hay, claro, un frío endemoniado y alimentos varios. Hoy, Breick Guevara carga en las bolsas de papel vegetales, legumbres, carne y pollo. Realiza una compra modesta que un año atrás, cuando vivía en su país, probablemente no hubiese podido pagar ni con la quincena entera, es más, ni con el salario entero.

Este junio se cumplen 12 meses de aquel viaje sin retorno. El moreno de amplia sonrisa emprendió la trayectoria esperanzado, con los ahorros de su vida y la liquidación del banco en el que cumpliría cinco años como empleado. Tenía como plan original llegar hasta Buenos Aires, pero en el recorrido –que hizo por tierra pasando de un autobús a otro– le robaron parte de su dinero. Confiesa haber sufrido y llorado la separación de sus raíces. También asegura haber atravesado unos meses muy «rudos». Rememora entonces esa primera etapa de emigrante en la que comía una vez al día y no tenía, dice, ni para cortarse la chiva. De igual manera, le viene a la mente las largas caminatas que hacía, porque no tenía para el transporte y necesitaba hallar un trabajo. También recuerda todos los cursos y talleres laborales en los que se inscribió y las organizaciones de migrantes que visitó. No olvida la fe con que asistió a las entrevistas de empleo, ni la buena gente que le tendió una mano sin conocerlo. Pero, en realidad, los recuerdos que más le duelen no son esos. No son, ni siquiera, los de aquellos días en los que trabajó «como buhonero», esos en los que le tocó huir de la policía mientras vendía sánduches en la calle. Si hay algo que Breick Guevara mantiene fresco en su memoria es, precisamente, aquello que lo expulsó de su tierra y que hoy le da fuerza para continuar: su familia y el futuro.

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Amalia Briceño  escribe constantemente a sus amigos de Argentina. Llama para preguntar qué deberá hacer cuando llegue al aeropuerto porteño, para saber en cuánto está el cambio de dólares a pesos, si será suficiente lo que lleva, si alguno sabe de un empleo, si la podrán recibir cuando arribe. El 11 de junio tiene pautado el vuelo que la llevará desde Caracas hasta Buenos Aires. Será un respiro, dice. Será, también la primera vez que viaje sola, que viva sola. «Voy a volar del nido», expresa con inocencia. A sus 25 años, entre trámites de apostilla, reuniones laborales y adioses, insiste en que este es un viaje de estudios: «No es que abandono Venezuela».

Desde que se paseaba por los pasillos de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela –entre 2010 y 2015–, le atraía bastante la idea de hacer una maestría en Argentina. Su interés por la cultura, por los movimientos y por luchas sociales, y una visita vacacional a tierras rioplatenses entrada la década actual, le acrecentaron el ímpetu y empezó a planificar. La realidad avasallante de su país aplazó los planes hasta que una tarde de 2018 se decidió por fin a marcharse. Esta decisión sí estuvo impulsada por la crisis y más específicamente por la incertidumbre. Sentía que si no lograba hacer el viaje ahora, quizá después le sería imposible. Influiría tal vez la oferta cada vez más escasa de vuelos al exterior, o la dificultad para tramitar un simple pasaporte. Su flequillo recto se despeina un poco cuando habla y, detrás de un marco rojizo y un par de cristales, aquellos ojos de niña me miran en el monitor de la computadora con cierto interés.

Con una inflación que entre abril de 2017 y abril de 2018 llegó a 13,779 %, según cifras oficiales, la tarea de hacer mercado se vuelve un reto cada vez más desafiante en casa de Amalia Briceño, y en cualquier casa de Venezuela. La posibilidad de planificar a futuro se hizo inexistente en esta Caracas hostil.

Por fortuna, la comunicadora y su familia no forman parte de los venezolanos a los que el hambre se les ha hecho habitual. Consciente de su situación privilegiada, reconoce que su poder adquisitivo ha desmejorado y que a duras penas ha podido hacer rendir sus ingresos el último año. Y, aunque su economía sea cada vez más precaria, no es la razón principal de su partida. Dice que esta elección poco tiene que ver con la crisis. Insiste en que sale para aprender, para absorber, para crecer; sueña, más adelante, traer de regreso todos los conocimientos que adquiera para nutrir a esa sociedad que desde su óptica –compartida con muchos– hoy está enferma. Ese es para ella el gran problema. No es todo producto de una figura política, que puede variar, según agrega, sino del venezolano que ha perdido sus valores.

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En los ojos fúlgidos de Marina Valencia hay algo muy parecido a la tristeza. Quizá ella no lo sabe, pero con un poco de atención se percibe esa chispita. Se le nota aquella congoja que trasciende su mirada y que se siente incluso en el tono de voz que usa para referirse a un ser querido que aún está en Venezuela; en el gesto automático de mirar hacia otro lado cuando se habla de algo que duele… Su sonrisa, pegajosa e inquietante, no esconde este detalle. La melena larga, lacia –a veces– y oscura siempre, se bate cuando camina por las aceras de Almagro, en Buenos Aires. Todavía se pierde buscando cualquier dirección y se sorprende al toparse con tantas librerías. En un rato irá a trabajar como niñera y más tarde quizá se acueste a leer en su cama o puede que se anime a hacer una videollamada a su casa.

En abril de 2017, en el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía (Venezuela), Marina Valencia se despidió de sus padres con la seguridad de que en tres meses los volvería a abrazar. A pesar de que las calles venezolanas estaban como en ebullición por el ímpetu y la continuidad de las protestas antigubernamentales, la joven periodista no imaginaba que durante su ausencia el país se volvería invivible. Lo que empezó como un viaje casi vacacional a casa de un familiar en Centroamérica, mutó a una estancia larga, después a una mudanza hasta llegar a emigración. Un año más tarde, dejó el sol y la playa caribeña para abrazar el otoño porteño que hoy la reta a usar abrigos, guantes y bufandas por primera vez. Arribó a la Argentina por la facilidad para encontrar residencia y, como miles de venezolanos –57,127 en 2017–, se metió en las estadísticas ascendentes de inmigrantes en la nación austral. Nunca para ella emigrar fue una opción. Por más ansias de viaje que pudiera tener una joven millenial, Marina Valencia era seguidora de una revolución que hoy se ha desdibujado y que solo tenía cabida dentro de la Venezuela que la vio nacer, crecer y formarse.

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En cambio, para Breick Guevara salir de su país no era solo una opción. Era, prácticamente, una obligación. Esto no es como antes que el único que viajaba era el que quería y podía, dice con desgano. Ahora, está seguro de que quien pretende desarrollarse como ser humano, crecer y cubrir sus necesidades, «tie-ne-que-sa-lir». Y por más retos que se le hayan presentado en el camino, sigue agradecido por haber dejado todo lo tóxico y negativo que le implicaba la relación con su patria, por dejar atrás aquel suplicio que se había vuelto vivir con dignidad. De nada servía haber salido del barrio, haber estudiado administración, haber encontrado un buen trabajo, porque igual el dinero no le alcanzaba.

Otro ejemplo de aquel tormento era hallar el medicamento para la artritis de su mamá. En los últimos meses que vivió en Venezuela, eso se convirtió en una angustia perenne… Juntaba parte de su salario y el de otros familiares, llevaba las tarjetas de crédito al tope, vendía sus pertenencias de valor y aún así, muchas veces no era suficiente para comprar el medicamento, si es que acaso lo encontraba en alguna farmacia o conocía algún revendedor. En esos momentos, en los que veía el dolor de su madre, solo se generaba la impotencia.

Y ¡cuánta impotencia más sentía cuando se trataba del alimento! Dejó de regalar juguetes a sus sobrinos para obsequiar harina, pasta o arroz a sus hermanas y hermanos, dejó de llevar a los niños de su familia al cine para comprarles leche, huevos o jamón.

«Aún hoy sufren por la comida», se lamenta. Le pesa que no es mucho lo que puede mandarles.

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No supieron cómo, pero muchas cosas que tenían en esa propiedad desaparecieron. Amalia Briceño y su familia presumen que los delincuentes entraban y salían al percatarse de que no vivía nadie allí. La desvalijaban de a poquito. Cuando los vecinos dieron aviso, aún quedaban cosas en la casa. Nada de valor, claro. Pero algo había que hacer para evitar que siguiera sucediendo. Fue así como, dos semanas antes del viaje, la hiperinflación zarandeó a Amalia Briceño y la bajó a tierra.

En la compra que realizaron para paliar los desmanes del hampa gastaron íntegramente las tres quincenas que acababan de recibir: la de ella como empleada, la de su madre como jubilada y la de su abuela como pensionada. Lo alarmante es que lo único que compraron fueron las cerraduras de tres puertas. «Fue un shock emocional», dice ahora la muchacha. Unos 15 millones de bolívares, menos de 15 dólares, que desaparecieron antes de llegar.

De algún modo este suceso le hizo replantearse la utilidad de su viaje, los motivos y la realidad práctica de irse. A pesar de que sus padres le ofrecieron ayuda económica, piensa que, en este contexto, lo más probable es que pase lo contrario, que próximamente sea ella quien deba enviarles remesas para afrontar la crisis. Dice que ya ha pensado en apoyarlos desde la lejanía, pero primero, como es obvio, tendrá que estabilizarse.

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Que sí, que todavía es chavista y que por eso prefiere que no aparezca su nombre real en la historia. Que le da miedo que la reconozcan, que teme al escrache. Marina Valencia (es un nombre ficticio) se ha enfrentado a lo peor de la polarización. Desde algunos sectores fabrican el odio y el resentimiento; se busca un culpable a la miseria a como dé lugar. La impotencia de emigrar «obligado» ha hecho que los venezolanos se responsabilicen unos a otros, que se califiquen de arrastrados, cómplices y miserables. La reportera ha perdido amistades y recibido dolorosas críticas de allegados opositores. Ser chavista dentro de un círculo social con preferencias políticas contrarias le trajo molestias toda su vida, y la nueva realidad no lo cambia.

En su momento, afrontó como pudo a sus contrarios. Estaba convencida de que simplemente veía con unos ojos diferentes aquella revolución que se decía estar a favor de los pobres. Solo ahora evalúa el declive; solo ahora analiza dónde estuvieron los errores, cómo fue que se llegó a esto, pero poco habla de ello. ¿Será que todo empezó en el momento en el que se difundió ese mensaje de Hugo Chávez en el que expresaba su voluntad por la elección de Maduro como su sucesor? ¿Quizá fue la caída del precio del petróleo?

Lo que sí está claro es que en Marina no hay un ápice de culpa. Votó por Maduro una vez y no se atreve a mencionar ninguna palabra cercana al arrepentimiento. Eso sí, el sinsabor de este gobierno le pesa. Sabe que las cosas están mal, que no era normal que con un sueldo ni siquiera pudiera pagar su mensualidad en el gimnasio, que el hambre no se puede negar, que una vida digna no se puede pagar. Todo se ha convertido en una gran decepción para ella.

Es, quizá, la misma decepción a la que se refiere Amalia Briceño cuando reconoce que no era esto lo que apoyaba la jovencita optimista de hace varios años. Esa que alababa las misiones impulsadas por aquel líder ¿Cómo no aplaudir los planes que brindaban salud, educación y alimentación a la población menos favorecida? ¿Cómo no alabar a quienes quieren cambiar este mundo injusto?

Según cuenta, los ideales que guiaron sus pasos siempre estuvieron dirigidos hacia una mejora social, era una visión del mundo parecida a la que tenía Chávez. Cuando sintió que se «perdió el rumbo» en el Gobierno, dejó de apoyar al chavismo y empezó a ser muy crítica. «Antes tenía esperanza en un proyecto político del que destacaría muchas cosas importantes. El problema es que no era capaz de darme cuenta de que detrás de todo eso se estaba maquinando algo sucio», apunta con seriedad.

Tras este engorroso camino que va desde la revolución frustrada que por algún tiempo siguió hasta ahora, que trabaja en un emprendimiento cultural, cada experiencia le ha enseñado más y ha reforzado sus intereses en lo social. La diferencia, destaca, es que ahora incorporó conocimientos sobre nuevas esferas de la sociedad. «Si tuviera que hablar con la Amalia Briceño de hace unos años –añade–, me diría que es necesario el equilibrio entre sectores público y privado; que aunque es importante toda esa parte social, esos proyectos de salud, vivienda, educación, todo eso amerita gastos y esos gastos tienen que mantenerse de alguna forma.»

Pero nada de esto tendría sentido si no se aborda el problema que está en la gente: «Mi idea es seguir en lo mío, en lo que he venido haciendo aquí que es reconectar a la gente, tejer sociedad. Creo que he construido y puedo seguir haciéndolo, pero ya basta de líderes y salvadores. El cambio vendrá desde cada uno de forma individual».

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«Creo que fuimos muchas las personas que en aquel momento no entendíamos lo que era el chavismo, y cuando abrimos los ojos ya era demasiado tarde», reflexiona Breick Guevara ante el micrófono del Android. Aunque nunca estuvo demasiado involucrado en lo político, se siente usado y reconoce su antigua posición como equivocada. Para él todo forma parte de lo mismo del chavismo y es que, en realidad, siguen siendo los mismos líderes.

Solo palabras de odio salen de su boca cuando evoca a «el comandante». Ha generado aversión contra aquel magnánimo líder que cuando era más joven aupó y apoyó, a pesar de los avisos de algunos amigos, de las advertencias de otros. Y ni hablar de su sucesor…

–¿Sabes qué es difícil?
–¿Qué?
–Saber que un familiar que pasa hambre votó por Maduro.
–Entiendo.
–Mientras yo me rompo el alma trabajando en esa agencia de viajes para mandarles algo a Venezuela, ellos siguen en lo mismo. Es como si se quisieran suicidar.

María Laura Chang es una periodista de Caracas, licenciada en Comunicación Social por la Universidad Central de Venezuela y cursante de una maestría en Derechos Humanos de la Universidad Nacional de San Martín, en Buenos Aires. En 2016 fue finalista del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo Iberoamericano. Ha publicado en The New York Times, Prodavinci, Efecto Cocuyo y otros medios.


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