Artículo de Revista Global 80

Viaje al Sudeste Asiático: Tailandia y Laos

¿Qué conocemos del Sudeste Asiático? Generalmente poco. Esta crónica de Tailandia y Laos nos servirá para acercarnos a estos países que distan significativamente el uno del otro, no solo por sus proporciones geográficas y demográficas, o el tamaño de sus economías, sino también incluso por sus sistemas de gobierno: una monarquía constitucional capitalista y una república comunista de partido único. Sin embargo, más que un interés de analizar estas culturas, esta crónica nos contagia la pasión por conocer, deambular... en fin, viajar.

Viaje al Sudeste Asiático: Tailandia y Laos

No hay mejor testimonio de los moldes de poder político que los mapas: al legado imperial de múltiples naciones en la breve historia documentada del hombre se deben países, ciudades, fronteras y regiones; ¿se imaginaría Américo Vespucio que todo un continente llevaría su nombre?, ¿sabría Mussa Bin Bique que el colonialismo portugués bautizaría un país con su nombre?

Los países que componen el Sudeste Asiático no son la excepción, pues bajo la sombra de la expansión del colonialismo europeo de mediados y finales del siglo XIX se popularizó en occidente el nombre de la península de Indochina, un vestigio del legado del colonialismo francés. Sin embargo, limitar una región donde habitan hoy más de 180 millones de habitantes, punto de encuentro entre el hinduismo, el budismo y el confusionismo, a la combinación de los nombres de dos grandes vecinos cercanos es un ejercicio de simplificación injustificable. Solo conociendo de forma secuencial o simultánea los cuatro países de la península se pueden apreciar sus marcadas diferencias, costumbres y formas de ver el mundo. A continuación, presento la experiencia de mi esposa y mía en Tailandia y Laos.

Tailandia

La enorme y moderna estructura metálica compuesta de múltiples pentágonos y otras figuras geométricas de acero forjado sorprenden al más veterano viajero cuando arriba al aeropuerto de Suvarnabhumi en Bangkok, una enorme urbe donde progreso material y tradición comparten una misma cama, lo que necesariamente no significa que se amen. La imponente estructura contrastaba con la sensación de caos organizado que arropa al extranjero al llegar a una región del mundo con un futuro muy promisorio, pero con un largo camino por recorrer. En la fila de migración, cientos de personas usaban teléfonos celulares, y el natural frenesí de una muchedumbre ansiosa por salir del aeropuerto era evidente.

Nuestras 41 horas entre aeropuertos, controles de seguridad, retrasos y más retrasos no impidieron que la emoción de lo novedoso y de lo desconocido, como infusión intravenosa de taurina, nos impulsara a salir y explorar de inmediato. Al percatarnos que nuestras maletas no llegaron, procedimos a procurar el mejor amigo de los adictos al Internet: una tarjeta SIM con datos que nos permitiría estar «conectados» en toda Tailandia.

Si bien en principio se viaja para «desconectarse», en las cinco semanas posteriores descubrí que por las venas del wanderlust de los millenials fluye sin cesar el internet, los datos. Aunque nos mantiene pegados a nuestros teléfonos móviles, tentados de compartir sandeces por las redes, se convierte al mismo tiempo en un potenciador del arma de destrucción masiva del turista: la información. Uber le mató el gallo en la funda al taxista elocuente y vividor, TripAdvisor es el amigo que ha visitado todos los lugares antes que tú para contarte, y Google Maps es tu amigo local que conoce todas las esquinas de cualquier ciudad. Bueno, casi todas. Por nuestra insaciable necesidad de información previa, hoy los turistas dependemos menos de la generosidad de un desconocido… la interminable precisión informática de nuestros teléfonos es adictivamente útil.

El metro de Bangkok es moderno, eficiente y recorre un trayecto abierto casi en su totalidad. La distribución de riqueza y la modernidad, al igual que en cualquier otra urbe, es fácil de apreciar con los contrastes: modernos edificios y proyectos residenciales cerrados por un lado y unos cuantos edificios semiabandonados por otro.

Las fotos del nuevo rey de Tailandia, Maha Vajiralongkorn, se mezclan con decenas de letreros en plazas comerciales, edificios corporativos y, desde luego, en las instalaciones de instituciones públicas. Con poco más de un año en el trono, el nuevo mandatario de la dinastía Chakri busca frenéticamente ganarse el corazón de su pueblo… una foto a la vez, tarea que resulta difícil por sus tres divorcios y la sombra omnipresente de su padre, el rey Bhumibol, para muchos un semidiós que durante más de 70 años fue muy popular entre los devotos.

La pomposidad de todas las cuestiones de la realeza y el orgullo que a los tailandeses les causa su historia y desarrollo explica en parte su imaginario colectivo. Pareciera que la joven nación tailandesa –cuando se compara con sus hoy más pobres vecinos de la península– nació destinada a la grandeza, pues luego de su consolidación ocupó las tierras de los lao y casi la totalidad del territorio de los jemeres. El dique de contención del poder regional tai se encuentra en las históricas aspiraciones regionales de Vietnam y el colonialismo francés al este y el militarismo de Birmania al norte.

Nuestra primera noche en la ciudad la pasamos al este del río Chao Phraya, que nace en las planicies del norte y desemboca en el golfo de Tailandia. En su ribera, pequeñas barcazas navegan al lado de taxis acuáticos, y detrás de estas se aprecian lujosas plazas comerciales y restaurantes.

Como buenos mochileros occidentales, lo primero que hicimos luego de una copiosa y barata cena (como toda la comida en Asia) fue dirigirnos al lugar donde todos los otros mochileros occidentales pernoctan: la mítica, ruidosa e insoportablemente turística calle Khao San. Decenas de bares, discotecas, restaurantes y vendedores ambulantes ofrecen todo un espectro variopinto de chucherías, desde alacranes a la barbacoa hasta arroz con mango, todos atestados en unos escasos 400 metros, una experiencia que para muchos se vive una vez y para otros se vive todas las noches en Bangkok.

Al día siguiente visitamos nuestro primer wat, un templo budista de los más impresionantes de Tailandia: el Wat Pho, conocido por su enorme colección de estatuas de Buda y por el imponente Buda reclinado en su última reencarnación justo antes de entrar al paranirvana. El templo fungió como el primer centro de pensamiento público de Tailandia y la sede de la primera escuela de medicina tradicional que perdura hasta hoy.

Esa misma noche, en un vuelo de unos escasos 45 minutos, nos dirigimos unos 700 kilómetros al norte de Bangkok con destino a la hermosa ciudad de Chiang Mai, otrora capital del principado de Lan Na, uno de los tres que precedieron al Estado tailandés moderno, también conocido como la Tierra de los Millones de Campos de Arroz.

Chiang Mai es hoy el corazón turístico del norte de Tailandia, el punto de partida para explorar la cultura y las inacabables atracciones de las montañas del norte. Abrazada al este por el río Ping, en la ciudad el marcado desarrollo de la industria turística y la importancia de su contribución a la economía del país son evidentes. Enjambres de motocicletas con occidentales y asiáticos arropan las vías principales, y una incansable energía alimenta los días y noches templados de diciembre.

La ciudad es famosa por las múltiples excursiones que buscan mostrar la diversidad y riqueza cultural de Tailandia y sus minorías étnicas. Sin embargo, cabe destacar que la occidentalización ha llevado a crear muchas «experiencias turísticas» enlatadas, claramente diseñadas para satisfacer la imagen de destino «exótico» que mantiene el país. Algo que desde luego ocurre en muchos lugares, pues lo vivimos en el lado peruano del lago Titicaca y en las «famosas» islas flotantes de Uros… ambos destinos muy hábiles en el mercadeo de «experiencias genuinas».

Un ejemplo claro de cómo la industria turística se moldea en función de las preferencias de sus clientes es el de los elefantes, una especie presente en el desarrollo de todas las sociedades organizadas que precedieron a las cuatro naciones que hoy conforman la península del Sudeste Asiático: Tailandia, Camboya, Vietnam y Laos, esta última conocida en los anales de la historia como la Tierra del Millón de Elefantes.

La especie Elephas maximus indicus, endémica de la península, es venerada en el hinduismo y el budismo. El primero lo mitificó en la figura de Ganesha, dios del intelecto y la sabiduría. No obstante, el elefante también jugó un rol importante como animal de trabajo y muy especialmente como vehículo militar en la guerra. Estos dos últimos usos son poco conocidos por el turista occidental promedio, quien conoce al elefante por los dibujos animados y probablemente por su presencia en circos. Por ello se ha popularizado en Tailandia el concepto de «parques de conservación de elefantes» o refugios que «rescatan» criaturas maltratadas en parques de diversión y las conserva en las condiciones más amigables posibles. De hecho, la mayoría prohíben estrictamente montar los elefantes y se esfuerzan por demostrar cómo cuidan y alimentan estos nobles gigantes… si estás dispuesto a pagar el costo de asistir a uno de estos parques para conocerlos.

Nos aventuramos en uno y ciertamente es una experiencia interesante. Los elefantes son dóciles y muchos muestran la terrible señal del adiestramiento forzado: las orejas rotas, pues es ahí donde los domadores los controlan. Es fácil diferenciar el elefante en su hábitat natural del que está en cautiverio: en el primer caso, las orejas son un miembro completo, y en el segundo, parecen un mapa lleno de llagas en los bordes. Sin embargo, por la dificultad logística para la agricultura y la vida en sociedad que suponen estos enormes animales, el turismo parece ser la única forma sostenible de conservarlos.

Laos

Desde su nacimiento en la meseta tibetana, el río Mekong corre como una arteria que alimenta el corazón de toda la península de Indochina. De su generosa exuberancia dependen millones de personas en Laos, Camboya y, en menor medida, Vietnam. Si el hinduismo, el budismo y el sánscrito son legados evidentes de la India, el gran Mekong evoca con sus torrenciales proporciones el poder y la influencia de China en esta parte del mundo.

Una gruesa arteria de agua toca el extremo norte de Tailandia y la conecta con la República Democrática Popular Lao, otrora la cuna de Lan Xan o el Reino del Millón de Elefantes. Decidimos embarcarnos en una barcaza, navegando por la exótica ribera del Mekong desde la frontera con Tailandia en dirección a Luang Prabang, el corazón espiritual y turístico de Laos.

La barcaza era larga, angosta, de un nivel, atestada de asientos de automóvil para acomodar a más de 70 turistas sentados y una cantidad indeterminada de provisiones y de nativos parados. En las orillas del río todavía hoy viven comunidades aisladas, cuyo único medio de comunicación con el mundo exterior son esas largas serpientes de madera, repletas de occidentales, que hacen paradas en cada puerto. Vacas blancas y marrones pernoctan en grandes bancos de arena blanca e, inmóviles, observan el horizonte.

Durante la mayor parte del trayecto, el viajero levita por un río de un color marrón intenso con una naturaleza exuberante a ambos lados… montañas elevadas repentinamente se convierten en pequeñas una y otra vez. Con la compañía de un viento frío, las miradas cansadas de turistas sin internet y el estruendo de un motor diésel, probablemente contemporáneo de Mao, las primeras ocho horas de navegación son una experiencia difícil, aunque uno las ignora al apreciar la impresionante belleza natural circundante y la sensación de estar en un lugar especial.

Un indeterminado servidor civil de la enorme burocracia colonial francesa de Indochina afirmó una vez: «mientras los vietnamitas y los jemeres trabajan los campos de arroz, los ciudadanos de Lao solo escuchan el arroz crecer». No es causalidad que Laos hoy se conoce más por fuentes externas que por fuentes nacionales. Esta pequeña nación, desde su muy efímero esplendor como reino de Lan Xan a mediados del siglo xiv, ha sido fuertemente influenciada por sus vecinos, a tal punto que su existencia –al igual que la de Camboya, ambas ocupadas por Siam (hoy Tailandia)– se deba probablemente al colonialismo francés y sus aspiraciones extractivas en Indochina.

Luego del fin del colonialismo francés, durante la guerra de Vietnam los Estados Unidos de América sometieron al pequeño y rebelde Laos a uno de los bombardeos más atroces y menos comentados del siglo xx. Se estima que más de dos millones de toneladas de bombas fueron lanzadas sobre Laos, hecho que lo convierte en el país más bombardeado por volumen de explosivos per cápita en la historia de la humanidad.

Hoy, millones de bombas racimo sin detonar contaminan miles de kilómetros cuadrados del norte de Laos y ya se han cobrado la vida de más de 20,000 personas. El pequeño museo de bombas no explotadas de Luang Prabang expone con una narrativa penetrante la triste realidad de cientos de niños heridos por explosiones en las zonas rurales más remotas del país. Se requiere de una resistencia estoica para frenar el descenso de lágrimas en las mejillas al apreciar el salvajismo y la brutalidad sin límites del hombre.

Ayer, con su apoyo al movimiento comunista del Pathet Lao, Vietnam se impuso en la guerra civil y desde mediados de los años setenta pasó a ocupar una posición de profunda influencia en los asuntos internos del Partido Comunista de Laos. Hoy, la cercanía y hegemonía económica de los camaradas comunistas de Pekín es muy evidente en el rápido crecimiento económico de Laos.

Sin embargo, a pesar de la tumultuosa historia política del país, la tranquilidad y legendaria espiritualidad de Laos es palpable desde el primer control fronterizo. Los funcionarios de migración con uniformes color verde olivo, entre bostezos y un cuchicheo ininteligible, procesaron las solicitudes de visa de una entrada de decenas de turistas occidentales. El apuro y el estrés de las grandes urbes está literalmente ausente en todas las escenas de la vida diaria de esta hermosa tierra donde todos sonríen sin importar qué pase.

Tan constantes y comunes son las sonrisas en Luang Prabang, que podría llegarse a dudar si son genuinas o son una simple máscara útil para esconder las verdaderas intenciones. Aunque en otro país visitado concluimos lo segundo, al menos en Laos es plausible inclinarse por lo primero. Pareciera que todos, desde el chofer de tuk tuk hasta el vendedor del mercado, siempre te reciben, despiden y probablemente hasta maldicen con una hermosa sonrisa.

La ciudad se encuentra en la confluencia de los ríos Nam Khan y Mekong, arterias que alimentan la urbe-corazón de Laos; el primero es parecido a la aurícula izquierda y el segundo, a la aorta. El trasfondo del aire de tranquilidad y espiritualidad que permea la vida diaria en esta ciudad es el del budismo: la ciudad es un importante centro de peregrinación con múltiples templos (wat) y centros de formación budista.

Legiones intermitentes de motores y camionetas Toyota se desplazan agitando un polvo amarillento que contrasta con las túnicas naranja y las cabezas rapadas de monjes jóvenes a pie y casi siempre descalzos. Versiones en miniatura de la bandera de Laos y la bandera del Partido Comunista se encuentran en todos los edificios públicos de la ciudad. La presencia de miembros de la Policía es casi nula y la sensación de seguridad, para dos dominicanos residentes en Santo Domingo, es palpable en casi todos los rincones de esta bonita ciudad.

Los cafés y las panaderías al estilo francés abundan por doquier, y una nutrida escena gastronómica atrae hordas de aficionados a la buena comida. El mercado nocturno ofrece una interesante selección de artesanías e indumentarias (la mayoría importadas de Vietnam) y múltiples opciones gastronómicas en el mejor estilo asiático: decenas de vendedores de deliciosos platos a precios que sorprenden hasta a un dominicano, cena tipo buffet por un dólar estadounidense. El mercado es un asalto a los sentidos: el matrimonio perfecto del olor a carbón y curry, las mesas repletas de un arco iris de vegetales, los wok calientes y el vapor escapando de las ollas de sopa son una experiencia difícil de olvidar.

Tres pescados de río reposaban cocinados en una hoja de plátano verde esperando al primer turista incauto. Como buen dominicano, lo primero que hice fue pedir a la vendedora que me cocinara uno fresco… pero en ausencia de inglés, español o francés, recurrí al traductor de Google con el miedo de que la tecnología de reconocimiento de voz me hiciera una jugada. El miedo que me secó la garganta se convirtió en agua en la boca al ver ese hermoso pescado al carbón frente a mí; de nuevo la tecnología derribó una barrera… y me ayudó a saciar el hambre.

Nota. Esta es la primera entrega de dos crónicas sobre el sudeste asiático. En el próximo número se contará un viaje por Camboya y Vietnam.

Emil Chireno Haché es abogado con estudios de maestría en Derecho Público y Relaciones Internacionales en los Estados Unidos. Fue investigador del Carnegie Council for Ethics in International Affairs y actualmente dirige el Centro de Estudios Globales de Funglode.


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