Artículo de Revista Global 65

Victor Manuel: «Lo digo en broma, pero es en serio, yo nunca había tenido tanto éxito en mi vida»

Si hay algo que no se borrará de mi mente jamás, es haber tenido la oportunidad de estar en uno de los asientos de la sala principal del Teatro Nacional Eduardo Brito cuando Víctor Manuel San José Sánchez presentó su concierto 50 años no es nada. Pocos son los artistas que logran un concierto tan exitoso como conmovedor, contando y cantando, a modo de crónica, un tiempo, un país y un artista. El café del lobby del hotel Crown Plaza nos acogió esa mañana de domingo en que el artista también sentía ganas de compartir su emoción al percibir tanta receptividad y cariño del público dominicano.

Victor Manuel: «Lo digo en broma, pero es en serio, yo nunca había tenido tanto éxito en mi vida»

Si hay algo que no se borrará de mi mente jamás, es haber tenido la oportunidad de estar en uno de los asientos de la sala principal del Teatro Nacional Eduardo Brito cuando Víctor Manuel San José Sánchez presentó su concierto 50 años no es nada. Y, al parecer ese es el sentimiento que exudan testimonios y retweets que reportan el privilegio y la alegría de estar en su gira de conciertos Canciones Regaladas 2015 junto a él y su esposa Ana, la indisoluble mutual.

La profunda satisfacción del alma solo pudo expresarla un artista de mucha imagen y pocas pero certeras palabras: José Mercader, a quien Luis Gallardo, amigo común, le preguntó si había ido al concierto de la noche anterior y este afirmó subiendo y bajando la cabeza, para luego acotar: «Yo ya me puedo morir».

Tuve que dejar a Mercader sin siquiera decirle que estaba de acuerdo con él, porque tenía una anhelada cita hecha a pie de concierto con Víctor Manuel. Fui al encuentro aún estremecida por la experiencia de esas dos horas de canciones, poesías e historias nunca antes vividas en igual contexto. Pocos son los artistas que logran un concierto tan exitoso como conmovedor, contando y cantando, a modo de crónica, un tiempo, un país y un artista.

El café del lobby del hotel Crown Plaza nos acogió esa mañana de domingo en que el artista también sentía ganas de compartir su emoción al percibir tanta receptividad y cariño del público dominicano. Amable, me brindó un café mientras él tomaba un poco de agua.

«Cuando empecé en el 2009, lo armé todo tan fácilmente, lo anunciamos y se llenaron todas las plazas en tres días y otra más en menos de una semana, pensé que iba a durar tres meses y duró tres años con 150 conciertos», recuerda de entrada.

Esta sorpresa no es solo suya, nos hace la anécdota de uno de sus amigos asturianos que le dijo «a un chaval muy joven: “pero bueno, este Víctor Manuel, vaya éxito que está teniendo ahora de mayor”. Tengo la sensación de que la gente me descubre».

Reencontrarte con el público, ¿qué te provoca?

Reconciliarme conmigo mismo, porque de repente esta es una profesión donde siempre estás dudando de todo lo que haces. Porque cada cosa que haces es partir de cero. Empezar de nuevo y ver lo que pasa, Y cuando pasa uno se dice, ah, mira, pues no está mal esto que nos pasa.

Lo que he podido percibir es que el tiempo solo te ha servido para reivindicarte…

Yo soy lo más parecido a mí mismo. De alguna manera, en la medida en que cumples una determinada edad, también te vas envolviendo y recogiendo y valorando todo lo que hay detrás de ti. Y en ese sentido yo sigo teniendo las mismas fidelidades que cuando tenía 18 años.

MEMORIAS

A propósito de los años, Víctor nos revela que a solicitud de una editorial está escribiendo sus memorias y que ya lleva 400 páginas. «Estoy casi acabándolas. Son como canciones. Hay una parte personal y otra profesional. No solo me valgo de mi memoria sino que busco en hemerotecas y hasta en la web para validar fechas. Porque hay muchas cosas que no las retiene la memoria. Cosas que se te van y que te interesa reflejar».

Entre las historias que ha decidido contar, están algunas que resume en sus presentaciones, porque es consciente de que en el escenario «no te puedes extender».

En ese sentido, nos refirió algunos hechos que serán parte de ese libro, que podría llamarse Antes de que sea tarde y ha pensado ponerle un subtítulo: Memorias descosidas. Porque se mueve en el tiempo: «Las estoy escribiendo a pulso, horas y horas frente a la computadora, le doy adelante y atrás. Ya lo dijo García Márquez, que la vida no es lo que has vivido, sino lo que recuerdas».

Entre las historias que Víctor Manuel incluye en sus memorias está, por supuesto, la historia del abuelo fusilado. Recuerda que se hablaba muy poco de él en la familia y que aunque fue enterrado en una fosa común de 1,800 asesinados por el régimen franquista, su padre le llevaba a ponerle flores el día de los santos «y las ponía en el mismo lugar donde había soñado que estaban sus restos».

Fue descubriendo poco a poco a su padre, que quedó huérfano de 15 años y con cinco hermanos menores a quien criar. En su labor de investigador para contarse, Víctor se ha encontrado con datos que su padre nunca supo y que él no podía imaginar, como el que los tíos abuelos de una joven con la que salía fueron los que denunciaron a su abuelo y a uno de los hermanos de su padre, también asesinado.

Crecer en un ambiente donde esas muertes eran una especie de marca… ¿se pueden considerar los vestigios de la guerra como influencias en tu rebeldía y posiciones políticas?

No, no. A mí me llega la rebeldía más adelante. A los 15 años ya me fui del instituto y ya no estudié más. Quizás si hubiera ido a la universidad, ahí si se dan enganches con otro tipo de situaciones. En mi casa nunca nos dijeron por qué mataron al abuelo, cuando yo preguntaba me respondían: «Por una cesta de huevos». De eso no se hablaba, no existía.

«Cuando las cosas no se nombran, tienden a gravitar más…»

Sí, pero supongo que él lo pasó tan mal, tuvo que pasarlo tan mal con el ambiente que había… Mirado desde el presente no vale, pero en el ambiente de entonces mi padre estaba permanentemente amenazado. Habían matado a su padre y luego lo amenazaban por mí también. Cuando empecé a tocar los cojones, le dejaban notas en el parabrisas: «Te vamos a colgar otra vez» y ese tipo de cosas. Él murió con eso…

SU PADRE

Aunque el padre de Víctor Manuel (Jesús, el ferroviario) no les contaba nada de lo que había pasado con su padre, a veces dejaba las cosas más claras, como cuando con doce años se ilusionó con la idea de pertenecer a una organización juvenil que dependía de la Falange, que le facilitaba mejores precios, viajes y pequeños privilegios. Al comentarle a su padre que se iba a inscribir, este le dijo que no y cuando preguntó por qué, contestó: «Porque mataron a tu abuelo».

«A mí lo que me pasa es que cuando me voy de casa y empiezo a vivir otra realidad, y sobre todo con los primeros viajes a América, empiezo a enterarme de todo.Yo descubrí España cuando vine a América. Ahí fue que me enteré de todo lo que había pasado en España. El exilio me acogió con los brazos abiertos en México y Argentina. Me contaron sus historias, me regalaron libros y ligando cosas ahí fue donde empecé a tener idea de todo lo que había sucedido. Solo nos enterábamos de las cosas que ponían en la única televisión posible en la España de Franco».

Cuando le informó a su padre que iba a dejar la escuela porque lo que quería era cantar, este le dijo: «Yo tengo un dinerito para tus estudios, coge clases de música y canto». Y se fue a Madrid. Muerto de la risa, valora el espaldarazo que le dieron sus padres.

«Yo les dije que quería cantar y eran tan buenos… que me lo compraron. Gente estupenda que nunca te cuestionaba. Yo me apuntaba en concursos y andaba cantando en orquestas de Asturias, era muy jovencito, tenía 16 años, era gracioso, un chaval joven y tal, pintón…»

En esa época su ocupación principal era escribir cartas a las disqueras «diciendo cosas como: soy un cantante excepcional, tienen que contratarme ustedes y ese tipo de cosas. Porque el sitio donde yo nací –Mieres– es un lugar muy empozado, rodeado de montañas muy altas, todo lo que yo hacía, todo lo que yo escuchaba, era con la intención de irme de allí, irme a donde fuese, pero irme. Y tanto apuré hasta que me marché».

LECTURAS Y CANCIONES

¿Y en esa época, por ejemplo, querías ser un artista como quién?

De una manera muy básica, muy primaria, ser artista en la mentalidad mía tan corta en aquel momento significaba irme a Madrid, grabar un disco, tener éxito por supuesto, ganar un dinero y volver al pueblo con un coche muy grande y poner una cafetería. Y eso era todo… era el esquema que se repetía en otros cantantes de vuelo corto. Gente que se ganaba un dinerito y ponía un negocio y se retiraba muy joven. Luego nunca se me pasó por la cabeza ni poner un negocio ni retirarme. Volvía mucho mientras mis padres vivieron, pero nunca se me pasó por la cabeza volver.

De las lecturas que hiciste, cuando ya tenías la conciencia, ¿cuáles fueron las que se te quedaron, las que te influenciaron?

Empiezo a leer un poquito antes, en la época de El cobarde. De repente, cuando empecé a ver que había tanto que leer me dije: voy a empezar por el principio, voy a empezar por la Biblia. Compraba libros, me leía los Diálogos de Platón, saltaba continuamente de unas lecturas a otras. Leía mucha poesía. Siempre he leído mucha poesía, porque la poesía es algo que te gusta o no te gusta. Cantidad de gente no se interesa nunca por leer un libro de poemas, y yo sobre todo he leído poesía, pero también mucha historia.

¿Y cuáles eran tus poetas de cabecera?

Muchos. A mí me gusta la generación del 50, en España me gusta Gil de Biedma, Ángel González, supongo que aquí no son tan conocidos, pero son seres maravillosos, Caballero Bonald. Son gente de una precisión escribiendo, de una emoción y sobre todo en la época en que tuvieron que escribir ellos. En una época muy jodida, muy a caballo. Viviendo lo peor del régimen.

¿Y cómo te tocó Lorca?

¿Lorca?, sí, lo que pasa es que a mí tanto florilegio me gusta menos. Entiendo esa capacidad brutal que tiene, esa facilidad que tiene para evocar, para crear imágenes maravillosas. Pero me gusta más otro tipo de poesía. Lorca es otra dimensión. Era un creador extraordinario cuando apenas era un chaval y ha sido genial.

Dices que todas las canciones son como hijas, que se quiere a todas igual, ¿será verdad eso?

Sí, de alguna manera, sí. Lo que pasa es que hay algunas cancioncitas que dan más satisfacción que otras y prolongan su vida en el transcurrir del tiempo. Otras se quedan muy cortitas de vuelo, y después hay canciones que van más allá de la pura canción. Tengo que ejemplificar siempre con Solo pienso en ti. Por el año que nació esa canción, 1978, las primeras reseñas hablaban de un amor diferente (de los discapacitados) y no iban más allá. De eso no se hablaba, no existía. Lo que he encontrado todos estos años son familias de discapacitados que vienen a darme las gracias por haberlos hecho visibles. Sienten que esta canción les dio visibilidad…

¿En qué circunstancias escribiste Soy un corazón tendido al sol?

Ese disco para mí es mágico. Me reengancha otra vez a la industria. En 1978 escribí todas las canciones y lo publiqué en 1979. Con este vuelven a nombrarme «Artista Revelación». Un día se lo explicaba a Adolfo Marsillach, un escritor que ya está muerto y que me preguntó: «Pero ¿cómo tú escribiste ese disco?». Le dije: «Mira, Adolfo, yo no tenía nada de dinero, estaba en menos cero y de repente pasé por esta casa en la que estamos ahora, que estaba en venta y pregunté que cuánto costaba y me dijeron que 18 millones y yo dije: Pues bien, vale, se la compro. Pero no tenía nada, ni uno. Entonces me puse a escribir canciones…». La verdad es que si lo piensas, encajó todo. A veces es bueno tener fe en uno mismo.

Y tener hambre, necesidad…

La verdad que ese disco me sacó de una travesía larguísima. Yo y mis canciones habíamos estado prohibidos de 1972 a 1977, prohibidos en la radio y la televisión que había. Anita sí tenía trabajo porque hacía cine y podía defenderse. Yo estaba militando en el Partido Comunista. Era la época de No quiero ser militar. Yo estaba haciendo guerrilla y escribiendo canciones que en quince días se quedaban viejas, porque la realidad cambiaba constantemente.

«No quiero ser militar, madre / Si debo poner cadenas / Al hombre que pide pan… / No quiero ser militar, madre / No quiero ser militar, / Si debo servir a gobiernos / De ladrones con misal».

¿Se podría decir que a través de tus canciones se puede hacer una crónica de ese tiempo?

Se podrían explicar muchas peripecias de mi país a través de las canciones, de lo que he vivido y de las canciones que muchos otros han cantado, porque muchos cantantes se han ocupado de eso también. Lo que pasa es que el que era políticamente más comprometido fui yo y tuve que pagarlo profesionalmente, porque esos años fueron un desastre para mi vida…

Y para tu música, aunque siempre te quedaste con un público que ama y entiende lo que haces.

La vida nuestra (con Ana) no es tan común dentro de la industria. En vista de que lo que hacemos se sale un poco de lo común, de lo que suena en la radio. No me imagino una radio de ahora sonando Lorquiana. Nosotros hemos tenido éxitos puntuales en diferentes décadas. Entonces lo que pasa es que si tienes uno en el 79 y otro en el 69, el del 79 no conoce el del 69, pero cuando se engancha ahí, va para atrás y sobre todo ahora que es mucho más fácil que antes. Antes se lo encontraban en la casa de sus padres. Oían La puerta de Alcalá (de mediados de los 80) o Quiero abrazarte tanto, del limbo de los 70 y sigue así. Eso da un acumulo de gente de muy diferentes edades.

Son como puntos altos… Soy un corazón tendido al sol fue haz de luz para ti y para tus seguidores…

Es que tuve unos años estupendos, porque después de Soy un corazón tendido al sol, vino Luna, después vino Por el camino, donde estaba también Asturias y había canciones muy notables ahí. Después vino La puerta de Alcalá, Canción pequeña, que es de 1997.

¿En qué disco está Canción pequeña?

En Sin memoria. Ahora tengo que cantarla mucho, pues Ana la grabó en su disco Los hombres que amé, en el que canta canciones de gente a la que le había grabado…

Aquí gusta mucho Canción pequeña

Sí, a mí me gusta mucho esa canción, y en 50 años no es nada la rescaté a medias con Pedrito Guerra, y funcionó muy bien. Y es de esas canciones en que no pasó nada, pero porque bueno se editó ese disco y al mismo tiempo me voy de gira con Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos y Ana (El gusto es nuestro), y lo que hacíamos individualmente en ese momento no valía para nada…

Cuando editaste ese disco, bmg estaba en el país, hicieron un trabajo con el disco y funcionó…

Pues allá no. Y lo que ha sucedido es que con los años ha crecido Canción pequeña. Está metida en más plataformas, Ana la ha grabado, la hicimos juntos en televisión… La canción ha crecido y la verdad es que gusta muchísimo.

En tu discografía hay discos imprescindibles para mí como En blanco y negro, que hiciste con Pablo Milanés, y Sin memoria, pero debo confesar que me sorprendiste con canciones como Cada día sale el sol, de Una canción me trajo a ti. De repente, por lo que te ha tocado vivir pudieras ser un hombre amargado y derrotado por un sistema por el que luchaste y nunca cambió. Sin embargo te siento con una libertad creadora, libertad de espíritu, pero sobre todo con una esperanza…

Sí. Soy un optimista escéptico. La primera muestra de escepticismo en la canción es de 1978, del disco Soy un corazón tendido al sol, y se llama La canción de la esperanza.

«Que no cese la esperanza acorralada / Con un voto no cambiamos casi nada / Que no cese la esperanza acorralada / Muerto el perro no se fue con él la rabia».

Acabábamos de votar por primera vez. Es una canción dedicada a Franco y a su agonía última. Es cierto que con un voto no cambiamos nada, hay que cambiar a diario en tu actitud ante la vida, en tu relación con la gente. Y yo soy insumergible. En ese sentido puedo estar muy jodido, muy escéptico y muy cabreado con los políticos, pero a pesar de todo me parece que merece la pena seguir haciendo cosas y seguir haciendo canciones, porque las canciones buenas hacen a la gente mejor con toda seguridad.

¿Y a ti te sirven para limpiar el sistema?

A mí si no me sirven para cambiar el sistema, que son palabras mayores, por lo menos me dan la sensación de que hay canciones que sirven a la gente para… no sé si para confirmar algo que ya sabían, pero sí, de repente, de alguna manera, te sirven de faro en un momento puntual. He visto una lucecita y me interesa seguirla…

Marivell Contreras es periodista y escritora dominicana. Ha conducido y producido programas de radio y televisión. Investigadora musical y ensayista, ha participado con novedosas propuestas en las ediciones del Congreso de Música, Identidad y Cultura en el Caribe, donde resalta lo mejor de la música y los músicos populares del país. Fue presidenta de la Asociación de Cronistas de Arte (Acroarte).


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