Artículo de Revista Global 60

World Music: ¿sonido sin fronteras o eficaz estrategia de mercado?

Desde hace algunas décadas, la World Music está presente en tiendas discográficas, plataformas de internet, festivales y prensa especializada. Dicho fenómeno musical lo mismo genera simpatía que repulsión. ¿Se trata de un sincero esfuerzo sonoro por derribar barreras nacionales o es más bien el resultado de una visión con tintes colonialistas y meros fines comerciales?

World Music: ¿sonido sin fronteras o eficaz estrategia de mercado?

Sorprende la manera en que la World Music ha podido reunir en un mismo concepto ritmos y melodías tan disímiles. Lo comercial, lo educativo, lo ideológico y lo estético conviven con tanta familiaridad en sus entrañas que es normal preguntarse qué está detrás de este fenómeno de proporciones planetarias. En la actualidad, basta con dar un clic o hacer uso de la tarjeta de crédito para escuchar todo un cúmulo de expresiones sonoras sin que las fronteras o las distancias kilométricas lo impidan. ¿Es la World Music un símbolo irrefutable de la cultura global o se trata de uno más de los avatares del dios-mercado?

Existe un consenso sobre la definición misma de este fenómeno: música de los países subdesarrollados más manifestaciones sonoras regionales de lo que generalmente llamamos Occidente. Así el vallenato, la rumba congoleña, los cantos tibetanos, el joropo, el fado, el son montuno, las orquestas bosnias de viento, el huayno, los trovadores vascos y otras expresiones más son catalogados bajo el mismo concepto. Hurgar en músicas distintas no tiene nada de innovador: los registros de los etnomusicólogos desde principios del siglo XX así lo confirman; también durante los años setenta algunos historiadores de la música se zambulleron en variopintas tradiciones sonoras. Sin embargo, el término World Music nació en los años ochenta, cuando cantantes como Peter Gabriel y empresarios de la industria del disco vieron grandes posibilidades de dar a conocer comercialmente estilos otrora desconocidos para los oídos europeos y norteamericanos. De esta manera, sellos como Putumayo, Narada, Real World, Xenophile New Earth y Forward lanzaron miles de álbumes para un público sediento de nuevas experiencias.

La World Music provoca sentimientos encontrados. Por una parte, se le atribuye una visión paternalista y condescendiente desde los países occidentales; una forma de presentar sonidos distintos como mágicos, lúdicos y exóticos, desprovistos de sus contextos; una ligereza al minimizar corrientes musicales sumamente ricas; una cierta terquedad por querer juntar, en un solo CD, a gatos con manzanas (¿o acaso no es lo mismo vender en un mismo producto rancheras, champetas y cantos celtas?). Por otra parte, se le reconoce al género la capacidad de presentar sonidos distintos a un público acostumbrado a lo mismo, la posibilidad de establecer diálogos entre diferentes culturas, la movilización de artistas en diversos escenarios, la ventaja de adentrarse en tradiciones musicales sin tener que endeudarse pagando aviones y hoteles.

Es necesario caminar con cautela por esta densa jungla musical. Por fortuna, Bob W. White, antropólogo de la Universidad de Montreal y uno de los expertos más reconocidos en el estudio de la World Music, puede ayudarnos a comprender mejor las particularidades de este fenómeno. Lleva años investigando las dimensiones sociales y políticas de la música africana y ha escrito sobre las relaciones culturales entre Occidente y el África francófona. Asimismo, editó en 2011 Music and Globalization: Critical Encounters, uno de los libros más importantes para el análisis de la World Music. A lo largo de sus trabajos se percibe que White ha sido muy crítico con el género, aunque no aboga por su desaparición. Actúa más bien como un melómano que busca conciliar los extremos. Escucha, reflexiona, asienta, critica y sugiere; no busca agradar sino comprender y proponer para que la World Music no quede inmóvil entre los dardos de las detracciones y la comodidad de los halagos.

La conversación comienza con una dicotomía fundamental en el estudio de la World Music: el individuo y su entorno. Se ha señalado que el género atribuye demasiada importancia a la identidad cultural del artista por encima de su individualidad. White señala que es necesario comprender que se originó en la misma época en que el multiculturalismo tomó fuerza como ideología. Por ende, tiene como uno de sus pilares valorar las diferencias, y dichas diferencias pasan por presentar a los artistas como provenientes de un medio cultural específico. En este sentido, una de las trampas en que cae la World Music es encasillar a cada artista en un molde. Le comento a White que en una entrevista concedida al diario español El País el cantante ugandés Geoffrey Oryema se quejaba de que los periodistas le preguntan recurrentemente sobre sus influencias musicales. Sienten decepción cuando Oryema responde que creció escuchando como un demente a los Beatles y a los Rolling Stones, ya que esperaban más bien alguna evocación sobre los sonidos de la naturaleza o de la ejecución de un instrumento tradicional de la mano de su abuelo. White sonríe y comenta: «A Bruce Springsteen no le preguntarían esto con tanta insistencia. Ese es un ejercicio común de la World Music: importa más el bagaje cultural que las acciones individuales. Aunque también resulta normal querer tener más información de la atmósfera de un artista nacido en otra cultura».

Una crítica recurrente a la World Music es que mucha gente de los países desarrollados se interesa por ella como un acto para expiar sus culpas. White señala que en ciertos casos es así: algunos compran discos del género como una forma de apoyar proyectos de la cooperación internacional –varios sellos discográficos lo hacen– y, de igual manera, para apropiarse de un concepto fundamental del género: conocer tradiciones musicales ignoradas por años, provenientes principalmente de naciones que han experimentado episodios alejados de la prosperidad y la estabilidad, y en donde muchas potencias tienen cierta responsabilidad al respecto.

Ya que salen a colación los consumidores, ¿quién adquiere los discos de World Music? La pregunta ha interesado a diversos expertos en el tema. Timothy D. Taylor, profesor de la UCLA, señala en sus trabajos que dicho género es escuchado sobre todo por personas con una formación universitaria, apasionadas por los viajes y provenientes de grandes ciudades. White está de acuerdo y agrega que se trata de una clase media (aunque en el sentido de los países desarrollados) deseosa de conocer múltiples panoramas y de mostrar interés por el otro. Descarta las explicaciones marxistas que podrían relacionar este consumo con la simple alienación. White habla más bien de una clase que cuenta con sus propias dinámicas culturales, y una de ellas tiene que ver justamente con el acercamiento a valores cosmopolitas.

Interés por la diferencia, valores cosmopolitas, gusto por la diversidad musical: a la World Music se la define como la banda sonora de la globalización. No es difícil dudar de ello. Después de todo, no se trata de un género que sea escuchado por igual en Berlín, Asunción, Calcuta y Vladivostok. Si hablamos de lenguajes musicales planetarios, expresiones como el heavy metal gozan de mayor difusión e interés en todos los puntos del orbe, no solo al escuchar canciones metaleras sino componiéndolas e interpretándolas por encima de credos, diferencias étnicas e idiomas. White comenta que, en cierta medida, es cierto que géneros como el heavy metal o el rap ejemplifican con mayor veracidad un lenguaje musical universal; sin embargo, precisa que la relación entre la World Music y la globalización tiene que ver más con la necesidad de subrayar la diversidad musical en el orbe y que la visión de las discográficas de la World Music hacia lo global pasa más por el cliché y las lecturas positivas: una fiesta mundial, una celebración armoniosa de las diferencias, sin carga crítica la mayoría de las veces hacia los impactos negativos de la globalización.

En una revista británica definían a un famosísimo cantante francés como el rey de la fusión. Le comento a White la sorprendente capacidad de la World Music para enviar este mensaje. Sin embargo, ¿no se trata de una redundancia? ¿Acaso todos los géneros musicales no son el resultado de unir distintas tradiciones y de entremezclar conceptos? Sobran los ejemplos: el son jarocho como la consecuencia de siglos de mestizaje entre lo español, lo mesoamericano y lo africano; el flamenco que contiene en sus entrañas elementos judíos, árabes, béticos y gitanos. White señala que, en efecto, no existen los géneros puros, aunque algunas manifestaciones musicales pueden estar más aisladas que otras. En este sentido, afirma que por desgracia en la World Music se abusa de ciertos términos (fusión, mestizaje, hibridación) y que, tal y como han señalado varios académicos, si bien anteriormente el género defendía más la idea de la autenticidad, lo que es importante como estrategia de ventas dentro de la World Music en la actualidad es la noción de fusionar distintos elementos en lo musical. Más licuadora que enciclopedia; menos especificidad que collage comercial.

Fusionar y mostrar lo diverso. Solo basta recorrer las tiendas de música para constatar que los sellos de la World Music actúan como una máquina que aspira todo lo que emane perfumes distintos. Compilaciones sin pies ni cabeza, donde se ofrecen cocteles sonoros de guaracha, candombe, raï, cueca, mapouka, rumba catalana, gamelán y tango. White no se sorprende ante mi vehemencia, solo comenta con atino que el espíritu de la World Music privilegia justamente ese ángulo: mezclar y dar a conocer; no pretende clasificar ni profundizar.

A pesar de tantas críticas, también es justo reconocer varios aspectos positivos del género. Estudioso de la World Music desde hace años, White no duda en señalarlos: gracias a ella, un público vasto tiene la posibilidad de diversificar su oído musical, abriéndose a otros ritmos y melodías alejados de lo que comúnmente se programa en las emisoras de radio nacionales; pese a que las compañías discográficas del género dan a conocer a artistas muy reconocidos en sus respectivos países, esto se convierte en una puerta para descubrir posteriormente a otros artistas similares; también la World Music ayuda a generar un nuevo tipo de diálogo entre el Norte y el Sur, y sobre este punto White subraya la tarea decisiva de algunos productores musicales, que se convierten en verdaderos mediadores culturales. Pensemos en Ry Cooder, en Javier Limón o en David Byrne como buenos ejemplos de ello: apreciar, traducir y dialogar entre distintos estilos.

¿Cuál es la opinión de los etnomusicólogos sobre la World Music? Porque, en cierta medida, el género ha conseguido lo que ellos soñaban durante décadas: acceso a corrientes musicales para millones de personas y el hecho de romper con el aislamiento impuesto por Occidente. White afirma que no existe un consenso al respecto dentro de la etnomusicología. Dice que, por una parte, algunos etnomusicólogos han decidido trabajar de cerca con ciertas compañías discográficas, pero que otros se muestran preocupados por la manera de presentar la diversidad sonora por parte de la World Music: alejada de sus contextos; sin espacios para mostrar las cargas políticas, religiosas y sociales de las distintas músicas; presa de la simplificación y en manos de empresarios ambiciosos y con limitado conocimiento.

En la parte final del libro que editó, White realiza un ejercicio verdaderamente encomiable. Deja primero en claro que hay errores cometidos por la World Music, pero también reconoce sus aciertos. Después da algunos consejos a los amantes del género y a las compañías productoras como forma de subsanar varios de los problemas existentes. Sugiere, por ejemplo, que los discos cuenten con mayor información en su interior sobre la realidad de cada país y a propósito de las temáticas abordadas por los artistas en sus obras. También plantea que los estereotipos no deben ocupar tanto espacio en las carátulas de los álbumes. De igual manera, propone a los consumidores informarse más sobre cada estilo musical y, de ser posible, hacer un esfuerzo por comprender siquiera un poco de las letras de las canciones. No pierdo la ocasión para contarle una anécdota: hace algunos años, en un bar de Montreal, cuando el DJ decidió que era hora de programar música caribeña, las parejas se prepararon para bailar al ritmo de una salsa de Rubén Blades. Después del panameño, llegaron las notas de un merengue, pero la letra me dejó boquiabierto:

Porque eres demasiado niña, bebé
para empezar a amar
eres como una fruta nueva
que no se debe tumbar
porque eres demasiado niña, bebé
para empezar a amar
apenas tienes trece años
y no sabes besar, no…

Ignoro si ya soy presa de la corrección política, pero estoy seguro de que la misma canción, interpretada en francés o en inglés en la radio de Montreal, pondría en serios aprietos al dueño de la emisora. Los bailarines ni se enteraron; seguramente tampoco el DJ. White me cuenta la suya: durante sus primeras semanas en Colombia, como parte de un intercambio académico, escuchaba con fervor una pegajosa cumbia. Conforme su conocimiento del español fue aumentando, se percató de que en realidad era una canción racista.

Cosas de la World Music.

Jaime Porras Ferreyra (Oaxaca [México], 1977) es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Montreal. Trabaja en temas vinculados con la internacionalización de la educación. Es colaborador de programas de radio y autor de crónicas y reportajes. Ha publicado textos en México, Canadá, Inglaterra, España, Venezuela, Costa Rica, Perú y la República Dominicana. Está radicado actualmente en Montreal.





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