Artículo de Revista Global 58

Y a fin de cuentas, ¿para qué sirve un editor?

El editor es el actor menos querido de los que participan en el universo del libro. Incluso en muchos países hispanoparlantes ni siquiera se conoce su función. Pero este técnico encargado de convertir los originales al código del libro es el mejor aliado del autor. Hoy, cuando las autoediciones parecen independizar a los escritores, no son pocos quienes anuncian la desaparición del editor. La realidad será otra, este tendrá cada vez más relevancia.

Y a fin de cuentas, ¿para qué sirve un editor?

Cuando a uno le preguntan si es editor, resulta difícil contener un íntimo estremecimiento. En principio, el editor es sin dudas el actor menos querido de todos los que se mueven en el universo del libro. Lo odia el autor por tratar de erigirse en juez y tener la osadía de señalar defectos en la excelsa perfección de su original.[1] Lo odia el dueño de la editorial por el dinero que le cobra para hacer un trabajo que –sospecha– es prescindible. Lo odia el corrector porque nunca está conforme con la limpieza del texto y da órdenes como si fuera superior. Lo odian el diseñador y el diagramador por su quisquillosa manía de hacer exigencias para que el discurso visual se corresponda con el contenido del texto y el público al cual estará dirigido. Y finalmente lo odia el lector con el más fulminante y terrible de los odios: el olvido.

Cuando el libro está terminado y es un rotundo pedazo de realidad que se ofrece en un anaquel o en la pantalla de un artefacto electrónico, se suele aplaudir o repudiar el trabajo del autor, el ilustrador, el diseñador, el corrector, el diagramador, el impresor o el programador. Pero el editor se ha esfumado: salvo casos excepcionales, ningún detalle indica objetivamente su presencia porque está dispersa en la totalidad de la publicación. Y, para peor, hacerla visible por lo general resulta una falta de ética.[2]

A tal grado se odia o menosprecia al editor que gran parte de la sociedad desconoce cuál es su función. No me refiero solo a los iletrados y a quienes sostienen una relación espaciada o fortuita con el libro. Una zona apreciable de nuestra masa profesional e intelectual ignora para qué sirve exactamente un editor.[3] Por eso, cuando alguien me pregunta si soy editor, nunca estoy seguro de qué responder porque tampoco sé qué significa para esa persona tal palabra. En el universo que habla español, de hecho, editor suele designar dos funciones distintas:

Por una parte, un trabajo intrínsecamente técnico, que consiste en evaluar el original del autor; estudiar junto a este qué mejoras, tanto formales como de contenido, podrían favorecer la conversión del original en obra;[4] acompañar los trabajos de corrección, ilustración, diseño, diagramación, impresión, programación, etc., para garantizar la coherencia de todo el proceso; aportar contenidos para las actividades de promoción y divulgación del libro una vez impreso o digitalizado.

Y por otra, un trabajo más cercano a la gestión empresarial o de negocios, que plantea líneas editoriales, busca autores con las cualidades óptimas para satisfacer los objetivos estéticos y financieros de la empresa, negocia derechos de autor, planifica y ejecuta las propuestas de costo-beneficio, supervisa que los resultados del proceso técnico seguido a partir del original satisfagan los estándares de la empresa, diseña y dirige las estrategias de divulgación y venta del libro, etcétera.

Que una misma persona a veces realice ambas funciones no quita la diversidad de talentos y conocimientos que ambas exigen; a tal punto, que el mundo angloparlante posee denominaciones específicas para distinguirlas: editor y publisher. A menos que aclare lo contrario, cada vez que aparezca la palabra editor en este texto, estará referida al trabajo «estrictamente técnico» que acorta la distancia entre un original y los lectores; es decir, a la primera de las funciones arriba señaladas, pero en su versión más compleja: la del editor literario.

¿Qué es un editor literario? Para responder a esta pregunta, antes debemos echar mano al noble señor Perogrullo, siempre útil. Exactamente igual que cualquier otro lenguaje, todo material bien impreso sigue un código –un grupo de signos, normas y estructuras– que facilita su diálogo con la sociedad. Es así lo mismo si el material publicado respeta esas normas o si las modifica de una manera creadora. Y lograr que esa codificación ocurra exitosamente es trabajo del editor, un profesional especializado que realiza o coordina la ejecución de los diversos pasos en el proceso que convierte un original al código del libro, sea este impreso o digital.

Dicho así, quizás la tarea no suene muy intimidante, pero integrar códigos verbales y no verbales aportados por diversos especialistas y que el resultado sea coherentemente significativo requiere de gusto, imaginación, actualizada formación, pensamiento organizado, amplitud mental, capacidad para trabajar en equipo, además de conocer aquellos elementos específicos que forman el bagaje cognoscitivo del universo editorial, tan especializado como el de cualquier otro oficio y hoy enriquecido por las oportunidades que abren las cada vez más ladinas tecnologías de la comunicación. Súmese a todo esto que, en tanto trabaja con y suele acompañar a profesionales diversos, el editor necesita de un prestigio intelectual y ético que apoye sus opiniones durante el proceso y logre que esos otros actores crean en él.

Para conseguir todo eso, un buen editor de literatura precisa juntar muchos y muy diferentes «poquitos»:

No es por obligación un crítico ni un historiador literario, pero necesita estar actualizado acerca de las herramientas que emplea la estimativa literaria, los procedimientos de análisis y las diferentes tendencias críticas en boga. Es decir, debe moverse tanto en el eje de la diacronía –para conocer la tradición literaria en la cual se inserta su trabajo–, como en el de la sincronía –para conocer la situación exacta del canon literario y los factores de conservación o ruptura que sobre este operan en el presente–. No se olvide que el editor actúa no pocas veces como evaluador especializado y tiene la responsabilidad de opinar acerca de cuán conveniente o no resulta la publicación de un original.

No es por obligación un teórico de la literatura, pero debe conocer la epistemología, las escuelas fundamentales y los principales postulados teóricos sobre el hecho literario. Esto es pertinente no solo en el caso de la teoría literaria y de la estética, sino también de disciplinas más específicas, como pudieran ser la narratología, la poética, etc. El editor ha de ser capaz de introducirse en el laboratorio creativo del autor, examinar las interioridades conceptuales y técnicas del texto para identificar los principios, la lógica creadora y las herramientas fundamentales a partir de las cuales este fue creado.

No es por obligación un escritor, pero sí requiere conocer los principios de la creación artística, los complejísimos elementos objetivos y subjetivos que participan en el acto creador, así como la ética que debe regir toda intervención en una obra ajena. Para esto se necesita mucha comprensión y un pensamiento dúctil, que es la única forma de conducir a buen puerto las siempre espinosas relaciones entre todo autor y todo editor. Y ese editor literario será realmente útil si logra acercarse al texto ajeno no para preguntarse cómo él lo habría escrito de haber sido el autor, sino para determinar qué objetivo consciente o inconsciente se planteó este, qué lógica de desarrollo empleó e, imbuido de ese conocimiento, evaluar en qué momentos del texto los procedimientos empleados funcionan y en qué momentos no, demostrárselo al autor y motivarlo para que él –el autor y solo el autor– decida si realiza algún cambio.

No es por obligación un lingüista, pero sí precisa conocer la lengua como sistema, como herramienta viva para la comunicación y como instrumento cultural por medio del cual los seres humanos organizan su pensamiento y otorgan sentido a su relación con la sociedad. El editor tiene que dominar la normativa de la lengua –gramática, sintaxis, ortografía, etc.–, pero no para imponer reglas inflexibles ni para esclavizar el acto creador a una «corrección» cristalizada por las academias, sino para acercarse con más posibilidades de comprensión a ese acto de innovación y ruptura que dentro de la lengua intenta toda literatura que se respete.

No es por obligación un diseñador gráfico ni un especialista en artes visuales, pero sí debe conocer los principios y las reglas del diseño, las características de los softwares para la diagramación o la digitalización, las funciones específicas de los códigos verbales y no verbales, así como las posibilidades de articulación que estos ofrecen. Tales conocimientos le ponen en condiciones de opinar con real peso acerca de qué discurso gráfico pudiera corresponderse mejor con la personalidad de ese texto específico y con los objetivos de la publicación.

No es por obligación un impresor ni un programador, pero su trabajo nunca estará completo si desconoce las técnicas, los procesos y los equipos con los cuales se realiza la impresión o la digitalización de un texto, así como las diferencias de lenguaje que separan al libro impreso del digital. ¿Cómo puede alguien planear un libro si no tiene idea de qué posibilidades le ofrece la infraestructura material y tecnológica que pondrá su proyecto en manos de los lectores? ¿Cómo sabe que no está pidiendo algo imposible, que no está entorpeciendo el proceso, que no está desaprovechando oportunidades de hardware, software y mindware a través de las cuales se hace real el discurso híbrido que es todo libro?

La formación de un editor literario requiere un largo proceso de especialización que hasta hace poco tiempo se obtuvo mayormente a través del trabajo práctico. En algunos países de habla española, solo en las últimas décadas esta profesión ha pasado a formar parte de los programas universitarios, sobre todo como estudio de posgrado para titulados de las áreas humanísticas. La experiencia práctica, sin embargo, continúa siendo clave para el editor. Hoy, cuando incluso profesiones antaño tan venerables como la de maestro sufren el exitoso asalto de los más jóvenes, formados en un entorno tecnológico fuerte, inmersos en la práctica profesional concreta y mejor dotados para establecer comunicación con los estudiantes sin sufrir los perjuicios de la brecha generacional, la experiencia y el oficio que se adquieren con la edad siguen siendo valores agregados de peso para el editor literario, aunque sometidos a fuerte reto por la innovación tecnológica en los predios de la comunicación social.

El desarrollo tecnológico y el incontenible avance de la era digital han abaratado los costos de publicación y puesto en manos de los autores herramientas de producción, promoción y mercadotecnia que les permiten no depender de las editoriales profesionales si así lo desean. Tal poder, impensable hace bien poco, extiende el acceso al libro teóricamente a todos los ciudadanos y hace que estos puedan gestionar y comercializar sus propios productos, lo que incrementa de forma notable su margen de apropiación sobre el beneficio que estos produzcan. Se trata, sin dudas, de un nuevo y complejo escenario donde el antiguo monopolio de las editoriales se ve muy cuestionado por el crecimiento de las autoediciones, las impresiones por demanda, el libro digital, así como la proliferación de los blogs, páginas webs, perfiles de autor en las redes sociales, plataformas para la publicación de libros en Internet, tiendas on line, etcétera.

Llamar autoediciones a tales procesos me parece en extremo impreciso. En nuestro medio, solo unos pocos autores poseen las competencias y la formación adecuadas para asumir personalmente todo el trabajo de procesamiento editorial que ya fue descrito antes. Eso es autoeditarse. El resto, que es la enorme mayoría, suele elegir entre dos opciones: paga a una «editorial» para que asuma el proceso hasta que el libro esté listo o se despreocupa de la edición, y a Dios que reparta suerte, como decían en el barrio de mi niñez. He entrecomillado en el caso anterior la palabra editorial porque cada vez más –en nuestro medio, repito– quienes se ofrecen para realizar ese trabajo son simulacros de tales: no tienen una real estructura editorial, ejecutan un simple servicio de procesamiento sin invertir esfuerzos en editar los textos y, a cambio de un pago, facilitan al autor un sello editorial para esconder que en verdad se trata de un libro que nunca fue evaluado o editado por especialistas. En fin, lo más apropiado en estos casos sería hablar de autopublicación: usted paga la publicación de su propio libro.

No me detendré en la ventaja que representa contar en todos los casos con una mirada experta y externa al autor que ayude a depurar el original antes de que finalmente sea propuesto al lector.[5] Solo recordaré lo dicho antes: el libro es un código específico de comunicación, y a continuación agregaré que la calidad profesional con que ese código sea usado a la hora de concretar el discurso se constituye en la más rotunda garantía de fiabilidad y respeto que su autor puede ofrecer al mercado, al lector y al medio profesional dentro del cual se desempeña. Así, junto a la buena noticia de la descentralización en la producción y comercialización del libro, debemos consignar también la proliferación de una enorme cantidad de «obras» con una bajísima calidad, repletas de erratas y errores, atrapadas en una «edición» que desconoce las más elementales reglas editoriales.

Tampoco hay que escandalizar demasiado por esa razón. Si las autopublicaciones le otorgan al autor un mayor poder, también recibe una mayor responsabilidad: la de elegir cuán profesional será su obra y si, en ese sentido, desea acercarse a los especialistas adecuados. Pero, situándonos en el otro extremo de la ecuación, sí sería menester dar respuesta a una pregunta que suena cada vez con mayor insistencia: ¿Desaparecerá el editor literario en el futuro?

No lo creo. El libro digital es un código distinto al libro impreso. Representa otro lenguaje, otra experiencia cultural, un acto de comunicación y un objeto de mercado diferentes. Y, pésele a quien le pese, el actual libro digital es el cromañón del libro que tendrá el futuro. Sus flujos específicos, su capacidad para el hipertexto, el diálogo que puede establecer hacia el interior de su propio discurso, etc. generan otros modos de pensamiento, otras maneras de interactuar con la realidad que se irán ampliando en la misma medida que crezcan las necesidades de un público cada vez mejor formado en esos patrones culturales. No es difícil suponer que en la literatura del futuro la letra gráfica compartirá su preponderancia discursiva de hoy con imágenes de todo tipo, un amplio repertorio de sonidos –incluida la voz del autor y de otros actores–, y los recursos de montaje más diversos; es decir, formará parte de un lenguaje cada vez más híbrido que transformará los conceptos de autor y lector, tal y como los entendemos ahora. Esa mayor complejidad discursiva requerirá de personal especializado, del mismo modo que lo seguirán requiriendo la medicina, la ingeniería o el resto de las ocupaciones profesionales.[6]

No tengo dudas: necesitado de una formación diferente, ejecutando funciones distintas, puede que cobijado bajo otro nombre, el tantas veces odiado y ninguneado editor sobrevivirá. Lamentablemente, mi seguridad no alcanza para garantizar que en ese aún impreciso futuro la sociedad reconocerá su trabajo profesional. Aunque, si al menos sabe para qué sirve, podría ser suficiente.

José M. Fernández Pequeño es un escritor de origen cubano nacionalizado dominicano. Ha publicado catorce libros de crítica literaria, narrativa, ensayo y literatura infantil. Se graduó de Licenciatura en Letras y tiene una maestría en Ciencias de la Educación. Ha desarrollado una larga carrera como profesor universitario, editor y gestor cultural. En 2013 recibió el Premio Nacional de Cuento de la República Dominicana. Edita el blog «Palabras del que no está» (www.palabrasdelquenoesta.blogspot.com).

[1] Si en las artes visuales es práctica cotidiana la participación de curadores (del inglés curator: el que cuida o atiende) que acompañan los procesos creativos de los artistas sin que esto se considere una intromisión, en la literatura de este vertiginoso siglo xxi aún la inmensa mayoría de los autores sigue aferrada a la mítica soledad del creador y rechaza con espanto la posibilidad de que alguien, por muy especialista que sea, ose intervenir en el proceso de formación de la obra. El hecho no habla demasiado bien de la forma en que los escritores estamos interpretando la nueva realidad comunicacional en que vivimos y menos el futuro que se nos viene encima.

[2] Todo editor que se respete sabe que le está vedado revelar los cambios sufridos por un texto a partir del trabajo que realizó de conjunto con el autor, con independencia de cuán decisiva fue tal intervención para el éxito del libro.

[3] Entre 2004 y 2006 trabajé como funcionario en la Academia de Ciencias de la República Dominicana. No importa cuánto lo intenté (y fue mucho, créanme), pero jamás pude convencer a uno de sus presidentes, un médico con amplia ejecutoria en el entorno de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de que un editor era algo más que un ser paranoico obsesionado por perseguir faltas de ortografía.

[4] Sería importante no confundir esta labor con esa que los angloparlantes llaman coaching y que en español prefiero designar como curador literario, a tono con lo expuesto en la primera nota. Mientras el curador literario realiza su trabajo de acompañamiento desde que surge la idea del proyecto hasta su conclusión, el editor llega cuando ya el original está terminado y aporta su distancia crítica (al fin y al cabo, él no participó en el proceso) con el objetivo de perfeccionar ese texto en su camino a convertirse en libro.

[5] «Convertir el manuscrito en obra puede ser tarea del propio autor en solitario (y de hecho, a menudo es así), pero son muchos los autores que acuden al editor como compañero de viaje en este momento. El editor, en este caso, hace equipo con el autor, y a modo de coach, entabla un diálogo acerca de mejoras que pueden referirse a la construcción del relato, al ritmo narrativo, al dibujo de los personajes, a la coherencia interna, al propio estilo y, solo en último lugar, a la corrección ortotipográfica». Elsa Aguiar, «¿Qué es un editor?», en Editar en voz alta [on line], , 24 de enero del 2010.

[6]Opina Arantxa Mellado: «Y creada la necesidad, surgirá, en consecuencia, otro nuevo nudo en esa nueva red de valor: el editor por cuenta ajena, gestor de edición, un nuevo actor que puede significar la conexión entre los autores autoeditados y los lectores. Sus funciones serán varias, desde la edición pura del texto a la gestión de la comercialización y del marketing. Una buena oportunidad para la reconversión de los agentes literarios, y, paradójicamente, una excelente oportunidad de negocio para los editores […]». «La evolución de las especies (editoriales)», en Actualidad Editorial [on line] , 13 de junio del 2012.


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